sierra de Segura
abril de 2009
1 día con noche intermedia
20 km
1200 m
temporal de poniente
recorrido por sendas de herradura hasta el collado de Roblehondo; a partir de ahí hasta la C.F. del Pardal senda nítida y luego ya mucho más perdida hacia el Aguasmulas
croquis en mapa disponible pinchando aquí
track no disponible y además no procede pues se trata de la historia de un extravío
Normalmente mi dueño abre la puerta de casa a eso de las seis de la mañana en los días de diario así que no me extrañó que el Jueves así ocurriera. Me sacó al parque y apenas me dejó hacer mis cosas porque pronto me puso la correa y para adentro. A veces, si va muy apurado por temas de trabajo, suele proceder así de modo que tampoco le di mayor importancia — aunque he de reconocer que no me hace ninguna gracia tener tan pocos minutos de libertad. Pero así es la vida perruna que llevo. Eso no se puede remediar.
Sin embargo, algo notaba yo distinto en este Jueves «normal». En lugar de ducharse y ponerse limpito con ese olor tan fuerte a jabón en las manos y coger el maletín para el trabajo lo veo bajar los aperos de la Sierra: la mochila, los bastones, el aislante… Esto empieza a gustarme cada vez más… y efectivamente, resulta que nos vamos por ahí de viaje, que son Fiestas de Primavera en Murcia y que no hay Universidad… ¡¡guau guau!!
Se nota que esto es serio y que no va a ser una mañana cualquiera de pateo: frontal, bastones, saco, comida, agua, abrigos, mapas, etc. Coge una bolsa de pienso, el collar y un pequeño cuenco para mí y ya estamos dentro del coche, camino de la Sierra.
Las predicciones meteorológicas son horrendas. Las vi anoche con el rabillo del ojo cuando dormía junto al brasero y salían unas nubes negras negras y rayos y truenos y granizo. Pero estoy acostumbrado a estas situaciones forzadas en lo climatológico. Este dueño mío, por algún gen extraviado, gusta de sufrir adversidad y daño y donde va él allá voy yo, mal que me pese.
A la altura de Riópar entran unas nubes negrísimas que empiezan a descargar sobre la fachada norte del Calar del Mundo. Comenzamos a dudar si esto es una buena idea. Vamos avanzando: Siles, Cortijos Nuevos, Tranco… parece que la cosa se está arreglando algo… se aprecia con nieve reciente la zona de los Miradores, allá en lo alto, en la transición hacia los Campos. Esto es una buena noticia. Hay visibilidad y las nubes están altas, sobre los 1700 metros. Además, de vez en cuando entra algo de sol por la ventanilla del coche. Eso da esperanza.
Cuando llegamos a la Torre del Vinagre dejamos el coche junto a la piscifactoría, en las juntas del Borosa con el Guadalquivir. Ambos bajan embravecidos por las recientes lluvias y nevadas. El verdor de los caducifolios es de una pureza extrema como corresponde a las cosas que tienen muy poquito tiempo de vida: es lo que tienen las hojas nuevas, que hieren la retina cuando acaba de llover.
Un poquito de organización y comienza la andadura. Unos 100 metros de pista del Borosa y pronto nos desviamos a la izquierda por la senda del Ruejo — el Ruejo es un arroyo que desciende desde lo alto de los Calarejos. Pero la senda y el arroyo apenas discurren cerca los metros iniciales porque pronto la primera gana altura sobre los valles.
Enfrente de nosotros está el Calarejo y su agujero, aquél en el que el cielo se quedaba enganchado según la entrañable narración de Sebastián Robles Zaragoza y donde se podía atrapar al siempre esquivo horizonte. Este cuento yo lo sé porque se lo había oído explicar a mi dueño muchas veces. Era uno de sus favoritos porque, cuando también era él un crío, tuvo ese sueño de caminar tras el horizonte sin llegar nunca a alcanzarlo.
Tras doblar bajo las paredes del Calarejo llegamos a los Villares. Mi instinto casi me despeña intentando perseguir unas cabras. Ellas se mueven mucho mejor que yo por estos roquedos húmedos así que me limito a ladrar envalentonado mientras me atan con la correa y me echan un puro por asustarlas. Yo no entiendo muy bien por qué está mal eso de seguir uno sus propios instintos… mi estirpe proviene por una parte de perros pastores del Caúcaso que tuvieron sus mejores días como guardianes de cuantiosos rebaños, desde los tenebrosos Tatras hasta los lejanos Urales.
En los Villares noto emocionado a mi dueño que se acerca a una cruz de madera y se detiene ante las ruinas. Aquí un perro como yo viviría muy bien. Escuchando los regatos que serpentean bajo los chopos, el viento rompiendo en las crestas del Calarejo, el sol Poniente tras los castellones de las cumbres, las siestas eternas en esta hierba fresca y dulce que tengo bajo la panza…
Nos detenemos bajo una encina cuando una nube rompe sobre nosotros. Protegidos por las hojas duras comemos de lo que llevamos. Bocadillo, pienso, chorizo, queso, manzana… en el reparto siempre salgo mal parado pero no me resigno a mi suerte perruna y miro con ojos suplicantes mientras veo caer, bocado tras bocado, todos los trozos de chorizo, sin llegar siquiera a olerlos. Tiraré de pienso. ¡Qué le vamos a hacer!
Tras la comida y mientras sigue la lluvia cae una siesta. Me amorro en el costado de mi dueño y él se apoya en la mochila. Pasa casi una hora cuando el cielo comienza a clarear; se abren las nubes en el valle de Guadahornillos y el cielo azulea por el Puerto de las Palomas. Buena señal. Recogemos y seguimos. Atravesamos el arroyo de los Villares y rodeamos las laderas del Calarejo hacia el collado de Roblehondo.
El paisaje cada vez se hace más abrupto y exigente: desde el Picón del Haza hasta el collado se suceden una serie de pliegues, paredes y poyos de enorme envergadura que conforman esta gran catedral de roca y viento que son las Banderillas. Y lo mejor está por ver ya que hacia el otro lado del collado, hacia la cuenca del arroyo de la Campana y el Aguasmulas, los desniveles todavía son más salvajes.
En el collado nos encontramos con tres andarines que descienden desde la cumbre. Los huelo con detenimiento y me caen bien. Llevan en el cuerpo el aturdimiento propio de una jornada maratoniana pasada por el filo del temporal y la ventisca inclemente de las alturas. Tras intercambiar impresiones mi dueño se despide deseándoles suerte en el descenso.
En lugar de seguir su rastro hacia el Tranco del Perro nosotros tomamos una vereda menos marcada que, sin perder altura, se interna bajo los farallones de las Banderillas hacia la Casa Forestal de los Pardales. Es un camino íntimo, muy olvidado, con hormas de piedra atosigadas por los desprendimientos y el precipicio, con manchas de roble y bosquetes de boj en los barrancos que descienden casi verticales desde el cielo.
Tras la Casa Forestal la senda se hace algo más indefinida y creo oler un rastro que desciende hacia el eje del arroyo de la Campana pero nosotros mantenemos prácticamente la altura y nos dirigimos hacia una cuerda de ladera para trasponerla y meternos en el Aguasmulas.
Una vez en lo alto de esta divisoria tenemos a nuestra izquierda el valle del arroyo de la Campana y, enfrente nuestro, muy definido y próximo, el cortijo de la Fresnedilla y el Castellón de los Toros. De nuevo, mi olfato descubre dos rastros, uno que mantiene la cuerda por la divisoria hacia la Piedra del Mulón y otro que, a media ladera, sigue faldeando por encima de la Cueva del Torno hacia el vado del Aguasmulas y la pista de la Fresnedilla.
Exploramos ambas opciones y no tenemos decidido qué hacer. Por esta indecisión, porque se está haciendo tarde y porque tenemos a mano un buen sitio para descansar decidimos dejar el resto para mañana. Nos apañamos bajo una encina y una sabina. Nos vemos protegidos por lo que pueda pasar. Mi dueño saca la cena y, por fin, me regala unas lonchas de salchichón hechas trocitos entre el pienso. Yo que soy un gourmet me como primero el embutido y, cuando compruebo que ya no voy a pillar más, me termino el pienso. ¡Qué cruz perruna esta!
Mi dueño se duerme pronto pero yo estoy nervioso. Pese a que lucía algo el sol del atardecer reflejado en la roca del Castellón de los Toros noto la humedad que viene y las nubes negras que reptan por el Poniente de las Villas para encaramarse y ganar el valle; nubes que terminarán estrellándose contra la muralla de las Banderillas, enorme cordillera que ahora se asemeja a un acantilado en cuya base — en la que estamos nosotros — va a romper el temporal que se acerca.
Me revuelvo incómodo ante estas expectativas y no le dejo dormir. Le empujo con mi lomo y mi cabeza cuando empiezan a caer algunas gotas pero él apenas me hace caso. Saca una funda y una manta de aluminio y se envuelve perezoso. Pero cada vez llueve más y más. Ya estoy prácticamente calado y la encina y la sabina apenas aguantan la embestida del viento y el agua: ésta ha encontrado ya todos los caminos y se forman incluso charcos sobre nuestros cuerpos.
A mí esto de la lluvia no me molesta mucho pues soy un perro de agua acostumbrado a recuperar piezas de caza en los fríos lagos de la Britania. A mi dueño, por ahora, tampoco parece molestarle mucho pese a que lo veo recostado sobre un charco y su aislante ya casi flota. La temperatura está descendiendo de forma vertiginosa y eso, junto a la humedad, lo hacen inquietarse. Ya no ronca y se remueve buscando la posición menos expuesta.
En un momento dado parece dejar de llover. No se oye el ruido de las gotas y sólo las embestidas del viento por encima de nuestras cabezas logran mantenernos en vilo. No llueve ya, desde luego, porque ahora empieza a nevar.
Para mi dueño esto ya empieza a ponerse cada vez más negro. Hace un frío del carajo y los primeros copos han obrado en él un efecto despertador. Se levanta, se viste rápido, mete las cosas en la mochila y decidimos irnos. La montaña nos está diciendo que nos vayamos. No lo puede hacer más alto y más claro.
Echa a andar al principio confiado por la traza que seguimos ayer tarde. Es madrugada, hay viento, nieve, muchos pinos, algo de niebla… pero algo se puede ver iluminado con el frontal. Sin embargo, la senda no está muy definida y veo que se para. Duda. Regresa para atrás. Baja unos metros. Mira por allí, por acá… Empieza a desesperarse levemente pero, al menos, no está muerto de frío porque se mueve con energía.
Después de algunas vueltas paso a la acción. Sumido en su confusión me coloco en la senda y me siento para que me vea. Lo miro descarado a ver si se da cuenta. Él me enfoca con su frontal y veo sus ojos agradecidos tras esas gafas de freakie que se ha pillado. Echo a caminar con decisión y lo pongo en vereda. Ahora soy yo el amo y él me sigue sumiso y contento. Voy oliendo los pasos de ayer tarde… en los sitios más confusos recuerdo el olor de mis orines y confirman mi buena intuición. Estamos bien. Estamos contentos.
Todavía hay veces que no se fía de mí. Entonces me planto, giro mi cabeza y ve la luz de su frontal reflejada en mis ojos. Estos actúan como un faro en la tormenta reflejando la luz de su linterna. Noto que me estoy ganando un hueso de los grandes.
Ya hemos rebasado la Casa Forestal de los Pardales y la senda está mucho más marcada. Lo dejo ponerse delante y le sigo a escasos centímetros. De vez en cuando se para para pensar. Si duda mucho entonces lo paso y lo vuelvo a encaminar. Soy un crack.
Estamos ya en el collado de Roblehondo. Aquí hay mucho más viento, más frío, más niebla… el aguanieve cae con fuerza y mi dueño, en su afán de avanzar casi se despista y sube hacia el Tranco del Perro. Sin embargo descubre una señal de PR con forma de aspa que reconoce de la tarde anterior y gira sobre sí mismo para recuperar la dirección correcta. Perfecto, vamos encaminados.
Tomamos ahora la senda que desciende hacia los Villares. Aquí la orientación es más compleja ya que hay más ganado y muchas trazas confusas. Hay que llevar cuidado. En un momento dado mi dueño pierde el buen rastro y mi intuición también me abandona. Estamos teniendo problemas. Nos hemos salido de la senda en una zona con juncos, barro y mucha agua. Para colmo, sus gafas están completamente empañadas y ya no ve un carajo. Con una humedad próxima al 100%, con apenas unos grados de temperatura, las cosas se están poniendo feas.
Tras dar bastantes vueltas peinando la ladera arriba y abajo para encontrar la senda nos refugiamos bajo una encina achaparrada. Mi dueño saca su manta de emergencia y se sienta en cuclillas. Si no vemos, si la situación está complicada, si sigue lloviendo, es mejor esperar a que escampe, a que amanezca, a que algo se vea. Él se orienta bien pero necesita ver.
Pasan lentas las horas hasta el amanecer. Hace mucho frío y yo no me relajo. Mi dueño está en un duermevela y de vez en cuando se remueve para acomodarse en una postura imposible entre las raíces de la encina. A veces levanta la cabeza para intuir el primer albor tras las Banderillas pero éste no llega.
Entre tanto yo he vuelto a encontrar nuestro rastro. Ya sé por dónde sigue el camino y lo único que se me ocurre para indicárselo es sentarme mirando hacia la buena dirección. Mi dueño me mira extrañado al verme firme, erguido, con las patas delanteras tiesas como columnas y la mirada impenetrable hacia la salvación. Pero es un menda y no se entera de mi lenguaje perruno. Lástima no tener aquí el traductor perro—humano que inventaron en un episodio de los Simpsons. Lástima.
Ya comienza la amanecida, ya ha dejado de llover, ya asoma un gajo de luna entre las nubes que se están abriendo. Es el momento de continuar. Cuando se quita la manta, como lleva las piernas caladas y hace mucho frío comienza a tiritar de modo compulsivo. No lo puede evitar. Para combatir el intenso frío tiramos ladera arriba para hacer un peinado definitivo. Sabemos que la senda atraviesa esta ladera así que si la cubrimos entera en algún momento la atravesaremos.
Subimos unos minutos hasta colocarnos en la base de las paredes del Calarejo y no la hemos visto. Por tanto, está bajo nuestros pies y más allá de donde hemos esperado el amanecer. Regresamos sobre nuestros pasos y, unos metros más abajo de donde hemos pasado el resto de la noche, encontramos la senda, justo hacia donde yo estaba señalando. Mi dueño se me queda mirando como diciendo: «serás cabrón… podías habérmelo dicho» pero claro, ¿quién se hace entender entre humanos cuando ha nacido perro?
Con la senda localizada, con la claridad creciente, el descenso es una fiesta. En el arroyo de los Villares paramos a desayunar. En agradecimiento a los servicios prestados me gano todo el embutido que sobra… jejejeje… me encanta. De vez en cuando vuelven a caer unas gotas pero nada comparado con el temporal de la noche. Casi sin quererlo regresamos al punto de partida. Esta aventurilla me ha sentado de maravilla: me he ganado un trocito más del corazón de mi jefe y podré chantajearlo a mi antojo — siempre y cuando la dueña no esté cerca — para reventarme a huesos de jamón. Además, esta Sierra llena de cabras, olores, madrigueras, arroyuelos y barros en los que me revuelco me ha encantado. Soy un perro muy feliz.
fotos
entradas relacionadas

José Antonio Pastor González
Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.
Todas ellas son el terreno de juego protagonista de esta web gracias a la cual disfruto por partida doble: primero subiendo las cumbres y luego relatando mi experiencia. Sed bienvenidos y gracias por vuestra visita.













Qué preciosa aventura!!! De esas que nunca se olvidan y unen mucho más a los que la viven, aunque en este caso dudo que podáis estar más unidos. Qué gusto recordarla nosotros también!!
Gracias María del Mar. Pues sí que es una aventura que la llevo muy grabada y la consagración de Moss como el jefe de la web. Ojalá pueda vivir muchas más como estas, pero sin pasar tanto frío leche!!!
la zona del Arroyo de la Campana es » El Corazón de Jade» del parque. El sendero debíade trascurrir partiendo del Cortijo de las Tablas, (hoy en ruinas) y ascendía a la cuerda entre el Campana y Aguarrocio; a mitad camino había el llamado Cortijo de la Campana, (hoy desaparecido).
un sendero que conectara la casa de Los Pardales con el inicio del arroyo Campana sería muy bonita. Otra cosa es tratar de conectar Los Pardales con el nacimiento del Aguas Mulas, o La Fresnedilla; partiendo de Los Pardales parece que la senda es más evidente aún diriguiéndose hacía el norte; pronto se pierde y deja paso a una ladera muy empinada y pone a prueba la intuición del excursionista para salvar todas las paredes de la cara oeste del Banderillas y llegar al Aguas Mulas. Ese tramo lo he hecho una vez en verano, cuando llegas al río una senda que transcurre por el márgen izquierdo, (de los pescadores de truchas) te lleva río abajo hasta llegar a un vado que te conduce a su vez a la pista de La Fresnedilla.
Para mi fue una excursión muy chula; eso si, tiene uno que mentalizarse que va a tener que explorar bastante y no andar cómodamente por un sendero. Con la ayuda de un GPS la cosa se pone aún más fácil, supongo.
Siempre he pensado en lo majo que debe de ser hacer un vivac en una de las terrazas que tiene la cara oeste del Banderillas.Hay unas repisas grandes, como colgadas en medio del complejo de paredes, con enormes pinos laricios que son «balcones» con vistas de privilegio sobre el valle del Aguas Mulas; no descarto tener que usar cuerda para subir hasta ellas y algún rappel para bajar…
De lo que estoy casi seguro es de que son rincones que deben de estar «intactos» desde siglos.
Un abrazo,
esta mañana, dándole a los pedales con lelete, me ha dicho: ¿has leído el relato de Luiso sobre una excursión con su perro Moss?, ¿no?, ¡no sabes lo que pierdes!…
Una vez leido te envidio, Luiso, por dos cosas: 1- por tener un perro tan chulo, en el mejor sentido de la palabra y poder hacer excursiones con él. 2- por escribir tan bien.
En una ocasión, seguí andando desde la casa de los Pardales hacía el Arroyo de la Campana: la senda se pierde en varias ocasiones y, casi de milagro, llegamos al Aguas Mulas; en otra ocasión, seguí la aparente senda que se dirige por debajo de las paredes del Banderillas hacía el nacimiento del Aguas Mulas: también se pierde pronto la senda y para llegar a confluir con el río se hace necesario saber como bajar por laderas muy empinadas y acabar completamente arañado por la maleza….
La senda originalmente salía de los cortijos de las Tablas y llegaba hasta Los Pardales; pero de eso hace ya muchos años y la Naturaleza es como el Mar: siempre crece.
Abrazos,
Amigo Ernesto, muchas gracias por el comentario y por la visita… ¿qué te puedo decir? Yo, que te he visto subir con la BTT por sitios increíbles sin echar pie a tierra y descender por trialeras para mí imposibles, también siento mucha envidia por lo bien que te manejas con las dos ruedas… esta clase de «envidia» sana siempre es buena: nos hace ver qué tipo de cosas podemos todavía ganar con el tiempo si nos ponemos en ello. A mí me motiva para mejorar y crecer y eso está bien.
Veo que conoces muy bien la zona por la que discurrió mi «aventurilla»… la próxima vez que nos veamos intercambiaremos opiniones… y no descarto volver pronto para estar por esa zona para buscar los «caminos perdidos»… es un lugar impresionante y que a mí me tiene fascinado.
Lo dicho sargento: un abrazo y seguro que nos vemos pronto… quizás en esa megavaina que estás preparando 🙂
Yo, que apenas meto la mollera en casa, no tengo ni geranios por no tener que regarlos. Pero sabiendo de la existencia de perros como Moss, me dan francas tentaciones de tener uno a mi lado. Además, escribe tan bien que debe ser una delicia leer a menudo sus relatos.
Esa cariñosa «reprimenda a escobazos» de Lourdes me suena en mi biografía.
Un abrazo.
@messner: jajaja… con moss ya me meto donde haga falta porque es cierto lo del sexto sentido… sólo le podría perturbar el rastro de alguna hembra o cabra montesa, por lo demás, es un gps infalible…
@saqura: gracias antonio por la visita y el comentario… creo que a moss le ha encantado esta experiencia de convertirse en bloguero así que no descarto nuevas participaciones suyas… los escobazos dolieron, pero no lo suficiente, así que me temo que volveré a repetir escarnio más pronto que tarde…
Ostras, menudo relato, Moss, José…José, Moss.
Menos mal, que hay alguien sensato dentro del tándem. Con lo que ha caído esta semana santa y te vas solito por esas sierras, -perdón, en compañía de Moss-.
Tendrás que compartir, mas salidas con Moss, tiene un sexto sentido para contarnos la historia. Eso sí, sin que se enfade la jefa.
No sé porque, me suena la mojada de Sansón.
Un saludo.
Enhorabuena Mos por la ruta realizada. Supongo que en el fondo disfrutaste, se te ve un perro de los que se amargan encerrados en un piso. Sobre tu jefe, que te puedo decir, hay que acatar órdenes pues para eso están… pero tu y yo sabemos que el jefe no siempre tiene la razón. Eso si, ya quisiera yo que mi jefe me llevara a hacer las excursiones que tu haces.
Saludos perrunos!!
@pepefeo: el caso es que Moss pierde pelo a raudales pero no sé que metabolismo tiene que enseguida le vuelve a salir… es una fábrica de pelo constante… me alegro de que hayas disfrutado con el relato y de que «nos hayas acompañado»… un abrazo pepe
@leo: jopeta lelete… muchas gracias por tu comentario… esto motiva para seguir en la brecha escribiendo aventurillas… muchos ánimos con ese pie y a ver si nos vemos pronto en una nueva megavaina 🙂
@sanson: ángel, que no soy masoca, es que soy optimista de más con las predicciones y siempre confundo las distancias, los tiempos y las nubes… pronto quedamos para hacer algo por el Pozo… un abrazo
@lourdes: la culpa de todo la tiene el perro que me arrastró hasta la montaña… cuando me levanté esa mañana tenía ojitos de sierra… yo pensaba refugiarme bajo el tubo fluorescente de mi despacho pero tiró tan fuerte de la correa que sin darme cuenta ya estaba subiendo por el Borosa 🙂
@mmar: la mujer «cumbre» no me abroncó explícitamente pero su mirada lo dijo todo cuando vio el estado en el que volví… de todas formas, está esperando a verte para que unais vuestras fuerzas y echarme el rapapolvo en estéreo… un besito guapísima… jejeje…
@viejolobo: ¿quién mejor que tú para hablar de sensaciones? gracias por visitar, por aguantar el rollo y por comentar… un saludo rafa
@hornillero: soy un traidor moro y tú lo sabes… también sabes que a veces el apretón de Sierra es tan incontrolable que lo llevan a uno a jugarse mucho para estar en esos sitios mágicos que tanto queremos… pronto coincideremos… que vaya muy bien por las Villas y toma buena nota de los caminos que luego me los tienes que enseñar… un abrazo javi
@salino: hola belén… jejeje… sé que este relato te ha hecho mucho daño en tu continuo pensar sobre la posibilidad de tener perro o no tenerlo 😉 pero vamos, que no te agobies, que en el relato no pongo cuando se caga y tengo que recogerle la mierda en el parque, o cuando en vez de dormir la siesta se pone a darme por saco y lo tengo que llevar al parque, o cuando me descuido y se me escapa detrás de alguna hembra y lo tengo que recuperar kilómetros más allá del mercadona… todas esas cosas no salen… un abrazo y gracias por el comentario
@jordi: ¡ay amigo! ¡qué pronto que has calado a mi perro! Efectivamente, es de los que no pueden soportar estar encerrados mucho tiempo… y lo peor de todo es que aquí la máxima «los perros y sus dueños acaban convergiendo en todo» se cumple a rajatabla… el dueño es mucho peor, efectivamente… 🙂 un saludico y a seguir «blogueando»
Pffffffff, qué maravilla de experiencia (a pesar de los momentos de agobio), de perro (y amigo), y de relato… ¡Qué bien escribes joío! (le digo a Moss, claro), sinceramente me ha encantado. Moss, sin conocerlo en persona, me tiene conquistado el corazón ;-D, ¡enhorabuena a los dueños!
La ruta cojonuda, bien escogida. El relato intrigante, divertido, emocionante…
Los protagonistas valientes, intrépidos…
Los lectores contentos, sorprendidos; bueno casi todos.
Algunos estamos cabreados, indignados, desmoralizados:
¿Cómo te montas un «en solo» a traición?
¿Cómo te llevas un perro pudiéndote llevar dos (léase Javier Morote)?
Ende luego ya te vale. Con lo calentitos que hubiéramos pasado la noche con mis peos-estufa ja, ja, ja…
Un fuerte abrazo amigo y enhorabuena por esa valentía.
Me ha encantado el relato; sensaciones como si estuvieses pateando el lugar, esos son los buenos relatos, los que te hacen introducirte dentro de las sensaciones de la montaña y de los lugares, y si los conoces un poco pues las sensaciones aún son mayores.
Y compañeros que no te defraudan ni se incomodan si les llueve o se levantan temprano (moss) que suerte tienes de vivir así.
Saludos y enhorabuena
Desde luego que ya te vale….. menos mal que Moss tiene más cabeza que tú. No sé si la mujer «cumbre» te echó una bronca, pero yo si te la voy echar por esa «aventurita» en cuanto te vea en persona, que a veces se te va la cabeza y no piensas que hay gente que piensa y se preocupa por ti……….JODER!!!!!!
Ánimo Lourdes, lo que te ha caido!!!!!!!!
Al final va a ser verdad que el perro me tiene ganado el corazón. A ver si como dice pepefeo se le cae el pelo como al dueño y dejo de pasar la escoba, porque leyendo esto me dan ganas de liarme a escobazos con el perro y con el dueño por inconsciente. Menos mal que puedo confiar en ti Moss, que tienes más cabeza que tu dueño. Sigue haciendo puntos y algún día te merecerás una buena comilona de esas de huesos de la Chencha. Gracias por cuidar de tu amo y por ser fiel en todas las circunstancias (aunque sea en un puteo de salida como esta) Un besito Moss
La dueña
Jajaja, insuperable relato, Moss es un artista.
—Veo que como siempre te apuntas a un bombardeo, eres un masoquista, que disfrutas luchando contra los elementos meteorologicos.
—A mi los makinas no han conseguido sacarme el fin de semana, el sabado hicieron buena ruta, pero ya es demasiado para mi tan larga temporada de nieve y ahora de lluvia…ya te contare algun dia, lo que sufri con la lluvia el martes de semana santa.
—Un saludo, y ya veo que estais en forma para cuando decidais venir por la sierra del Pozo.
No tengo palabras para definir lo que siento, creo que he llegado a emocionarme un poquitín y todo…..je,je……¡¡¡PEAZO RELATO!!!
Muchas gracias Luiso y Moss
Este Moss cada día se parece más al amo, ya relata con esa misma sensibilidad que hace sentirnos como si le hubíeramos acompañado en sus bonitos paseos, ¿acabará perdiendo el pelo?.
Gracias «amigos» por compartir la aventura
pepe