Recorrido circular que, partiendo de Nerpio, remonta el río Taibilla para circunvalar la sierra de Huebras en sentido horario pasando por el puerto del Pinar, Santiago de la Espada, el valle del Zumeta, las Juntas, Góntar y el altiplano de Jutia.
ficha

sierra del Segura, sierra de Segura
mayo de 2018
6 h
102 km
2400 m
inestable, fuerte levante
recorrido por carreteras sin tráfico y pistas forestales aptas para una bicicleta gravel; fuertes pendientes en la ascensión desde las Juntas al altiplano de Jutia
croquis en mapa disponible pinchando aquí
track disponible aquí

Vestida de novia, así está la montaña del sur estas últimas semanas de Mayo adornada por la primavera. Después de sopesar varias opciones me motiva especialmente marcarme una centenaria con la flaca siguiendo viejas carreteras de asfalto por las que muy pocos transitan. (En realidad, más que carreteras son antiguas pistas forestales a las que les han echado unos centímetros de pavimento que, en cuestión de dos inviernos, se agujerean y complican aún más el tránsito por las mismas. Para esto mejor que las hubieran dejado con el firme de tierra.)

Me acerco con la furgona a Nerpio y en el cruce con la carretera que sube a Yetas aparco a la sombra de un nogal. Han hecho una redonda para lo que antes era un cruce con muy poco tránsito. Vaya por Dios con los avances. Como he tenido que dejar a los críos en el colegio voy en horario casi de tarde. Empiezo a dar pedales exactamente al mediodía y cuando avanzo 500 metros regreso al coche pues caigo en la cuenta de que he olvidado el dinero.

Un fuerte viento de levante se encañona por el cauce del río Taibilla y me lleva en volandas hacia Pedro Andrés. Paso bajo la torre Taybona y me hago un pequeño lío por las calles del pueblo. Enseguida retomo la buena dirección y me encuentro con las primeras pendientes serias de la ruta: justo en el desvío hacia las Quebradas y la Fuente de la Carrasca hay una cuesta del copón en la que me rechinan las rodillas. Poco a poco.

Una vez ganado el valle de Huebras la carretera se hace más amigable. Se trata de un extenso y amplio valle con cerca de 20 kilómetros de longitud. Al sur está cerrado por la divisoria principal que enlaza la sierra de las Cabras con la sierra de la Guillimona. Me llama la atención una cumbre destacada de casi 1900 metros que los montañeros conocemos como Calar Blanco. Todavía no he estado ahí arriba y espero ponerle remedio muy pronto.

En este valle voy pasando por varias cortijadas: Cortijos del Pozo, Cortijo Simón, Los González. En casi todas ellas hay rastros de vida permanente: ropa tendida, ganado pastando, chimeneas humeantes. Me encanta ver la montaña con vida pese a que la inercia de estos tiempos modernos no se lo pone nada fácil a estos valientes serranas y serranos.

En lontananza asoma el lomo calizo de la Guillimona. Para mí es una precisa referencia de cuánto me queda hasta enlazar con la carretera principal que comunica la Puebla de don Fadrique con Santiago de la Espada. El entronque se produce exactamente nada más cruzar la rambla de los Vaquerizos, uno de los parajes más interesantes de la zona y que merece una visita en el otoño para disfrutar del aceral en su punto.

“Me quedan cinco kilómetros deliciosos por la vega donde el cereal ya ha repuntado y los chopos y los nogales estrenan las hojas.”

En la carretera del Puerto del Pinar los kilómetros caen rápido, sobre todo porque la mayoría son cuesta abajo hasta la linde provincial, en ese puente acrobático que separa Jaén de Granada. Llevo bastante hambre, son las dos y pico y estoy deseando entrar en la calle principal de Santiago para buscar un sitio donde apañarme. Me quedan cinco kilómetros deliciosos por la vega donde el cereal ya ha repuntado y los chopos y los nogales estrenan las hojas. Hay un verde hiriente que contrasta con el fuego de las amapolas. Y encima la luz me llega tamizada por un manto de nubes revoltosas que anuncian una tarde de tormenta.

La última cuesta antes de entrar a Santiago la hago con la reserva. Ha sido demasiado desde las tostadas a las siete de la mañana. La música del telediario suena cuando me toman nota en una mesa del Hotel San Francisco. De menú elijo sopa de picadillo y estofado de cordero. Soy feliz y el fuego de la chimenea que crepita a mis espaldas no me sobra.

En la mesa de al lado tengo tres señores ya en edad avanzada que vienen haciendo un periplo en automóvil desde Albacete capital. Yo que estoy sentado frente a mi cerveza no puedo evitar escucharles. Rajan de los políticos, de todos ellos en general. Pienso que no les falta razón. La crítica se va desgranando conforme aparecen los caretos de los susodichos en el noticiero. Como el volumen del aparato está a cero, puedo distinguir perfectamente sus argumentos. El caso es que al final me preguntan cuál es la mejor forma para regresar a Albacete desde Santiago. Les explico las mejores opciones a mi parecer y, acto seguido, continuamos charlando sobre estas montañas. Se me pasa así un buen rato hablando de las sierras que más quiero. Creo que me lo notan así que yo mismo corto el rollo y les apremio: aún nos queda a todos un buen camino. Finalmente pago mi cuenta y regreso a la bici.

Me cuesta un poco encontrar la salida de Santiago hacia las Juntas pero después de algunas callejuelas y tras charlar con unos chavales llego a buen puerto. Un primer kilómetro llano pone a prueba mi digestión pero a partir del campo de fútbol me dejo caer suavemente por una carretera deliciosa para la bici.

 

A mi derecha todo el frontal de la umbría de Huebras. Al fondo del valle el río Zumeta que serpentea entre chopos, fresnos, robles y viejas huelgas abandonadas. Cada cierto tiempo, aprecio las ruinas de algún molino olvidado, testigos mudos de un pasado no muy lejano en el que todo el valle bullía de actividad humana. Ahora sólo quedan piedras y arriates descuidados. (También se distingue perfectamente una senda sinuosa en la margen derecha que debe ser recorrida cuanto antes.)

Atravieso el caserío de Tobos donde saludo a una pareja de ancianas muy simpáticas. Continúo carretera abajo divisando aldeas colgadas de laderas imposibles. Y así, casi sin darme cuenta, llego al embalse de la Novia donde hay unos motoristas haciéndose un reportaje en plan cutre con el móvil. Me piden que me aparte de la carretera porque les estorbo. Lo hacen con educación y yo, que soy un hombre comprensivo, desaparezco de la escena y me sumerjo en un descenso vertiginoso hacia las Juntas.

Con mis ojos sigo muy pendiente de la estrecha carretera y del irregular asfalto pero, cuando la cobertura vegetal me lo permite, no puedo evitar mirar hacia arriba para admirar las muelas anaranjadas que jalonan el curso de este breve y hermoso río. Reconozco la famosa Molata de los Almendros e intento distinguir la grieta por la que nos colamos hace ahora 4 años. La dirección que llevo no me lo permite así que me centro en el camino no vaya a ser que venga un coche de frente y me lo coma.

“Los primeros kilómetros de ascenso me cuestan un mundo: la digestión del cordero toma su tiempo y requiere calma en el sofá de casa y no a lomos de una burra.”

Un poco más abajo paso por Venta Tiziano y apenas unos minutos más tarde llego al cruce de Góntar. Allí tiro de frenos y pongo la bici en modo molinillo. Se acabó lo bueno porque ahora toca apretar el riñón.

Los primeros kilómetros de ascenso me cuestan un mundo: la digestión del cordero toma su tiempo y requiere calma en el sofá de casa y no a lomos de una burra, aunque sea burra flaca. Tengo la impresión — siempre la tengo — de que me faltan piñones en el casete de la rueda trasera. En fin. ¿Qué le vamos a hacer? Voy a centrarme en el paisaje porque ahora, conforme gano metros, también puedo avistar montañas hermosas que antes me era imposible advertir desde el fondo del valle. Distingo el tremendo Calar de la Sima al norte, el Calar de las Pilillas a mi espalda e incluso los Dientes de la Vieja del Calar del Cobo. Todos ellos viejos conocidos de esta web aunque hoy me toque visitarlos de soslayo.

La táctica resulta y casi sin darme cuenta llego al caserío de Góntar. Algo más tarde, el bosque de pinos deja paso a un encinar disperso salpicado de enormes sabinas. Ya estamos en las alturas del altiplano de Jutia que separa las cuencas del Segura y del Taibilla. Las peores cuestas quedaron atrás y ahora voy superando lomas y cortijadas dispersas como la Era de la Losa y los Morenos.

Con un poco más de esfuerzo gano el collado que me permite trasponer la Sierra de Mingarnao y de ahí ya me dejo llevar hacia Pedro Andrés y Nerpio. Los últimos kilómetros los hago a todo trapo con el sol bastante bajo y las fuerzas muy mermadas. En el viaje de regreso no me pongo música siquiera. Necesito asimilar en calma la pijá de luz, viento, agua, sierra y kilómetros que me he atizado.

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José Antonio Pastor González


Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.

Todas ellas son el terreno de juego protagonista de esta web gracias a la cual disfruto por partida doble: primero subiendo las cumbres y luego relatando mi experiencia. Sed bienvenidos y gracias por vuestra visita.

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