Peña Telera por la Gran Diagonal. Relato a dos voces de una de las mejores actividades que hicimos en el recién terminado 2023. Pirineos siempre merece la pena.
ficha

Peña Telera, sierra de la Partacúa, Pirineos
abril de 2023
muchas horas
no relevante
1400 m (600 m de corredor)
estable, frío, viento noroeste
vía clásica de alpinismo de dificultad AD/ADsup según las condiciones
no disponible
no disponible

[Fotografías y texto (en sans) de Félix Gómez de León]

A principios de la primavera pasada Félix nos propone subir a Pirineos para hacer la Gran Diagonal a Peña Telera. Es una oferta imposible de rechazar pese a que todavía sigo convaleciente de una gripe A que me ha tenido 10 días en cama. Consulto con la familia y, con el visto bueno de la jefa, marcho junto con Nino y el maestro.

Las reseñas de la Gran Diagonal hablan de un corredor no demasiado complejo, pero en esto de la montaña invernal todo depende de las condiciones en las que te encuentras el pastel. Cuando llegamos a media tarde al Valle de Tena nos salimos hacia Panticosa para tomar fotos de la cara norte de Telera e intuir cuáles son las condiciones.

Nuestro itinerario está oculto pero eso no nos impide comprobar que hay poca nieve y mucho frío. Disponemos de otras opciones en la cartera si el corredor no está formado pero el maestro tiene entre ceja y ceja esa vía. Ya tiene que estar la cosa muy jodida para que renunciemos a intentarlo. Descansamos unas horas en nuestro apartamento y, a eso de las 4, suena el despertador. Desayunamos leche con galletas y salimos a la calle con bastantes grados en negativo.


Aún es de noche cuando dejamos el coche en el aparcamiento de Lacuniacha. La oscuridad y el frío de la noche imponen mientras subimos en silencio, cada uno con su historia, en mi caso en blanco porque subo medio dormido. ¡Cagüentó! A los cinco minutos me doy cuenta de que me he dejado los bastones en el coche. Lo que decía, medio dormido. Les digo a Nino y a Jose que sigan andando, que ya los pillaré por el camino. Vuelta al coche.

Llevo más de media hora con el paso apretado y no consigo cazarlos. Los muy cabrones sé que van lijando para que no los pille. Si los conoceré. Cuando por fin enlazo con ellos les digo que he ido tirando fotos, para disimular, pero creo que no cuela porque aún no se ve un pijo y está empezando a clarear ahora.

Ya estamos a la altura del ibón de Piedrafita y poco a poco Peña Telera empieza a iluminarse. Lo que antes era una sombra de dimensiones poco precisas, muestra ahora su formidable cara norte (realmente, noreste, por eso se ilumina con el amanecer). Son unos 700 metros de pared desafiante que, desde donde estamos, no muestra su único signo de debilidad, la Gran Diagonal, un larguísimo corredor que surca la pared de derecha a izquierda pero que permanece aún escondido para nosotros. Solo vemos una enorme muralla calcárea salpicada de neveros, puntas rocosas y enormes espolones. La nieve caída recientemente aún le da un aspecto más fiero.

Por las fotos que me envió Salva1Un muy buen amigo, guía de montaña, que vive en Tramacastilla. sé que, pese a las últimas nevadas, el corredor tiene poca nieve por lo que sospecho que los resaltes intermedios estarán al descubierto y habrá que pelearlos. Además, se trata de nieve blanda sobre nieve muy endurecida, o sea avalanchosa porque, además, el viento del noroeste ha pelado algunas zonas, pero ha acumulado bastante nieve en otras y habrá que llevar mucho cuidado en las pendientes de la bajada. Todo esto voy mascullando solo mientras nos acercamos a la pared.

La Gran Diagonal de Telera es una de esas rutas que vas dejando un año tras otro y al final se convierten en un deseo de primera magnitud. Aunque no lo veo, sé que el corredor está ahí esperándome. Siento gran inquietud por ver qué sorpresas nos depara, como si fuera la mañana de Reyes. Mientras subo sin prisa la pendiente — hay que guardar fuerzas, no conviene reventarse antes de tiempo — levanto de vez en cuando la mirada para contemplar la soberbia muralla de Telera, ahora mismo dorada completamente por el sol. Está ahí, esperándonos. Voy con dos buenos compañeros de cordada, dos grandes amigos, muy seguros y fuertes, con los que he compartido un buen número de cumbres, escaladas y ascensiones invernales. Hoy va a ser el día, ni una nube y sin viento. Si la nieve está bien va a ser una pasada.

Es sorprendente la fascinación que puede sentirse por algunas ascensiones; con algunas montañas, es una poderosa atracción que se diría hipnótica. Hoy me siento así. Nino2Antonio Sarabia, “Nino” para los amigos. progresa en silencio. Siempre sube así, sabe que todo va bien y avanza con decisión. Realmente es gratificante, pero sobre todo motivador, saber que tu compañero confía en ti. Jose sube más callado de lo normal. Desde que Telera apareció a nuestra vista no hace más que mirar la pared. Mal rollo. Hemos compartido muchas ascensiones y sé cuándo algo no va bien. No es preocupación porque él sabe, y yo también, que hemos escalado vías considerablemente más difíciles y complejas, pero hoy parece que la pared se le viene encima.


Conforme va clareando puedo apreciar lo bonita que es Telera. La subí en verano hace unos años y ya me encantó, pero en condiciones invernales todavía es mucho más hermosa. Voy escudriñando los conos de deyección de la vertiente norte para adivinar cuál es el que se corresponde con la Gran Diagonal.

En algunos momentos de la subida no puedo evitar rememorar las otras veces que he estado aquí con mi mujer y mis niños. En el parque faunístico de Lacuniacha, sin ir más lejos, anduve hace unos veranos con Lola y Pedro. También con Lourdes pasando unos días en una cabaña cerca del ibón de Piedrafita.

Este punto melancólico es la señal inequívoca de que una parte de mí no lo está viendo claro: las condiciones de la vía, mi estado físico después de la enfermedad, el hecho de que en esta montaña cueste el mismo esfuerzo subir que bajar. He vivido muchas bacalás junto a Nino y Félix, tiradas de 20 horas y frontales al inicio y al final, jornadas maratonianas pasando hambre y sed y muchas penurias. Hoy me planteo si esa lucha me merece la pena.


Es curioso cómo, a veces, con todo aparentemente a favor, físicamente en perfectas condiciones, con nivel de sobra y un tiempo inmejorable, la montaña parece cerrarnos las puertas. Mientras, en otras sientes que tienes su permiso, que el portal está abierto, como los dos polos de un imán. Es esa sintonía con la montaña, con la ruta escogida, la que te da el ánimo necesario para la ascensión o, por el contrario, te dice desde el primer momento que hoy no es tu día: una falta total de consonancia.

Nada tiene que ver con la superstición. Es, por el contrario, un cúmulo de sensaciones a las que hay que prestar atención: falta de motivación o de la necesaria concentración, preocupaciones, biorritmos, ¿qué sé yo? En resumen, un conjunto incontrolado de factores que hacen que estés buscando la menor excusa para dar media vuelta. Por experiencias anteriores sé que es mejor hacer caso a lo que sientes y volver a la próxima. Las veces que aun en esas circunstancias me he empeñado en seguir, aunque finalmente haya conseguido mi objetivo, nunca he disfrutado lo suficiente. Siempre he acabado con la sensación de tachar algo de una lista, de tener una tarea pendiente menos. La verdad, para eso, mejor quedarse en casa.

Acabamos de bordear el gran espolón rocoso que nos ocultaba el corredor y, por fin, podemos verlo. Como sospechábamos, toda la zona central está bastante descubierta, pero el resto se ve muy bien. La pendiente al principio es suave, de unos 35-40 grados y, conforme el corredor se va cerrando, va ganando inclinación hasta llegar a los 50-55 grados. Lo mejor de todo: la nieve es consistente y transmite seguridad.

Sin embargo, Jose, que la verdad es que iba subiendo muy bien, no se siente nada cómodo. Me sugiere sacar la cuerda, pero él sabe que si a estas alturas ya vamos montando reuniones podemos tardar una eternidad. Le animo a seguir un poco más, que yo me sitúo justo detrás de él, pero me dice que no se trata de eso, que no va centrado y que mejor lo deja para otra ocasión.


Hemos entrado ya en harina y el corredor se está estrechando y empinando. Voy junto a Nino y me propongo alcanzar una roca pequeña que sobresale justo en el centro. Miro para arriba y veo que la cosa cada vez se pone más complicada. No me veo fuerte, las piernas me tiemblan y asumo de forma meridiana que esta jornada va a ser maratoniana. Le digo a Félix que quizás podríamos sacar la cuerda, aunque sé perfectamente que eso es inviable. Hemos hecho una tercera parte de la vía si acaso.

El lado sano de mi cabeza lo tiene claro y me pide salir de ahí cuanto antes. Se lo digo a mis compañeros. Nino me mira en silencio. Félix me insiste y yo intento quitarle dramatismo al asunto: es bueno para mí y mejor para ellos. Me acompaña un tramo en el destrepe de cara a la pendiente hasta que le pido que no pierda más metros y continúe hacia arriba. Nos deseamos suerte y quedamos en vernos en el ibón de Piedrafita.


En un plis plas empieza a desescalar todo lo que llevamos ascendido con bastante más decisión y confianza que subiendo y llega a la base en muy poco tiempo. Nino y yo seguimos ganando metros hasta llegar al primer estrechamiento. Intento seguir sin la cuerda, pero retrocedo porque no se ve nada fácil. Montamos una reunión, sacamos las cuerdas y empieza la fiesta y el rock and roll. Las rocas tienen una fina capa de verglás, insuficiente para que enganchen los crampones, y la nieve polvo oculta los apoyos y el hielo macizo entre las rocas. Así es que paciencia y a desentrañar la solución de cada paso, a disfrutar de la marcha.

Me siento realmente motivado y un cielo azul inmaculado ayuda aún más a mejorar mi estado de ánimo. Nino sube rápido y con facilidad desmontando los seguros de la tirada y seguimos haciendo largos a buen ritmo. Al final, el estrechamiento que se suponía que era una simple piedra empotrada, nos lleva cuatro largos completos de cuerda: en total más de 200 metros.

La pendiente es ahora considerable y ronda los 55-60 grados aunque en algunos sitios tumba pero en otros presenta resaltes bastante tiesos. La nieve es cambiante, lo mismo es firme que, de repente, tiene una capa de nieve blanda encima por lo que, de cuando en cuando, me aproximo a las paredes laterales del corredor para meter algún seguro intermedio. Un resbalón aquí podrían ser muchos metros de caída.

Llegamos a la zona conocida como el mirador, donde desaparece la pared inferior que cerraba el corredor. ¡Vaya! Si ahora te caes, ya no lo haces por el corredor sino que te vas al ibón directamente. Empleo un buen rato en montar una reunión sólida porque la roca aquí no ofrece demasiadas alternativas. En estos tinglados siempre llevo media docena de clavos, por lo que pudiera pasar. Ahora me alegro de tenerlos.

Nino sube hasta la reunión y sale lanzado para arriba como una exhalación. En esta tirada ya salimos le digo. Sí, sí, pronto. ¡Cómo engañan las proporciones de esta montaña! Tres largos de cuerda nos lleva subir lo que parecían apenas veinte metros. Por el walkie Nino me dice, por fin, que ya está fuera, en el pequeño collado que forma la salida del corredor. Subo cagando leches esta última tirada.


En un trozo de hierba seca, justo en el desagüe del ibón de Piedrafita, estoy esperando para ver si mis compañeros asoman por la punta de arriba del corredor. Van pasando las horas, el sol se vence por la vertiente sur de Telera y, por más que escudriño, no logro distinguir a nadie moviéndose en la zona superior de la montaña.

Cuando ya son más de las seis y la sombra me atrapa, decido moverme. El problema es que no tengo las llaves del coche por lo que tendré que improvisar. Finalmente tendré suerte y una argentina de buen corazón me acercará a Sallent donde tenemos el apartamento. Cada 5 minutos intento entrar en contacto con mis compañeros pero no tienen cobertura.


Aunque todavía está el sol fuera nos queda encontrar la bajada que recuerdo no era nada sencilla. Así pues, no nos damos mucho tiempo para celebraciones y salimos pitando para abajo. Aunque la cumbre está cerca y se llega andando, esta vez pasamos de hacerla. Ahora sí que hace bastante viento y la temperatura está empezando a bajar de forma muy acusada.

Tenemos varias opciones para el descenso. Ya lo he hecho un par de veces y, además, llevo los tracks en el GPS, pero ninguno de ellos es simple. La travesía por el paso horizontal queda descartada porque hay bastante nieve blanda sobre capa dura. Impensable jugársela por ahí. Creo que lo mejor es subir a la Peña Parda y bajar al collado de Cobachirizas (o Cachivirizas) para coger la ruta normal.

Cuando llevamos unos quince minutos en faena el manto cambia. Parece que toda la nieve caída estos días se haya acumulado aquí: placas de viento y medio metro de nieve blanda sobre una base de nieve dura. Pendientes de entre 30 y 40 grados. En resumen, las condiciones ideales de una avalancha.

No hay mucho que hablar, media vuelta y otra vez al cuello de Telera. La alternativa ahora, y con la hora que es, es obvia: hay que perder altura como sea porque hace ya un frío que pela. Vamos a bajar por la vertiente opuesta, por el Barranco del Puerto. Esa bajada no la conozco, pero se ve que es una bajada suave y evidente. Además, aún hay luz y vemos claramente por dónde tenemos que cogerla. Eso sí, nos va a dejar a tomar por culo del aparcamiento.

Nino y yo estamos de acuerdo, preferimos estar toda la noche andando entre pinos, ya sin nieve, que pasar una noche allá arriba. Por fin pillamos cobertura y podemos llamar a Jose por teléfono para decirle que no se preocupe, que la noche es muy bonita — y muy larga — y que vamos a hacer una nocturna.


Son casi las 8 de la noche cuando consigo por fin hablar con Félix y Nino. Intento buscar una solución pero ningún taxi normal va a entrar por una pista forestal que además está con una cancela. Me dicen que seguirán bajando. Por lo menos, todo ha salido bien y ya están en una zona sencilla. Si toca noche toledana, es un mal menor.


También llamamos a Salva y a Julio3Julio Armesto, otro muy buen amigo de Panticosa y también guía de montaña. porque habíamos quedado con ellos para tomarnos una cerveza esta tarde (si es que no aprendo, a optimista no hay quien me gane). Ambos coinciden en que hemos tomado la decisión correcta (¡y eso que no han visto cómo estaba el panorama por allá arriba!) y que, con suerte, llegaremos al coche para desayunar. Muy graciosos. Pero llevan razón, este valle nos lleva a Santa Elena. Jose dice que tampoco ha encontrado ningún taxi, así es que luego carretera arriba un montón de kilómetros hasta Lacuniacha, donde está el coche.

Al filo de la medianoche vemos un todoterreno subiendo por el camino del valle. ¡Eureka! Son nuestros amigos, Salva, Julio y su hijo Marcos, que han removido Roma con Santiago en todo el valle de Tena para conseguir la llave de acceso al camino forestal. Nos traen un té caliente que nos sabe a gloria y, en poco más de una hora, estamos de vuelta en nuestro coche. La verdad es que no tiene precio lo que han hecho nuestros amigos por evitarnos esa paliza nocturna. Encontrarse con los amigos siempre es una alegría, pero en esas circunstancias y a esas horas de la noche se agradece y aprecia aún más el valor de esa amistad.

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José Antonio Pastor González


Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.

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