Hoy hemos estado dando un paseo por ese laberinto de calares tan querido en esta web, a saber, Calar de la Sima, Calar de la Cabeza de la Mora, Calar del Espino y Calar del Cobo. Mis amigos salen desde Yeste para dormir en la Toba y hacer una segunda etapa pero yo sólo dispongo de una jornada. Por este motivo, madrugo bastante y salgo dando pedales desde las Juntas con las linternas enchufadas.

Para estar en fondo de valle no hace demasiado frío, quizá unos 7 ú 8 grados. Los primeros kilómetros son sencillos y tranquilos. Únicamente escucho el fragor del Segura a mi derecha mientras doy pedales bien atento por si me sale algún bicho rompiendo por la ladera de la montaña. Las primeras luces me pillan en Ladonal. Comienza a amanecer por encima de la sierra de Lagos y en el cielo se define con precisión la cresta del Puntal de Rodas. En el cruce de Paúles puedo quitar la luz y a la altura de la Graya ya se ve claramente el color de las choperas. Todo está precioso.



En el puente del Arroyo Tinjarra abandono la comodidad del llano y afronto las cuestas que me suben hacia Yeste. Comunico con mis colegas y me confirman que van con algo de retraso. Así pues, me relajo y subo con calma disfrutando de las vistas. Más adelante, en el punto kilométrico 4, gano vistas al caserío de Yeste. Rememoro tiempos pasados en los campamentos de verano cuando subíamos caminando por esta cuesta para bañarnos en la piscina del polideportivo. Precisamente ahí me encuentro con Juan y Pepe, los cuñados y los más madrugadores de todos.

Yeste con las primeras luces del día tal y como se aprecia desde el área recreativa que hay junto al polideportivo.

Echamos un buen rato esperando al resto del personal. El día se va encrespando con un fuerte viento del oeste y nubes que se deslizan rápidas sin llegar a engancharse en los cenajos del Ardal. Finalmente, salimos todo el grupo por la carretera de Arguellite con buen ánimo y ganas de pedalear. Yo voy tanteando mis sensaciones después del desgarro muscular que tuve hace dos semanas. En la bici no noto molestia alguna aunque no me atrevo con el pedaleo redondo ni tampoco con subir revoluciones en las cuestas empinadas. Poco a poco.


 


En Arguellite tenemos un ratico de charla con un lugareño. Recogemos agua en el pilón donde están lavando un par de mujeres y afrontamos el descenso a Plañel y la Alcantarilla todos en grupo. Una vez que comienza la cuesta arriba el grupo de los cuñados con Rubén y Fran sale disparado hacia arriba y yo me quedo con Miguel. Por detrás, más gente. Esto es largo y conviene guardar. Tengo en mente esta actividad cuando la hice dos años atrás. Llevaba mejor ritmo y más ánimo. Hoy tengo peores sensaciones. Aún así, me voy defendiendo en las rampas eléctricas que hay a la altura de los Centenarejos y de la Espinea.

Los Huecos de Bañares bajo el Calar de la Cabeza de la Mora.

A la altura del Cortijo del Collado me detengo. Miguel me dice que continúa. Yo entro a buscar a Javier que sale a mi encuentro. Su hermano José Luis, con el que mantuve ayer una llamada telefónica, le ha dicho que vamos a pasar por ahí. Los colegas que venían por detrás se detienen también y me preguntan. Les digo que continúen si quieren, que yo voy a quedarme un rato con Javier hablando. «Ellos siguen y mi anfitrión me invita al mejor tomate que me he comido en mi vida.»Ellos siguen y mi anfitrión me invita al mejor tomate que me he comido en mi vida. Le digo que no puedo entretenerme demasiado. Aún así, saco de la mochila el bocadillo de jamón y el chocolate y comemos junto a la pila de obra que hay en la fachada de su casa. Me viene a la cabeza el libro de Sylvain Tesson que estoy leyendo:

¿Aislado, el ermitaño? ¿Aislado de qué? El aire se desliza a través de las vigas, el sol inunda la mesa, el agua se ha vuelto un chorro de piedra, el humus está ahí bajo el piso de madera, el olor del bosque se introduce por las grietas, la nieve se infiltra por los poros de la cabaña, un insecto al que nadie invitó cruza el piso. En la ciudad, una capa de asfalto aísla al pie de todo contacto con la tierra, y entre los hombres se elevan muros de piedra.

Hablamos un poco de todo, de la vida en soledad, de los tiempos infaustos que corren con las guerras, de que él únicamente gasta en gasolina, de que no tiene televisión (ni la quiere) y de que la radio es su alimento. Me enseña el interior de su casa y me sorprende la sencillez y el hecho de que cada objeto cumple una función esencial. Nada hay superfluo en la estancia.

Javier es una persona de mirada directa, tranquila y educada. Va vestido con vaqueros, una camisa a cuadros muy bien planchada y una chaqueta de fibra oscura. Me gusta especialmente el hecho de que, pese a vivir muy aislado, no me quita la palabra. Al contrario: su conversación es pausada y siempre escucha más que habla.

En la Piedra de Gontar, preparados para el descenso.

Tras la comida, me despido y sigo adelante con la bici. Le prometo volver con mucho más tiempo, a poder ser con mochila y saco, para quedarme al menos una noche junto a la lumbre. Que así sea.

Lo que me queda por delante es mucho: Prado de Juan Ruiz, collado Morilla, Navalespino y las cuestas hacia la Piedra de Góntar. Allá arriba coincido con un matrimonio de Siles que vive en Barcelona. Mantenemos un buen rato de charla y me comentan que mis amigos acaban de descender hacia los Anchos.

Sopeso mis opciones y acorto la etapa tirándome hacia la Peguera del Madroño. La pista está mejor de lo esperado y enseguida alcanzo el fondo del valle y la carretera de las Juntas. En la Fuente de los Cuatro Caños recupero líquidos y, mientras pedaleo los últimos kilómetros a los pies de las casas de Miller y su salto, recuerdo a Javier y otras palabras de Sylvain Tesson en la Vida Simple:

¿Lo esencial? No pesar demasiado sobre la superficie del globo. Encerrado en su cubo de troncos, el ermitaño no mancha la Tierra. En el umbral de su isba, mira las estaciones bailar el vals del eterno retorno. Privado de maquinaria, mantiene su cuerpo. Sin comunicación alguna, descifra la lengua de los árboles. Liberado de la televisión, descubre que una ventana es más transparente que una pantalla. Su cabaña alegra la ribera y provee confort. Un día uno se cansa de hablar del «decrecimiento» y del amor a la naturaleza. Nos domina el deseo de poner en sintonía los actos y las ideas. Es hora de dejar la ciudad y de correr sobre los discursos el telón de los bosques.


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