Recorrido con la gravel que, partiendo de Yeste, se adentra en la cuenca alta del río Segura entre vertiginosos calares y valles como el de río Madera y el siempre espectacular embalse de las Anchuricas.
ficha

sierra del Segura, Sierra de Segura
mayo de 2021
8 h
120 km
2300 m
estable, templado
recorrido gravel por carreteras de asfalto rotas sin apenas tráfico así como por pistas en buen estado, el porcentaje asfalto-tierra es 50-50 aproximadamente
croquis disponible para GMaps más abajo
track disponible aquí

El año pasado nos quedamos sin primavera por los motivos que de sobra todos conocéis. ¿Y éste? Pues íbamos camino de lo mismo, pero el 9 de Mayo la sólida línea imaginaria que separaba las comunidades se diluyó y pudimos colarnos por un resquicio para volar más lejos. Y aterrizamos en Yeste.

Antes de las 9h00m estoy dando pedales y remontando las cuestas desde el polideportivo hacia la vieja carretera de Arguellite. Sopla fuerte del oeste y, al ser temprano, tengo que echar mano de la chaqueta. Me cruzo con personas que van paseando y me saludan parapetados en su mascarilla. Les devuelvo el saludo con una sonrisa de oreja a oreja y dejo muchos metros de cortesía por esto del virus.

El día se adivina precioso. Hay unas nubes enganchadas en lo alto del Calar de la Sima y la primavera está exultante de hojas nuevas, amapolas en los ribazos y árboles frondosos. Esta zona, especialmente devastada por el dramático incendio de 1995, siempre ha tenido mucho encanto para mí. Por suerte, la naturaleza se reinventa y la vida prospera incluso en los taludes más inhóspitos aunque sea en forma de aliagas y gramíneas.

En Arguellite todas las casas están cerradas y en la Alcantarilla me quito la chaqueta y me preparo para la subida. Estos primeros kilómetros son para tantear mis sensaciones que son muy buenas. En la vertical, más de mil metros por encima de mi cabeza, tengo la Piedra Palomera, una de las geoformas más características del Calar y que permite distinguirlo a cientos de kilómetros.



Pronto el asfalto roto se convierte en tierra y me adentro en la espesura del monte. El olor a jumas y corteza de pino invade el ambiente y, tras un par de fuertes pendientes, atravieso una nueva línea imaginaria entre comunidades. Andalucía me recibe con señales de tráfico en una pista de tierra cuyo mantenimiento deja mucho que desear. Tras fotografiar el cortijo de Royo Seco y admirar, como siempre, su emplazamiento imposible, alcanzo la fuente de los Centenarejos. Ésta sigue viva y alimenta las pilas en las que antaño las mujeres hacían la colada.

Algo más arriba me detengo para hacerle una foto a los Huecos de Bañares y el Puntal de la Espinea. El arroyo del mismo nombre serpentea entre los altos calares para despeñarse hacia el Segura. Hace más de 25 años, curioseando por entre las casas, encontré un cuaderno de un niño chico que iba a la escuela de Siles. Lo dejé en el estante sobre la chimenea. Quizá siga ahí.

Aprieto los dientes para remontar hasta el cortijo del Collado. Me asomo para ver si encuentro a Juan pero debe haber salido con el ganado. Me siento bajo la encina junto a la balsa y como manzanas y chocolate. Los ojos se me van al Toconal y rememoro las veces que he estado en esa coronilla de caliza fracturada. Todo son recuerdos en este reencuentro con mi sierra más íntima.

En el Prado de Juan Ruiz ni siquiera me detengo. Suelo sentarme un rato en la era para disfrutar del paisaje pero me da mucha pena lo rápido que se han estropeado estas casas. Voy faldeando el Calar de Morillas que chorrea agua por sus costados y, antes de remontar la cuesta del collado, compruebo que el cortijo de Morillas tiene mucha vida y eso me alegra.

Desciendo rápido para ponerme ahora a la sombra del Calar del Espino. Gano metros hacia el sur buscando la Piedra de Góntar y con el rabillo del ojo, a mi derecha, disfruto del perfil de las Banderillas y las crestas calcinadas de las Villas. Mis queridas montañas siguen ahí pese a los malos tiempos.

Elijo descender hacia los Anchos. La pista fluye entre laricios cuyo fuste parece dibujado a escuadra y cartabón. En Prado Maguillo y los Anchos hay mucho personal. Es viernes y las segundas residencias reclaman a sus propietarios. Las casas están encaladas, las ventanas pintadas de azul y los gatos se recuestan en los poyetes. Sigo en vertiginoso descenso hasta desembocar en el río Madera en la Venta de Rampias.

Me asomo a la Paridera. Sé que no va a estar Andrés pero me detengo en su porche y devoro unos bocados de mi mochila bajo las vigas de su casa. No pasa ni un solo coche y enfrente hay un chorrico de agua cantarina que me acompaña. Calculo mi tiempo y soy optimista. Pronto continúo mi paseo siguiendo las aguas del Madera y buscando las juntas con el Segura.

Tras un repecho fuerte me dejo caer hasta el cruce de Huelga Utrera. La Piedra Dionisia y su caseta brillante se adivina allá arriba y más pronto que tarde me encuentro con la sinfonía de poyos, precipicios y abismos que conforman estas montañas del alto Segura. Hoy me toca recorrerlas por el eje del valle principal; hoy simplemente las admiro desde muy abajo y me recreo en futuras ascensiones. No todo va a ser recordar tiempos pasados: también podemos debemos proyectar un futuro en el fondo de nuestros pensamientos.

Paso por la Toba, un poco más allá el cruce de las Gorgollitas (que sigue sin señalizar: lo que no se nombra, no existe) y otro rato más afronto las cuestas para superar la cerrada de la presa y el descenso hacia el Parralejo. Apenas una leve parada para fotografiar las cuevas de los Anguijones y continúo hasta llegar a la Fuente de los Cuatro Caños donde descanso unos minutos.

Hace calor, hemos bajado muchos metros y el tiempo está asentándose. No doy un pedal hasta las Juntas y de ahí para Yeste voy regulando porque me queda la última ascensión de 300 metros para llegar al pueblo. Sigo disfrutando. Soy consciente de que esta exuberancia física, esta primavera hermosísima, esta armonía de colores y sonidos, todas estas cosas, justifican sobradamente todo lo feo, horrible y triste que hemos contemplado en estos últimos tiempos. Con las piernas reventadas por el esfuerzo y a la sombra de los pinos del arroyo Tinjarra me vienen a la mente la palabras de Rilke:

Aunque el mundo cambia rápido y veloz
como la forma de las nubes,
todo lo culminado regresa
y vuelve a lo primigenio.

Por encima del cambio y el ruido,
más libre y expandido
resuena todavía tu canto
¡oh Dios con tu lira!

No comprendemos los males,
no entendemos el amor,
ni lo que nos lleva hasta la muerte
puede ser desvelado.

En la tierra sólo tu canto
nos cura e ilumina.

Soneto XIX de los Sonetos a Orfeo
Rainer Maria Rilke

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