En el comienzo de la escalera del salón, en el colchón gris junto al mueble donde guardamos los platos del campo, en el descansillo que hay al subir los cinco peldaños de la casa de Murcia, en el rincón escondido tras la mesa del comedor, ahí está Moss.

Moss con 5 años muy pendiente de lo que estamos cocinando en el Cortijo del Imán, en lo más remoto de la Almijara. En sus ojos se reflejan las últimas luces del día. Fue el primer día de una travesía tremenda.

A los pies del sofá mientras vemos una serie de Netflix, bajo las enaguas de la mesa de camilla alargada, en los aledaños de la chimenea ensuciándose con las cenizas, sobre el cemento fresco junto al arce blanco, en la grava angulosa de la entrada del campo, ahí está Moss.

Incluso con las palizas más duras Moss siempre se ha mantenido alerta y positivo. Aquí regresábamos de nuestro primer revolcón en las Banderillas, después de haber pasado la noche bajo la lluvia y la nieve. Una historia en la que manda el perro, no el hombre.

Bajo uno de los muchos árboles que hay en el jardín de Guadalupe, junto a los arbustos de flores amarillas que desmenuzan mis niños, en la arena que hay al borde del parque infantil durmiendo la siesta, también atado a la pata de madera de un banco, ahí está Moss.

Éramos muy jóvenes y quisimos probarnos con una travesía extrema: desde cerca de Paterna del Madera hasta Pozo Alcón por todo lo alto de las montañas. Aquí está Moss en la base de las Almenaras con sus mochilas.

En la caja de nailon envejecido con su bastidor de aluminio lacado en negro, en el maletero del Audi y en el tapete beige del Touran, sobre la alfombra del Ikea con bandas azules en paralelo, en la colchoneta del chino con dibujos de huesitos, ahí está Moss.

En el año 2016, con nuestros pequeños Lola y Pedro, fuimos a pasar el mes de Agosto en Yésero, en la comarca del Sobrepuerto. Fuimos tremendamente felices con las vistas de Peña Sabocos y repetimos muchas excursiones que habíamos hecho sin niños adaptándonos a la nueva realidad. Moss disfrutaba igual en cualquiera de los dos formatos.

En el collado de Roblehondo, donde arranca la senda que va camino de los Pardales, en la casa del Maestrillo junto a las primeras aguas del barranco de Túnez, en el filo de roca de Poyo Alto, en la cuesta del embudo de la Sagra y bajo el Pino de la Señora, ahí está Moss.

A partir del 2017 subimos durante 6 años consecutivos a Cuena, un pueblo en la raya de Cantabria y Castilla. Una de nuestras escapadas frecuentes era caminar hasta el puente rojadillo, un puente romano sobre el río Camesa donde pasábamos los pocos días en los que el calor apretaba.

En el ábside de la tienda durmiendo sobre mi mochila, en el nacimiento del Segura bañándose aguas abajo, en la puerta de la casa de Máximo, el cojo de la Fresnedilla, comiéndose la mitad de mi bocadillo mientras cae la noche frente a las Guitarras de las Banderillas, ahí está Moss.

Desde hace unos años tenemos la suerte de poder disfrutar de una casa en el Campo de San Juan para pasar allí los fines de semana y las vacaciones. Aquí tenéis a Moss gozando del elemento más ansiado.

En la cocina de casa mientras corto jamón para la cena, en las primeras horas de la mañana cuando preparo los desayunos de los críos y aguarda paciente su trozo de pan. Tras el cristal de la puerta de casa, velado por el vaho que expele su hocico mientras me observa cuando salgo de camino al trabajo, ahí está Moss.

Cuando nacieron los críos las salidas eran más cortas y las mochilas de travesía se quedaban en casa. No obstante, coleccionamos un buena cantidad de montañas que nos quedaban pendientes. Aquí estamos descendiendo del Calar de Rapa con las vistas de Sierra Nevada al fondo.

Apegado a mis riñones mientras soportamos un vivac en invierno en el barranco del Gargantón, esperándome en una lastra rocosa de Castril mientras las montesas rompen ladera arriba hacia la Cabrilla, acostado junto a la peana del vértice de las Almenaras buscando la sombra, ahí está Moss.

Moss se hacía grande en las montañas grandes. Era un gran devorador de desniveles hasta el punto de que siempre estaba corriendo y vigilando desde el primero al último de la fila. Cuando parábamos a descansar se dormía en apenas unos segundos. Aquí estamos subiendo al Mulhacén, en la Campiñuela.

En la cumbre del Curavacas y en la del Perdido. En la cúspide de Peña Prieta, en lo más alto de la península junto a la Virgen de las Nieves, en la Maroma y en la Tetica de Bacares, en el Cabañas y en el Rayal; también en la Peña Montañesa y en la Brecha de Rolando. Por supuesto, en el Calar de la Sima: ahí está Moss.

Después de Lola y Pedro llegó Alma a nuestras vidas. Moss ya estaba casi jubilado pero la relación entre ambos ha sido muy especial. Jamás le he visto un mal gesto con mis niños y motivos no le han faltado.

En la Atalaya de Cieza y en el Almorchón. En todos los caminos de mi pueblo y en el cauce de todas las acequias, en el geodésico del Oro y en las sendas de Ricote que parten desde la Bermeja. En el Chinte, en la Pila y también caminando entre los espartos de Ascoy. Ahí está Moss.

Aquí tenemos a Moss cuidando de Lola y Pedro cuando apenas sumaban ambos unos dos años. En lo que respecta a mis hijos, Moss ha sido el hermano mayor en muchos aspectos: obediente, tranquilo, educado.

En el montón de hojas de la noguera que la corriente caprichosa acumula junto a la farola de la piscina, debajo de la mesa mientras comemos moviendo el rabo y esperando paciente hasta que a alguno de mis niños se les cae al suelo un trozo de pan o de jamón. Ahí está Moss.

Este día en el Puntal de la Zurdica hacía muchísimo frío y estábamos congelados. Moss quería jugar con una piedra y yo se la escondía con mi mano.

Junto al moisés de Alma donde se balancea, en el límite de la manta de Lola donde gatea, durmiendo bajo el carricoche en el que Pedro se come las papas, rozándose en los flecos de la manta en la que me arropo para tomar la siesta en el sillón, ahí está Moss.

Durante una larga temporada que duró casi 8 años adoptamos una filosofía de montaña: caminar con la casa a cuestas. Los fines de semana eran siempre oportunidades para llevarnos a Moss a dormir bajo las estrellas. Aquí estamos en pleno invierno, en las Empanadas, en una travesía por Castril.

Indudablemente, en nuestra historia, en nuestras vidas, en nuestra carne, en nuestra sangre, en nuestros huesos y hasta en el tuétano. En cada uno de los casi 17 años en los que hemos caminado juntos, con esa hermosura que siempre ha desprendido y esa dignidad que jamás le ha abandonado, ahí está Moss.

En esta jornada fuimos a buscar, de forma intencionada, el temporal de poniente que selló de nieve las alturas del Calar del Mundo. La seguridad psicológica de llevar a Moss era suficiente para acometer aventuras de resultado incierto. Su sola compañía y su complicidad lo hacían todo mucho más sencillo.

Finalmente, en los amplios campos de nubes doradas por el sol poniente, en las húmedas navas donde repunta la hierba tras el crudo invierno, en cada una de las flores que adornan los allozos del lindero, en el insondable vacío donde titilan tantas y hermosas estrellas. Ahí está Moss.

Y ahí estará,
para siempre.

MOSS

IN MEMORIAM

2007 — 2024

toda una vida en fotos


José Antonio Pastor González


Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.

Todas ellas son el terreno de juego protagonista de esta web gracias a la cual disfruto por partida doble: primero subiendo las cumbres y luego relatando mi experiencia. Sed bienvenidos y gracias por vuestra visita.

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