Este fin de semana hemos estado triscando por las sierras de Albacete, en la zona de Villaverde del Guadalimar y Riópar, en esa interfaz indefinida entre la sierra del Segura y la sierra de Alcaraz. El sábado salimos caminando desde Villaverde, en lo más alto del pueblo, donde hemos aparcado los coches junto a un crucero. Remontamos una primera rampa de asfalto y, a la altura del cementerio, cogemos una senda todo pino, muy evidente y sencilla de seguir, que gana metros con calma hacia el paraje de los Picarazos.

Una vez allí, hacemos una parada al sol junto a las ruinas de una tinada para comer un bocado. Hay que coger fuerzas para afrontar el segundo tramo hacia la cumbre de la Sarga. Salimos a la pista del arroyo del Tejo y giramos a la izquierda hasta su término, en un breve collado, donde cogemos una nueva senda que, en diagonal a derechas, asciende hacia la cumbre. Esta senda está más perdida y se difumina bajo las abundantes jumas de los pinos rodenos, que aquí son multitud y de los que, hasta hace bien poco, se extraía la preciada resina, sangrando los troncos para depositarla en vasijas de arcilla —todavía hoy vemos algunos restos de estos cuencos desperdigados por el suelo—.

Ya queda menos

En la parte final de la ascensión a la Sarga, cuando ya no queda apenas arbolado. Al fondo se distingue el valle de Riópar.

Enseguida salimos a la roca desnuda de la zona de cumbres. Aquí la senda se pone bastante más empinada y va haciendo zetas entre el incómodo lapiaz. Nos cruzamos con un grupo que desciende y nos damos ánimos. Al rato, desembocamos en la pista que remonta hacia las antenas y que sale desde el mismo puerto del Bellotar. Unos metros más, muchas fotos y tocamos el geodésico de la Sarga. La peña está exultante y ha subido muy cómoda. Notamos la sangre joven de los nuevos fichajes —Pablo, Javi y Rafa— que transmiten ilusión y motivación al grupo de vejestorios que somos todos nosotros.

Acordamos comer en la cumbre del Padrón así que, tras unas pocas fotos más, descendemos unos metros por la pista y nos tiramos monte a través hacia la vaguada profunda del arroyo del Tejo. La vadeamos y encaramos una última pendiente antes de la cima, un poco más baja que la de la Sarga. Aquí no hay geodésico, apenas un majano acompañado de un hito que define el monte público en la linde municipal. Ahora sí, tiramos de bocatas, chocolate, empanadillas y cañas de hojaldre. El día es magnífico, sin viento y con un velo de nubes altas. Se adivina todo el arco de las subbéticas, desde las sierras del noroeste murciano hasta la sierra Horconera de Córdoba, pasando por otras montañas ilustres: Revolcadores, Cabras, Calar de la Sima, Sagra, Yelmo, Banderillas, Blanquillo y el lomo robusto de Mágina.


 


Afrontamos el descenso más pronto que tarde, motivados por la incertidumbre de los siguientes pasos. Mejor resolverlos con margen y tiento que ir apurados de tiempo. La primera parte se desarrolla entre fuertes pendientes y extensas lanchas de roca. Vamos zigzagueando para buscar los pasos más cómodos hasta que, por fin, entramos en el bosque. Aquí la cosa todavía se enreda un poco más. La pinocha hace el terreno más blando y resbaladizo y, además, el dosel arbóreo nos impide tener referencias claras del rumbo que hay que tomar.

La idea es mantener la divisoria de la montaña —que también es divisoria de vertientes, mediterránea y atlántica— en dirección al cerro Picayo, un agudo promontorio defendido por bordillos de roca que, desde aquí, parecen inexpugnables. Las tablillas cinegéticas nos confirman el buen camino y continuamos por una traza apenas evidente que nos lleva hasta la misma base del Picayo. Allí, justo cuando parece que estás en una ratonera, vemos el escape por la vertiente oriental: alguien ha habilitado un pasamanos con una cuerda que protege la zona más expuesta de la travesía. Es terreno sencillo pero, en invierno, con la roca helada o mojada, mejor asegurar.

Lo atravesamos sin más historia y remontamos hasta la cumbre del Picayo, que es preciosa, con un arce solitario enmarcando la majestuosa figura de la Sarga y el Padrón, un tremendo pepino de montañas gemelas separadas por el incipiente arroyo del Tejo. A partir de aquí, todo es más sencillo. Seguimos por la divisoria, alternamos lugares con fuerte pendiente y zonas llanas con breves collados. Finalmente, alcanzamos el collado de Villaverde y nos dejamos caer por una senda cómoda hacia Miraflores, un núcleo de casas en el que conversamos con un autóctono y disfrutamos de los colores otoñales.

Fuertes pendientes en el descenso

Fuertes pendientes en el descenso del Padrón hacia la divisoria principal de términos, que también lo es de cuencas: mediterránea y atlántica.

Nos ponemos ya en piloto automático porque ahora solo resta llegar a Riópar por pistas cómodas y carreteras locales. En un momento de lucidez, conseguimos evitar el monótono asfalto preguntando y seguimos una senda deliciosa que nos lleva hasta el mismo pueblo en paralelo al río, siempre pisando tierra y con el rumor del agua. Nos distribuimos en los alojamientos y nos damos un homenaje en el restaurante Emilio. La noche nos confunde y rematamos en el Bárbol, un centro de ocio en el que Richard ganó el campeonato mundial de futbolín abusando de los zagales de la tierra.


 


El día siguiente ya tuvo menos historia. Javi Ruiz, maese cocina, nos apremia para salir cuanto antes porque quiere llegar a comer con margen. Arrancamos a las 9 y poco desde Riópar, con el horario de invierno, y hacemos de nuevo la senda junto al río de la Vega, camino de la Dehesa y la divisoria de aguas. El Padroncillo a nuestra izquierda nos tienta pero no tenemos margen —en otra ocasión será—. Para no repetir, improvisamos por el arroyo de la Cebea, donde encontramos cortijos abandonados y un entorno salvaje, solitario y hermoso. Bastida se encarga de husmear la mejor senda y llegamos pronto al collado del Masegar. De ahí a la Cruz del Pernales y, un poco más adelante, la pista del arroyo del Tejo.

Viejo cortijo en la Cebea

Viejo cortijo en el arroyo de la Cebea, un valle solitario y muy poco transitado, algo sorprendente en Riópar, donde casi todas las sendas están muy trilladas por el turismo y las carreras.

La última sorpresa agradable de la actividad la encontramos un poco más abajo, cuando llegamos a la senda encantada, un atractivo turístico promovido por el Ayuntamiento de Villaverde. Nos salimos de la pista y disfrutamos un breve tramo de apenas kilómetro y medio caminando junto al arroyo del Tejo con unos detalles muy graciosos para los críos —aquí vendré con los míos—. De todos modos, tampoco podemos torrarnos ya que nos esperan en el restaurante para la comida. Como siempre, en estos últimos metros, agradezco a mis piernas y a mi corazón el haberme permitido volver a triscar por estas montañas en las que tanto disfruto. Pronto, más.


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José Antonio Pastor González


Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.

Todas ellas son el terreno de juego protagonista de esta web gracias a la cual disfruto por partida doble: primero subiendo las cumbres y luego relatando mi experiencia. Sed bienvenidos y gracias por vuestra visita.

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