Desde Fuente Segura hacemos las Banderillas rodeando el Cinto de Viñuelas, una repisa muy expuesta bajo los farallones de la cara oeste de esta impresionante y esbelta montaña. Aventura, soledad, concentración y abismos en una de las actividades más singulares de las que he realizado en la Sierra.
ficha

sierra de Segura, parque natural de Cazorla, Segura y las Villas
abril de 2014
8 h
42 km
1570 m
estable, soleado
aproximación en bicicleta sencilla por pista, luego caminamos por terreno agreste, expuesto y en el que se precisa intuición montañera y experiencia; imprescindible hacerla en seco, sin prisas y con buena predicción meteorológica
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track aquí disponible

Tengo señalada esta actividad en el calendario desde hace más de un año. Necesito buen tiempo y un día completo para hacerla. Las circunstancias son propicias en las fiestas de Primavera de Murcia así que me escapo muy temprano para la Sierra. Dejo el coche en el nacimiento del Segura y saco la bici del maletero. El cielo está azul cobalto — mejor azul serrano — y hay pequeñas nubes perezosas del frente que se enroscó ayer en estas montañas. Pronto estoy quitándome ropa mientras remonto la pista hacia Cañada de la Cruz. Pin, pan, pin, pan y me crujen los tendones en la cuesta que hay subiendo por la Tiná de las Palomas donde fotografío los chopos con sus primeros brotes. Apenas un kilómetro adelante me detengo en el Pozo Turmas a beber agua pues no tengo claro cuándo volveré a encontrarla a lo largo del día de hoy.

Una vez pasado el refugio de los Campos del Espino enfilo hacia la base de las Banderillas. Voy ligero de pensamiento y me despisto con unas rodadas hasta el punto de que me cuelo en el cortijo del Campo del Espino. Doy la vuelta, recupero el camino correcto y me acerco al cruce con el carril que sube al refugio de la cumbre. En este lugar vigilo con el rabillo del ojo y escondo la bicicleta en una de las muchas dolinas. Guardo el sitio exacto en la memoria y remonto por el carril asomándome de vez en cuando a la vertiente del Aguasmulas. En apenas media hora llego al ensanche donde dejan los vehículos los guardas forestales y me asomo al circo del Hoyazo. Me encanta el contraste entre estos dos mundos: el áspero, solitario, silencioso y sobrio de los Campos de un lado y el fragoso, vertical, caótico y fiero de la pared oeste de las Banderillas al otro.

Busco el mejor camino para ir perdiendo muchos metros. Mi idea inicial es explorar la zona de las Guitarras a la que me dirijo. Me ayudo de un reportaje estupendo realizado por Cabañas y consigo asomarme al puntal que hay sobre los Blanquizales y confirmo los pasos hacia la parte superior de las Guitarras. Una vez que tengo a la vista el Recó del Aguamula podría bajar entre la bujea, seguir el cauce hasta el nacimiento y remontar directamente a los Campos tal y como había visto en un artículo de Luis Cano.

Sin embargo, me doy la vuelta y regreso siguiendo mis propios pasos otra vez hacia el Hoyazo. El primer objetivo del día está cumplido y ahora vamos a intentar el segundo. Del mismo vértice de las Banderillas desciende una ladera que finaliza de modo abrupto en un puntal. Hacia la base del mismo me dirijo y me cuelo entre la espesura. Me quito las gafas de sol para poder intuir mejor el camino y descubro algunos abrigos en la pared donde supura la precipitación de los meses previos. En ocasiones me enredo entre las matas pero el boj es un arbusto agradecido, de aroma penetrante y hojas blandas que permiten el paso. Si bien no se puede decir que esto sea una senda, sí que estoy siguiendo una traza o veredilla muy pisada por animales. De otra forma no se explica que las flexibles ramas no acaben por cerrar el paso en los lugares más tupidos.

Peña Plumera desde el otro lado

Estoy contento porque voy caminando por donde quería. Me refiero al cinto de Viñuelas, un topónimo que bien podría deberse a la saga de cazadores que anduvieron enriscados por estos pagos y que transitaban por esta cornisa como si fuera el pasillo de casa buscando atrapar a los machos en los años escasos de caza. El caso es que el cinto se deja caminar bien y sin necesidad de utilizar las manos. El terreno tiene mucha pendiente y es cambiante: desde lanchas de roca hasta cascajares de fina piedra pasando por prados de hierba apetecible para las montesas. Ahora bien, es un lugar con mucha exposición en el que no se permiten descuidos ni resbalones. Imprescindible entrar en él con la montaña seca, el ánimo templado y la cabeza fría.

En algunos tramos tengo mis dudas. Me pregunto: ¿esto sigue por ahí? Y lo digo porque esta cornisa pone a prueba nuestro ánimo y determinación, sobre todo si es la primera vez que nos adentramos en sus secretos y no tienes a nadie a tu lado para compartir la incertidumbre. Gracias al intrigante reportaje de Luis Cano sé que debe tener salida; lo que no tengo tan claro es qué cornisa tomar en dos o tres puntos concretos en los que es posible elegir altura. Por lo pronto, retengo en mi memoria todos mis pasos por si me toca recular.

La Sagra desde la cumbre de las Banderillas

Cuando miro para la derecha observo toda la caída de las Banderillas hacia la cuenca del Aguasmulas y el arroyo de la Campana. Se aprecia muy abajo la casa forestal de los Pardales y la divisoria de las Malezas de la Campana definida por la Piedra del Mulón que, desde este otero, se muestra como un insignificante guijarro. Me sobrevuelan continuamente buitres, águilas, chovas y posiblemente algún quebranta. Es la única compañía en esta soledad y suspiro por no encontrarme de frente con ninguna cabra en esta repisa estrecha. Para nada quiero competir por un espacio que a los dos nos falta.

En un momento dado, me tengo que poner en cuclillas y empotro mi cuerpo entre las rocas en el paso más estrecho. Resulta sorprendente que este bloque de piedra haya dejado apenas un vano de medio metro por el que cabe una persona. Si se terminara de cerrar el espacio el itinerario sería inviable. Por suerte no es así y pasada la gatera se ganan vistas hacia la zona del Fraile de las Banderillas y el collado de Roblehondo. En fuerte bajada desciendo hasta un arroyo seco y tengo delante de mí dos opciones. Una de ellas se presenta más sencilla aunque no consigo determinar si continúa hasta los prados salvadores que veo en lontananza. La otra, mucho más vertiginosa, parece que enlaza directamente con una bujea a través de la cual, aunque sea a bocados, se debe llegar a la verde hierba y los calmos prados.

Me cuelo por esta última y vivo mi particular enredo final entre las ramas tóxicas de este arbusto perenne y querencioso de lugares húmedos y fríos. Al llegar a la Poza de Viñuelas desciendo hasta el arroyuelo donde me lavo la cara, las manos y doy buena cuenta del bocadillo y la fruta. Como ya es tarde cierro la exploración de hoy y remonto hacia la divisoria de las Banderillas colándome por terreno sencillo y grandes losas calizas. En apenas una hora gano los 400 metros hasta la cumbre donde me tomo un último respiro. Finalmente, camino por el carril hasta entroncar con el camino de Pinar Negro, recupero mi bici, me pongo las botas con las calas y a dar pedales hasta Fuente Segura. Una jornada inolvidable en lo más salvaje y solitario de las Banderillas.

fotos

en las banderillas