Hoy ha sido un día muy importante pues todos los entrenamientos de estos primeros meses del año estaban enfocados a vivir jornadas como ésta. Me acerco en coche a Arroyo Morote, una aldea de Yeste en la cola de la Fuensanta por donde desemboca el río Tus. De ahí empiezo dando pedales por cuestas hacia Molinicos.

Un primer aliciente es que estas carreteras no las conozco. Me gusta mucho el valle del arroyo salpicado de bancales y pequeños grupos de casas así como de atalayas árabes. En Molinicos mi camino gira netamente hacia el oeste y seguimos remontando hasta el Pardal. Todo está precioso: rosales punteados de flores blancas, los lirios recién alumbrados en los taludes de los patios, las grandes cumbres moteadas con neveros y todo pese a un cielo brumoso y gris con calima.



Me incorporo a la carretera principal y desciendo raudo hacia Riópar. Me estoy encontrando bien. El sol rasga el velo de las nubes altas y tiñe de dorado las laderas del Calar del Mundo. Asciendo el puerto del Arenal con bastante agilidad pues las pendientes lo permiten y me dejo caer hacia ese enclave casi del norte que conforman los arroyos que se juntan en el Guadalimar.

El valle de los Molinos en la subida a las Acebeas desde Siles.

A partir de Siles me quito la chaqueta y me pongo en piloto automático. Tengo ahora el puerto de las Acebeas, un +700 en apenas 11 kilómetros que me tensa, sobre todo al principio donde se concentran los mayores porcentajes. Subo al ralentí para guardar munición y en lo más alto tengo una conversación con una pareja de ciclistas de Valencia que andan un poco despistados.


 


Entramos ya en el Gran Verde: las Acebeas, Navalcaballo, las Herrerías, la Morringa, los Negros. Todo un mundo de laricios, robles y crestas musgosas se despliega inabarcable ante mis ojos. El Madera burbujea por el centro de la vaguada y me regala rincones de ensueño donde dormitar y descansar pero no puedo permitirme ni un respiro: todavía queda mucha tela que cortar.

Cruce en Río Madera.

Tirando de bocadillo.

En el cruce de Río Madera con el hotel me siento a comer un bocata de jamón. Me apoyo en un pino y me relajo unos minutos. Estoy a mitad de kilómetros pero ya me he quitado 2/3 del desnivel. O eso creo. Pronto continúo por las curvas de Garrotegordo y la Venta del Pescador. Tras la cuesta de Felipe me dejo llevar hasta Huelga Utrera y la Toba.

Me gustaría hacerle una visita a José Carlos pero voy muy justo de tiempo así que continúo entrando y saliendo por los barrancos que desaguan al Anchuricas. En la subida a la presa noto buenas sensaciones y desciendo raudo hacia las Juntas mirando por el rabillo del ojo las cuevas de los Anguijones. Antes, he gastado el último bocadillo en la fuente de los cuatro caños donde un operario de grúa me da conversación ciclista.

En las Juntas hay gente merendando pero yo sigo a lo mío. En una cochera están celebrando las fiestas y aprieto para ver si cunden rápido los kilómetros: Parolix, Ladonal, la Graya y kilómetro 7 de la carretera para afrontar la hora de la verdad, la subida a Yeste. La hago en plan molinillo a 10 por hora con buenas sensaciones. En el pueblo dudo sobre la estrategia: mantener el plan inicial por Boche o buscar la carretera principal hacia el pantano. ¿Qué hago?

Embalse de Anchuricas.

Mantengo la opción inicial y remonto hacia Boche, de nuevo con chaqueta por el frío levante, y agoto mis últimas reservas entrando por la hilera de árboles del pueblo. A partir de aquí tengo un fuerte descenso que no conocía pero que me encanta: curvas marcadas, buen asfalto y ni un solo coche. Pierdo casi 500 metros y cruzo el Tus para acompañarlo en sus últimos kilómetros antes de desembocar en la Fuensanta y unirse al Segura.

Para cerrar la elipse debo remontar una cuesta tremenda que me funde los plomos. Los abuelos de Arroyo Morote me apremian: que se te hace de noche. El coche lo tengo aparcado bajo unos pinos a la entrada. Objetivo cumplido.


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