Desde aquí ya nos dejamos caer disfrutando de unas vistas amplísimas, del reconocible perfil de la Sagra asomándose sobre los últimos pliegues de Sierra Seca, de la majestuosa vertiente oriental del Empanadas que se despeña sobre el Castril y, en definitiva, de este nudo de montañas, valles, precipicios y cumbres que culmina en los Campos y que se refleja, en perfecta y compleja simetría, en un laberinto subterráneo infinito de cuevas, simas y galerías por donde nacerán, con paciencia, los grandes ríos del Sur de la península.


Muchos factores deben conjugarse y encajar a la perfección para poder vivir un día de Sierra como el que nos ha tocado: ilusión, motivación, tiempo perfecto, estado de forma, que nuestras respectivas están en Madrid disfrutando, también inconsciencia, etc.

Salida de los Llanos de Arance

Por motivos que no vienen al caso, modificamos nuestro plan inicial de hacer una circular desde Pontones con noche en los Llanos de Arance para sustituirlo por otro plan no menos ambicioso: salir desde el cámping de los Llanos, remontar el Aguasmulas, salir por la Hoya de la Albardía a los Campos, atravesar éstos para descender por la pista de las Navas hasta Linarejos y de ahí, por la pista de Guadahornillos descender hacia el Borosa cerrando la elipse por la Loma de María Ángela de nuevo hasta el cámping.

Anotaciones de kilómetros, desniveles, horarios… son sólo aproximaciones… la montaña acaba poniéndote en tu sitio

Mis estimaciones, siempre demasiado optimistas, daban 90 kms — sin contar el largo pateo — y unos 1500 metros de desnivel. Las cifras oficiales han salido algo más largas: 101 kms de bici más el pateo de dos horas largas y unos 2000 metros de desnivel. Una jornada en la que uno se gana bien la cena, si es que llega a tiempo para cenar.

En los Bonales y encarando las Banderillas

Salimos de los Llanos con muy baja temperatura el sábado a eso de las 9 y pico. Llegamos pronto al control de la pista del Aguasmulas y comienza la subida. Unos 9 kilómetros de carril con alguna piedra suelta pero que se lleva bien, sobre todo porque el desnivel a salvar no es mucho: alrededor de unos 400 metros y bien repartido. Vamos de cháchara… la piedra del Mulón refulge a nuestra derecha y de frente, cuando las curvas nos ponen en la buena dirección, vemos las Banderillas, esa cordillera orgullosa, fiera e inaccesible por esta vertiente y que luego, desde los Campos, ofrece una perspectiva mucho más plácida.

Casi sin darnos cuenta llegamos a la pequeña explanada donde termina la pista y comemos algo apoyados a la baranda de madera. Hace un día perfecto y no nos demoramos para acometer la subida al collado que separa el Aguasmulas del arroyo del Hombre. Se trata de una senda — no ciclable — que serpentea hasta los 1336 metros donde un poste del GR7 muy característico — y fotogénico — nos recibe. Ya nos está empezando a salir sangre, sino por los ojos, sí por las piernas. La querencia de alguna zarza o la caricia de los automáticos en las espinillas nos hacen ver que una bicicleta no está hecha para ser empujada por estos sitios. Esperemos que pronto el dolor acabe porque si no, más de una máquina va a acabar despeñada desde lo alto del castellón de los Toros.

Al final del carril de la Fresnedilla y ascendiendo hacia la Hoya de la Albardía

A partir de aquí el sendero asciende en paralelo al arroyo del Hombre y gana altura pero con menos pendiente. Ganamos la Tiná de las Hoyas y los 1470 metros y desde aquí les explico a la gente que ya queda menos, algo menos, y que no se desesperen, que ya no hay más estrecheces ni zarzas.

En el collado que separa el Aguasmulas del arroyo del Hombre

Estamos tan deseosos de subirnos a la bici que cruzamos la Hoya de la Albardía subidos en las máquinas y ascendemos con esfuerzo el camino que nos lleva hacia la Hoya del Ortigal, prácticamente a la altura de los Campos. En el poste del GR7 comemos otro bocado rápido y nos metemos en un carril que serpenteando por las colinas nos lleva al refugio de los Campos del Espino. Se acabó el dolor por ahora.

En la Hoya de la Albardía: desde dentro y desde arriba

En el refugio de los Campos del Espino tomamos la pista que sube desde Fuente Segura hacia el SW y pasamos junto a un chopo solitario que me tiene cautivado y que es una magnífica referencia en esta geografía atormentada. Habrá que volver dentro de un mes para verlo de amarillo porque todavía aguanta el verdor en sus hojas. Con esfuerzo subimos unas rampas más hasta ganar la vertiente oriental del Calar de Cañá Rincón y su refugio. Desde aquí ya nos dejamos caer disfrutando de unas vistas amplísimas, del reconocible perfil de la Sagra asomándose sobre los últimos pliegues de Sierra Seca, de la majestuosa vertiente oriental del Empanadas que se despeña sobre el Castril y, en definitiva, de este nudo de montañas, valles, precipicios y cumbres que culmina en los Campos y que se refleja, en perfecta y compleja simetría, en un laberinto subterráneo infinito de cuevas, simas y galerías por donde nacerán, con paciencia, los grandes ríos del Sur de la península.

Los Campos: un paraíso para la BTT

Son ya casi las cuatro cuando paramos en los tornajos próximos al refugio de Rambla Seca para comer. Disfrutamos de la hierba, de los bocadillos, de cada una de las migajas, porque no está la cosa como para desperdiciar nada. Acumulamos unos 35 kilómetros y algo más de 1200 metros de subida. Pero todavía queda mucho. En el horizonte vemos la danza circular de los buitres. ¿Será por una oveja muerta o porque intuyen que nosotros estamos también en las últimas?

La Sagra en el horizonte

De Rambla Seca seguimos por el carril de las Navas en esa zona tan impresionante como es la vertiente occidental de la Cabrilla con su aceral enriscado y sus poyos imposibles. La pista desciende vertiginosa y pronto nos pasa por collado Bermejo donde Javi Rufax y Joaquín se separan para acortar el recorrido. En muy poco tiempo estamos ya en el mirador del Estrecho de los Perales y en el vado del Arroyo de la Rambla donde nos quitamos el cortavientos porque ahora hay que ganar el collado Verde, una subida de 200 metros suave pero que a estas alturas se pega al riñón.

Desde collado Verde nos lanzamos hacia el Guadalquivir y Emilio pincha. Si íbamos mal de tiempo, pues ahora peor. Son casi las siete de la tarde cuando alcanzamos el cruce del Campamento Linarejos. ¿Qué hacemos? Asumimos que ya se nos hace de noche y que las linternas van a ser nuestra salvación… lo único que hay que pensarse es si nos tiramos por la pista de Guadahornillos o por la carretera del valle.

La razón de ser de los Campos para los serranos: el mejor pasto para sus ovejas

La decisión — muy controvertida — se toma apelando a la épica y nos internamos por la pista buscando Puerto Calvario. Son unos 400 metros en 7 kilómetros con mal piso pero unos paisajes… Por esta pista habrá que venir otra vez sin ir tan apurados… entre laricios que casi tocan el cielo y caducifolios que comienzan a teñir las vaguadas de ocre y amarillo vamos ganando metros. Cuando llegamos al collado son las 7 y media de la tarde. Nos quedan 17 de bajada hasta la Piscifactoría del Borosa y luego unos 5 hasta el cámping. Pufff…

Descenso hacia Rambla Seca y tornajos

Pero claro, al collado hemos llegado unos cuantos porque todavía falta gente por detrás. Estamos en una situación difícil. Cuando llega Javi nos cuenta que Sixto va retrasado y ya sin pilas. Migueli tiene reflejos y propone que se vuelvan los 7 kilómetros hasta el bar de la cerrada del Utrero. Allí les recogeremos luego con el coche. Nosotros nos tiramos entonces hacia Guadahornillos sin perder ni un segundo más.

En el collado de la Zarca

Y la noche va llegando… el sol hace ya rato que se ocultó tras las crestas del Gilillo y ahora ya se ha sumergido en la campiña. Aprieta el frío y con la luz de Migueli intentamos apañarnos Emilio y yo. Avanzamos en paralelo — cuando se puede — y procuramos ir despacio para no comernos ninguno de los numerosos bolos que se han despeñado sobre la pista. Despacio, despacio, despacio. El descenso de 15 kilómetros se nos hace eterno y estamos a punto de ser atropellados por gamos y ciervos que, al escucharnos y ver nuestra linterna, huyen despavoridos atravesando el carril frente a nosotros. ¿No queríamos ver animales? Pues nos estamos hinchando.

Descenso por la cuesta del Bazar… ¿alguien ha pinchado?

Finalmente llegamos al cruce con el Borosa y de ahí a la piscifactoría. Subimos la cuesta de la Torre del Vinagre y más de uno está a punto de desmayarse al oler la carne asada en el bar que hay justo debajo. Los kilómetros de carretera se hacen muy rápido y Emilio — como Olano cuando ganó el mundial — los cubre con la rueda pinchada.

La tarde que se va…

Cuando llegamos al cámping Javi Morote ha salido ya a recoger a nuestros amigos al bar de la cerrada del Utrero. Son las 10 de la noche. Las cifras, para un matemático como yo, dicen bastante: 13 horas de actividad, más de 100 kilómetros de Sierra y unos 2000 de cuestas. Sin embargo, este tipo de palizas, donde lo físico es decisivo pero no lo más importante, acaban recordándose por la luz, por el sol, por los reflejos, por el bocadillo, por la gente con la que te «enmierdaste» hasta los ojos.

Gracias Joaquín, Migueli, Javi Ríos, Javi Rufax, Javi Morote, José Manuel, Emilio y Sixto.

Entre la Sierra y nosotros sigue habiendo amor del bueno.