Tremenda beteteburrada que consiste en salir de Pozo Alcón, remontar Puerto Llano desde Tíscar y bajar al fondo del Valle para, a continuación, subir a las Navas a comer asado en el cabrero. Finalmente, hacemos la digestión en un refugio de los Campos y descendemos a Pozo Alcón por el Guadalentín.

ficha

sierra del Pozo, sierra de Cazorla
1 y 2 de noviembre de 2006
dos días
80 + 42 km
2136 + 430 m
inestable, lluvia al final
mucho desnivel
no disponible

Crónica dedicada «al hermano», para que pronto pueda estar dando pedales por los Campos con las alforjas llenas de costillas de cordero

Peligro, peligro… peligro porque quedar con Sergio siempre es garantía de dolor máximo… y más cuando se pone en plan puntual con expresiones «hay que estar a las 12h en Puerto Llano…», «no llegamos a la comida…» y cosas así que te suenan a mil demonios cuando llevas el corazón a 200ppm en la garganta.

Aún así, el masoquismo que lleva uno dentro le conduce a pegarse el madrugón, a quedar a las 7h30m en Pozo Alcón, donde un amigo mío tuvo una novia (mira que irse a Pozo Alcón tan lejos a echarse novia) y a vernos en un bareto donde el dueño nos pone cara de asco al ver nuestras jetas madrugantes y ojerosas.

 

Ajustes técnicos antes de empezar la subida a Puerto Llano.

Con la fresca montamos las bicis y salimos dirección a Quesada por esa carreterita que empiezo a conocer cada vez mejor y que no deja nunca de sorprenderme. Y es que esta comarcal bordea el sur de las cordilleras rompiendo el espinazo de las Subbéticas por la única debilidad que presentan y en ella ya se fijaron los íberos para controlar el paso otorgándole carácter sagrado. Me estoy refieriendo a Tíscar, a sus peñas, a su santuario y, por supuesto, a sus montañas. Estos primeros kilómetros se hacen llevaderos, van para abajo y nos dejamos caer hasta el puente de Hinojares para empezar a ascender buscando la pista de Puerto Llano. Las cuestas nos van haciendo entrar en calor y pronto se ve claro que aquí Sergio y Jesús ven una película mientras que el hermano y yo estamos en otra.

 

En Puerto Llano, con los laricios.

Bueno, pues nos estrenamos fuerte con la subida a Puerto Llano, una tiradita de 1000 metros para arriba por una pista de macadam en la que las bicis rebotan y rebotan fundiendo las amortiguaciones y reventando culos. El hermano va tranquilo y el menda osa seguirle el ritmo a las bestias… menos mal que Sergio se enrolla más que las persianas y no para de contar anécdotas sobre el parque natural, sobre Franco, sobre la monarquía que gasta millonadas en cacerías, sobre las cabras, etc. Mención especial merece el «estrés sexual» de las cabras que les supone morir de sarna de tanto querer mojar… si es que el que esté libre de pecado… En lo alto del Puerto descansamos tranquilos y almorzamos con la vista del Cabañas que, desde esta pista, es una trivialidad que de ninguna forma sugiere la ascensión intrépida y extensa de su vertiente oriental.

 

Relax en el estanque de la Cañada de las Fuentes.

Después de Puerto Llano descendemos rápidos hacia la Cañada de las Fuentes. Hay que ver cómo me gusta este sitio… si es que por mí me quedaría allí viendo caer las hojas de los caducifolios y el vuelo pausado de los buitres enmarcado por los paredones del Pozo. Caigo en la cuenta de que he perdido uno de los dos deportivos así que me tendré que apañar con las botas de la bici para los dos días. Comemos algo más y hacemos unas pocas fotos del estanque y los chopos que están preciosos. Desde luego, ésta es la mejor época para la Sierra.

 

Los caducifolios están que se salen...

Pero no hay tiempo para más poesía y seguimos descendiendo hacia el Puente de las Herrerías. La pista y sus piedras cada vez hacen más daño (¡una amortiguación trasera por favor!) y ahora nos cruzamos con muchos coches que suben para el nacimiento del Guadalquivir. Llegamos a la casa de los Rasos y al asfalto donde nos preparamos mentalmente para afrontar la subida a las Navas. Cuales perros de Pávlov, hacemos los kilómetros que nos separan de la Nava de San Pedro salivando y motivados por la esperanza de un arreglo serrano que nos haga volver a ser personas.

En la Nava de San Pedro recuperando fuerzas.

Las expectativas se cumplen y el asado de cordero se acopla a la perfección a las paredes de nuestros estómagos famélicos. A la pregunta, «¿qué es la felicidad?» podría responderse «estar sentado bajo un nogal que tiene 10 veces nuestra edad comiendo un asado serrano con mucha hambre, regado por cerveza, en buena compañía y con la conciencia tranquila»… Bueno, lo de la conciencia, allá cada cual con la suya, pero yo en la mía sólo tengo presente la subida que nos queda a partir de ahora y encima con el hándicap de la luz que se nos va… y es que Noviembre no da muchas alegrías en ese sentido.

Detalle del aceral de la Cabrilla.

Así que con el asado procesándose acometemos la subida a los Campos… El hermano y yo dejamos que los jóvenes se desfoguen y nos quedamos para ir ganando metros con paciencia y tranquilidad. Menos mal que a la derecha nos acompaña la Cabrilla y sus pliegues occidentales, visión indescriptible de uno de los rincones más grandiosos de las Béticas y el último reducto del quebrantahuesos en el sur de Iberia. Si hubiéramos venido unas semanas antes habríamos pillado el aceral en su mejor momento, pero ahora los árboles están ya desnudos. No se puede tener todo.

Un detalle de la pista hacia Rambla Seca.

La subida se hace larguísima y muy dura, aunque afortunadamente la pendiente es menos fuerte de lo que yo esperaba y es que pasé por aquí en la ruta a Quesada en sentido contrario y me pareció un cuestón del carajo. Finalmente llegamos a los llanos que separan la Cabrilla de los Campos y el control de Rambla Seca. La luz se va haciendo cada vez más tenue y tenemos el tiempo justo de lavarnos un poco mientras que nuestros considerados colegas ya han buscado leña para la cena.

Se nos acaba el sol... y todavía queda cuesta que subir

 

Haciendo brasas.

Después de organizar un poco las cosas para la noche encendemos el fuego y esperamos las brasas. Estos refugios de pastores son una gloria y damos buena cuenta de las chuletas y el vino. Sin lugar a dudas, esto lo justifica todo (cuando digo esto, me refiero a que esto responde a todas las preguntas absurdas que te puedes hacer cuando subes encabronado agarrado del manillar y obcecado en tu dolor de piernas y los pocos metros que alcanzas a vislumbrar frente a ti). Después de la cena, una visita de los civiles con diálogo bicicletero incluido y múltiples temas de conversación frente al fuego los cuerpos buscan, siguiendo el principio de mínima acción, acomodarse lo más horizontal posible. Sergio sale fuera a dormir porque pasa de los ronquidos y nosotros nos quedamos dentro del refugio cogiendo el sueño mientras las lenguas del fuego se van debilitando y el vino se acopla a nuestro sistema nervioso.

 

Detalle del menú.

 

Al día siguiente amanece nuboso y notamos el cambio de tiempo predicho. Recogemos rápido sabiendo que tenemos muchas papeletas de mojarnos así que nos lanzamos de nuevo buscando el valle del Guadalentín. Volvemos a salir de los Campos por el control de Rambla Seca y descendemos unos kilómetros hasta tomar un pequeño carril a la izquierda que se despeña vertiginosamente hacia el río.

Refugio de Rambla Seca.

 

Descendiendo hacia el Guadalentín. Enfrente nuestro los Poyos de la Carilarga.

Una vez que hemos ganado el eje principal de valle junto al Guadalentín relajamos antebrazos por la bajada tan empinada y disfrutamos de los caducifolios que todavía no han perdido sus hojas. De veras que este valle es la caña y cada vez que paso por aquí tengo la misma sensación: ¡qué guapo!

El carril que acompaña al río es un paseo magnífico.

Vamos haciendo kilómetros y comprobamos que han arreglado el camino con muros de mampostería y vados de hormigón. Pronto llegamos a Vado Carretas y cruzamos el río que baja crecido. El cielo cada vez se está cargando más y más, así que apretamos al máximo para llegar cuanto antes a nuestro destino.

Vado Carretas.

Remontamos desde Vado Carretas por la Cañada del Mesto y cuando estamos en el Poyo Tribaldo empieza a llover. Comemos algo bajo una encina y somos conscientes de que hoy vamos a criar cagarrias en el sillín, así que nos lo tomamos con calma y descendemos hacia la cola del pantano de la Bolera con cuidado por un descenso algo trialero entre encinas y antiguas tierras de labor. La sierra del Pozo a nuestra derecha está completamente cerrada y el temporal cada vez se va poniendo más gallito.

Finalmente llegamos al cortijo del Molinillo y hacemos la pista de la Bolera casi en contrarreloj. La última recta de asfalto hacia la Bolera es un esprint de 6 kilómetros buscando terminar cuanto antes. Aún así, mojados hasta el perineo, la recompensa es más que suficiente y el choto al ajillo en un bareto de Pozo Alcón (al que quiero volver cuanto antes y del que por desgracia no recuerdo su nombre, como Adso de Melk con la rosa de la película) nos reconforta y supone el colofón de una ruta fantástica patrocinada por, el siempre castigador, Sergio «the beast». Por favor, sigue haciéndome daño.