Relato de Moss, un golden retriever, en el que cuenta su primera experiencia en las Banderillas, la montaña más bonita de Segura.
ficha

sierra de Segura
abril de 2009
1 día con noche intermedia
20 km
1200 m
temporal de poniente
recorrido por sendas de herradura hasta el collado de Roblehondo; a partir de ahí hasta la C.F. del Pardal senda nítida y luego ya mucho más perdida hacia el Aguasmulas
croquis en mapa disponible pinchando aquí
track no disponible y además no procede pues se trata de la historia de un extravío

Normalmente mi dueño abre la puerta de casa a eso de las seis de la mañana en los días de diario así que no me extrañó que el Jueves así ocurriera. Me sacó al parque y apenas me dejó hacer mis cosas porque pronto me puso la correa y para adentro. A veces, si va muy apurado por temas de trabajo, suele proceder así de modo que tampoco le di mayor importancia — aunque he de reconocer que no me hace ninguna gracia tener tan pocos minutos de libertad. Pero así es la vida perruna que llevo. Eso no se puede remediar.

Sin embargo, algo notaba yo distinto en este Jueves «normal». En lugar de ducharse y ponerse limpito con ese olor tan fuerte a jabón en las manos y coger el maletín para el trabajo lo veo bajar los aperos de la Sierra: la mochila, los bastones, el aislante… Esto empieza a gustarme cada vez más… y efectivamente, resulta que nos vamos por ahí de viaje, que son Fiestas de Primavera en Murcia y que no hay Universidad… ¡¡guau guau!!

Se nota que esto es serio y que no va a ser una mañana cualquiera de pateo: frontal, bastones, saco, comida, agua, abrigos, mapas, etc. Coge una bolsa de pienso, el collar y un pequeño cuenco para mí y ya estamos dentro del coche, camino de la Sierra.

Las predicciones meteorológicas son horrendas. Las vi anoche con el rabillo del ojo cuando dormía junto al brasero y salían unas nubes negras negras y rayos y truenos y granizo. Pero estoy acostumbrado a estas situaciones forzadas en lo climatológico. Este dueño mío, por algún gen extraviado, gusta de sufrir adversidad y daño y donde va él allá voy yo, mal que me pese.

A la altura de Riópar entran unas nubes negrísimas que empiezan a descargar sobre la fachada norte del Calar del Mundo. Comenzamos a dudar si esto es una buena idea. Vamos avanzando: Siles, Cortijos Nuevos, Tranco… parece que la cosa se está arreglando algo… se aprecia con nieve reciente la zona de los Miradores, allá en lo alto, en la transición hacia los Campos. Esto es una buena noticia. Hay visibilidad y las nubes están altas, sobre los 1700 metros. Además, de vez en cuando entra algo de sol por la ventanilla del coche. Eso da esperanza.

Cuando llegamos a la Torre del Vinagre dejamos el coche junto a la piscifactoría, en las juntas del Borosa con el Guadalquivir. Ambos bajan embravecidos por las recientes lluvias y nevadas. El verdor de los caducifolios es de una pureza extrema como corresponde a las cosas que tienen muy poquito tiempo de vida: es lo que tienen las hojas nuevas, que hieren la retina cuando acaba de llover.

Restos del cortijo Ruejo

Un poquito de organización y comienza la andadura. Unos 100 metros de pista del Borosa y pronto nos desviamos a la izquierda por la senda del Ruejo — el Ruejo es un arroyo que desciende desde lo alto de los Calarejos. Pero la senda y el arroyo apenas discurren cerca los metros iniciales porque pronto la primera gana altura sobre los valles.

Enfrente de nosotros está el Calarejo y su agujero, aquél en el que el cielo se quedaba enganchado según la entrañable narración de Sebastián Robles Zaragoza y donde se podía atrapar al siempre esquivo horizonte. Este cuento yo lo sé porque se lo había oído explicar a mi dueño muchas veces. Era uno de sus favoritos porque, cuando también era él un crío, tuvo ese sueño de caminar tras el horizonte sin llegar nunca a alcanzarlo.

Tras doblar bajo las paredes del Calarejo llegamos a los Villares. Mi instinto casi me despeña intentando perseguir unas cabras. Ellas se mueven mucho mejor que yo por estos roquedos húmedos así que me limito a ladrar envalentonado mientras me atan con la correa y me echan un puro por asustarlas. Yo no entiendo muy bien por qué está mal eso de seguir uno sus propios instintos… mi estirpe proviene por una parte de perros pastores del Caúcaso que tuvieron sus mejores días como guardianes de cuantiosos rebaños, desde los tenebrosos Tatras hasta los lejanos Urales.

Encinar cerrado

En los Villares noto emocionado a mi dueño que se acerca a una cruz de madera y se detiene ante las ruinas. Aquí un perro como yo viviría muy bien. Escuchando los regatos que serpentean bajo los chopos, el viento rompiendo en las crestas del Calarejo, el sol Poniente tras los castellones de las cumbres, las siestas eternas en esta hierba fresca y dulce que tengo bajo la panza…

Nos detenemos bajo una encina cuando una nube rompe sobre nosotros. Protegidos por las hojas duras comemos de lo que llevamos. Bocadillo, pienso, chorizo, queso, manzana… en el reparto siempre salgo mal parado pero no me resigno a mi suerte perruna y miro con ojos suplicantes mientras veo caer, bocado tras bocado, todos los trozos de chorizo, sin llegar siquiera a olerlos. Tiraré de pienso. ¡Qué le vamos a hacer!

Tras la comida y mientras sigue la lluvia cae una siesta. Me amorro en el costado de mi dueño y él se apoya en la mochila. Pasa casi una hora cuando el cielo comienza a clarear; se abren las nubes en el valle de Guadahornillos y el cielo azulea por el Puerto de las Palomas. Buena señal. Recogemos y seguimos. Atravesamos el arroyo de los Villares y rodeamos las laderas del Calarejo hacia el collado de Roblehondo.

Las huelgas y las ruinas de los Villares

El paisaje cada vez se hace más abrupto y exigente: desde el Picón del Haza hasta el collado se suceden una serie de pliegues, paredes y poyos de enorme envergadura que conforman esta gran catedral de roca y viento que son las Banderillas. Y lo mejor está por ver ya que hacia el otro lado del collado, hacia la cuenca del arroyo de la Campana y el Aguasmulas, los desniveles todavía son más salvajes.

En el collado nos encontramos con tres andarines que descienden desde la cumbre. Los huelo con detenimiento y me caen bien. Llevan en el cuerpo el aturdimiento propio de una jornada maratoniana pasada por el filo del temporal y la ventisca inclemente de las alturas. Tras intercambiar impresiones mi dueño se despide deseándoles suerte en el descenso.

En lugar de seguir su rastro hacia el Tranco del Perro nosotros tomamos una vereda menos marcada que, sin perder altura, se interna bajo los farallones de las Banderillas hacia la Casa Forestal de los Pardales. Es un camino íntimo, muy olvidado, con hormas de piedra atosigadas por los desprendimientos y el precipicio, con manchas de roble y bosquetes de boj en los barrancos que descienden casi verticales desde el cielo.

Casa forestal de los Pardales y detrás la cordillera de las Banderillas

Tras la Casa Forestal la senda se hace algo más indefinida y creo oler un rastro que desciende hacia el eje del arroyo de la Campana pero nosotros mantenemos prácticamente la altura y nos dirigimos hacia una cuerda de ladera para trasponerla y meternos en el Aguasmulas.

Una vez en lo alto de esta divisoria tenemos a nuestra izquierda el valle del arroyo de la Campana y, enfrente nuestro, muy definido y próximo, el cortijo de la Fresnedilla y el Castellón de los Toros. De nuevo, mi olfato descubre dos rastros, uno que mantiene la cuerda por la divisoria hacia la Piedra del Mulón y otro que, a media ladera, sigue faldeando por encima de la Cueva del Torno hacia el vado del Aguasmulas y la pista de la Fresnedilla.

Exploramos ambas opciones y no tenemos decidido qué hacer. Por esta indecisión, porque se está haciendo tarde y porque tenemos a mano un buen sitio para descansar decidimos dejar el resto para mañana. Nos apañamos bajo una encina y una sabina. Nos vemos protegidos por lo que pueda pasar. Mi dueño saca la cena y, por fin, me regala unas lonchas de salchichón hechas trocitos entre el pienso. Yo que soy un gourmet me como primero el embutido y, cuando compruebo que ya no voy a pillar más, me termino el pienso. ¡Qué cruz perruna esta!

Mi dueño se duerme pronto pero yo estoy nervioso. Pese a que lucía algo el sol del atardecer reflejado en la roca del Castellón de los Toros noto la humedad que viene y las nubes negras que reptan por el Poniente de las Villas para encaramarse y ganar el valle; nubes que terminarán estrellándose contra la muralla de las Banderillas, enorme cordillera que ahora se asemeja a un acantilado en cuya base — en la que estamos nosotros — va a romper el temporal que se acerca.

Me revuelvo incómodo ante estas expectativas y no le dejo dormir. Le empujo con mi lomo y mi cabeza cuando empiezan a caer algunas gotas pero él apenas me hace caso. Saca una funda y una manta de aluminio y se envuelve perezoso. Pero cada vez llueve más y más. Ya estoy prácticamente calado y la encina y la sabina apenas aguantan la embestida del viento y el agua: ésta ha encontrado ya todos los caminos y se forman incluso charcos sobre nuestros cuerpos.

Moss lamiéndose las heridas de la noche

A mí esto de la lluvia no me molesta mucho pues soy un perro de agua acostumbrado a recuperar piezas de caza en los fríos lagos de la Britania. A mi dueño, por ahora, tampoco parece molestarle mucho pese a que lo veo recostado sobre un charco y su aislante ya casi flota. La temperatura está descendiendo de forma vertiginosa y eso, junto a la humedad, lo hacen inquietarse. Ya no ronca y se remueve buscando la posición menos expuesta.

En un momento dado parece dejar de llover. No se oye el ruido de las gotas y sólo las embestidas del viento por encima de nuestras cabezas logran mantenernos en vilo. No llueve ya, desde luego, porque ahora empieza a nevar.

Para mi dueño esto ya empieza a ponerse cada vez más negro. Hace un frío del carajo y los primeros copos han obrado en él un efecto despertador. Se levanta, se viste rápido, mete las cosas en la mochila y decidimos irnos. La montaña nos está diciendo que nos vayamos. No lo puede hacer más alto y más claro.

Echa a andar al principio confiado por la traza que seguimos ayer tarde. Es madrugada, hay viento, nieve, muchos pinos, algo de niebla… pero algo se puede ver iluminado con el frontal. Sin embargo, la senda no está muy definida y veo que se para. Duda. Regresa para atrás. Baja unos metros. Mira por allí, por acá… Empieza a desesperarse levemente pero, al menos, no está muerto de frío porque se mueve con energía.

Después de algunas vueltas paso a la acción. Sumido en su confusión me coloco en la senda y me siento para que me vea. Lo miro descarado a ver si se da cuenta. Él me enfoca con su frontal y veo sus ojos agradecidos tras esas gafas de freakie que se ha pillado. Echo a caminar con decisión y lo pongo en vereda. Ahora soy yo el amo y él me sigue sumiso y contento. Voy oliendo los pasos de ayer tarde… en los sitios más confusos recuerdo el olor de mis orines y confirman mi buena intuición. Estamos bien. Estamos contentos.

Todavía hay veces que no se fía de mí. Entonces me planto, giro mi cabeza y ve la luz de su frontal reflejada en mis ojos. Estos actúan como un faro en la tormenta reflejando la luz de su linterna. Noto que me estoy ganando un hueso de los grandes.

Ya hemos rebasado la Casa Forestal de los Pardales y la senda está mucho más marcada. Lo dejo ponerse delante y le sigo a escasos centímetros. De vez en cuando se para para pensar. Si duda mucho entonces lo paso y lo vuelvo a encaminar. Soy un crack.

Estamos ya en el collado de Roblehondo. Aquí hay mucho más viento, más frío, más niebla… el aguanieve cae con fuerza y mi dueño, en su afán de avanzar casi se despista y sube hacia el Tranco del Perro. Sin embargo descubre una señal de PR con forma de aspa que reconoce de la tarde anterior y gira sobre sí mismo para recuperar la dirección correcta. Perfecto, vamos encaminados.

Tomamos ahora la senda que desciende hacia los Villares. Aquí la orientación es más compleja ya que hay más ganado y muchas trazas confusas. Hay que llevar cuidado. En un momento dado mi dueño pierde el buen rastro y mi intuición también me abandona. Estamos teniendo problemas. Nos hemos salido de la senda en una zona con juncos, barro y mucha agua. Para colmo, sus gafas están completamente empañadas y ya no ve un carajo. Con una humedad próxima al 100%, con apenas unos grados de temperatura, las cosas se están poniendo feas.

Tras dar bastantes vueltas peinando la ladera arriba y abajo para encontrar la senda nos refugiamos bajo una encina achaparrada. Mi dueño saca su manta de emergencia y se sienta en cuclillas. Si no vemos, si la situación está complicada, si sigue lloviendo, es mejor esperar a que escampe, a que amanezca, a que algo se vea. Él se orienta bien pero necesita ver.

Pasan lentas las horas hasta el amanecer. Hace mucho frío y yo no me relajo. Mi dueño está en un duermevela y de vez en cuando se remueve para acomodarse en una postura imposible entre las raíces de la encina. A veces levanta la cabeza para intuir el primer albor tras las Banderillas pero éste no llega.

Ya estamos en el coche

Entre tanto yo he vuelto a encontrar nuestro rastro. Ya sé por dónde sigue el camino y lo único que se me ocurre para indicárselo es sentarme mirando hacia la buena dirección. Mi dueño me mira extrañado al verme firme, erguido, con las patas delanteras tiesas como columnas y la mirada impenetrable hacia la salvación. Pero es un menda y no se entera de mi lenguaje perruno. Lástima no tener aquí el traductor perro—humano que inventaron en un episodio de los Simpsons. Lástima.

Ya comienza la amanecida, ya ha dejado de llover, ya asoma un gajo de luna entre las nubes que se están abriendo. Es el momento de continuar. Cuando se quita la manta, como lleva las piernas caladas y hace mucho frío comienza a tiritar de modo compulsivo. No lo puede evitar. Para combatir el intenso frío tiramos ladera arriba para hacer un peinado definitivo. Sabemos que la senda atraviesa esta ladera así que si la cubrimos entera en algún momento la atravesaremos.

Subimos unos minutos hasta colocarnos en la base de las paredes del Calarejo y no la hemos visto. Por tanto, está bajo nuestros pies y más allá de donde hemos esperado el amanecer. Regresamos sobre nuestros pasos y, unos metros más abajo de donde hemos pasado el resto de la noche, encontramos la senda, justo hacia donde yo estaba señalando. Mi dueño se me queda mirando como diciendo: «serás cabrón… podías habérmelo dicho» pero claro, ¿quién se hace entender entre humanos cuando ha nacido perro?

Con la senda localizada, con la claridad creciente, el descenso es una fiesta. En el arroyo de los Villares paramos a desayunar. En agradecimiento a los servicios prestados me gano todo el embutido que sobra… jejejeje… me encanta. De vez en cuando vuelven a caer unas gotas pero nada comparado con el temporal de la noche. Casi sin quererlo regresamos al punto de partida. Esta aventurilla me ha sentado de maravilla: me he ganado un trocito más del corazón de mi jefe y podré chantajearlo a mi antojo — siempre y cuando la dueña no esté cerca — para reventarme a huesos de jamón. Además, esta Sierra llena de cabras, olores, madrigueras, arroyuelos y barros en los que me revuelco me ha encantado. Soy un perro muy feliz.

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