Este fin de semana hemos regresado a las Banderillas, a Santiago-Pontones, tierra santa. Y lo hemos hecho junto con José Lara, panadero viral de la Sierra de Segura y Francisco Jesús Lucas Salmerón, un fanático de Santiago-Pontones y su naturaleza. En la expedición se han unido dos compañeros más: Antonio de Huelma y Juan de Albatera que, sin ser autóctonos, es como si lo fueran por el tiempo que pasan en la zona. La guinda de la expedición ha sido Trufa, una border collie juguetona y sobrada de energía que ha disfrutado todavía más que nosotros.

El objetivo inicial era hacer una ascensión guapa a las Banderillas. Si bien lo natural hubiera sido bajarnos a la vera del Guadalquivir y remontar a pata desde la orilla por cualquiera de sus tributarios, crestas o cintos hasta la cumbre, las limitaciones temporales aconsejaban otro recorrido. Estuve dándole vueltas a la cabeza y me decidí por un itinerario horizontal: entrarle a la cordillera por la Fresnedilla y flanquear toda la fachada oeste bajo los cintos hasta el collado de Roblehondo siguiendo la senda del Quejigal. Y de ahí, por la archiconocida vereda del Tranco del Perro, ganar la cumbre para después regresar a los vehículos por los carriles de los Campos.

Los chopos encendidos en la Hoya de la Albardía.

Las Banderillas desde la Senda del Quejigal.

Así pues, el sábado 19 de octubre nos plantamos en el refugio del Campo del Espino con un 4×4 que nos ha prestado Yolanda, la jefa máxima de Aventura Hernán Pelea. Muchas gracias, señorita. Caminamos por el carril hacia la Hoya del Ortigal atajando las curvas y salvando pequeñas lomas hasta dejarnos caer al fondo de la dolina donde está una cancela de hierro junto con un viejo indicador del GR7 ya muy carcomido. Debéis saber que esta barrera de hierro oxidado acosada por espinos, majuelos y rosales es el Rubicón de los montañeros segureños: una vez que la traspasas quedas prendado por la belleza de los chopos, los cortados, las huelgas abandonadas y los cortijos desvencijados.

Pese a que es factible atajar y buscar la tiná de las Hoyas preferimos apurar la senda principal casi hasta el collado de los Frailes y descender a las casas de la Hoya de la Albardía donde José Lara se pone loco con las setas. De la Tiná de las Hoyas descendemos por el GR7 hacia la Fresnedilla. En el collado de Cubero le explico mis planes a los compañeros. De momento, bien.


 


En la Fresnedilla echamos un buchito de agua en la teja que hay en el arroyo y cogemos la pista de los Bonales durante un kilómetro. El día comienza a despejarse, nos ponemos de manga corta y notamos la pérdida de metros con la subida de la temperatura. Justo antes de la curva pronunciada en trinchera que dobla el espolón occidental del Castellón de los Toros, nos internamos en una senda muy perdida que, en diagonal, desciende hasta el curso del Aguamula, justo enfrente de la Cueva del Torno.

Si bien el trazado es confuso, debemos mantener siempre la leve pendiente en bajada e intuir los pasos más naturales hasta llegar a unas huelgas con enormes encinas y fresnos. En la ribera descansamos, comemos tranquilamente y repostamos agua que no sabemos cómo va a estar la cosa más arriba. Cada uno busca el mejor vado y cruzamos a la margen izquierda del Aguamula. Husmeo unos minutos hasta que localizo la continuación de la senda y remontamos bajo los imponentes farallones de las Banderillas que caen a plomo desde el Puntal de los Blanquizares.

Cuando la vereda dobla al sur para vadear el Barranco de las Charcas nos sentimos diminutos bajo los cantiles y la presencia de la Peña Plumera, el especial moái segureño que es casi como un Dios para los que nos perdemos por las entrañas de estas sierras. En el eje del barranco apreciamos la enorme horma de piedra seca y comprendemos que esta Senda del Quejigal era, antaño, una importante autovía serrana que comunicaba la Casa Forestal del Pardal con la del Quejigal. Hogaño es apenas un rastro perdido entre las jumas, la densa bujea y las umbrosas laderas que se desparraman con estrépito hasta lamer el Aguamula. Únicamente los restos de su horma, apenas visibles en escasos metros, nos permiten seguirla con garantías.

Descanso en el Puntal del Águila.

El Picón del Haza ahí mismo.

Subiendo a la divisoria a trocha.

La tarde va transcurriendo mientras que nosotros, esforzados y perfilados siempre con la cadera izquierda hacia el monte y la derecha hacia el valle, ganamos poco a poco el collado de Linarejos que define el alto de la Campana. Un poco más y nos plantamos en Roblehondo donde comemos un nuevo bocado para afrontar con garantías el subidón del Tranco del Perro hacia la divisoria de las Banderillas.

Hago un repaso mental y veo al personal muy animado y entero: Juan es una bestia parda y le va la marcha, Jose está acostumbrado a penar en sus madrugadas panaderas y Antonio sigue sonriendo. Por último, Fran, que avanza tranquilo y regulando como los ciclistas veteranos que intuyen que las peores cuestas podrían estar un poco más arriba. A Trufa la llevamos atada en corto porque esto es zona de ovejas y no queremos esturriarlas no vaya a ser que la pastora de Huelga Nidillo nos ponga firmes.


 


La vereda del Tranco del Perro la encuentro súper machacada. Han desaparecido todas las zetas y el trazado es casi perpendicular a las curvas de nivel. Vaya pena más grande. El pórtico de madera apenas cumple su función y nos colamos sin problemas para hacer el zigzag entre manchas de boj y arces maduros.

En la Espinarea nos acercamos a la fuente del Tranco pero está seca. Mal asunto. Le planteo al personal varias opciones y me dicen que aguantan con el agua que llevan y que dormimos arriba en el refugio. Muy bien. Seguimos para arriba buscando el Puntal del Águila y, justo en una dorsal limpia de roca, les sugiero afrontar directamente la divisoria para ahorrar tiempo. Con algo de reticencia los embarco y ganamos a trocha los últimos 200 metros verticales hacia la cuerda de las Banderillas. El sol está ya muy bajo pero los refugios se vislumbran en la media distancia. Ya estamos.

Vistas hacia las Empanadas, la Cabrilla y Sierra Nevada.

La foto de cumbre que no falte.

Estos últimos kilómetros los hacemos algo separados porque nos tenemos controlados en la visual. Yo me siento a comer unas galletas y a disfrutar de las últimas luces en la Sagra y el Pinar Negro. Al llegar a la cumbre comprobamos que el refugio grande está en excelentes condiciones. Genial. Ordenamos los sacos y cenamos sentados en sillas de plástico. Esto parece un restaurante. A las 21 horas ya estamos encamados. La noche nos confunde y las horas transcurren despacio entre el sonido de los búfalos roncadores y el nervio de Trufa que se pone loca al escuchar las esquilas del ganado que merodea aprovechando la luna llena en las afueras del refugio.

A eso de las 3 me salgo para mear y compruebo que la noche está inusualmente calma y templada para la estación. Me salgo con el hato de dormir a la puerta del refugio pequeño y disfruto del resplandor de la luna que rebota en las lanchas calizas así como de los millones de estrellas que salpican la bóveda celeste. En el plano terrestre, titilan también las luminarias de los cortijos y los pueblecitos lejanos: Iznatoraf, Cotorríos, Úbeda y Baeza. También Jódar y otros muchos. Con semejante espectáculo visual voy entornando los ojos y descanso relajado hasta el amanecer.


Amanece en las Banderillas

Antes de que salga el sol ya estamos todos disfrutando del espectáculo, de las nubes bajas en el Tranco, del resplandor que se anuncia por la Guillimona, de los primeros rayos que rebotan en el filo de los Agrios. No puedo evitar recordar a Moss y todas las veces que he compartido junto a él este mismo espectáculo. Va por ti, socio.

Recogemos los bártulos y tocamos el vértice para tachar la cumbre. Luego hacemos el pateo de carril hasta el Campo del Espino donde recogemos a Jazmín, una austríaca singular que anda recorriendo en solitario estas montañas. Los seis bien apretados bajamos a Pontones donde nos esperan Yolanda e Isa. El homenaje en la Fonda del Perchel está a la altura de lo contemplado y disfrutado en la montaña. Banderillas forever.


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José Antonio Pastor González


Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.

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