Exigente y ruda actividad en la que ascendemos el Gilillo desde Tíscar y regresamos por todo el espinazo de la cuerda o cordillera de los Agrios haciendo las tres cumbres: Aguilón del Loco, Picón del Guante y Rayal.

ficha

sierra de Cazorla
abril de 2005
1 día y medio
29 km
2200 m
soleado, anticiclón
recorrido montañero siguiendo cordales rocosos en los que no se usan las manos pero que requieren experiencia y buena visibilidad
pincha aquí para ver el croquis
track aquí disponible
(hecho a mano)

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Por integral en montaña se entiende el efectuar todas las cimas de una sierra, conjunto de sierras o sistema. Puede parecer exagerado ser capaz de hacer todas las cimas de Cazorla en un par de días pero es que hay que tener claros los límites geográficos de la Sierra de Cazorla en el sentido de que, a menudo, es usual tomar el todo por la parte y llamar Cazorla a lo que es Sierra del Pozo, Sierra de las Villas, o Sierra de Segura.

De hecho, Cazorla es una sierra más dentro de las subbéticas que no se distingue precisamente ni por ser la más grande ni la más alta. Ésta se extiende de Norte a Sur a lo largo de unos 15 kilómetros aproximadamente y la sierra propiamente dicha comienza en el Puerto de las Palomas, collado natural que comunica Cazorla con el valle del Guadalquivir y que separa la Sierra de las Villas de la Sierra de Cazorla.

Si fuéramos un buitre leonado y viajáramos hacia el Sur desde el Puerto de las Palomas primero contemplaríamos unos humildes cerros (el Cerro de la Laguna, con poco más de 1650 metros, por ejemplo) que comienzan a sugerir la cuerda del Gilillo, máxima altura de esta zona de la sierra con 1848 metros. A continuación, volaríamos sobre la cuerda del Gilillo que se ramifica y pierde fuerzas hasta llegar a Puerto Lorente. Tras el paso de la pista forestal, la sierra se pone más complicada y altiva y se convierte en lo que se conoce como Cordillera de los Agrios, con tres montañas agudas y fieras: el Aguilón del Loco (1956m), el Picón del Guante (1931m) y el Rayal (1834m). Finalmente, la sierra de Cazorla se desploma hacia el Puerto de Tíscar a lo largo de una impresionante ladera conocida como Pecho de las Ardillas, quizás por el color blanco de la caliza.



Los Agrios, bien bonitos que son

Así pues, muchos, cuando por primera vez fuimos a Cazorla y ascendimos a las Banderillas, realmente no estábamos en Cazorla, sino en otra parte… Podemos pensar que eso son cosas de geógrafos y que no interesan; podemos argumentar que las montañas apenas entienden de límites y mojones y son lugares para ser disfrutados sin preocupación. No obstante, el tema de los nombres, los topónimos, es vital y uno no debe hablar a la ligera cuando ya ha pateado mucha sierra, porque los nombres son la clave de las cosas en un territorio donde se pierden las veredas acosadas por la maleza, los años y el olvido.

[Nota aclaratoria: esta digresión sobre los límites geográficos de Cazorla es simplemente una opinión y no precisamente autorizada. Se basa en diferentes lecturas como el libro de Sebastián Robles Zaragoza, Cazorla, la Sierra, una mirada, así como la consulta de cartografía diversa. En cualquier caso, 8 años después, me parecen palabras demasiado sesudas, sentenciosas y carentes de sentido. No obstante, prefiero mantener aquí lo escrito para ser fiel a lo que pensábamos hace mucho, cuando éramos jóvenes.]

Bueno, pues hecha esta justificación del título de la travesía vamos a pasar a relatar los hechos. Dejo el coche bajo el Torreón de Don Enrique, en lo alto del Puerto de Tíscar, lugar hermoso, arriscado, muy mágico, que cuenta con restos íberos y que supone una puerta natural para comunicar las hoyas de Guadix y Baza con la zona de Úbeda y Baeza.

Aquí hay un carril bien ancho que serpentea hacia Levante y que se interna en la cara NW de la cordillera de los Agrios, bajo la imponente mole del Picón del Rayal. El carril pronto tiene una cadena que cierra el paso a los vehículos y unos kilómetros más adelante se convierte en un jorro o carril de saca para los madereros.

Hace una mañana estupenda, con una brisa del noroeste bastante fresquita que no me deja quitarme el polar. Nubes blancas viajan a gran altura y algunas se enganchan en el hombro del Aguilón del Loco, a casi 2000 metros de altura. Cuando me meto en pleno bosque el viento está amortiguado y ya me entra calor. Llego a un sitio conocido como el Nacimiento donde un arroyuelo se despeña desde la Corona del Rayal, espléndido anfiteatro calizo que convierte esta vertiente en inaccesible a los animales de cuatro patas y, por supuesto, a los hombres; no así a buitres y águilas que trazan círculos sobre mi cabeza y que serán mi mejor compañía durante estos dos días.

En el arroyuelo tengo una primera duda, porque el mapa me marca que la senda gana altura rápidamente mientras lo que yo veo es que el carril se mantiene más o menos llano. Descubro entonces en la ladera un sendero bastante marcado y muy erosionado que asciende de forma abrupta por entre los arbustos. Empieza la marcha y nos metemos en faena, sudando ya bastante e intentando confirmar cuanto antes con alguna referencia que vamos por buen camino.



La cumbre del Gilillo

Estoy ascendiendo la Loma de los Robles; algunos cables de acero me indican el motivo de esta senda que voy subiendo en busca del Collado Valiente. Gano metros muy rápido y llego a un punto en el que el jorro pierde altura. Como veo claro ganar el collado flanqueando la ladera me meto por entre pinos y robles para no perder ni un metro. El camino está claro y hay muchas trazas de cabras que me sugieren por donde superar algunos despeñaderos. Finalmente, me planto en el collado Valiente y hago una parada para comer.

Hace un día magnífico (¿lo había dicho ya?) y las nubes que se movían por el cielo esta mañana han desaparecido. Tengo una vista diáfana de Quesada y los cerros de Úbeda. Mágina también parece estar a un paso y me prometo hacer pronto todos sus dosmiles. Bajo la piedra del Contadero, donde posiblemente los pastores se encaramaban para comprobar que el rebaño estaba completo mientras cruzaba por este cuello, me ventilo gran parte de la fruta y un tomate. Hay que eliminar peso.


Algunos buitres levantan el vuelo al verme llegar y comienzo a plantearme el dejar algo de peso aquí para volver a dormir a este sitio

Tras la comida, sigo ahora más despacio en dirección N por las faldas del Aguilón del Loco y atravesando un paraje conocido como los Pradillos de la Cueva Jaén. Llego a un nuevo collado próximo a los 1700 metros y gano vistas hacia una estrecha nava donde nace el barranco de la Juan Fría que más tarde se convertirá en el Guadalquivir. La verea atraviesa la nava por su parte más profunda y se encarama hacia el NW donde comienza una bajada pronunciada hasta Puerto Lorente.

En el centro de la nava nace un arroyuelo y hay mucha hierba. Algunos buitres levantan el vuelo al verme llegar y comienzo a plantearme el dejar algo de peso aquí para volver a dormir a este sitio. Hay agua, está protegido del viento y me deja en situación inmejorable para afrontar el día de mañana. La única pega: me tiene que dar tiempo de hacer el Gilillo y volver sin que se me haga de noche. Son casi las 15h30m y echo cuentas con el mapa. Finalmente me arriesgo, escondo el saco, los trastos de cocinar y algo de comida y me llevo la mochila con todo lo demás.

A paso rápido desciendo hacia Puerto Lorente y conforme voy haciendo metros para abajo cada vez me convenzo más de que he hecho lo correcto. No veo sitios mejores para dormir y me estoy quitando una buena subida para el día siguiente, aunque me la tenga que zampar al atardecer pero sin peso. Pronto llego a Puerto Lorente y la pista forestal que asciende desde el Chorro y Siete Fuentes. La cruzo y me cuelo en una ladera repleta de laricios y con un mullido piso de jumas. Menudos guíscanos que tienen que salir aquí pienso y sigo para arriba manteniendo la cuerda. Unos postes que indican la zona de reserva del parque natural me confirman que estoy en la divisoria principal de la cuerda del Gilillo.



La noche fría

En la zona más alta apenas hay ya árboles y tengo unas vistas alucinantes: el valle del Guadalquivir cerrado al Norte por el Yelmo, los paredones resplandecientes del Banderillas bañados por el sol de la tarde, la albura del Blanquillo que refleja esta luz tan limpia de primavera… Me concentro en la cuerda que se me está haciendo larga e intento adivinar la cumbre del Gilillo. Como esta mañana la he visto sé que tiene una forma piramidal y sé también que no es el cerro que tengo delante y que tengo que pasar.

Llego así a una zona donde la divisoria se ensancha y que se conoce como la Loma de la Tejadilla. Tengo que atravesar la loma y elijo el punto más alto para hacerlo, a riesgo de tener que perder luego algunos metros. Hay suerte y no me equivoco, pero lo que veo al otro lado no me gusta mucho. Todavía tengo un kilómetro de cuerda hasta el Gilillo y además ahora con roquedos y gendarmes que me van a obligar a flanquear bien por el E, bien por el W. Le echo 20-30 minutos a este trozo que me resta hasta la cumbre. Son las 17h30m. Estoy dentro todavía.


El último resplandor de la tarde se refleja en la pared NW del Aguilón del Loco. Mientras ceno no paro de mirar la montaña y de preguntarme por dónde la voy a atacar mañana

Antes de las 18h00m estoy inflándome a quicos en la cumbre del Gilillo y finiquitando el agua. Creo que voy bien y que voy a llegar justo a tiempo para preparar la cena con las últimas luces. Me quedo un rato disfrutando de la cima y de la panorámica; me sorprende la Cabrilla y su visión me confirma que es el conjunto de montañas más potente que hay en la zona. La Sagra también se destaca a la izquierda del Empanadas.

Tras un cuarto de hora, recojo rápido y deshago la cuerda; ahora la hago mucho más rápido porque me sé los pasos, no dudo y elijo la mejor opción. Gano pronto la pista forestal de Puerto Lorente y me dirijo apurado hacia el Viso de la Nava, campamento provisional en el que voy a hacer noche. Cuando llego a la nava el sol no se ha metido; recupero el saco y los trastos de cocinar y busco un sitio bueno para dormir. Me da tiempo hasta para darme un remojón en el arroyo y dormir limpio. De menú: sopa, bocadillo de atún con tomate y leche con filipinos. Mejor imposible.

El último resplandor de la tarde se refleja en la pared NW del Aguilón del Loco. Mientras ceno no paro de mirar la montaña y de preguntarme por dónde la voy a atacar mañana. Me fijo en las sombras y en los matices de la roca pero no me decido. Cuando me levante seguro que lo veo más claro. Antes de acostarme cojo el móvil y subo a unas rocas que tienen vistas al valle y a Quesada. Ahí tengo cobertura y comunico con casa. Todo correcto. Me quedo un rato mirando las luces de muchos pueblos y aguanto un buen rato pese al viento frío al que estoy expuesto.

Finalmente me empapelo; boca arriba disfruto de las estrellas que van apareciendo una tras otra: Sirio es la primera y me permite anticipar a Orión que comienza a vislumbrarse tenuemente; más tarde Aldebarán, los gemelos Cástor y Pollux… y así hasta la Osa Mayor que me indica la Polar. Voy ajustando el cuello del saco porque me entra algo de viento y los ojos se me cierran. No los volveré a abrir hasta que la luna y su resplandor me despierten de madrugada. Tras un vistazo rápido, vuelvo a dormirme hasta el amanecer.

La noche ha sido bastante fría; estoy un poco remolón y aguanto hasta que el sol remonta para salir del saco. Voy a por agua y me preparo la leche; recupero calorías y me permito el lujo de calentar agua para lavarme la cara. Ya que llevo el peso del hornillo… pues que sirva para algo.



Picón del Guante. Esta foto fue la imagen de la web mucho tiempo

No son las 8h30m cuando ya estoy remontando la ladera hacia el Aguilón del Loco. Miro constantemente hacia arriba para descubrir un paso practicable; la idea que tenía ayer por la tarde no me sirve porque un último bord¡llo bloquea la cima, así que voy flanqueando hacia el E, atravieso un canchal y gano vistas a un filo de roca impresionante que se conoce como el Agreal. Por ahí ya lo veo más claro y remonto hasta los 1956 metros de la cumbre.

Desde la cima veo claro toda la cuerda que me resta para terminar la jornada. Como hace una curva hacia el oeste puedo estimar correctamente la escala del conjunto, los pasos delicados y las dos cimas que me restan. Todavía no se puede cantar victoria y aún va a haber que pelear muchos metros.


Unos metros antes de la cima el espectáculo es impresionante: la roca caliza, desnuda, agrietada, desgajada, que se precipita hacia el abismo y que está enmarcada por el fulgor nevado de un horizonte dominado por Sierra Nevada

La cresta de la cordillera de los Agrios es agria, áspera, afilada… apenas veo excrementos que denoten la presencia de cabras y tengo que estar constantemente mirando al suelo para no colarme en alguna de las muchas grietas. Por ahora me mantengo pegado al filo de la cuerda, con vistas hacia ambas vertientes. Quizás más adelante tenga que escorarme hacia el E para protegerme. Quizás incluso tenga que renunciar a la cuerda y bajar al valle. Ya veremos.

Para hacer el Picón del Guante bajo hasta un colladito de 1806 metros y debo remontar una pala de 45 grados de roca suelta. Podría arriesgarme por la cuerda que está más compacta pero veo un resalte en el remate final del pico que no me convence. Así pues, a clavar bastones, rodillas y cabeza gacha para remontar otro centenar de metros. Unos metros antes de la cima el espectáculo es impresionante: la roca caliza, desnuda, agrietada, desgajada, que se precipita hacia el abismo y que está enmarcada por el fulgor nevado de un horizonte dominado por Sierra Nevada. Reconozco aquí la foto que Carlos le hizo a José Antonio Navarro y que saca en su libro; advierto también que el pie de foto es erróneo pues identifica esta cumbre con el Rayal cuando se trata del Picón del Guante.

Tras la cima la arista pierde altura vertiginosamente hacia un collado de menos de 1700 metros que en el mapa está marcado como las Torcas. Veo pasos no triviales que me van a exigir concentración con la mochila y el cansancio. Remonto un par de gendarmes y en los lugares más ásperos me ayuda la roca desnuda poniendo a prueba la adherencia de mis suelas.
Tras las Torcas me queda una última remontada hacia el Picón del Rayal. Opto por seguir la cresta a pesar de que presenta varios resaltes de tres o cuatro metros. Estoy ya un poco desfondado y tengo bastante hambre pero soy cabezón y quiero comer en la cima. Así pues, bebo agua y me aplico para superar un par de trepadas de II grado que con la mochila exigen atención. Me sorprendo de cómo cambia un sencillo tramo de roca cuando uno está cansado, lleva peso y asciende en solitario.
Por fin, la pendiente comienza a ceder y el vértice se adivina; acelero y dejo la mochila junto a mojón de cemento para acercarme hacia Poniente y comprobar la ruta de salida. Un vistazo rápido para comprobar con satisfacción que no me esperan más sorpresas y que sólo queda un prolongado descenso esquiando entre las piedras del Pecho de las Ardillas.

Hago buena cuenta del pan y el embutido que me resta y del medio tomate que he guardado como un tesoro. El agua se agota pero no me preocupa… pronto estaré de nuevo en el valle. Son casi las tres de la tarde cuando comienzo a descender. Veo el brillo del coche aparcado en la curva de la pista forestal pero está bastante lejos. Por última vez, vuelvo la vista atrás y contemplo la cresta que me acabo de zampar en más de cinco horas de afanosa progresión: ha sido una hermosa galopada por el espinazo, por esta raya destacada que antaño fuera la frontera del reino nazarí. Hoy sólo es una línea imaginaria en mi mente, un camino de rocas, aire y luz que he transitado y que quedará grabado para siempre en mis retinas…

fotos

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en la sierra de cazorla