Relato sobre nuestra expedición al Mont Blanc en el verano de 2006. Una aventura de recuerdos deliciosos en uno de los mejores veranos de mi vida. No hicimos cumbre, pero comprendimos que era una montaña a nuestro alcance y que, más pronto que tarde, regresaríamos para intentarlo con mejores armas.

[15 al 21 de Agosto de 2006]

Mont Blanc. Monte Bianco. Para los que tiramos al monte como cabras, estas palabras tienen un atractivo insuperable y a poco que nos den cuerda, vamos a aprovechar la opción de acercarnos a ese punto mágico, ese vértice en el que confluyen todas las laderas de la Europa occidental. Nunca me había considerado un fetichista, pero cuando estás en el valle y ves la montaña, cuando aprecias su magnitud y su historia, entonces no hay argumentos racionales que oponer al deseo de hacerla frente a otras muchas.

Creo justificada la expedición con estas palabras. Así que aprovechando un vacío de actividad en el mes de Agosto, aprovechando la coincidencia de voluntades y de tiempo con Bernardo, pues montamos el viaje empezando por una visita a tiendas de montaña y gastándonos una paga en el material que no teníamos. Íbamos totalmente de pardillos y buscamos referencias en Internet, en gente que había estado hace poco… todo apuntaba a contradicción. Unos afirmaban que la montaña era sencilla, otros que podía complicarse la cosa y mucho… Esto es algo común cuando se habla de ellas: las circunstancias son cambiantes, muy volubles y subjetivas. Y las cosas cambian según la persona, el día, la meteo y lo que llevas en la barriga.

Con esta información de locos tiramos autopista para arriba devorando kilómetros. De nuevo toda la A7 y sus peajes reventándonos las carteras. El día de salida hizo un tiempo muy tormentoso en España. Bernardo que es un fiera de la meteo me comentó que una borrasca estaba centrándose en el Norte de España y que su evolución iba a determinar el tiempo que íbamos a tener en Alpes. Es bueno esto de ir acompañado de gente bien informada.



Llegando a Tête Rousse. Arriba en la aguja de Goûter se aprecia el refugio homónimo

Pasamos por la Junquera a media tarde y en Francia el tiempo tampoco estaba para tirar cohetes. No paraban de caernos aguaceros tormentosos y la conducción era lenta y algo molesta. Cerca de Nimes paramos a cenar en un área de servicio. Aunque llevábamos arreglo, al estar lloviendo, decidimos meternos en la franquicia de turno. Primer error de cálculo y primer escarnio: por un miserable bistec y unas patatas más duras que las piedras nos levantaron en peso. Nunca mais.

Después de la cena avanzamos unos kilómetros más pero íbamos algo cansados y no paraba de llover con lo que pensamos en detenernos cuando lo viéramos claro para descansar. En un área de ésas que sólo tiene los aseos y unos bancos nos metimos y aguantamos hasta que la lluvia amainó para montar la tienda en un talud apartado de las luces. Dentro de la tienda había un escándalo impresionante por las gotas incesantes y los truenos. Me dormí enseguida con los tapones por la cercanía de la autopista y con el sueño que llevaba acumulado de unos días previos muy agotadores. Bernardo me diría a la mañana siguiente que entre la tormenta en el exterior y mis ronquidos en el interior no pudo pegar ojo.

Al amanecer el temporal parecía haber remitido. Habían nubes bajas enganchadas en las montañas y mucha humedad pero lo peor había terminado. Recogimos la tienda toda mojada y desayunamos con el hornillo en las mesas del área. Pronto estábamos otra vez en camino: Orange, Valence, Grenoble, Chambery, Albertville y nuestro destino Saint Gervais, muy cerquita de Chamonix y bajo el macizo del Mont Blanc.



Trepadas sencillas antes del paso de la bolera

En Saint Gervais hicimos rápidamente las gestiones. Primero buscamos un cámping para dormir esa noche; luego arreglar el tema del tren cremallera hasta el Nid d’Aigle y, por último, informarnos de la meteo prevista. En la oficina de turismo no nos dan buenas noticias. Orages, averses, très nouageux y palabras francesas que suenan a marrón. Y para colmo, vientos en altura próximos a los 100 km/h. Parece ser que de aquí a dos días la cosa va a mejorar un poquito, pero sólo un poquito. Como nos coincide con el día de ataque a la cima pues nos animamos para preparar el material y meternos en faena el día siguiente.

Una vez en el cámping aprovechamos un Mac con las teclas cambiadas para entrar en páginas de meteo con modelos para varios días. En la alemana wetterzentrale sólo dan dolor, dolor y dolor. Y no hay previstas mejorías en los sucesivos días. Esto nos desanima un poco pero también nos convence de que si va a estar todo el tiempo malo, pues nos subimos ya para arriba y que sea lo que Dios quiera. Montamos la tienda, nos duchamos previendo unos días de espesura en la piel y cenamos con nuestro apaño bajo una farola del cámping y sentados en una traviesa. Todo muy romántico.

Al día siguiente nos levantamos a eso de las seis. El tren cremallera sale antes de las ocho y tenemos que organizar las mochilas y comprar los billetes, además de desmontar la tienda y desayunar. Hacemos los deberes rápido y dejamos el coche en un párking gratuito de Saint Gervais cubierto. Menudo lujo. El tema está en que estaba lejos de la estación del Tramway du Mont Blanc y entonces nos tuvimos que dar un paseito rápido con los armarios para llegar a tiempo. Por otra parte, luego a la bajada veríamos que el párking sólo era para 24 horas. Los guardias tuvieron piedad y no se llevaron el coche a esos tenebrosos garajes municipales en los que toca amoquinar.



Fantástico atardecer desde el refugio de Goûter

En la estación del Tramway nos da tiempo para un café au lait y entonces llega el trenecito. ¡Jopé pero qué pendientes supera la cafetera! Los bancos de madera nos recogen y nos permiten disfrutar de un paisaje de ensueño conforme el tren avanza entre densos bosques, primero de caducifolios, y luego de coníferas. Una paradita en Bellevue para recoger la peña que sube desde Les Houches y ya las últimas rampas y túneles hasta la estación término de Nid d’Aigle.

En este último tramo del tren uno ya va apreciando la magnitud del toro que le van a soltar. Las lenguas del glaciar de Bionnassay lamen con aspereza el roquedo vertical y agudo desprendiendo bloques del tamaño de casas y coches, bloques que se desparraman con desorden sobre la línea del bosque en una lucha titánica entre lo vivo — el bosque — y lo también vivo pero inerte — el glaciar.

Cuando llegamos al destino la gente sale escopetada para arriba. Nuestra etapa es hoy hasta el refugio de Tête Rousse que está unos 700 metros por encima, por eso nos lo tomamos con calma. Me da tiempo hasta de plantar un pino detrás de la garita de la estación donde veo por primera vez — y no será la última — una toilette sec, curioso sistema higiénico que explicaré convenientemente en una sección más escatológica de este viaje.

Bernardo se impacienta y al final salimos los últimos para arriba. Delante llevamos un grupo de tres polacos que también van algo perdidos como nosotros. La subida es muy empinada y apenas tiene distancia. Se avanza entre grandes bloques por una senda bien marcada que discurre por el Desert de Pierre Ronde, aunque aquí todas las piedras son cuadradas.



La inmensidad blanca

Cuando llevamos ya 400 metros ganados paramos en el refugio forestal de Rognes para tomar un bocado. La nieve ya está presente y hace fresquito. Coincidimos con compañeros que venían en el tren y también con los más presurosos del segundo tren que ahora nos alcanzan. También empezamos a ver peña que baja desde la montaña y en sus caras nos hacemos una idea de la película que están poniendo en altura. Una de miedo, seguro.

Después de este punto nos metemos en una zona todavía más empinada, exactamente en un espolón que tiene unas vistas preciosas tanto al Este — l’Aiguille du Midi — como al Oeste — el glaciar de Bionnassay. En algunos tramos vemos ya cables para pasar por sitios estrechos con patio pero que con esta nieve no revisten problema. También se nos presentan las primeras cruces que suponen un aviso serio de que aquí no se gastan bromas.

Tras algunos resoplidos remontamos hasta el pequeño glaciar de Tête Rousse y ya tenemos el refugio a mano atravesando el glaciar por una ladera sencilla. A nuestra izquierda según avanzamos vemos la vertiente que remonta hasta el refugio de Goûter. Es un terreno bastante empinado con sus corredores repletos de nieve y sus espolones de roca desnuda. Ese toro para mañana, la vaquilla de hoy ya está rematada.

Tête Rousse es casi un hotel. No había visto un refugio igual en mi vida. Confortable, amplio, tranquilo, limpio y con guardas amables y atentos. Una caña vamos. El precio de la botella de agua es de 4 euros. Otra opción es derretir nieve. Tú verás por lo que optas. Nosotros pensamos que subir a Goûter con los armarios iba a ser complejo y decidimos dejar la tienda, la cocina y algo de la comida aquí abajo. Reservamos arriba en Goûter y con el jergón asegurado allá arriba nos sentimos más confortados. No nos hacía ninguna gracia montar la tienda a 4000 metros con el viento que se veía por allá arriba.

La tarde discurre tranquila. Aprovechando el solecito y el dormitorio acogedor me tomo una siesta de las buenas hasta que Bernardo baja a comentarme que acaba de suceder una desgracia y que todo el mundo del refugio está afuera viendo como rescatan a unos chicos que se han despeñado en la subida a Goûter. Al parecer, de los cuatro que formaban la cordada, uno de ellos está muerto en el fondo de la ladera mientras que los otros tres están heridos. El helicóptero recoge el cuerpo inerte mientras la gente se mira perpleja y en el ambiente hay un silencio muy incómodo. Uno de los guardas del refugio, el más joven de todos, increpa a algunos de los mirones y les anima a dejar de ver el espectáculo morboso.

Con esta escena nuestros ánimos se nublan un poquito más. Mañana vamos a subir nosotros por allí y la meteo va a seguir estando mala, así que habrá que andarse con mucho ojo. Ojo que a mí se me está inflamando cada vez más por un incómodo orzuelo y al que seguro que no le va a sentar nada bien el frío, el viento y la higiene exquisita de estos refugios de las alturas.

Después de la cena — unos macarrones de bolsa infames — enseguida bajamos a empapelarnos en los sacos. Esta noche no duermo nada bien y me toca escuchar los ronquidos de los vecinos… Aún así, cuando empieza a amanecer estoy bastante descansado y con buen ánimo. Como la subida que tenemos que hacer es de nuevo unos 800 metros hasta Go^ter y el día es muy largo nos lo tomamos con calma. Vamos dejando que la gente salga de la habitación y echamos vistazos a la ventana para ver cómo está el día. No está la cosa para tirar cohetes, pero tampoco hace malo malo, así que poco a poco vamos vistiéndonos, desayunando y preparando la subida.

Como la pared que vamos a subir mira al NW y no le da apenas sol vamos a esperar un poquito a que avance el día y que éste esté más maduro para no pasar mucho frío. Así pues, vamos viendo como las cordadas tiran para arriba mientras nosotros damos vueltas por el comedor y por la plataforma del refugio. Llega ya entonces un momento en el que no queremos esperar más ni dilatar nuestro encuentro con la pared así que nos vamos para arriba.



Agotados por el viento

Primero avanzamos por una pendiente muy suave que nos va a acercando al Grand Couloir más conocido como «la Bolera». Se trata de un corredor de nieve con unos 50 40 grados de pendiente por el que es frecuente ver bajar bolos de piedra a gran velocidad que se desprenden desde arriba. Lo ideal es pasar temprano cuando la montaña está más estable para bajar la probabilidad de ser alcanzado. Afortunadamente, la montaña está cargadísima de nieve y ésta mantiene las piedras en su sitio. Pasamos sin ningún problema y cuando estamos al otro lado nos encontramos con lo que va a ser la dinámica de la ascensión. Cables de acero en los sitos más expuestos para ayudar la progresión y para asegurar una posible caída.

La ascensión a este espolón en verano suele ser un terreno prácticamente de roca pero tal y como está ahora el macizo hay bastante más terreno nevado que desnudo, por lo que en nuestra situación nos enfrentamos a un mixto con bastante desnivel y pasos expuestos. Ahora bien, éstos no son difíciles y las cadenas ayudan lo suyo. El único inconveniente es el patio: no te deja margen de error en muchos casos. En el tramo central de la subida no hay seguros y cometimos el error de continuar todo el tiempo por la arista del espolón que es el lugar más expuesto en todos los sentidos. En algunos momentos tuvimos la sensación de que el que diseñó la ferrata se quedó corto en ciertos lugares y largo en otros. A la bajada nos daremos cuenta que hay una variante por uno de los flancos del espolón mucho más sencilla y menos aérea.

La sensación que teníamos cada vez que mirábamos abajo era que estábamos en un lugar jodido, de esos que te obligan a ir muy tranquilo y con los cinco sentidos puestos, un lugar por el que luego habría que volver a pasar para descender al valle. Según superaba resaltes y rocas, intentaba imaginarme cómo rebobinar hacia atrás mis movimientos para completar con éxito la vuelta.

Otro detalle interesante fueron los guías que subían a sus clientes. Me fijé mucho en la manera que tenían de progresar, pasito a pasito y casi sin hacer distancia entre pie y pie. Fue una revelación, porque además de cansarse mucho menos, aseguraban muy bien la progresión y le daban mucha fluidez y continuidad a sus movimientos. El cliente que iba detrás se limitaba a pisar su huella. En más de una ocasión estuvimos tentados de perseguirlas pero nos pareció poco recomendable.

El refugio de Goûter se adivinaba en lo alto y entre nubes. En ocasiones se veía cerca pero lo cierto y verdad es que este tramo se empalaga bastante. Pero todo llega, y tras un último tramo con decenas de cables nos pudimos agarrar a la barandilla metálica del refugio y apreciar desde este espléndido mirador la impresionante arista de Tricot que desciende desde la aguja de Bionnassay.

En el refugio pasamos la tarde remoloneando en las mesas del salón, echando algunas fotos y charlando con otros compañeros. La cena la sirvieron temprano, a eso de las seis. De primero, una sopa con curruscos muy rica que me sentó de cine. De segundo, un trozo de carne de cerdo cocida y unas lentejas que me devolvieron al escarnio de la cocina en alta montaña. Eché de menos los macarrones infames del día anterior. Lo que es la vida. Por cierto, que aquí la botella de agua valía 5 euros, uno más que en Tête Rousse. Es la inflación de las alturas debido al potencial que el helicóptero debe salvar para subir la botella unos 700 metros más. Cosas de la economía gravitatoria.

La tablilla Velleda con la meteo no anuncia nada bueno para mañana. El viento cada vez arrecia más fuerte y se están metiendo nubes bajas que nos ocultan los valles. Hablamos con un oriundo de Chamonix que se conoce el macizo como la palma de la mano y nos comenta que él mañana se vuelve para abajo sin ni siquiera intentarlo, que la montaña está cerrada. Empezamos a asumirlo y lo cierto y verdad es que no me duele porque no está el patio para bromas. Aguantamos un poco más en el salón hasta las ocho, hora en la que nos empapelamos.

Esta noche duermo muy bien hasta que a las dos de la mañana hay algunos valientes que se deciden a salir a probar suerte. Los del refugio no dan el desayuno porque estiman que la montaña está cerrada y que más nos vale seguir en los sacos, pero siempre hay héroes y así, de refilón, con los ojos entrecerrados y suspirando por el calorcito que siento en mi cuerpo, veo los frontales de dos chicos que se van a aventurar entre las ráfagas de helado viento que se escuchan por la ventana.

Pasan unos diez minutos y entonces escucho de nuevo el ruido de la puerta y el de una respiración agitada. Se conoce que no hay nada que hacer… Creo que somos muchos en el refugio los que nos hemos mantenido alerta por si hubiera habido alguna opción. En mi fuero interno me alegro de no tener que ponerme en la disyuntiva de salir o no porque estoy en la gloria. Vuelvo a dormirme y no me despierto hasta las siete.

Por la mañana hace menos viento aunque también menos visibilidad. Ante este panorama desayunamos con esperanzas y cruzamos miradas para ver los movimientos de la gente. Los guías tiran para abajo con los clientes: ellos lo tienen bastante claro. Sin embargo, en el refugio somos muchísimos los que estamos por gastar la única opción que nos queda. Hablo con Bernardo y nos planteamos simplemente avanzar un poquito para ver cómo está la cosa un poquito más arriba. Sin más ambición… sólo eso.



Final de los buenos

Además de nosotros, una montonera de cordadas de gente del Este de Europa se abre paso entre los jirones de nubes y las ráfagas imprevistas que, en ocasiones, llegan a tirarnos al suelo. Muchos checos, eslovacos, polacos y alemanes avanzan en grupos de hasta diez personas. Nuestros aliados naturales son un par de eslovacos que van muy bien equipados y con los que tenemos ya bastante afinidad al haber compartido todas las etapas previas. Nos entendemos en inglés y también ayuda que Bernardo hable algo de eslovaco para el tema de las bromas. Una cosa curiosa es que van muy bien equipados y haciendo cuentas advertimos que las botas de cualquiera de ellos superan el sueldo medio de su país.

Conforme ganamos metros la cosa se va poniendo peor. El viento en ocasiones arrecia aunque en otras se queda tranquilo y no nos molesta. No noto nada de frío porque voy bien abrigado pero debemos rondar los menos diez aproximadamente. Llegamos a un punto en que las cordadas que nos preceden están paradas. ¿Qué ocurrirá? Nos vamos acercando y comprobamos que la nieve empieza a estar muy papa y que por aquí ya no hay huella. Quizás este es el punto en el que la gente que lo ha estado intentando los días previos se volvió para abajo. Quizás… El caso es que allí estamos todos parados porque nadie tiene ni idea de para donde tirar… El GPS marca unos 4200 metros así que estamos bajo el Dôme de Gouter, muy cerquita ya de esa significada antecima.

Después de unos minutos hay cordadas que inician el descenso porque ciertamente… ¿qué sentido tiene continuar sin ver nada y con este viento y esta nieve hasta las rodillas? A mí lo que más me ha impresionado de lo que he visto son las grietas que apenas se vislumbran en este blanco escenario y que pueden suponer un serio problema en caso de que la visibilidad tienda a menos.

Entretanto, sólo hay una cordada que sigue para arriba y a la cual seguimos durante un rato. El que la encabeza va muy despacio porque tiene que chuparse él solo toda la huella y a estas alturas ese esfuerzo se nota. En un descanso, mientras estoy apoyado con ambos brazos en el piolet, noto que me dan un toque en el hombro. Es uno de nuestros colegas eslovacos que me dice: we are going to go down… Sin pensárnoslo asentimos y nos vamos con ellos. Llevan un buen GPS y no está el asunto para enconmendarse a otras tecnologías menos certeras.

En muy poquito estamos ya de nuevo en la arista de Gouter sobre el refugio. Aprovechamos un claro para tomar unas fotos muy espectaculares en las que se ve Chamonix en el valle, casi 4000 metros por debajo. En el refugio estamos un rato, el suficiente para organizar el descenso por las cuerdas fijas y recuperar un poquito de energías con galletas y barritas. También hago el último uso de las toilettes secs que paso a explicar… El sistema es sencillo: uno caga y el alimento ya procesado desciende por una tubería de un par de metros hasta el exterior donde simplemente se deposita. Con el frío tarda muy poco en congelarse y llegan a formarse así estalagmitas de materia orgánica realmente curiosas… estalagmitas que con el paso del tiempo alcanzarán alturas importantes y que un diligente guarda de refugio deberá recortar con una motosierra… en fin.

El tramo de la ferrata hasta Tete Rousse lo hacemos mucho más fluído y tranquilos que el día anterior. Al llegar al refugio recogemos el material de las taquillas y confirmamos que llegaremos a tiempo para tomar el tren cremallera. Nos cruzamos con unos vascos y un malagueño y echamos unas risas por el tema de los refus y de su precio abusivo… Les comentamos nuestro intento porque ellos se van a meter en faena a partir de mañana.

Finalmente descendemos hasta el Nid d’Aigle. Estos últimos metros se me hacen especialmente pesados por la mochila que se me clava en los hombros y porque son ya varios días de esfuerzo. Tenemos suerte pues es llegar y meternos en el tren para abajo que va repleto de senderistas y familias. Aquí en el valle hace una tarde muy apacible y el solecito tibio entra por las ventanas y juega con las ramas de la espesura que gobierna en estas laderas.

Al bajarnos en Saint Gervais tenemos unas sensaciones buenísimas… la certidumbre de que la montaña no se ha dejado esta vez pero de que, con un poquito más de suerte, estaremos a la altura del desafío en el próximo intento. La aventura termina con una cena homenaje en Chamonix con crepes incluídos y la clásica tormenta de despedida. No paró de llover en toda la noche y nos fuimos como llegamos: con el doble techo de la tienda criando cagarrias. Si tuviera que resumir la historia en una frase, echaría mano de esta que leí hace poco por algún sitio de la red: la montagna e bella quando e bella, ma e brutta quando e brutta.

fotos

[sep height=»30″]

en el mont blanc