No será la primera — ni la última — vez que nos sorprende un temporal en lo más recóndito de la Sierra. En esta ocasión nos pilló durmiendo en la cima de las Banderillas, dentro de la caseta pequeña. Al día siguiente, con niebla cerrada, tuvimos que desandar nuestras huellas para no extraviarnos.

ficha

sierra de Segura
enro de 2010
un día y medio
37 km
1800 m
temporal, frío, viento
primer día sencillo; en el segundo, nos extraviamos y tenemos que regresar sobre nuestros pasos
pincha aquí para ver el croquis del primer día y aquí para el del segundo
track aquí disponible (track correcto para hacer, no el que me salió a mí en esta salida)

La montaña sólo nos pertenece después de que hemos regresado el valle. Antes, somo nosotros los que pertenecemos a la montaña. La parte más difícil es siempre la bajada.

Hans Kammerlander

No tengo mucha justificación a la hora de describir esta actividad y he pensado mucho en el enfoque que debo dar a esta entrada en la web. Al final, y aunque no lo tengo muy claro, quiero que sirva como ejemplo de que las cosas pueden complicarse y que nunca hay que bajar la guardia.

Las Banderillas son un buen lugar para perderse — en todos los sentidos. Huyo de mi mundo habitual, me cuelgo muchos kilos a las costillas y me llevo a Moss de acompañante que siempre sonríe y muestra una habilidad sorprendente para exprimir al máximo cada uno de sus pasos. Al llegar a la piscifactoría del Borosa hace un día precioso y claro, la nieve refulge en las alturas y somos dos coches en el parking, cosas de venir a la Sierra en día laborable.

Cuando me pongo a preparar los bártulos percibo un error grave: he olvidado la mochila en casa. Salvo el match-ball utilizando un petate de lona en el que suelo llevar las cosas de escalada. Me lo coloco a la espalda y como las asas se abren utilizo un cordino para cerrármelo sobre el pecho. Voy ligeramente baldado pero es lo que hay. Habrá que apretar vértebras y subir con la cruz a cuestas.

Empiezo a remontar el Borosa, calculo muy bien la ropa que llevo puesta para no tener que desanudar el cordino cada dos por tres y me animo al comprobar que el petate se me encaja bien en los riñones. Esto marcha pienso mientras me salgo de la pista para remontar la senda del Ruejo hacia los Villares.

La senda está cambiada con respecto a esta primavera. Hay operarios trabajando y abriendo un cortafuegos en el dorso de este lomo que desciende desde el Calarejo. Me apena comprobar cómo apenas han tenido cuidado con la senda y la han reventado con la oruga que utilizan para subir la maquinaria. Una lástima que los encargados de la conservación del patrimonio sean precisamente los primeros en promover su pérdida.



Moss en el collado de Roblehondo

Como tengo muy fresco este camino de la primavera pasada subo rápido y enseguida estoy en los Villares. Ato a Moss porque escucho rebaños de cabras y me cruzo con dos pastores que vienen de los cortijos de Roblehondo. Charlo un rato con ellos y noto que me miran raro: claro, la escena de Moss con sus alforjas y el menda con el petate a las costillas debe extrañarle al más pintado y ellos no son ajenos a esta sensación. Les pregunto por un par de sendas y me confirman lo que ya sabía. Está bien eso de informarse con los lugareños. Su última mirada es algo así como: esperamos que sepas bien donde te metes.

Paso Roblehondo y nada más llegar remontan el vuelo unas cuantas águilas que estaban apostadas en el mismo collado. La imagen me deja boquiabierto, casi tanto como el contemplar el espléndido contrafuerte de las Banderillas en su despliegue hacia el Borosa y el Picón del Haza. Sin lugar a dudas, las Banderillas es la montaña más subyugante y hermosa de cuantas hay en la Sierra y ella misma se encarga de dejar las cosas en su sitio con sus pliegues, su geología atrevida e imposible, sus cejos, cintos y pretinas, sus despeñaderos, tajos y canales… todos estos elementos conforman esta enorme cordillera que repliega los Campos y los sostiene en las alturas.

Dejo Roblehondo por esa hilera de piedras que señala con precisión la antigua senda de herradura que busca el Tranco del Perro. Pronto estoy saltando la valla de troncos y le abro a Moss un hueco para que pueda acompañarme. A partir de aquí empieza la nieve y disfruto de un paraje en el que el hombre — haciendo alarde de un ingenio delicioso — le ha ganado a la Naturaleza un camino imposible entre tajos verticales. Repongo agua en la fuente que apenas suelta un hilillo y exploro sin el petate una posibilidad interesante para regresar por el Borosa vía el Picón del Haza sin ganar ni perder altura. Confirmo esta posibilidad y me vuelvo porque ya tengo claro que voy a dormir en lo más alto.

Aunque llevo una pequeña tienda me apetece mucho probar el refugio pequeño de la cima de las Banderillas. El año pasado estaba abierto por estas fechas así que soy optimista. A las malas, buscaré un lugar protegido y ya me las apañaré en mi cubil de nylon. Sigo remontando la senda y comienzo a ganar vistas hacia los Campos, el Empanadas, la Cabrilla y toda la cuenca alta del Borosa. Me pongo en la divisoria de las Banderillas y me protejo del fuerte viento escorándome a Levante. La Sagra asoma por encima de los Campos con bastante nieve. Estoy disfrutando.



Descanso en el Puntal del Águila. Detrás se aprecia el Fraile

Cuando llego al refugio estoy reventado. Han sido más de 1300 metros en positivo con el fardo a cuestas más la exploración adicional en el Tranco del Perro. Aliviado compruebo que la puerta del refugio pequeño está abierta de par en par. Me entretengo un buen rato en sacar la nieve que ha entrado y preparo las cosas de cenar y dormir antes de que la luz se vaya. Hace muchísimo frío y sopla muy fuerte de Poniente. Aprovecho para echar algunas fotos: a la Sagra que empieza a cubrirse con nubes densas y grises, a la zona de la Fresnedilla y el Aguasmulas que refleja las últimas luces, a unas águilas unos quebrantahuesos juguetones (ver comentario de Alejo) que desafían la fuerza del viento y dominan con facilidad las alturas…

Os reproduzco a continuación la contestación de Carlos Ruiz al mensaje que le envié con las fotos de los quebrantahuesos. Es una información muy curiosa y por eso la reproduzco aquí:

Información de los expertos sobre Tono, el quebrantahuesos de la foto
(Carlos Ruiz, de la fundación Gypaetus)

En primer lugar muchas gracias por enviarnos la información y las fotos. Te confirmo que es un quebrantahuesos. He leído tu blog y como te comentaron algunos de tus compañeros es un ejemplar inmaduro (o subadulto). Como ya ha realizado una muda de las plumas no conserva ya ninguna de las que se decoloraron en el momento de la suelta. Concretamente el ejemplar que viste es Tono, uno de los tres primeros quebrantahuesos liberados en el programa de reintroducción, en mayo de 2006. Tiene algunas marcas naturales en ciertas plumas que nos ayudan a identificarlo. La historia de este ejemplar es realmente curiosa:



Imagen de Tono

Como te decía Tono fue liberado en mayo de 2006 junto con otros dos ejemplares, Faust y Libertad. Tras permanecer en la cueva de suelta durante algo más de un mes los tres pollos volaron por primera vez en junio, y desde entonces ya no han parado. Han recorrido muchos de los rincones de la sierras, tanto de Segura como de Cazorla, Castril y, en menor medida, Las Villas. Pero además han realizado viajes a parajes más alejados. Libertad llegó hasta la Sierra Cebollera, entre La Rioja y Soria, mientras que Faust ha visitado los Montes de Toledo, Hornachuelos, Grazalema y, en varias ocasiones, Sierra Nevada. Pero como te decía, Tono es quien tiene el historial más llamativo.

En mayo de 2007 voló hasta los Pirineos, y permaneció allí durante varios meses, para regresar de nuevo a la Sierra de Segura en Octubre. Al año siguiente repitió el viaje, saliendo de viaje en abril y permaneciendo allí otra larga temporada, hasta el mes de noviembre. El año pasado volvió a viajar hasta los Pirineos por tercera vez, y por tercera vez regresó a su lugar de liberación, en octubre pasado.

Supongo que observaste a Tono antes del día 1 de febrero, porque ese día emprendió su cuarto viaje a los pirineos, a donde sabemos que ha llegado el pasado viernes. Probablemente has sido de los últimos en observar a Tono antes de su cuarto viaje. Ahora esperamos que Tono pase otra temporada por el norte, en compañía de otros quebrantahuesos, y con un poco de suerte regresará de nuevo a final del verano. Esperamos que esta vez vuelva para quedarse, puesto que ya estará a punto de alcanzar la madurez sexual.

Antes de que el sol se ponga ya estoy calentando nieve y haciéndome una sopa. Tengo muy poca hambre y lo que más me apetece es meterme en el saco. Echo las últimas fotos a la luna llena que ya asoma sobre el vértice de las Banderillas y atranco la puerta del refugio — necesito atarla por dentro para que no entre aire. Le apaño a Moss un jergón con el petate y ya me meto en el saco. El viento cada vez es más fuerte y nubes densas empiezan a romper contra las alturas. No me gusta como se le pone el ojo a la borrica, pero es lo que hay.

La noche es larga, muy fría y con bastantes grados bajo cero. Lo noto porque tengo que cerrar el saco al máximo para tener algo de confort. Además, el viento no deja de soplar en toda la noche y mi mejor sensación es el alivio por estar protegido en este refugio íntimo y sólido — la noche en la tienda estaría siendo un infierno. Repito mis movimientos: cadera izquierda, cadera derecha, boca abajo, cadera izquierda, cadera derecha, boca abajo… repito esta secuencia 10 veces, la repito 20, la repito 50, y así hasta que por el ventanuco clarea un nuevo día.

Por el estrecho hueco que deja el cierre de mi saco está la lengua de Moss buscando mi nariz. Es mi particular despertador. Tengo miedo de asomarme afuera pero alguna vez tendré que hacerlo. Desatranco el portón del refugio y hace un día de perros: viento, niebla, nula visibilidad y, lo peor de todo, la nieve se ha puesto dura, dura. Con este panorama lo mejor será desayunar caliente y despacio a ver si nos inspiramos.



La Sagra asoma sobre los Campos de Hernán Perea

Tras la leche, las galletas y la recogida pasa más de una hora pero el tiempo no mejora. Tengo una disyuntiva: 1) regresar sin más historia por el camino que hice ayer o 2) tirarle por el carril y descender por la Hoya de la Albardía y la Fresnedilla. La opción 1) tiene fácil orientación pero en su contra está el fuerte viento que sopla y la nieve dura de la divisoria para la que no llevo equipo. Me decanto por la opción 2, a sabiendas de que el tránsito desde los Campos a la Hoya de la Albardía será un paso problemático ya que no hay sendas y tendré que fiarme de mi intuición. Ya veremos.

Desciendo por el carril de las Banderillas protegido del viento y pronto llego al llano donde este carril entronca con el principal que baja hacia el Pinar Negro. Me dirijo por este último hacia el Norte y en un momento dado decido abandonarlo para girar a la izquierda, en sentido NNE, para saltar el cerro de la Carrasca y bajar hacia la Tiná de las Hoyas. Estoy en el momento difícil porque no hay visibilidad y este es un tramo sin referencias: no sendas, no camino. Mi única ayuda es el fuerte viento que me pega por la izquierda — por Poniente — y busco constantemente acercarme lo justo a los precipicios y voladeros que se desprenden hacia el Aguasmulas.

No sé cómo, no sé cuándo, no sé por qué, pero después de un buen rato llego a un sitio llano que no me encaja y me encuentro con un carril. «Esto es imposible» me digo porque no debería aparecer ningún carril. ¿Qué hacer? Estimo que lo mejor es dejarse de experimentos campo a través y me decido a seguir el carril. Ahora bien, ¿hacia dónde? Intento tomar la buena decisión y veo claro que debe ser a la derecha. Si tuviera un GPS, una brújula, sabría perfectamente hacia donde ir: hacia el Norte.

Pero no llevo nada de eso. Gran error.



Luna y vértice

Tomo la dirección que estimo buena y me baso en el viento. Quiero que me siga pegando por la izquierda pues, si es de Poniente, entonces estoy andando hacia el Norte. El problema es si el viento ya no es de Poniente o si localmente presenta variaciones. Me la juego porque no me queda otra.

Y empiezo a andar.

Camino, camino y respiro. Me fijo en cada detalle. Miro los pinos y las dolinas. Escruto entre los escaramujos y las sabinas a ver si veo alguna referencia conocida. Nada.

Llevo caminando bastante rato y reconozco que no estoy donde me esperaba. Mis datos son: camino por una pista en bastante buen estado, en continuo y suave descenso, sin apenas curvas, el viento ahora ya no me pega luego estoy protegido por algún relieve importante y ya está. Esto es todo lo que sé. De vez en cuando me salgo del carril para ver si encuentro alguna referencia pero nada de nada.


Esquema del error
Esquema de la pérdida: debería haber seguido hacia el Norte por la línea verde y en realidad fui haciendo un círculo y regresé a la pista principal. Al entrar en ella giré a la derecha. No volví a ver mis pisadas porque en la pista había barro y muchas rodadas.

Evalúo la situación: llevo comida suficiente, llevo abrigo, llevo una pequeña tienda, tengo el hornillo para hervir comida y nieve, me encuentro bien. Son buenas señales. Mi principal preocupación es que había avisado de que hoy salía de la Sierra pero igual ya no es así. Evidentemente, no tengo cobertura.

Tras un buen rato caminando y consciente de que tengo que dar lo mejor de mi cabeza reflexiono: ¿cuántas pistas hay en los campos con pinos, sin apenas curvas, siempre descendentes? Mi candidata es la pista de los Charcones, la que se interna por el Pinar Negro hacia el refugio de Rambla Seca. ¿Estaré en esa pista? ¿Cómo es posible si yo iba hacia el Norte, buscando los Campos del Espino, la Hoya del Ortigal y la Hoya de la Albardía?

Para confirmarlo esbozo una táctica. Si estoy en lo cierto y me desplazo hacia la derecha — Poniente — debo encontrarme con la enorme ladera de las Banderillas cuando ésta se desparrama sobre la cañada del Pinar Negro. Así lo hago y la pendiente va subiendo. Paso unos pinos y me encuentro una «bujea». Buena señal: recuerdo el color óxido del boj cuando mancha esa ladera de Levante de las Banderillas. Sigo subiendo, respiro como un condenado, el sudor del gorro se me congela, Moss me mira sereno y tranquilo — gracias Moss por soportarlo — y finalmente me encuentro con una zona rocosa bastante abrupta. Creo que estoy justo debajo de la cumbre.

Por aquí no puedo pasar con el perro y el armario a cuestas, así que pierdo metros y vuelvo a la pista. Avanzo un kilómetro y pico más y repito la operación: la pendiente vuelve a ser cada vez mayor, el pino da paso al boj pero esta vez ya no me encuentro con paredes imposibles. En cambio, lo que sí noto es que el viento cada vez es más fuerte. Intuyo la divisoria. Aprieto los muslos, afino mis sentidos y Moss se me adelanta. Lo veo recortarse frente a las nubes y mueve feliz el rabo: ha olido nuestro rastro del día anterior. Unos segundos más tarde yo mismo confirmo que estamos en la divisoria al ver nuestras huellas. Bien. Bien. Bien.

Antes de continuar os pongo un texto de Luis tal y como aparece en los comentarios más abajo y que, curiosamente, relata una aventura muy similar aunque con el final deseado.

De las Banderillas a Las Hoyas (relato de Luis Cano)

Me levanto al amanecer y compruebo que hay una niebla que apenas deja ver unos metros, el segundo refugio no se ve desde el primero. Me pregunto si seré capaz de dar con el camino de regreso, pues solo había subido aquí antes una vez y de eso hacia ya unos 17 años. Pienso si sería mejor volver por donde subí ayer y bajar por el camino marcado hacia el Borosa, pero al final me decido por intentar la ruta prevista en principio e intentar bajar por Hoya Albardía. (la previsión del tiempo daba bueno para hoy). Recojo mis cosas, preparo una rudimentaria escoba con ramas de boj atándolas con un cordón y dejo el refugio más limpio de como lo encontré, además cargo con basura que alguien (que seguramente venía de más cerca) ha dejado aquí abandonada. Sobre las 8 y media arranco por el caminillo que baja hacia el norte, enseguida llego a donde termina la pista que sube a las Banderillas y la sigo, parando con bastante frecuencia para mirar el mapa y tomar puntos de referencia, calculo que en aproximadamente una hora tengo que llegar a la intersección con la pista que desde el Campo del Espino entra en Pinar Negro para salir por los Charcones. La niebla sigue igual de cerrada y solo veo lo que tengo delante de mi. A las 9 y media llego perpendicularmente a una pista algo más ancha, por lo que confirmo la posición y vuelvo a sacar el mapa para tomar otro punto de referencia. Calculo que tengo que andar unos 10 minutos más por la pista de la izquierda y después de una curva a la derecha buscar un camino que salga a la izquierda, que será el que me lleve al Collado de la Carrasca y a Hoya Albardía.

Me pongo en camino y veo que por aquí la pista se desdobla en varias ocasiones, aunque llevan al mismo sitio. Como la niebla no deja ver apenas 20 metros, tengo que retroceder en alguna ocasión, para recorrer ambos ramales de pista, y cerciorarme que se unen. Voy fijándome, pero no veo ningún camino que salga a la izquierda. Atravieso varias zonas llanas y rodeo algunas dolinas. Cuando llevo un cuarto de hora andando desde el cruce, vuelvo a sacar el mapa. ¿Me debo haber pasado el camino, o aun no habré llegado?. Decido continuar 5 minutos más por si acaso, pero no veo nada, posiblemente el camino este poco marcado por las zonas llanas. Total, que decido aventurarme, saco la brújula marco rumbo noroeste.
– Si he pasado el camino, siguiendo este rumbo, debo cruzármelo poco antes del collado -.

Ando sin camino un rato que se me hace largo y estoy tentado de retroceder y volver a la pista cuando me encuentro, al sobrepasar lo que parecía una lomilla, un camino muy poco marcado que va por una vaguada. Lo sigo a la derecha, veo que va dirección noreste por lo que pienso que he dado con el que buscaba. Enseguida llego a lo que parece un collado. Vuelvo a tomar referencias en el mapa, y calculo que tengo que pasar otro collado menor. En efecto al rato parece que lo estoy pasando. Sin embargo, detrás tenía que estar en seguida la pista que del Ortigal baja a Hoya Albardía. – Y no la veo, sigo por el camino poco marcado-. Cuando creo que estoy perdido el camino sube una miaja y llega a un colladete, (este debe ser el que tenía que alcanzar, con la niebla las distancias se hacen mayores y parece que has recorrido mucha más distancia que la que realmente has hecho). Y efectivamente poco más adelante encuentro lo que debería ser la pista que baja a Hoya Albardía, esperaba encontrar una pista mejor, pero debe ser esto. Lo continúo hacia la izquierda y en poco tiempo llego a una fuente con tornajos, donde han crecido muchos juncos que casi tapan el camino. Relleno la botella, y sacio la sed, -por la noche acabé con el agua que llevaba-. Prosigo el camino y enseguida me encuentro con un cruce señalizado. GR7 a Cotorríos 4 horas y cuarto.

Deshacemos la divisoria hacia el Sur y en las zonas heladas meto mis pies en mis huellas de ayer tarde. Perfecto. Estoy ansioso por encontrar la senda que sube del Tranco del Perro: son unos minutos interminables en los que comienzo a impacientarme. Por fin, desemboco en la senda justo en el mismo sitio que la abandoné ayer tarde. Me relajo, echo mi cuerpo sobre una roca, aflojo el cordino del petate y saco pan y embutido. Me abrigo bien. Le doy a Moss una lata entera de atún. Sigue haciendo bastante viento pero ya no me importa. Ahora sólo tengo que deshacer la senda.

La bajada es larga y muy dura. El asa del petate me hace una herida en los hombros. Aún así, me encuentro extrañamente feliz pero exhausto, sobre todo ahora que he destensado mi mente y mi cuerpo. Tras un buen rato bajando me cruzo con unos chavales que suben por el Tranco del Perro. Es mi primera conversación después de las palabras con los pastores. Van a dormir arriba. Que tengan suerte. Yo sigo a piñón fijo y cuando llego al arroyo de los Villares me vuelvo a aflojar el cordino y almuerzo. Descanso, aprovecho un rayito de sol para reflexionar sobre lo vivido y sigo camino abajo, apartando ramas por el recién inaugurado cortafuegos para llegar al coche antes de las cinco de la tarde.

Hemos aprendido algo nuevo.

fotos

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en las banderillas