Magnífica excursión que remonta el Tranco del Lobo por un viejo paso y, siguiendo los volaeros, nos lleva hasta la repisa del maquis y la Cueva del Arco. Desde ahí regresamos por el Tranco de la Marcolla, antigua vereda de piedra seca apenas reconocible.

ficha

Tranco del Lobo, sierra del Pozo
marzo de 2011
6 h
21 km
1150 m
soleado, fresco
recorrido en algunos sitios sin sendas o por caminos muy poco marcados, se requiere visibilidad y buena orientación, lugares expuestos
croquis todavía no disponible
track aquí disponible

El Tranco del Lobo es una montaña, una cima, un paraje y un refugio de maquis. Resulta complicado decir qué es la cumbre en esta amplia y espesa meseta boscosa que bascula hacia mediodía para caer mansamente al Almicerán y que deja a septentrión y poniente unos tajos verticales. Estos despeñaderos caen a plomo sobre un Guadalentín alegre y jovial que baja desde el vientre de la Cabrilla envalentonado por las aportaciones del Gualay y el arroyo de San Pedro.

De siempre los serranos se procuraron el acceso a las alturas de esta meseta 1Es una zona muy rica en pinos laricios o salgareños de orgulloso porte y muchos metros de altura. Cuando les tocaba hacerlo desde las entrañas de la Sierra, esto es, desde las Navas o Vado Carretas, buscaron los puntos débiles de esta muralla y, cuando no los encontraron, ellos mismos se encargaron de colocar bloques, hormas y hasta teleféricos para hacer transitable el precipicio. Los restos de estas construcciones todavía perduran y se pueden adivinar en la senda de piedra que asciende desde el Poyo Tribaldo a la Sabinilla, o desde el Tranco de la Rajona por encima del cortijo del Puntal de Ana María. También hay testimonios del funcionamiento del «cable» que transportaba los troncos desde lo alto de la meseta hasta Vado Carretas para acercarlos posteriormente a Vadillo-Castril2Esta historia está especialmente bien contada en el libro de Sebastián Robles Zaragoza donde narra cuando uno de los troncos se despeñó precipicio abajo….



La cornisa que da acceso a la cueva

En otros puntos fueron menos hacendosos y se conformaron con aprovechar algún estrecho cuello de botella que ofrecía la pared, como en el Tranco de la Marcolla, en la misma vertical del Raso del Peral, donde es posible acceder a las alturas aprovechando unas lanchas de considerable inclinación que con musgo y humedad te provocan una risilla floja si llevas las suelas de las botas desgastadas.

Por si fuera poco, esta montaña — al igual que el resto de la Sierra 3Me viene a la cabeza todo el tema de las expropiaciones, por ejemplo — guarda historias humanas sobrecogedoras en todos los sentidos. Además de las anónimas, encontramos frecuentes referencias en internet del maquis «Ramiro» que encontró la muerte en este paraje, pero dejemos que nos lo cuente Luis Miguel Sánchez Tostado:

[…] Finalmente dicha unidad, tras permanecer algunos meses en la cortijada de el Raposo (Baza), decidieron establecer su base en la sierra de Cazorla donde su búsqueda era menos enconada. Se instalaron en el Torcal del Lobo, junto al río Guadalentín. Y es precisamente de este grupo de donde surge el protagonista de nuestra pequeña historia.

Durante los meses de enero y febrero de 1952 el grupo visitó con cierta frecuencia las aldeas quesadeñas de Belerda y Don Pedro donde se ganaron la confianza de algunos pastores a los que entregaron gratificaciones económicas por sus servicios. El día 8 de enero se presentaron en el Cortijo del Tío Inocencio de Belerda con el fin de hacerse con el dinero de la venta de ovejas del vecino Antonio Guerrero (más conocido por «Largueras») el cual se resistió defendiéndose con un hacha y recibiendo un disparo de los asaltantes. Sin conseguir su objetivo optaron por secuestrarlo junto a otros tres más, uno de ellos fue Juan Pastor, médico de Quesada, con el que se cruzaron los huidos. Por el rescate consiguieron 50.000 pesetas, considerable botín para la época. Alertada la Guardia Civil envió a sus efectivos sin conseguir más que la detención de algunos pastores acusados de no denunciar la ‘presencia de malhechores». Uno de ellos, Antonio Quiñones, fue sometido a intensos interrogatorios y, según los testimonios recogidos, fueron estas presiones las que le condujeron al suicidio cuando fue llamado a un nuevo interrogatorio.

El grupo de «Pablo» permaneció oculto hasta el 25 de febrero en que fueron avistados. Pero, veamos cómo sucedieron los hechos. En la tarde de dicho día el guardia forestal del Carrascalejo avistó el campamento en el Torcal del Lobo, en el término de Cazorla. Moviéndose con gran sigilo para no ser visto, dio aviso a la guardia civil. Ya de anochecida, fue requerido el vecino de Quesada Francisco Martínez Zamora para poner su camión Ford a disposición de la benemérita. Así, a primera hora del día siguiente Francisco, acompañado del ayudante conocido como «Galleguito», condujeron hasta la caseta forestal del Hornico (próxima a la Nava de San Pedro) a un grupo de ocho guardias. Allí se les unió otro grupo procedente de Pozo Alcón con los que emprendieron el camino a pie hasta llegar al campamento. Con gran precaución, los guardias rodearon a los huidos quienes, viéndose descubiertos, trataron de huir. Se inició entonces un violento tiroteo con el resultado de un guerrillero muerto aunque el resto del grupo consiguió escapar abriéndose paso con granadas de mano. Acto seguido se dispersaron.

El fallecido fue identificado como Manuel Calderón Jiménez, alias «Cubano» aunque en la sierra cambió su apodo por el de «Ramiro». Se le intervino un viejo fusil soviético que tal vez fuera responsable final de su muerte pues se pudo comprobar que intentó defenderse infructuosamente. Se dice que su arma se encasquilló o que los proyectiles estaban en mal estado pues no consiguió abrir fuego.

Su cuerpo inerte fue cargado en una mula y trasladado al camión en el que fue conducido hasta Quesada donde, una vez practicada la autopsia, fue enterrado, evitando indiscretas miradas, en la oscuridad de la noche del día veintiocho. Manuel Calderón era natural de Ítrabo, un pequeño pueblo situado en la granadina sierra de los Guájares. Estaba soltero y tenía treinta años. Fue sepultado en una fosa común en el «corralillo de los ahorcados» del cementerio quesadeño. Una porción de tierra separa del campo santo y reservada, en aquellos tiempos de fundamentalismo católico, para los suicidas, niños sin bautizar, ateos y apóstatas en general que no eran dignos de mezclarse con los creyentes.

Luis Miguel Sánchez Tostado
Revista Cultural de Quesada , agosto 1998

Una historia dramática, ¿verdad? Parece tan lejana en esta mañana de sábado luminosa en la que empezamos a caminar por la cola del pantano de la Bolera. Hemos dejado atrás el Molinillo y la conversación con Diego, el pastor que mejor conoce estos lares y que nos ha informado bien para regresar por la Marcolla, una tranco olvidado y asediado por las encinas y las viejas ramas de los laricios derribados por la tormenta y el viento.



El grupo al completo

Ascendemos por la Cañada del Mesto, antiguo camino de entrada — o salida, según se mire — al centro de la Sierra. Os recomiendo la lectura de un relato de Andrés Martínez Olmedo sobre esta famosa vereda, verdadera autopista serrana por la que transitaron pineros, pegueros, aserradores, pastores y cazadores, uno de los últimos pasillos evidentes que no ha sufrido la agresión de un carril o pista de tierra por el que puedan transitar los 4×4. Ojalá se mantenga así siempre.



Laricios monumentales


Al llegar al Raso nos desviamos a la derecha y afrontamos el tranco de la Marcolla, paso estrecho entre poyos y cejos que permite el acceso a la meseta siempre y cuando lleves las suelas de las botas con dibujo y la roca esté seca

Al llegar al Raso nos desviamos a la derecha y afrontamos el tranco de la Marcolla, paso estrecho entre poyos y cejos que permite el acceso a la meseta siempre y cuando lleves las suelas de las botas con dibujo y la roca esté seca. Una vez encima de los cantiles paseamos hacia la Sabinilla disfrutando de las vistas del Pozo, del Guadalentín, de la Cabrilla…

Continuamos por la divisoria hasta la explanada donde encontramos información relativa al maquis Ramiro. Estos paneles son el final de una de las rutas ideadas por el ayuntamiento de Quesada para dar a conocer las historias tristes de estos guerrilleros obligados a esconderse en la Sierra.

Desde ahí ascendemos a la cima propiamente dicha de la meseta, la cumbre del Tranco del Lobo que supera holgadamente los 1760 metros y de ahí nos asomamos hacia la Chacona para visitar la Cueva del Arco cuyo mejor acceso se tiene a través de una cornisa espectacular.



Regreso con la Bolera al fondo

El regreso lo hacemos por un carril bien conservado que nos lleva hasta la Sabinilla y de ahí vamos buscando el extremo sur de esta Lancha del Almicerán. Con preciosas vistas hacia el pantano y atravesando un roquedo con abundante sotobosque encontramos el inicio del Tranco de la Rajona por el que descendemos. Llegamos al coche justo cuando el sol ya se ha ocultado tras el Pozo. Una jornada estupenda de montaña, compañía e historias. Para repetir.

fotos

[sep height=»30″]

en la sierra del pozo