Una de las travesías clásicas de las montañas del sur en general y de Segura en particular: hacer la circular a las Banderillas subiendo por el Tranco del Perro pasando por la cresta de la montaña para luego descender por el río Aguasmulas visitando cortijadas tan venerables como la Hoya de la Albardía y la Fresnedilla. Actividad imprescindible en todo currículo montañero del sur.

ficha

sierra de Segura
enero 2012
día y medio
35 km
1900 m
nubes altas, inestable, frío, viento
itinerario muy poco definido en el collado de la Carrasca
pincha aquí para ver el croquis
track aquí disponible

Nada nuevo en esta web si añadimos una ascensión más a las Banderillas, una de las montañas íntimas a la que siempre regresamos en cuanto tenemos ocasión. Y ésta se presentó de la mano de buenos amigos que, frente a un puente de 3 días, prefirieron el frío, las cuestas y la incertidumbre meteorológica a la seguridad, el confort y la calidez de un hotel con encanto. Así jamás vamos a levantar el país.

Con predicción adversa comenzamos nuestro viaje en coche antes del amanecer. Las 3 horas y pico hasta la base de la montaña más la jornada extensa en desnivel y kilómetros así lo exigía. En Riópar entran nubes negras desde el noroeste y pasando el puerto del Arenal un aguacero enfría los ánimos hasta tal punto que más de uno piensa en la retirada.

Pero todo es cuestión de fe.

Fe en la ciencia de los modelos meteorológicos que daban una mejoría conforme fueran pasando las horas como así ocurre cuando arribamos a la presa del Tranco donde un sol limpio se cuela entre las laderas de ‘la cumbre’ y ‘peñamujo’ mientras esperamos el verde del semáforo. Al fondo permanecen enganchadas algunas nubes en las crestas de las Banderillas y conforme van pasando las curvas de la carretera adivino cómo se deshilachan y exhiben el siempre subyugante flanco occidental de una montaña que nos tiene enamorados con sus poyos, cintos, ‘volaeros’ y peñas.

En el aparcamiento de la piscifactoría nos preparamos y salimos Borosa arriba para, a los pocos metros, encaramarnos en la senda del Ruejo. El bosque nos recibe fresco, tranquilo y solitario. Sorteamos las primeras cuestas junto al cortafuegos y vamos ganando metros en constante progresión hasta ponernos a la altura de los Villares que ahora tenemos prácticamente a tiro de piedra, justo enfrente.

En la media ladera que se cruza antes de los Villares hemos levantado la cabeza para fijarnos en la ventana del Calarejo que hoy está especialmente diáfana con el aire limpio y frío. Recuerdo entonces las palabras de Moss cuando narró su primera experiencia en este universo verde, agreste y hermoso:

Enfrente de nosotros está el Calarejo y su agujero, aquél en el que el cielo se quedaba enganchado según la entrañable narración de Sebastián Robles Zaragoza y donde se podía atrapar al siempre esquivo horizonte. Este cuento yo lo sé porque se lo había oído explicar a mi dueño muchas veces. Era uno de sus favoritos porque, cuando también era él un crío, tuvo ese sueño de caminar tras el horizonte sin llegar nunca a alcanzarlo.

Tras doblar bajo las paredes del Calarejo llegamos a los Villares. Mi instinto casi me despeña intentando perseguir unas cabras. Ellas se mueven mucho mejor que yo por estos roquedos húmedos así que me limito a ladrar envalentonado mientras me atan con la correa y me echan un puro por asustarlas. Yo no entiendo muy bien por qué está mal eso de seguir uno sus propios instintos. Mi estirpe proviene por una parte de perros pastores del Caúcaso que tuvieron sus mejores días como guardianes de cuantiosos rebaños, desde los tenebrosos Tatras hasta los lejanos Urales.

En los Villares noto emocionado a mi dueño que se acerca a una cruz de madera y se detiene ante las ruinas. Aquí un perro como yo viviría muy bien. Escuchando los regatos que serpentean bajo los chopos, el viento rompiendo en las crestas del Calarejo, el sol Poniente tras los castellones de las cumbres, las siestas eternas en esta hierba fresca y dulce que tengo bajo la panza.

Elegimos como siempre la explanada junto a la sencilla cruz hecha con maderos de pino ya muy envejecidos. Sentados en la hierba reciente del invierno que repunta con las últimas lluvias admiramos una parte de la fachada de las Banderillas que abarca desde el collado de Roblehondo, en la misma vertical que el Fraile, hasta el Picón del Haza, por cuyo vientre circulan los tubos de la central eléctrica.

Mientras el cielo se cierra con nubes color panza de burra — síntoma de frío y de nieve — les explico a mis compañeros algo de la historia de estos lugares silenciosos. Hablar de dinamita, de expolios, de expropiaciones a punta de fusil parece una oscura e irreal pesadilla que contrasta con la luz del mediodía y el aroma de los bocadillos colmados de embutido pero la historia es tan real como cruenta. Y ocurrió así: los serranos fueron obligados a abandonar su modo de vida, sus paisajes y su terruño para ser recluidos en el valle, domesticados en casas de planta cuadrada y cal blanca donde la administración les prometió mejores condiciones y un trabajo como guarda o peón.


La senda nos sigue marcando el recorrido

Un poco más adelante de los Villares está la casa forestal por la que descendemos hasta el arroyo donde recogemos agua para la noche. Remontamos toda la solana del Calarejo, una ladera pacífica con encinas, huelgas y cortijos derruidos con vistas envidiables del cinto de las Higueras y las nieves del corazón de la sierra que remontan hacia las crestas de la Calarilla y la soledad de los Campos.

En apenas un verbo estamos ya en Roblehondo y la gente inquieta porque no se ve lugar de paso para acceder a las alturas. Desconocen que, en un pasado muy lejano, los serranos ya descubrieron una debilidad en esta muralla caliza y facilitaron el tránsito de las bestias y el ganado gracias a la ayuda de los barrenos y la pericia de los hacedores de caminos. El Tranco del Perro nos recibe adornado de una nieve reciente, limpia y con una única huella. Sus múltiples zetas nos pasean aquí y allá, ora enseñándonos el perfil agreste del Calarejo y las profundidades de la cuenca del Aguasmulas, ora asomándonos a la vertical del Borosa y la cortijada de Huelga Nidillo.

Las lazadas superiores están prácticamente destrozadas y las hormas desaparecidas. Ni siquiera la piedra seca ha podido aquí sostenerse agobiada por la gravedad y el devenir de los tiempos. ¡Qué pena más grande asistir en directo cada vez que venimos al desmoronamiento de este patrimonio serrano!

¿Por qué tanto dinero para carteles, carriles y pistas y nada para conservar estos venerables caminos? ¿Por qué tanta desidia y olvido? ¿Por qué? (Léanse estos últimos interrogantes al estilo Mou para restarle dramatismo a un asunto del que ya hemos hablado otras muchas veces: quizás alguna vez nos escuchen.)

Mientras el grupo se reúne me acerco a los tornajos para ver si sale algo de agua y compruebo que apenas un breve hilillo alimenta esta fuente estratégica y muy vulnerable a los períodos de sequía. Retomamos la senda de herradura y seguimos haciendo zetas mientras la tarde va cayendo y el cielo se cierra casi por completo. En lugar de continuar por el camino lo abandonamos para remontar por un espolón en perpendicular a las curvas de nivel. Esto lo hacemos así porque el camino presenta bastante nieve y hace un rodeo muy amplio elevándose sobre el puntal del Águila. Como vamos algo justos de tiempo optamos por remontar directamente hacia la cresta de la cordillera aprovechando una ladera limpia de nieve.

El ambiente comienza a ser irreal para esta sierra del sur: unas nubes densas y grises conforman un techo compacto colgado a 2000 metros que se extiende prácticamente en todas las direcciones. Únicamente en la zona de Mágina el sol encuentra un amplio vano por el que colarse e iluminar así la loma de Úbeda y las casas blancas de Iznatoraf.

En el plano corto, la nieve es la principal protagonista: refleja los últimos rayos de luz en contraposición a los laricios oscuros que ahora parecen tristes y solitarios fantasmas. Me viene a la memoria una frase que leí atribuida a un pastor segureño: yo estoy con los pinos atormentados por la nieve y el viento.

Este tramo se nos hace largo porque es muy sostenido, con bastante pendiente y el personal ya va torrado. Voy mirando continuamente el reloj para ver cuánto nos queda y calculo lo que resta para la cumbre. Al llegar a la divisoria grito dando ánimos y nos reunimos para afrontar el tramo de cresta que nos separa de los refugios. Por suerte no sopla viento y el camino está relativamente despejado de nieve lo que agiliza la progresión.

En teoría.

Porque en la práctica caminamos muy despacio, el tiempo discurre rápido y las nubes tapan la cumbre por lo que no disponemos de una referencia visual precisa que nos oriente sobre cuánta arista queda. Estos dos kilómetros se nos hacen eternos. La parte final nos cuesta horrores porque vamos cargados con leña que hemos ido recogiendo y hay abundante nieve en algunos pasos. Pero todo llega y entre las nubes distinguimos el blanco encalado de la caseta. Bien.

En un plis plas nos preparamos para la noche. Encendemos la chimenea y organizamos las esterillas. Cenamos junto al fuego, comentamos lo largo que se nos ha hecho y ahora sí, por fin, nos reímos disfrutando de la jornada. Nadie se atreve a salir a mear porque afuera hay bastantes grados negativos. Dentro mi termómetro marca un grado. No está mal.

Mucho antes de que el sol remonte sobre la Guillimona y los Miravetes Moss ya me está metiendo la nariz por el hueco del saco. Los más nerviosos comienzan también a removerse y en media hora ya estamos preparando el desayuno en el hornillo. El día está completamente despejado, en el Tranco hay nubes bajas — como es habitual — y un fuerte viento del norte, muy frío, nos invita a ponernos toda la armadura.

Antes de las 10 estamos caminando por el carril que baja hacia los Campos. El día está precioso de luz y los pinos lucen adornados de una cencellada dura que todavía los pone más bonitos. El camino se nos está haciendo corto, agradable y divertido: cuesta abajo, al solecito y con el aliciente de la nieve todo es mucho más sencillo. Pasamos el collado de la Carrasca y descendemos hacia la Tiná de las Hoyas con estupendas vistas de la Hoya de la Albardía. De la Tiná hasta la Fresnedilla es un suspiro y nos acercamos al cortijo de Máximo para comer en una de las huelgas.

Tiná de las Hoyas

Recuerdo entonces el estupendo libro de Sebastián Robles Zaragoza que habla sobre la Sierra. En él se explica que la Fresnedilla siempre ha sido un símbolo de la resistencia serrana a las inercias del tiempo y a los caprichos de los señores de la Administración. Uno de sus últimos dueños, Máximo Fernández Cruz, relata al autor con orgullo que el cortijo del Recó y la Fresnedilla la mercó mi bisabuelo en 1780 con sus más de 250.000 pinos y 80 nogueras.

Añade indignado también que, a mediados de los años 70, un ingeniero me ofreció en la Torre del Vinagre 210.000 pesetas por todo, pero yo digo que no vendo y que me tendrán que sacar de aquí con los pies para adelante. Resulta que Máximo fue uno de los pocos serranos que soportó la presión administrativa que obligó a muchos de sus conocidos a malvender sus tierras para ser realojados en Coto Ríos.

Otra anécdota que refleja el infame cerco de los gestores hacia los habitantes autóctonos de la Sierra es que, negándole el derecho a sus propiedades, le encerraron en una de las casas de la propia finca a más de 250 ovejas con orden expresa de que no salieran a pastar. Unos días después, su misma hermana dio careo a las bestias pero ya habían muerto más de cuarenta.

Pienso en estas historias mientras mis compañeros agotan sus últimas provisiones para llevar el mínimo peso. Me preguntan cuánto queda y yo les digo que apenas 9 kilómetros de monótono alpargate por la pista. No se fían y hacen bien. Pero esta vez ya no hay más espacio para las sorpresas. Los hitos de la AMA nos confirman que cada vez estamos más cerca de los Bonales y el coche que ayer dejamos dispuesto para enlazar con la piscifactoría.

Conforme descendemos el viento deja de notarse y el sol tibio del invierno nos acompaña en los recodos del camino. Ahora mismo lame las huelgas donde antes laboraron los habitantes de las Tablas. En un último gesto giro atrás la cabeza para despedirme de las Banderillas pero ya no las veo: la piedra del Mulón y la cuerda de la Campana se interponen en la visual. Pero no importa. Están ahí. Siempre están ahí. Por eso regresamos.

fotos

en las banderillas