Travesía en bici de montaña que, desde Cieza en la Vega Alta del Segura, nos lleva hasta Cazorla y Quesada pasando por Moratalla, el Noroeste murciano, Nerpio, la Guillimona, Santiago, los Campos de Hernán Perea, las Navas y el alto Guadalquivir. El regreso lo efectuamos en el Jaén—Benidorm.

1. De Cieza a el Sabinar

ficha

noroeste de la región de Murcia
18 de Abril de 2006
7 h
96 km
1500 m
poniente fresco
recorrido por carreteras con muy poco tráfico
croquis no disponible
track no disponible

Hay recorridos que uno siempre tiene en mente y que, tarde o temprano, acaban cayendo. Hace ya más de 10 años intentamos unir Cieza y Cazorla con la bicicleta pero una avería mecánica a la altura de Santiago nos lo impidió: el eje del pedalier no aguantó y me quedé con las bielas en la mano; imposible arreglarlo en medio de la Bética con la tienda de bicis más cercana en Caravaca o Úbeda.

Esta semana de primavera estaba dispuesto otra vez a intentarlo. ¿Por qué no? Las circunstancias me llevaban a afrontar la historia en solitario. Una más. Y no será la última, porque lo de tirarte en solo al monte también tiene su punto y le permite a uno quedarse con todo. Todo con mayúsculas. Sin distracciones, sin conversación, sin descuidos. Sólo concentración en el paisaje, en las ruedas de la bici, en el pedaleo, en la sombra de las piernas sobre la tierra. Solo.

Tenía dos opciones para el sentido del recorrido: Cazorla a Cieza o Cieza a Cazorla. Elegí la segunda por dos motivos: 1) es más dura y más pura y 2) los mejores paisajes están al final, así que me animarían para llegar al destino. En contra: al llegar allí tenía que montar la logística de la vuelta. Una incertidumbre más que añadir a la aventurilla.

El martes 18 de abril salgo de Cieza. El día anterior estuvo lloviendo a mares con un viento frío de poniente que estuvo a punto de disuadirme. Los pronósticos para estos días: régimen de poniente, nubes medias, tiempo revuelto. Enfilo hacia Calasparra y Moratalla por caminos viejos de asfalto, atravesando nuevos regadíos. LLevo viento en contra pero a esta velocidad de tortuga no hace daño.

Entre Calasparra y Moratalla

Al mediodía llego a Moratalla. Unas tres horas y poco más para hacer los primeros 60 kilómetros. Pues no está mal, me digo. Me doy una vuelta por el pueblo y su callejero que es muy bonito y busco un restaurante para darme un homenaje. Paso por uno cuyo menú está por los 42 euros. ¡Jopé! Este mejor para la vuelta, cuando todo el pescado esté vendido. Al lado del arzak moratallero encuentro uno más sencillo y resultón: por 8 euros un asado de cordero cuyas grasas se hacen hueco entre mis huesos.

Con el centrifugado de las patatas y la carne está complicado encaramarse al campo de San Juan por los 12 kilómetros de puerto que me esperan. Salgo de Moratalla y en una zona de paseo próxima al Instituto, en unos bancos de cemento, me pego un siestón bajo un sol de justicia. De vez en cuando vienen los bacalutis del pueblo con los coches negros y las pegatinas de la central a darse una vuelta pero pasan completamente de mí.

A las 16h considero que ya pasó mi tiempo y me pongo las pilas. El puerto me cuesta pero no tanto como temía. Tengo el recuerdo de la última subida hace ahora 5 meses y ya me costó sin alforjas. Quizás iba menos mentalizado que hoy porque a mi ritmo tranquilo voy dejando atrás hitos e hitos kilométricos hasta el collado que forman la sierra de los Álamos y el Puntal de Gorra Nogueras que es donde culmina el puerto. Así gano vistas al campo de Béjar que está precioso y muy verde por las últimas lluvias, desciendo pasando frío y me preparo para los últimos repechos del día que hace la carretera al doblar el Puntal del Carreño.

Puerto de montaña

Tras las últimas cuestas me dejo llevar. Paso por la ermita del Campo de San Juan y veo el Sabinar a lo lejos. Ya estoy terminando. Perfecto. El viento me pega ahora a favor y me hace volar por un asfalto recién puesto. En el Sabinar, en la medianera de una casa, veo un letrero pintado de negro que me atrae poderosamente. A ver, a ver y resulta ser una pensión: el Nevazo. Pues vamos allá a ver qué nos cuentan. Habitación y desayuno: 20 euros. Aquí me quedo tras más de 90 kilómetros.

Una ducha, un paseo por las calles del Sabinar, unas bolsas de cascaruja y una coca-cola en la plaza. Hace bastante frío y noto que voy justo de ropa para los siguientes días. Dejo pasar las horas hasta que, en un bareto, veo al Barsa darle una lección de fútbol al Milan en San Siro. Hasta ahora no me puedo quejar.

2. De el Sabinar a la Matea

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, sierras de Segura y del Segura
19 de Abril de 2006
6 h
78 km
1200 m
frío, inestable, poniente
recorrido por carreteras locales de montaña y carriles en buen estado
croquis no disponible
track no disponible

Al día siguiente no madrugo porque no hay ningún ruido y no llevo reloj. Se me hacen las 10h y entre el desayuno y otras cosas empiezo la etapa a las 11h. Por entre las sabinas tan típicas de estas tierras altas avanzo resuelto gracias a un terreno favorable: estoy en la vertiente del arroyo Tercero que drena al pantano del Taibilla.

Cuando llego al cruce de la pista que sube a la Rogativa y Puerto Hondo giro a la izquierda para evitar las cuestas del pantano. Es esta una zona muy quebrada, con roquedos, chopos, nogales, cerezos y en el día de hoy con un cielo azul salpicado de blancos cúmulos. Un par de kilómetros y otro cruce me lleva en dirección a las Bojadillas, a los pies de Peña Jarota. El sol gana altura y ya no estoy pasando tanto frío como a la salida. Hoy parece que está el día mejor, aunque lo cierto es que poco a poco las nubes evolucionan y van ocupando el horizonte.

Llego a Nerpio y me ocupo de dos cosas: comprar ropa de abrigo que la voy a necesitar y pillar algo de comida. Los dos objetivos se cumplen. Tenía un tercero, que era leer el periódico, pero aquí no ha llegado el de hoy todavía. En fin. En la plaza del pueblo me recreo en mi almuerzo y observo el ajetreo de un pueblo en movimiento que es cabecera de comarca y cuyo encanto — y carga — es su aislamiento de todo.

Hacia Nerpio por Arroyo Tercero, la Rogativa y las Bojadillas

Después de Nerpio está Pedro Andrés por una carretera deliciosa que acompaña al río Taibilla en su avance por entre despeñaderos, bancales de cereal y nogales. El cielo se cierra y me caen gotas gruesas como garbanzos cuando estoy avistando la torre Taybona. Entro en Pedro Andrés justo cuando arrecia la tormenta y me quedo en la puerta de un bar, bajo el alero del tejado, a ver qué pasa. Como no para, y aunque acabo de almorzar en Nerpio, decido entrar a tomarme algo. Un bocata de jamón, una cerveza, y una hora de conversación con los abuelos de la barra.

Los nogales de la cuenca del Taibilla

De vez en cuando, miro furtivamente por una ventana que da hacia la Sierra de las Cabras para ver qué tal está el tiempo y, con satisfacción, compruebo que sólo es una tormenta pasajera. Así pues, tras el café me pongo firme otra vez y salgo de Pedro Andrés hacia el valle de Huebras. La cosa se pone seria y la carretera tiene un par de cuestas de esas que crujen los cambios, las rodillas y las bielas. Gano altura de forma progresiva y voy atravesando cortijadas en un valle cercado al sur por el Calar Blanco — prolongación de la Guillimona hacia la sierra de las Cabras — y al norte por la sierra de Huebras, que más que una Sierra es algo así como el reborde de una mesa cuyas patas descansan sobre el río Zumeta. Sé que tengo Santiago muy cerca, justo en la otra vertiente de esta última Sierra pero, por la especial orografía, la carretera me hará dar muchas vueltas.

Finalmente, y tras un descenso vertiginoso hacia la rambla de los Vaquerizos, llego a la carretera del Puerto del Pinar. Estoy contento porque tengo la etapa casi cerrada; sólo me falta la subida desde el Zumeta hasta Santiago. El Puerto del Pinar es un sitio delicioso para la bici por la carretera, por el bosque, por las curvas, por las vistas, por todo. Llego a la Vidriera y hago un alto para comer algo. Hace un sol buenísimo pero nada de calor. De verdad que han dejado bonito este sitio, pero siempre que paso lo veo vacío. No sé pues para qué tanto dinero invertido si luego nunca hay nadie.

La Vidriera

Después del chocolate con almendras me abrigo bien y me lanzo hacia el vado del Zumeta, descenso impresionante con curvas de 180 grados que me hacen ir con cuidado. Lo bueno se acaba pronto y enseguida estoy sobre el puente tomando fotos del río. Las últimas cuestas hacia Santiago son más suaves de lo previsto y, en lugar de ir hacia el pueblo, tomo a la izquierda hacia la Matea para adelantar el trabajo de mañana. En la aldea encuentro un hostal para reponer fuerzas. Es temprano y me doy un paseo para relajar las piernas después de los 80 kilómetros de hoy. Cojo el mp3 y me siento en el pilar de un puente para ver como cae la tarde: el sol lame las laderas del Almorchón y los lugareños vuelven con sus cestos y bestias para casa que ya es hora. Cuando el frío se acentúa entro a cenar y a descansar. Mañana es el día decisivo.

3. De la Matea a Quesada

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sierras de Segura y Cazorla
20 de Abril de 2006
10 h
127 km
1950 m
estable
recorrido por carreteras locales de montaña y pistas en buen estado
crqouis no disponible
track no disponible

Y así es. Despierto y está completamente despejado, pero hace bastante fresco. Me abrigo bien y comienzo a subir hacia las aldeas altas de la vega de Santiago. El paisaje es impresionante y pronto se me aparece al sur la silueta inconfundible de la Sagra sobre los pliegues del Puerto de la Losa. Los primeros neveros anuncian al fondo un ambiente extremo de alta montaña por el que discurrirá mi jornada.

Al llegar a don Domingo dejo el asfalto para entrar de lleno en la pista de las Navas. Después del puente sobre la rambla de los Cuartos hay una cuesta que me pone a prueba: mucha pendiente y muchas piedras. En poco más de 1000 metros gano casi 200 de desnivel. Esto es barbarie. A continuación, un descanso por entre pinos jóvenes y arces para luego entrar de lleno en el arroyo de la Juan Fría. Esta zona es realmente espectacular por los laricios y con la mirada busco el Galapán, el pino más grande de la comarca. La tercera vez que paso por aquí y la tercera vez que no lo veo. En fin.

La pista pica para arriba y me está torrando de más. Veo un Discovery de los forestales y me paro junto a él para recuperar el resuello. Unos minutos de charla con el guarda y salgo pronto para acabar con esta zona de cuestas que me está reventando. Por fin, gano vistas hacia el castillo de los Campos: las Banderillas, el Empanadas y la prolongación de Sierra Seca son los gruesos muros que resguardan este extenso patio de pastos, dolinas y rincones solitarios. No me resisto a contemplar con tranquilidad y sosiego este mundo muy apartado de las cosas de los hombres — sólo los pastores hollan sus misterios — y me siento a comer apoyado en una roca el bocadillo de jamón que una abuela seria me ha despachado en la Matea.

Verde tapiz

Tras recuperar fuerzas llaneo por los Campos atravesando navas, pastos y dejando atrás refugios de pastores habilitados por el ICONA. Las Banderillas a mi derecha y la cuerda del Empanadas a la izquierda escoltan mi avance. Hay unas nubes descolgadas del frente que atravesó ayer los cielos que le confieren al paisaje un aspecto ensoñador. Casi sin darme cuenta llego a una de las puertas de los Campos que ahora me verá salir de ellos: el control de Rambla Seca. Allí cojo agua de unos tornajos y me entretengo mirando el jugueteo de dos caballos sueltos. Aún así, le tiro rápido hacia las Navas porque nunca he pasado por este trozo de pista y tengo ganas de conocerlo.

El tramo que voy a recorrer no me va a defraudar. Más bien, al contrario: estoy en una zona comprendida entre la Calarilla y el nacimiento del Borosa por un lado, y el nacimiento del Guadalentín y los primeros pliegues de la Cabrilla al otro. Con toda seguridad, una de las más espectaculares de esta cordillera. La pista atraviesa el collado Bermejo desde donde multitud de turistas entran a ver la laguna de Valdeazores traídos hasta aquí por 4×4 desde Vadillo. Yo voy a lo mío sorteando piedras sueltas y, cuando la pista me da tregua, levanto la cabeza para asombrarme por la caída de la Cabrilla hasta el valle del Guadalentín, sinfonía de poyos calcáreos, neveros, pinos blancos enquistados en rendijas imposibles y oteros desde donde el quebrantahuesos dominó su último reducto en el sur de España.

Viejas cortijadas y las Banderillas al fondo

La bajada se me hace larga y cuando llego a las Navas paro un rato a contemplar el verdor de la hierba. Estiro los músculos y me doy un masaje en la rodilla izquierda que ya va tocada del esfuerzo. Comienza ahora una subida hacia el collado verde en el que ganaré vistas hacia el valle del Guadalquivir. Tras un poquito más de sudor estoy descendiendo la cuesta del Bazar hacia el poblado de Vadillo. La Mesa a mi izquierda y la cuerda del Gilillo al frente me saludan y me dan la bienvenida al Valle.

En Vadillo me refugio tras una tapia del solazo que está pegando para coger fuerzas y afrontar el resto de la jornada. Unos guiris paran y me dan conversación; me preguntan por el nacimiento del Guadalquivir. Llevan un descapotable recién estrenado y les chapurreo en inglés serrano que es una lástima meter el carro por la pista que asciende hasta la cañada de las Fuentes, que mejor se den un paseo tranquilo caminando por el puente de las Herrerías o por la cascada de Linarejos. Es sólo una sugerencia.

Desde Vadillo hasta el empalme del Valle tengo una cuesta arriba que no recordaba y que me hace mierda. Así de claro. Veo los restos del incendio de Arroyo frío y calibro cuánto me resta para coronar el puerto de las Palomas. Distingo el mirador y, si la carretera no me la juega perdiendo altura, compruebo que el escarnio no va a ser duradero.

Puerto de las Palomas

Cuando entro en la carretera principal, tras el empalme del Valle, el tráfico me obliga a estar concentrado, atento y muy pendiente de los que vienen por ambos lados. Es día de diario y hay camiones de reparto, 4×4 de forestales y guardas y, por supuesto, muchos coches de visitantes. La subida es bastante tendida y me centro en la raya discontinua del margen y los quitamiedos de piedra que me protegen de la ladera que desciende hasta Arroyo Frío. Unas cuantas pedaladas más y ya estoy en el mirador de las Palomas. Foto y para Cazorla.

El descenso hacia el pueblo es vertiginoso y muy emotivo. La campiña andaluza se extiende infinita hacia el Poniente y un sol tibio ilumina los campos. En lontananza brillan las paredes encaladas de varios pueblos: Peal, la Iruela, Cazorla. Estoy muy contento porque veo el final del recorrido. Mentalmente voy organizando la logística del regreso: llego a Cazorla, busco una caja de cartón para la bici, busco alojamiento, empaqueto la montura y localizo un taxi que me lleve a Quesada al día siguiente.

Lo que pensamos no siempre se puede llevar a la práctica. En Cazorla, y después de dar muchas vueltas para arriba y para abajo buscando una caja con la que empaquetar la bici, comprendo que lo más razonable es llegar hasta Quesada hoy mismo y hacer noche en el mismo sitio en el que tengo que coger el bus de regreso. Así pues, 16 kilómetros de propina entre olivar hacia Quesada que me tomo con mucha filosofía.

En el camino hacia Quesada disfruto con las vistas de su Sierra, de esa cordillera de los Agrios que justamente hace un año recorrí por su espinazo. También veo ya el pueblo con la torre de su iglesia destacando por encima de las casas bajas. De alguna forma, me recuerda un poco a aquellos pueblos del prepirineo cuyo caserío está enmarcado por las impresionantes lenguas montañosas de la orla caliza de la Pirenaica.

Finalmente, y trás más de 120 kilómetros, llego a Quesada — menuda cuesta hay para subir al pueblo por la carretera que viene desde Peal — y entro al primer sitio que encuentro donde me quedo. Es un hotel bastante apañado donde me proporcionan información para el tema del autobús. Una vez alojado y limpio me doy un paseo por las calles. En la plaza del ayuntamiento localizo un contenedor de cartón y en él varias cajas enormes y me digo: esta es la mía. Mañana estaré aquí para cogerlas. En una ferretería compro un rollo de precinto para conformar el paquete.

Al día siguiente, antes de tomar el bus, voy al contenedor y resulta que ha pasado el camión de recogida. La gente me dice que suele ocurrir una vez cada dos semanas así que maldigo mi suerte, solo por unos minutos, porque enseguida en una tienda de electrodomésticos me prestan una caja enorme de un frigo que acaban de vender. Apaño la bici entre cartones medio desgajados y metros y metros de precinto y espero el Jaén-Benidorm con la satisfacción de haber cuadrado lo que parecía una aventura complicada.

El regreso en bus también tiene su encanto: pueblo tras pueblo, curva tras curva, vado tras vado, contemplo las sierras desde el mediodía, sierras que he atravesado por su centro, donde nacen los ríos y cordales principales, crestas poderosas que conforman un entramado soberbio de montañas, laberinto de juegos ilimitado que ojalá nunca me canse de disfrutar. Hasta la próxima pues.

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