Enlazamos la Puebla de don Fradrique con Santiago de la Espada como pretexto para recorrer uno de los pinares mejor conservados del sur de la península: el Pinar de la Vidriera en las faldas de la Sierra de la Guillimona. Itinerario circular con su pequeña aventura por olvidados carriles.
ficha

sierra de la Guillimona, sierra de Segura
mayo de 2019
7 h
92 km
1900 m
estable, fresco
recorrido por carreteras de asfalto sin apenas tráfico y piso regular salvo un trecho de 14 km que se efectúa por carriles en regular estado con mucha piedra
croquis en mapa no disponible
track disponible aquí

Mayo es el mes de las bicicletas. Te quitas la chaqueta y con unos simples manguitos puedes recorrerte cualquier ruta bajo un sol tibio jalonado de definidas nubles blancas. Y si encima escoges como destino uno de los pinares mejor conservados de la península con sus rosales silvestres, sus quejigos y majuelos, sus cabras y ciervos y las huellas de los jabalíes, entonces ya ni te cuento lo hermosa que puede quedar una jornada dando pedales por estas soledades.

Yo buscaba eso y más: tenía pendiente unas cervezas con el amigo Andrés Ortiz Tafur a quien había dejado colgado dos veces en este invierno. Había que saldar esta cuenta sí o sí, así que con el pretexto de las cañas diseñé una inmersión en la umbría de la Guillimona pasando por la Losa, saliendo casi a las alturas de Don Domingo y regresando por el archiconocido puerto del Pinar.

Dejo mi furgoneta en el templete junto al cementerio de la Puebla y comienzo a dar pedales al amparo de la Sagra. El día está precioso, fresco, con nubes y una leve amenaza de tormenta. Voy sin chubasquero pero me la juego. Con la motivación que me rebosa por las orejas hago los Collados de la Sagra en un pis pas y tomo fotos de la norte de la Sagra más abajo de Montilla, cuando esta montaña se presenta tan achatada que parece un merengue deshecho.



Un par de kilómetros más abajo engancho la carretera que viene de Huéscar hacia Santiago. Voy a afrontar el puerto de la Losa y me siento pletórico. La burra flaca se comporta como una campeona y me permite subir sentado hasta arriba. En cada revuelta disfruto de las magníficas vistas hacia la Sagra. Muy al sur se aprecia la depresión de la Hoya de Baza y la sierra homónima a la que tanto queremos en esta web. Incluso puede distinguirse Sierra Nevada en su tramo que va desde Cerro Pelado hasta el Morrón del Mediodía. Los ventisqueros son de gran ayuda para afinar la vista y precisar la ubicación del Alhorí y sus tajos verticales.

Todavía me quedan fuerzas para coger la bici en brazos

En el plano corto me concentro en la sombra de mis piernas, en una cadencia que se va aflojando conforme las últimas rampas me ponen en aprietos. Sin embargo, llego suelto y fácil al enorme monolito que define el cambio de vertientes en el que traspones una puerta mágica hacia la soledad de los Campos y los bosques del sur. Incluso las Banderillas asoman en lontananza señaladas por el fulgor de sus refugios.

Hago algunas fotos de la Cañada Longuilla y me dejo caer pasando frío dudando todo el rato si ponerme o no la chaqueta. Finalmente me dejo llevar por la gravedad y tacho hitos kilométricos. Paso junto al camino que va a Valdefuentes y que podría tomar para buscar Don Domingo pero prefiero embarcarme en un laberinto de carriles que hay más adelante a la altura de Prado Puerco.

En Prado Puerco, al tomar el carril, descubro las indicaciones de una casa rural. También compruebo que el camino tiene una cancela. Mal asunto. No obstante, ahora ya no me queda otra opción así que trataré de pasar sin molestar. Al principio el carril está bastante bueno, con jumas y piñas y algunos charcos. La burra flaca se maneja bien en estos terrenos.

No obstante, unos kilómetros más adelante, al doblar el espolón del Puntal Cavero comienza una cuesta arriba interesante con mucha piedra suelta y ramas podridas. No me da el desarrollo dan las piernas así que echo pie a tierra y remonto caminando hasta una alambrada que parece el límite de todo: define provincias y dirime qué está protegido y qué no merece tal atención. Entro en el parque natural y nada ha cambiado: el mismo sol, los mismos árboles y las mismas piedras.

Primavera en la Vega de Santiago

En un breve promontorio consigo cobertura y llamo a Andrés: ¡Andrés! Voy para allá. Me queda media hora. Nos vemos en Santiago. Cuando meto el móvil en el bolsillo bajo la vista y veo que he perdido el GPS. ¡Ostias! ¿Qué hago? Dejo la bici en el suelo arramblada y camino hacia atrás por el piso de piedras mirando a ambos lados.

«Regreso corriendo con las zapatillas de suela dura hasta que me tuerzo un tobillo y dejo de hacer el gilipollas

Me pongo un plazo de 20 minutos que agoto muy a mi pesar y me doy la vuelta mosqueado por haber extraviado mi viejo Garmin eTrex 20. Regreso corriendo con las zapatillas de suela dura hasta que me tuerzo un tobillo y dejo de hacer el gilipollas. Camino más tranquilo y, a cien metros de la bici, descubro el GPS al lado de un cojín de pastor. Al final la caminata ha tenido sentido.

Recupero la bici junto al cortijo de Valdepalacios y me lanzo a tumba abierta para vadear la rambla de los Cuartos que hoy baja seca. En el descenso no gano tiempo porque mi bici no está preparada para este tipo de pedregales y tampoco quiero pinchar. En la subida hago la primera trazada a pata y luego ya doy pedales hasta ganar la carretera que comunica Santiago con don Domingo.

Bueno, hemos salvado el punto de partido por ahora así que pongo plato grande y busco llegar a Santiago lo antes posible consciente de mi retraso. Andrés me da un toque justo al pasar por la Matea y le digo que ya estoy. La última cuesta que sube hasta la gasolinera, como viene siendo habitual, me funde los plomos. No pasa nada, enseguida estoy sentado a la vera de Andrés con unas cervezas fresquitas y riquísimas. Además nos acompañan Estanislao y su familia, unos serranos que nacieron y viven en las Tres Aguas, exactamente en el centro de la Sierra, que es como decir el ombligo del mundo.

Pierdo la cuenta de los tercios de Alhambra que me bebo junto a unas patatas con ajo que me derriten por dentro. Por suerte el lado sano de mi cabeza me pone en guardia: chacho tranquilo que aún tienes que volver dando pedales por el Puerto del Pinar. Con bastante retraso acumulado me despido de mis anfitriones y me lanzo buscando ese puente aéreo que separa, otra vez, provincias y parques.

Un pino muy querido por mí en la Vidriera

Me tomo con tranquilidad el Puerto del Pinar. Lo conozco mucho, somos viejos amigos y saludo a los árboles especiales que lo jalonan. Una pedazo de encina por aquí, un pepino de laricio por allá, un bosquete de caducifolios en aquel rincón y un chopo solitario acá. La tarde va cayendo con suavidad, las nubes negras se han abierto y la luz tamizada por el bosque rebota en las paredes de la casa de la Vidriera.

Ni un solo coche se cruza conmigo en esta jornada festiva en Santiago donde todos los autóctonos andan de romería. Para mí también es una celebración dar pedales por esta carretera solitaria y tranquila. Ni siquiera una avería en la cadena — dos eslabones se pinzan y no me permiten cambiar de piñón — me amarga la jornada. Al contrario: dosifico mis fuerzas, me concentro en las sensaciones y me voy despidiendo de mis montañas en unos tiempos en los que nos vemos muy poco, poquísimo, justo lo indispensable para mantener vivo nuestro vínculo. Sin embargo no me quejo, mis patrocinadoras hacen lo posible para que yo esté hoy aquí derrochando riquezas sin medida. Sería imposible sin vosotras. Muchas gracias pues.

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