explorar54-medium.jpgLa Fresnedilla es un símbolo de la resistencia serrana a las inercias del tiempo y a
los caprichos de los señores de la Administración. Uno de sus últimos dueños,
Máximo Fernández Cruz, relata con orgullo que el cortijo del Recó y la
Fresnedilla la mercó mi bisabuelo en 1780 con sus más de 250.000 pinos y 80
nogueras
. Añade indignado también que, a mediados de los años 70, un
ingeniero me ofreció en la Torre del Vinagre 210.000 pesetas por todo, pero yo digo
que no vendo y que me tendrán que sacar de aquí con los pies para adelante
. Máximo
es uno de los pocos serranos que soportó la presión administrativa que obligó a
muchos de sus conocidos a malvender sus tierras para ser realojados en Coto Ríos.[recopilado del libro de Sebastián Robles Zaragoza: Cazorla, la Sierra. Una mirada]


[20 y 21 de Julio de 2003] Uno de los veranos más cálidos que recuerdan los ancianos de estas tierras es el ambiente que nos envuelve cuando comenzamos nuestro periplo, camino de la Fresnedilla. Entre los pinos de Alepo, las encinas y los madroños apenas se vislumbra horizonte alguno y sólo la perspectiva del carril por el que avanzamos da profundidad a nuestras miradas. Las fuentes se suceden una tras otra vertiendo ladera abajo los últimos recuerdos de las nevadas de invierno y las copiosas lluvias de primavera. El fragor del Aguasmulas se escucha amortiguado por la exuberancia del sotobosque y, a ratos, cuando podemos contemplarlo desde alguna curva, parece encantarnos con sus piruetas y el verdor de sus vaeras.

Muy pronto llegamos a la altura de las juntas que hacen el arroyo de la Campana y el
Aguasmulas. Cuando las maderas se conducían por el agua, esta encrucijada venía a
ser algo así como un depósito y en el lugar llegaron a vivir familias enteras de
ajorraores y gancheros. Todavía pueden encontrarse restos de las casas
que levantaron y las terrazas en las que sembraban.

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Algunos de los expedicionarios descansando antes de llegar al cortijo de la Fresnedilla. Atrás se observan las impresionantes paredes bajo las que nace el Aguasmulas y también nubes de evolución

La pista de macadán comienza a ascender suavemente para ganarle altura al Castellónde los Toros, lugar enriscado, complejo, donde la necesidad llevó a algunos a sembrar en sus cimas. Pronto la pista hace una curva cerrada y contemplamos el Recó del Aguasmulas — quizás signifique rincón por lo encajonado de su situación. Buscamos con la vista el cortijo de la Fresnedilla pero sólo se nos
muestra imponente la naturaleza vertical del flanco Norte de las Banderillas. En los
paredones calizos trepan algunos pinos blancos cuyo tamaño nos sirve para estimar la
escala del conjunto y cifrar la altura de la muralla en más de 700 metros.

Cuando la pista termina, una senda nos lleva hacia el cortijo de la Fresnedilla.
Como tenemos idea de dormir por aquí vamos ya buscando un lugar cómodo donde
vivaquear; unas nogueras nos acogen bajo sus ramas y nos dedicamos a sestear y a
charlar. Vemos varios fresnos de gran porte y curioseamos por el cortijo, que está
muy abandonado. Es terrible comprobar cómo en muy pocos años el tiempo lo engulle
todo y se lleva por delante el trabajo paciente y sufrido de varias generaciones.
Hace poco más de diez años en estos campos se sembraba cereal y en las cercanías del
arroyo prosperaban en verano las huertas.

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En el collado que separa el Aguasmulas del Arroyo del Hombre está este poste del GR7 que siempre sale muy fotogénico. Aquí se aprecia perfectamente la verticalidad de las Banderillas.


La Fresnedilla es un símbolo de la resistencia serrana a las inercias del tiempo y a
los caprichos de los señores de la Administración. Uno de sus últimos dueños,
Máximo Fernández Cruz, relata con orgullo que el cortijo del Recó y la
Fresnedilla la mercó mi bisabuelo en 1780 con sus más de 250.000 pinos y 80
nogueras
. Añade indignado también que, a mediados de los años 70, un
ingeniero me ofreció en la Torre del Vinagre 210.000 pesetas por todo, pero yo digo
que no vendo y que me tendrán que sacar de aquí con los pies para adelante
. Máximo
es uno de los pocos serranos que soportó la presión administrativa que obligó a
muchos de sus conocidos a malvender sus tierras para ser realojados en Coto Ríos.
Otra anécdota que refleja el infame cerco de los gestores hacia los habitantes
autóctonos de la Sierra es que, negándole el derecho a sus propiedades, le
encerraron en una de las casas de la propia finca a más de 250 ovejas con orden
expresa de que no salieran a pastar. Unos días después, su misma hermana dio careo a
las bestias pero ya habían muerto más de cuarenta.

La tarde se va cerrando y las luces se reflejan en la caliza blanca de las
Banderillas. Cenamos antes de que la luz se nos escape del todo y buscamos la
protección de los sacos para evitar los mosquitos. Un rato después sólo se escucha
el rumor del arroyuelo tributario del Aguasmulas que tenemos a escasos metros. Pasan
las horas y la luna menguante aparece de madrugada tras los paredones que contienen
a los Campos para que no se desparramen. Mañana estaremos por allí arriba, en los
Campos.

Con las primeras luces recogemos y tiramos para arriba, por una traza bastante vieja
que comunica con la Hoya de la Albardía. Vemos señales muy nuevas de un GR que une
Pontones con Coto Ríos y alcanzamos —no sin sudores— un paraje conocido como las
Horcajillas. A partir de ahora, abandonamos la tranquilidad de la senda para
encaramarnos sobre el último escalón que nos separa de los Campos de Hernán Perea.
Sorteamos varios poyos que se precipitan sobre la cuenca del Aguasmulas y le
arañamos cada vez más metros a esta enorme montaña. Tras un angosto portillo de roca
asoman ya los perfiles caóticos y sobrecogedores de los Campos bañados por un sol de
justicia. Y sólo son las diez de la mañana pienso para mis adentros mientras
sorteamos un lapiaz complejo y traidor.

Tras algunas dolinas encontramos un carril que viene de la pista del Pinar Negro. Lo
tomamos para subir al punto más alto de la sierra y agradecemos las exiguas sombras
de los pocos pinos salgareños que aquí sobreviven. Ladera abajo, refleja el sol la
techumbre metálica de una vieja tiná que se apoya sobre la Casa del Pinar
Negro. Pese a la luz aplastante y dura que se desparrama por las llanuras, podemos
apreciar que estamos en un lugar casi mágico, sobrenatural, solitario, extremo… No
hay serrano que mente a los Campos con indiferencia; más bien, siempre se refieren a
ellos con un respeto transmitido de padres a hijos, nacido de las experiencias de
varias generaciones que han visto morir atrapados en las nieves a pastores
extraviados por la niebla y el viento.

Ensimismados en estos pensamientos llegamos a la cumbre de las Banderillas, pequeño
resalte en la cordillera en el que la Administración ha colocado unas garitas de
vigilancia con la misma arquitectura que los refugios de pastores de los Campos. Nos
asomamos a Poniente para contemplar el espectáculo dramático y estrepitoso de la
muralla de las Banderillas desprendiéndose desde los casi 2000 metros de los Campos
hasta la vega del Guadalquivir, a menos de 700. El retén forestal se nos acerca con
deseos de conversar y nos describe la arquitectura de esta catedral que se erige
áspera y solitaria, junto a los Campos. A nuestros pies está el cinto de
Viñuela
, que es un conjunto de poyos circulares cuya naturaleza calcárea los
presenta deslumbrantes e inconfundibles al sol de la mañana. Entre dos de esos
poyos, nos señala la Soga, pues era necesario ayudarse de ella para transitar
por tan abrupto desfiladero; también nos habla de la pasá el Durillo, ya que
era preciso agarrarse a la planta para llegar a buen puerto…

Seguimos avanzando ahora ya sin camino, por lo alto de la cuerda y aprovechamos para
disfrutar de un paisaje enorme, solitario y sobrecogedor. Nos llama la atención una
aguja de roca que en la forma me recuerda al Naranjo y que aquí lo denominan
el Fraile. La cresta es muy cómoda, limpia y siempre descendente por lo que
pronto alcanzamos el flanco sur y la vereda que desciende hacia el collado de
Roblehondo por el Tranco del Perro. En las curvas más expuestas observamos enormes
piedras rectangulares que sostienen el camino, aunque en la zona de mayores
pendientes éste ha sufrido desprendimientos y el acoso de los pinos. Una vez más
abajo, observaremos desde la distancia la dificultad de introducir esta senda por un
lugar tan complejo y la necesidad que tuvieron de dinamitar la roca para hacerla
transitable a las bestias.

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El grupo recuperándose en los Llanos de Arance


El collado de Roblehondo separa las cuencas del Borosa y del Aguasmulas. Nosotros
salimos ayer de esta última y hoy la dejamos a la espalda enfilando hacia el Sur por
la vereda que traemos desde los Campos. No muy lejos reconozco la inconfundible
silueta del picón del Haza con su espectacular pared Oeste y donde también se
ven las tuberías de la central eléctrica del Borosa. Tras un kilómetro de bajada
tomamos la siempre arriesgada decisión de abandonar la senda para ir monte a través
hacia un ramillete de cortijos que salpican el royo de la tinaíca. Éstos
presentan un aspecto habitado aunque sólo nos reciben algunos animales poco
amistosos. Los habitantes han cercado la zona central del valle —que es donde
siembran— y nos supone un fastidio buscar un paso por los laterales. Tras un trozo
bastante malo en el que nos tenemos que descolgar por un barranco, llegamos a una
senda con marcas recientes de herradura que es una magnífica señal para nuestros
cansados cuerpos.

Enseguida escuchamos entre las encinas el rumor del Borosa atrayéndonos hacia el
fondo del valle. Aceleramos nuestros pasos y lo cruzamos por Huelga Nidillo
para entrar en la autopista del Borosa. El día se ha ido cerrando y nubes
medias oscurecen el cielo, aunque no parece que vayan a descargar. La gente que está
paseando o que se dirige hacia el Salto de los Órganos mira nuestro aspecto
desarrapado y algunos se sorprenden al adivinar colgada de mi mochila la cuerna de
ciervo que he encontrado en el Tranco del Perro. Disfrutamos de este último tramo y
de la cerrada de Elías y terminamos nuestro recorrido en la Torre del Vinagre, donde
el día anterior fuimos previsores y dejamos un coche para ahorrarnos el
alpargatazo hasta los llanos de Arance.