Artículo de opinión sobre diferentes sistemas que, en la actualidad, pretenden cuantificar la dificultad de una actividad en montaña. ¿Podemos expresar con un número las dificultades que encierran nuestras actividades?

En los últimos años se observa un creciente afán por cuantificar y determinar de modo absoluto las características de las actividades que hacemos en montaña. Es el espíritu de diferentes iniciativas como el método MIDE y el cuantificador IBPindex así como de aplicaciones informáticas al estilo de Strava o Endomondo.1El método MIDE persigue la realización de actividades seguras y tiene todas nuestras bendiciones. No podemos meterlo en el mismo saco que el resto de sistemas que también comentamos.

La necesidad de otorgar un valor absoluto para describir las actividades que realizamos en montaña viene de muy atrás. Así tenemos las escalas de graduación para la dificultad en escalada donde coexisten diferentes sistemas como el francés, el UIAA, el americano, etc. Todos ellos tienen como finalidad determinar de modo objetivo la dificultad de una escalada o una vía alpina. Así, a todos nos resulta familiar el grado en escalada deportiva: el 8c, el 6a, el cuarto, el quinto, etc.


El grado en escalada

El grado en deportiva resulta ser, con alguna que otra controversia, una de las medidas más objetivas. Normalmente, las vías acotadas correctamente se mantienen así durante mucho tiempo salvo que la vía en sí sufra una modificación sustancial. (Por ejemplo, añadir/quitar seguros, desprendimiento de presas o roca pulida por desgaste.)

“Factores objetivos tales como la pendiente facilitan mucho la acotación de este tipo de actividades.”

Otro ejemplo bien conocido es el grado de conjunto para una escalada alpina. Suele existir también un consenso amplio para el grado otorgado a una actividad como, por ejemplo, la Norte del Mulhacén por el corredor central o el corredor del Alhorí. Factores objetivos tales como la pendiente facilitan mucho la acotación de este tipo de actividades. Sin embargo, en alpinismo, las condiciones del manto nivoso — cantidad y calidad — determinan fuertemente el grado de dificultad final para cualquier actividad. No es lo mismo hacer el canuto del Veleta con la travesía cargada de nieve y con planchas de hielo que afrontarlo, por ejemplo, con nieve transformada y huella hecha. La dificultad es bien diferente.

A donde quiero llegar es a que, incluso para actividades en las que existe un consenso amplio y mantenido como las que estamos comentando, parece complicado asignar datos absolutos que nos sirvan de referencia. De hecho, la actitud que yo he asimilado y aprendido de mis maestros es la siguiente: si una vía está marcada como PD, debes ser capaz de dominar vias acotadas como AD para salvar la (a priori) más sencilla con garantías. Confianzas las justas.


De Pradollano a Granada quemando calorías

Tengo un cuenta kilómetros en mi bici que me saca las calorías que quemo cuando salgo a dar una vuelta. He hecho un experimento: si mi etapa comienza en Pradollano y bajo hasta Granada sin dar un pedal me dice que he quemado 2500 calorías. Marcho entonces al McDonalds para clavarme 3 hamburguesas sin dolor. Tal festín gastronómico me lo puedo permitir porque el aparatito utiliza una fórmula en la que interviene la velocidad a la que me muevo y el tiempo que estoy dando pedales.2Esencialmente esto es la potencia que imprimo a mi bici por el tiempo que estoy subido en ella: potencia por tiempo es energía consumida, i.e., calorías.

Este ejemplo es una exageración pero sirve para ilustrar la forma — errónea en muchos casos, aproximada en general — en la que los aparatos modernos calculan variables como el consumo de calorías. Éstos aplican fórmulas en las que intervienen un número más o menos grande de variables y sacan un resultado de forma determinista. Lo mismo hace también, por ejemplo, un programa como el IBPindex cuando te calcula que el índice de una ruta es 140. Esta información hay que tratarla siempre con cautela. No es lo mismo hacer 40 kilómetros de bici en llano por asfalto que hacerlos en llano por una pista reventada de piedras en contra del viento o marcarte 40 kilómetros por sendas ratoneras. El índice IBP sería el mismo pero está claro que la dificultad real no lo es. Los matices aquí cuentan y mucho.


De travesía por Revolcadores y las Cabras

Hace un tiempo quedé con un conocido que hacía carreras de montaña. Yo estaba empeñado en enlazar Revolcadores y las Cabras saliendo desde el cortijo del Mosquito. Le comenté el plan y él me pidió datos absolutos del mismo. Como tenía marcado el track le saqué los kilómetros y el desnivel en subida. (Observemos que este desnivel positivo coincide con el negativo o de bajada al ser una ruta circular.)

“El socio me comentó que le venía de perlas esa salida, que iba a ser un entrenamiento suave (sic) para prepararse una carrera.”

El socio me comentó que le venía de perlas esa salida, que iba a ser un entrenamiento suave (sic) para prepararse una carrera que tenía dos semanas después. Yo le advertí que la mayor parte del tiempo íbamos a ir andando y que correr, correr… pues lo justo y poco más. Lo recogí en Venta Cavila y llevaba pantalón corto, deportivas y unas calcetas de las que suben hasta las rodillas. Cuando se montó en mi furgo le miré las piernas de soslayo y pensé: Arrea, ¿dónde va éste? Pero tampoco tenía demasiada confianza para expresarle abiertamente mi perplejidad por su atuendo.

Del cortijo del Mosquito subimos a Revolcadores todo tieso y bajamos a Puerto Alto. De ahí a la cuerda de la Gitana también a cara perro y luego cruzamos un collado a 1800 metros por donde pasa la pista que viene de Nerpio para tomar la divisoria principal de los Cacarines hacia las Cabras. Todo el terreno es lapiaz, roca con aristas y abundante sotobosque en las vaguadas. Mi compañero me decía que no entendía por qué, pese a estar esforzándonos a tope, íbamos tan despacio. Le comenté que en montaña para mí estas velocidades son lo habitual. Cuando terminamos la actividad me reconoció que estaba desfondado y que no entendía cómo, haciendo la mitad de kilómetros y yendo el doble de lento de lo habitual, había finalizado tan reventado.

De nuevo esta anécdota sirve para ilustrar lo que estamos comentando. Los datos IBP de esta ruta bien podrían ser normales tirando a sencillos, pero el terreno por el que discurría era complejo, abrupto y escabroso: todo esto elevaba la dificultad hasta convertir una actividad con IBP bajo en una verdadera prueba de esfuerzo de montaña.


Conclusión

“Cada ruta, cada vía, cada ascensión presenta sus peculiaridades.”

El remate final de esta reflexión es que el afán moderno por cuantificar las actividades en montaña es, en última instancia, un esfuerzo baldío: cada ruta, cada vía, cada ascensión presenta sus peculiaridades y no es lo mismo subir en inverno que en verano, con zapatillas o con crampones, con mochila de runner o con mochila de travesía. Tampoco es lo mismo si vamos acompañados o en solitario, si subimos de día o de noche, si hace bueno o si está cerrado y con viento. Todas estas variables deben ser tenidas en cuenta si queremos hacer las cosas bien hechas y, lo que es decisivo, con el máximo de seguridad.

Sólo la experiencia nos puede permitir valorar fielmente el compromiso de las actividades a realizar y a veces ni con eso es suficiente. Siempre encontraremos imprevistos, problemas y desafíos para superar. Ésa es precisamente la gracia: resolver todas las pruebas y salir por arriba o. como poco, salir por donde sea. Y para cuantificar la dificultad de esta amalgama de problemas, mal que me pese a mí que soy del gremio, no hay fórmula matemática que valga.

La montaña es, pues, relativa.

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