La ascensión al paso de Vrsic se hace larga, muy larga, sobre todo si vas cargado con las alforjas y llevas una bici de montaña.

[6 de Agosto de 2007] Kranjska Gora – Nova Gorica (125 kms)

Bueno, ya hemos llegado al último día de esta crónica y, aunque me ha costado, merece la pena. Me resulta extraño hablar de uno de los días más sublimes de ciclismo que recuerdo cuando ya ha transcurrido más de un año desde el mágico verano de 2007 y, sin embargo, aquí estoy sentado en una mesa de camilla, viendo como llueve y se nos adelanta el otoño y, si cierro los ojos, incluso veo claramente la luz que inundó los más de 120 kilómetros de pedaleo. Creo que con recuerdos como éste uno siempre está a salvo.

Pero dejemos las emociones y pasemos a los hechos, a lo objetivo. Y nada más real que el paso de Vrsic, el puerto más duro de Eslovenia, sus casi 8 kilómetros con una media del 10 por ciento, su desnivel desigualmente distribuido de modo que las últimas rampas, justo cuando uno ya va maduro, son las que más daño hacen.

Pues sí, el paso de Vrsic es lo más real que teníamos en mente al despertarnos en la casa del «chuarche». El hombre se había marchado a rodar algunas escenas de Terminator y nos había dejado en la cocina el desayuno preparado. La noche antes nos comentó que nos iba a poner un fiambre riquísimo para subir «escopetados» el Vrsic.

Y nada, lo típico de siempre… ¿dónde coño está el fiambre? Buscamos por todos los armarios, cajones, etc. y no lo encontramos así que nos tocó desayunar pan con mantequilla y café con leche.

Así que «rajando» del «chuarche» salimos de Kranjska Gora y nos internamos en la espesura de la montaña. La carretera tiene un trazado sinuoso y discurre, por ahora, ganando metros suavemente entre los abetos maduros y algunas hayas. No nos hablamos mucho, estamos concentrados en las sensaciones y poco a poco la cosa se va poniendo más exigente. Así nos encontramos pronto con las primeras revueltas, curvas que han pavimentado con adoquines para tener una mayor adherencia en el invierno y que además están numeradas. Nos sentimos como en Alpe d’Huez.

La ascensión al paso de Vrsic se hace larga, muy larga, sobre todo si vas cargado con las alforjas y llevas una bici de montaña. Vimos que no éramos los únicos: multitud de ciclistas nos adelantaban con facilidad en sus ligeras bicicletas de carretera — con esto no quiero ocultar que estaban mucho más fuertes que nosotros, simplemente enfatizo que sus trastos pesaban 15 kilos menos que los nuestros — y otros que, como nosotros, también andaban lastrados con su equipaje, incluso nos disputaban un lugar de honor en el podio pedaleando con alpargatas. De todo vimos allí, incluso una pandilla de zagales y zagalas scouts con unas bicis de medio pelo pero que se defendían muy bien en las rampas.

Éramos cinco y poco a poco nos fuimos desgranando. La mitología del Tour es extensa y bien documentada y, al igual que en Córcega, obviaremos los detalles de quien sufrió oprobio y quien alcanzó los laureles de la gloria. De hecho, aquí todo el mundo dio su máximo con una generosidad inconsciente pues la etapa, el «tocho» de kilómetros, estaba por llegar y el paso del puerto sólo era el principio.

Tengo un recuerdo especial cuando nos reunimos todos en el paso, con las caras desencajadas por el esfuerzo, los anoraks para protegernos del frío, la respiración agitada de la última cuesta que superaba con creces el 15 por ciento… nos hicimos unas fotos enmarcando nuestra felicidad con los Alpes Julianos. Creo que no se podía estar mucho más alto.

(Bueno… ya me estoy dejando otra vez llevar por el «sensiblerío»… no sé qué me pasa que me sale la vena lacrimógena… ¿será que este verano no hemos tenido viaje?)

Tras el puerto comienza un descenso precioso hacia Bovec, la capital de la cuenca alta del río Soca — pronúnciese «socha». A partir de ahora vamos a seguir el curso del río hasta casi su desembocadura en la costa Istria. Al principio las pendientes — a favor — son durísimas y nos damos cuenta de que por esta parte el paso de Vrsic todavía es más fiero. Cada dos por tres nos paramos a tomar fotos: estoy especialmente obcecado en quedarme el color del río que es de un blanco verdoso inusual. En las fotos no lo conseguí pero lo llevo en la retina. Tras un par de horas estamos en Bovec y paramos a comer. Llevamos unos 50 kilómetros y estimamos en nuestra carta de ruta unos 50 más. Vamos a por la centenaria.

Comemos bajo un toldo infame y mientras mis colegas se toman el café yo me tumbo debajo de un plátano a descansar. Pasa una media hora y pronto nos metemos otra vez en faena. Ahora ya no hay tanto descenso, aunque la tendencia es a bajar y nos salen muy rápidos los kilómetros. El valle del Soca se va abriendo pero no pierde nunca su atractivo. Dejamos atrás Kobarid y otros muchos pueblos mientras la tarde cae. Ya llevamos casi 100 kilómetros y esto no tiene pinta de acabar. El sol se va acercando al horizonte y el río ahora se ha ensanchado tanto que parece un lago. Los abetos y las hayas han dejado paso a un encinar mediterráneo y se nota el ambiente marino.

Mis amigos me van sacando ventaja y me quedo atrás. Hay algo en mí que me impulsa a disfrutar de cada metro que avanzo. Siempre que acaba una aventura de este calibre tengo las mismas sensaciones: la necesidad de recogerme y absorber la luz para, en la medida de lo posible, aprehenderla y quedarme con ella. Me enchufo la música, un Quique González al que ya le he dado cien vueltas por no tener más capacidad en el móvil y, canturreando, me abstraigo de los coches que me pasan peinándome la oreja. Sólo tengo ojos, ojos húmedos para el río y ojos ávidos para atender a los últimos reflejos de la luz poniente. Me imagino la dureza de esta frontera, antiguo telón de acero, lugar de incontables batallas y cruentas noches en la Segunda Guerra Mundial. Entre el bosquete de encinas asoma furtivamente un refugio de carabineros pero todo pasa fugaz, todo, incluso aventuras como ésta que nos hacen eternos.

Y nada… que otra vez se me va la «pinza»… quería decir que los kilómetros van cayendo y afortunadamente nos van acercando a Nova Gorica. No están nuestras partes nobles para mucho más y cuando vuelvo a alcanzar a mis compañeros éstos me dicen que en los «greatest hits» de Eslovenia está haciéndose hueco un temazo, el «anal fire», canción protesta inspirada en la rebelión del perineo ante el castigo de estar más de 10 horas sobre el sillín de la bici.

Con la noche casi inaugurada llegamos a Nova Gorica. Sixto y sus habilidades internacionales nos acercan a un albergue, colegio universitario en invierno, que nos acoge con humildad y sencillez. Dejamos las bicis, una ducha y pronto estamos caminando hacia el centro de esta enorme ciudad. Tras preguntar por aquí y por allá y con bastante trabajo encontramos un sitio más que aceptable en el que celebrar la aventura. Cerveza, cerveza, cerveza y algo de vino. Confieso que bebí demasiado, pero era necesario.

Al día siguiente nos pasamos a la Gorizia italiana para tomar el tren que nos devuelve a Venecia. Mirando por la ventanilla, antes de que se me quiebre el cuello por enésima vez, acierto a vislumbrar en lontananza las montañas del interior. Hay una brumilla que las va cerrando y hago lo mismo con los ojos. Mientras sonrío, compruebo que tengo perfectamente grabada la luz de los días pasados. Creo que con recuerdos como éste, uno siempre está a salvo.