Tremenda y ruda ascensión a una de las montañas clásicas del Alto Aragón, la Peña Montañesa, que domina con suficiencia el curso alto de los ríos Cinca y Ara cuando ambos confluyen en Ainsa. Pese a tener una altitud modesta (ronda los 2300 metros) su elevada prominencia hace que las vistas sean de escándalo y las sensaciones muy aéreas.

ficha

sierra de Ferrera, valle del Cinca, pirineo aragonés
agosto de 2012
7 h
12 km
1400 m
calor, estable
subida siempre por senda definida; en la zona superior terreno muy descompuesto con fuertes pendientes; evitar los días con mala visibilidad por la posibilidad de embarques
pincha aquí para ver el croquis
track aquí disponible

Tantos años viéndola desde el valle, desde otras montañas mucho más altas con más renombre; tantas veces contemplada desde la ventanilla del coche y la puerta de la tienda de campaña al preparar la cena. Codiciamos lo que vemos, ya lo decía Hannibal Lecter y es que también desde la ventana de nuestra casa en Ascaso veíamos a la Peña todos los días erguirse sobre las lomas boscosas que arropan al Ara en su encuentro con el Cinca. Y claro, ha llegado el día de estar ahí arriba para contemplar como ella nos ve desde su majestuosa altura.

En líneas generales hay dos posibilidades para encaramarse a la cumbre: norte o sur. Elegimos la segunda de mayor desnivel pero con una aproximación en vehículo más cómoda por carretera asfaltada. Dejamos el coche cerca de la ermita de San Victorián y comenzamos a subir por una senda muy marcada entre la espesa bujea con manchas de roble.

La senda avanza muy definida y se aproxima a la base de las paredes que cierran al sur la Sierra de Ferrera. Tras pasar un colladete enseguida se pone muy pina y remonta hasta la base de un escalón rocoso que se salva por la izquierda haciendo una trepada sencilla (I) aunque con un paso expuesto en el que vigilo a Moss. Tras superar el resalte la vegetación se hace más rala, comienza a predominar el pasto y la pendiente cede hasta un refugio de pastores donde encontramos un manantial que nos da la vida.

Macizo de Monte Perdido y la hendidura del cañón de Añisclo

Después del calor que hemos pasado en la sección inferior del recorrido las aguas frescas y generosas nos dan la fuerza necesaria para afrontar la segunda mitad de la ascensión. Moss se introduce por completo en los tornajos y nosotros rellenamos las botellas hasta arriba previendo más necesidad por las alturas.

La senda continúa muy clara afirmada por hitos gigantes hasta llegar a una zona prácticamente llana en la que se ganan vistas hacia la zona de Ainsa. Los piornos se adueñan del suelo y toca ir buscando el mejor camino para que Moss no se pinche en las almohadillas. En un momento dado un gran hito nos señala una bifurcación (sobre los 2000 metros). Ambos caminos llevan a la cumbre: el de la izquierda desciende y busca la cima por el sur a través de unas campas extensas mientras que el de la derecha asciende directamente buscando el collado que separa la Peña de la Tuca. Nosotros tiramos por éste último que parece más breve (e intenso).

Tras superar un afilado lapiaz el camino va a media ladera bajo unos tremendos paredones. En la vertical se ve, casi 1700 metros más abajo, el río Cinca serpenteando por el valle a la vez que reverbera la luz intensa del mediodía. Esto en invierno se tiene que poner bonito pienso mientras ganamos el collado. Lo que nos queda es un cascajal con roca pequeña y angulosa de sencilla pero incómoda subida. Siguiendo los omnipresentes hitos superamos este breve laberinto calizo hasta ganar las pendientes finales de la cumbre.

Para variar, compartimos la montaña con unos amigos franceses que enseguida nos dejan solos. Bocadillos, solazo, tranquilidad, Moss que busca la sombra y fotos con el trípode que quiero amortizarlo. Hace fresquito aquí arriba y remoloneamos hasta que llegan nuevos franceses. En esta ocasión una señora ya septuagenaria y amojamá (que no ajamoná) que alcanza el vértice un cuarto de hora antes que el marido del que seguro se quiere desprender. El hombre llega bufando con las manos en las corvas y más rojo que un tomate mientras que la socia va más fresca que una rosa.

A nosotros se nos va haciendo la hora, recogemos los bártulos y decidimos regresar exactamente por el mismo camino en lugar de experimentar nuevas sendas (esa opción estuvo presente). Tiramos todo tieso y nos tomamos un respiro de nuevo en el manantial hasta que llegamos al coche felices, contentos y acalorados. Acordamos por unanimidad rematar la jornada en las pozas del Ara, justo debajo de casa. Para allá que nos vamos con el bañador puesto. ¡Hasta pronto!

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