Circuito panorámico con la gravel por las zonas más solitarias y agrestes entre Murcia y Almería: Periago, Valdeinfiernos, partes de los Vélez y regreso por el curso incipiente del río Quípar.
ficha

sierras de la Pinosa, Almirez y parque natural de María – Los Vélez
octubre de 2020
6 h
110 km
1700 m
estable, fresco
recorrido gravel puro por carriles en buen estado los primeros 70 kms; los últimos 40 se efectúan por carreteras locales de asfalto roto sin tráfico
croquis en disponible para GMaps más abajo
track disponible aquí

Justo antes de que nos confinaran en Marzo diseñé esta centenaria por una zona a la que siempre le he tenido querencia. Bernardo Robles, en nuestros años mozos, me habló del lobo de Periago, de las salinas, del Cerro del Carro. En mi imaginario adolescente dibujé lugares aislados, solitarios, incluso sombríos. Y ahora que ya pinto canas me dispongo a recorrer estos parajes con la gravel gorda, justo antes de que, quizás, nos vuelvan a confinar.

Dejo mi furgo en la Almudema, en un apartado de la carretera junto al viejo puente del río Quípar. Es una estructura con muchos ojos por los que el agua no discurre. ¿Dónde está el río? No está ni se le espera: estamos ante el clásico río Mediterráneo de carácter irregular, con amplios estiajes y avenidas tumultuosas. De ahí que, un puente de este tamaño, sea necesario. Por si acaso.

Subo la cuesta de Lorca y nada más culminarla giro a la derecha por una pista de tierra en perfecto estado. Este camino da servicio a los muchos campos de labor que hay por la zona. El día está fresco de más pero conforme el sol gana altura puedo quitarme la chaqueta. Al sur, muy definido, está el Pericay y las sierras del Gigante hacia donde me dirijo. Voy navegando entre cruces de caminos, manchas de pino carrasco y vaguadas resecas hasta la Casa Forestal de Periago, vestigio de la decimonónica administración forestal que tanto hizo por nuestras montañas y bosques, aunque fuera simplemente para evitar el aterramiento de los embalses de la cuenca.

Voy buscando el mejor camino y termino junto a la Sierra del Almirez evitando las muchas canteras. Un poco más adelante de la cortijada de Reverte, entro en la carretera asfaltada del pantano de Valdeinfierno. Me dejo caer hasta la presa y ahí hago buena cuenta de la fruta y el chocolate. Es temprano todavía y el bocata lo dejo para después. Me entretengo mirando las paredes verticales del cañón del Luchena y los nidos de las rapaces con sus manchas blanquecinas.



Una vez que me he arreglado el cuerpo tiro hacia Casa Iglesias, unas fotos en el albergue y cojo el camino hacia la Culebrina. Inmerso en un extenso pinar bien conservado cambio de provincia y de comunidad. La zona pasa a ser Parque Natural (el de los Vélez) y los caminos están muy bien señalizados por el Ayuntamiento de Vélez-Blanco lo que es de agradecer.

En el vado del río Caramel me sorprende un cauce generoso de aguas claras y frescas. Pese al intenso expolio de las aguas subterráneas en la comarca siguen manando las fuentes, incluso en la época más seca del año, justo después del verano. Me detengo junto a un chopo que ya viste de otoño y me dejo acariciar por su lluvia amarilla. No encontraré mejor sitio que éste para clavarme el bocata de ibérico. Como voy justo de agua me arriesgo y bebo un bidón del río. Está fresca, corretea y lleva mucho recorrido. En sitios mucho peores he metido la trompa.

Sin perder mucho tiempo cambio el paisaje forestal por extensos secanos de cereal con generosas vistas hacia la norte de sierra María. En mis cuentas sé que aún tengo que remontar el desnivel gordo. La fiesta comienza en Derde, justo después de una larga conversación con el pastor de la zona que me pregunta por el bicho. El hombre, generoso y hablador, me llena los bidones con el agua del manantial y me desea suerte.

A partir de ahí remonto por fuertes pendientes hasta que la pista se encajona en un estrecho rocoso donde está la Fuente de los Pastores. Tomo nota de un área recreativa preciosa entre chopos y rocas para venir con los críos y continúo ganando metros hasta la divisoria del Guadalquivir. Los entendidos geógrafos dicen que es aquí donde realmente nace el río grande de Andalucía, en estas llanuras salpicadas de encinas solitarias y sabinas austeras que se descuelgan hacia la Cañada de Cañepla, la umbría de María y la sierra de Orce.

A Topares llego con las pilas fundidas. El viento del norte me machaca en la carretera hasta que el asfalto vira al este, justo cuando vuelve a entrar en la región de Murcia. A partir de ahí el terreno es descendente y favorable. Voy recorriendo la cuenca del río Quípar adornada de chopos, viejos caseríos y nuevas explotaciones agrarias y porcinas.

Únicamente me aparto del río para transitar por la solana del Cerro del Carro (ahí subiré más pronto que tarde) hasta llegar a los Royos. De nuevo, un breve puerto me deposita en la cañada de Tarragoya, amplia vaguada sometida a la agricultura industrial de rápido rédito y enorme impacto ambiental: pozos esquilmados, acuíferos contaminados, manantiales perdidos, naturaleza arrasada. Una lástima.

Para consolarme recorro los últimos kilómetros en modo melancólico intentando quedarme con los detalles de las viejas casas y los pinos retorcidos bañados por la última luz de la tarde. Vuelve a hacer frío, el sol se pone y completo una vieja aspiración, seguir los pasos del lobo de Periago en su deambular por estas soledades.

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