Una travesía preciosa que recorre uno de los ríos escénicos imprescindibles del sur y que se remata ascendiendo a la Cabrilla, bastión calizo solitario y áspero, por su vertiente más salvaje y abrupta: la que conforman los Poyos de la Carilarga. El regreso lo hacemos por el Cañuelo.

ficha

sierra del Pozo, sierra de la Cabrilla
noviembre de 2012
2 días
40 km
1900 m
fresco, viento, inestable
senda del Tranco del Perro no evidente; ascensión a los Poyos de la Carilarga por fuertes pendientes y cueles con posibilidad de embarques
pincha aquí para ver el croquis en mapa y pincha aquí para ver el croquis en foto en el cuele de los Poyos de la Carilarga
track aquí disponible

Hay lugares a los que siempre acabas volviendo, montañas de la infancia y la juventud que no has podido quitarte de la cabeza porque hace ya muchos años que entraron a formar parte de tu paisaje personal. Para los que seguís desde hace tiempo esta web sabéis que podríamos referirnos perfectamente a la vertiente occidental del Calar de la Sima con sus Voladores, sus Poyos de Cañizares y su estrepitosa caída al Tus; o quizás podríamos estar hablando de esa cara oeste de las Banderillas con sus trancos y cintos inaccesibles.

En esta ocasión, toca centrarse en otro escenario que tiene muchas características en común con los que acabamos de mentar, a saber:

1) encerrar paredes inaccesibles y vertientes inexpugnables,
2) presentar difícil acceso y ausencia de caminos, y
3) encontrarse aislado y solitario.

Y es que en esta ocasión hablamos de la Cabrilla y su vertiente occidental, la que cae por los Poyos de la Carilarga hacia el Guadalentín y mira con altivez hacia el centro de la Sierra. Hace ya 14 años que el bueno de Carlos, cuando estaba preparando sus libros, me descubrió esta montaña en una travesía inolvidable en la que remontamos el Guadalentín por dentro hasta el final de su barranco, regresamos coleccionando dos miles por las alturas de la Cabrilla y rematamos el circuito descendiendo el Tranco del Lobo por una senda esquiva.

Desde entonces, a la Cabrilla le hemos entrado por diferentes sitios y en diversas circunstancias: por Castril y sus terribles barrancos; por el Almicerán siguiendo una larga aproximación y, finalmente, por las alturas de los Campos y Rambla Seca. El caso es que ha llegado este otoño húmedo y revuelto y le propuse a Lourdes revivir sensaciones — ¡qué peligro tiene eso! — haciendo un remake de lo que aconteció cuando aún tenía un matojo de pelo en la cabeza.

Ahora bien, la idea es aportar nuestro granito de arena y, en principio, hemos ideado un recorrido algo diferente. Por este motivo nos plantamos en el Almicerán y dejamos el coche donde acaba el asfalto. No están los carriles para mucho más y preferimos no arriesgar con un turismo. Comenzamos el camino por la pista que remonta hacia el Tranco del Lobo y que ahora han señalizado como ruta hacia la repisa del maquis. Se trata de un alpargatazo monótono que acortamos rápidamente siguiendo evidentes trazas de ganado y que incluso nos depara una sección larga — casi un kilómetro — por una senda deliciosa entre sabinas de notable porte.

En apenas hora y media hemos alcanzado el reborde de la montaña y nos asomamos al Guadalentín y al Pozo. El calar de Juana está ahí enfrente interrumpido bruscamente por el tajo del Gualay y en el fondo de la cañada se adivinan ruinas de cortijos. Sin mucho entretenimiento porque sopla fuerte y frío enganchamos la bajada hacia el Poyo Tribaldo por una magnífica senda de herradura que milagrosamente pervive. Quien diseñó el ascenso a la explanada del maquis por la pista — y quien gastó dineros en señalizar y poner balizas — perdió una oportunidad magnífica de introducir el itinerario por este venerable camino promoviendo su recuperación. Una lástima.

Lourdes y Moss caminan delante y yo cazo lo que puedo con la cámara: allí un arce, aquí un buitre, allá un laricio, acá un escaramujo. Me faltan manos para manejar guantes, cámara, mapa y bastón pero no me agobio. Hemos venido a disfrutar.

Cuando nos incorporamos a la cañada del Mesto es casi mediodía y nos detenemos en Vado Carretas para disfrutar del otoño y el rumor del Guadalentín. Caen, además de las hojas de los árboles, bocadillos, frutas y chocolates e incluso nos permitimos un ratico de siesta mientras relajamos la mirada con el juego cambiante de las nubes y la lluvia amarilla de los chopos. Moss no para de jugar con piedras y ramas y ya se ha bañado dos veces en el río.

Apurando al máximo

A eso de las tres estamos otra vez caminando por el carril que remonta el barranco del Guadalentín. Las últimas veces que había venido por aquí siempre había sido subido en la burra, con la cabeza agachada y concentrado en el manillar para evitar las piedras. Hoy tengo la suerte de caminar despacio con la vista al cielo donde adivino azules cobalto que jamás había imaginado, un azul frío y profundo que contrasta con los ocres y la calidez de robles, arces, fresnos, nogales y chopos.

Es lo que tiene dormir en invierno en el monte: que hay noche hasta hartarse.

Conforme nos vamos adentrando encontramos más y más especies. No me extraña que hayan elegido para el GR nuevo que por aquí transcurre el apelativo de ‘bosques del sur’. Ahora son cerezos y manzanos los que nos acompañan y encima podemos estirar el brazo y degustar sus frutos. Al llegar al caserón de los Bañones1Comenta Andrés Olmedo de esta sorprendente edificación lo siguiente: […] de manera que a medio día pudimos concentrarnos en dar cuenta del almuerzo a las puertas del viejo caserón de los Bañones, inexplicablemente arruinado o dejado arruinar. El edificio perteneció, junto con toda la finca que lo rodea, a una familia de madereros de Huéscar y está enclavado en uno de los rincones más impresionantes de la sierra. nos detenemos para tomar unas fotos. Son las cinco y todavía tenemos una hora de luz. Sin embargo, miro a Lourdes y le propongo quedarnos a descansar ahí. Prefiero disfrutar del atardecer tranquilamente aún a riesgo de que la jornada de mañana salga muy larga. Acordamos madrugar más y asunto resuelto. A disfrutar de la luz, de las nueces y de la hierba mullida.

Mientras cae la noche me entretengo con Moss haciendo fotografías y escuchando decenas de animales que se animan a descender hasta el río. Los más descarados son una manada de ciervos que apenas se mueven mientras les observo detrás de un escaramujo con Moss bien sujeto para que no los espante. Cuando estamos con la cena aparece un perro con collar que nos ronda. Parece ser de algún pastor y pensamos que quizás esté perdido. Nos da pena pero tampoco queremos darle de comer pues entonces al día siguiente nos acompañaría hasta el coche, bien lejos de donde posiblemente pueda estar su casa.

Las horas transcurren despacio. Es lo que tiene dormir en invierno en el monte: que hay noche hasta hartarse. A eso de las 23h decido atar a Moss porque lo veo muy inquieto y tampoco es plan de que se meta en líos. El bicho se amansa, se recuesta y me coloca el lomo en el riñón. Nada nuevo en lo que se refiere a sus costumbres caninas. A descansar se ha dicho.

Antes de que las primeras luces asomen sobre los Poyos de la Carilarga ya estoy fregando los cacharros de la cena. Hace una temperatura inusualmente alta para este lugar — 8 grados — y desayunamos leche con galletas. Enseguida continuamos remontando el barranco del Guadalentín para recuperar la hora que nos dejamos ayer sin hacer.

Moss y sus aguas

Cuando el carril se aparta del río nos mantenemos por el fondo del barranco siguiendo una traza difusa de pescadores que cambia de lado un par de veces hasta que finalmente se define con claridad en la margen izquierda. Al final alcanzamos un carril y caminamos por él hasta las juntas con el barranco de los Chorreaderos. Recuerdo que con Carlos nos colamos por la izquierda del mismo hasta la base de las paredes y luego hicimos una travesía a la derecha buscando la salida por una pendiente franca de pinos.

Pero lo que yo estoy viendo desde aquí abajo nada tiene que ver con mi memoria. Aquí hay mucha pared, mucha humedad y encima el sol está a punto de asomarse por el reborde del precipicio que hemos de superar con lo cual apenas distinguimos nada. Muy sospechosos del proceso — y del resultado — remontamos una ladera empinada para ver si la cosa se pone más clara. A las malas, derivamos hacia la izquierda y nos colamos en Navalasno como si viniéramos del collado Cerezino.
Cuando llevamos ganados unos cien metros de altura veo una ladera franca que parece tener salida por encima de los cortados.

Cuando llevamos ganados unos cien metros de altura veo una ladera franca que parece tener salida por encima de los cortados. Hablo con Lourdes y me da su conformidad. El lugar es precioso y exigente. Avanzamos entre arces, rocas con musgo y laricios esbeltos. La pendiente culmina bajo un poyo enorme que doblamos hacia la derecha donde parece que hemos encontrado un punto débil. Conforme nos acercamos voy torciendo el gesto. No me gusta como se le está poniendo el ojo a la borrica. Hay una trepada larga — de unos 15 metros — y sencilla — todo lo más un II — pero muy expuesta. Además la roca está húmeda y suelta y llevamos el piano a las costillas. Y para colmo, tenemos que pasar a Moss. Vaya enfangue: igual nos embarcamos y toca recular.

Empiezo a trepar y me quedo en la mano con dos o tres trozos de roca. Lourdes y Moss me miran desde abajo. Mal rollo. De repente, Lourdes me comenta que pruebe rodeando la base de la pared todavía más a la derecha. Le hago caso — siempre lo hago, ojo — y encuentro un cuele sencillo que me deja en el final del muro. Desde ahí al final de las dificultades sólo queda un paseo evitando las secciones de roca. Bien.

Ganamos finalmente la ladera terminal de esta soberbia vertiente y ya podemos mirar desde arriba los Poyos de la Carilarga. Vamos derivando hacia el norte buscando Navalasno, una impresionante nava en la que pastan cientos de ovejas — literal. Rodeamos la nava por el extremo meridional y cogemos el fondo de la plataforma para avanzar buscando el sur cómodamente entre piornos, lapiaces y dolinas. Tras varios sube y baja ganamos el collado que separa la Cabrilla del Agüero Alto, un 2mil2Hay controversia sobre el nombre de esta cota, aunque está claro que se trata de un 2mil bien diferenciado y con entidad independiente. que domina los barrancos del Buitre (sur) y el Charcón (norte).

Como el tiempo se está estropeando cada vez más renunciamos ascender al Alto de la Cabrilla y nos bajamos a comer al fondo de una dolina. Con el estómago arreglado y con mucho margen descendemos buscando la casa forestal de la Cabrilla Alta por el viejo camino del Cañuelo. Nos entretenemos echando fotos, mirando a Sierra Nevada y distinguiendo la cueva del arco entre los farallones del Tranco del Lobo. Ya queda menos.

Al pasar el collado de la Santa cogemos la pista que viene desde el Almicerán. Nos ponemos en modo alpargata y a caminar. Estos kilómetros finales se hacen pesados, largos y monótonos. No nos extraña: venimos de degustar todo un surtido de manjares y ahora nos toca de postre final un mendrugo de pan duro. ¡Qué le vamos a hacer! Con la vista fija en el horizonte, en las nubes enganchadas en Sierra Nevada y el temporal que ya comienza a remontar las crestas del Pozo reptando entre las Tabletas terminamos esta preciosa travesía circular en la que hemos gozado tanto como la primera vez. Bueno, tanto no: MÁS.

fotos

en la sierra de la cabrilla