Relato de la expedición a Córcega en BTT en la que empleamos casi dos semanas de pedales y montaña. Además de recorrer prácticamente toda la isla con las burritas, nos marcamos la ascensión al Monte Cintu, el techo de esta preciosa isla a la que volveremos. Estoy seguro.


Introducción y etapas

He aquí la crónica de una expedición a Córcega realizada en el verano de 2006. No voy a descubrir nada si os digo que la bicicleta es el medio ideal de viaje en una isla como esta donde las carreteras sólo tienen curvas, cuestas y más curvas. Tampoco si os comento que es una isla todo naturaleza, con unas costas preciosas, un interior solitario, tranquilo y montañoso. Y, por último, unas gentes adustas, tranquilas y muy orgullosas. Recomiendo también, para entender la especial idiosincrasia de este pueblo corso, leer con atención el libro de Astérix en Córcega. Fue mi mejor guía de viaje para saber lo que me iba a encontrar.

27 de Julio: Cieza – Barcelona (coche).
28 de Julio: Barcelona – Cannes (coche).
29 de Julio: Cannes – Niza (coche) y Niza – Ajaccio (ferry)
30 de Julio: Ajaccio – Petreto B. (27 + 27 = 54 kms).
31 de Julio: Petreto B.- P. Vecchio (37 + 47 = 84 kms).
1 de Agosto: P. Vecchio – Caldarello (27 + 26 = 53 kms).
2 de Agosto: Caldarello – Aullène (38 + 34 = 72 kms).
3 de Agosto: Aullène – Ghisoni (27 + 40 = 67 kms).
4 de Agosto: Ghisoni – Corte (41 kms).
5 de Agosto: Corte – Calacuccia (41 kms).
6 de Agosto: Ascensión al Monte Cinto (2.707 m)
7 de Agosto: Calacuccia – Isula Rossa (83 kms).
8 de Agosto: Epílogo.
Glosario corso.

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Mapa global de la ruta

Cieza-Barcelona

Es jueves por la tarde y hay tiempo de tormenta. Después de semanas de calor intenso, ahora que nos vamos va y resulta que hace fresquito. Bueno, no se puede tener todo. Salimos en la Touran Miguel, Javi y yo con las tres bicis y los tres asientos. Atrás queda la polémica por los cuatro asientos y las cuatro bicis en un mismo vehículo. Imposible. Ya convenceremos a Sixto de que no puede ser de otra forma. Cuando vea el maletero entenderá que no cabemos todos y que la teoría de empaquetamientos finitos no da para tanto.

El camino hasta BCN se hace lento y tranquilo. Hay tormentas muy fuertes en el interior de Alicante y Valencia pero nos vienen bien para avanzar fresquitos y sin solazos por las ventanillas. Unos cuantos peajes, una parada técnica para comer chucherías en las proximidades de Reus y llegamos a nuestro destino sin apenas dar vueltas. Es en estos momentos en los que se forja uno de los vocablos imprescindibles del viaje: sangimignanear. Bueno, pues al entrar a BCN y buscar la casa del chileno nos evitamos un más que previsible san gimignano haciendo zig-zags por la diagonal. A Dios gracias.


De okupas en BCN

En casa nos recibe Sixto, el becerro de Durango, el bisonte de Gaztelupe, el yunque de Mondragón. Allí tenemos un sitio perfecto para aparcar y subimos al piso en el que nos vamos a alojar esta noche de tránsito. Sergio, argentino, nos espera con los brazos abiertos — muchas gracias desde aquí. Un único detalle. El bueno de Sergio nos comunica: ahí teneis tres camas para la noche señalando con la mano y desde el sofá una zona imprecisa de la casa. Nos confiamos, dejamos pasar el tiempo y al final ocurre lo que ocurre. Error en el sistema. Cuando llegamos para acostarnos sólo habían dos… uno tuvo que sacrificarse y probar la tarima de este céntrico piso a 100 metros de la Diagonal. Estas cosas no se hacen Sergio, que todos teníamos ilusiones y al final uno de nosotros pringó — en concreto, el héroe fue Javi, rol al que se fue acostumbrando y que desplegó con especial fuerza en las etapas dramáticas para salvar a las reses débiles. En fin.

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Barcelona-Cannes

El trayecto previsto es salir desde BCN y llegar hasta Cannes. Salimos a media mañana y el tramo hasta la Junquera se hace rápido y sin problemas. Allí optamos por entrar a un súper para hacer una compra fuerte antes de cruzar a territorio gabacho. Dicho y hecho: encontramos un súper con todo excepto barritas y llenamos los maleteros de ambos coches con bolsas de comida para aguantar estos dos o tres días sin gastarnos una perra de más…



Descanso en la autopista

Una vez en Francia seguimos con la cruz de los pèages, comemos en un área de servicio y a la altura de Aix en Provence nos encontramos con un bouchon de tres pares de narices. Vamos dos coches y la sincronización en estas situaciones es compleja por lo que Sixto y Javi se desvían y bajan hacia Marsella por la verde mientras que Miguel y yo continuamos por la azul hacia Cannes. Total que nos separamos y ellos encuentran todavía más atascos en los alrededores de Marsella. Felizmente los móviles nos permiten reagruparnos en un área de servicio y a mí me da tiempo a echar una siesta en un banco de piedra caliente durante la hora larga de espera.



Cenando de lujo en Cannes

Después del reencuentro llegamos sin problemas a Cannes y buscamos un cámping para dormir. Sixto y su francés exquisito hacen el resto y ascendemos por calles intrincadas hacia uno con pinos, buenas instalaciones y pésimo suelo. Plantamos la tienda y el cronista pasa su primera noche al raso huyendo de los osos y la fauna del interior — de la tienda. ¡Ah! Olvidaba que antes de acostarnos cogimos el coche para bajar a dar un paseo por Cannes y su puerto deportivo. Flipamos con los yates y callejeamos tranquilamente hasta desembocar en la mejor cerveza del viaje. No volveríamos a ver otra igual en diez días.



La mejor cerveza del viaje

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Cannes-Ajaccio

Nos sentimos ya más nerviosillos porque llevamos dos días desde que salimos de casa y estamos cada vez más cerca de hacer lo que hemos venido a hacer: dar pedales. Salimos de Cannes hacia la vecina Niza y entramos en la ciudad en dirección al puerto. Tras un par de vueltas y superado el temor a una san gimignanada vemos los yates del puerto deportivo y, un poquito más allá, los ferries que nos han de llevar hasta territorio corso.



Montando las bicis

Tras entender por fin las explicaciones de los guardas del puerto entramos en un párking para dejar los coches. El párking es una tomadura de pelo, porque no tiene sombra y apenas está vigilado, así que dejarlo aquí y dejarlo en medio del barrio de las 3000 viviendas de Sevilla en medio de una explanada con una PDA en el asiento del copiloto, pues como que puede ser igual… Hace un sol de justicia y empezamos a sacar las bicis y el equipaje de los coches. Entre unas historias y otras tardamos ¡2 HORAS! de reloj en dejarlo todo cerrado. Bueno, lo cierto y verdad es que el más pesado es Sixto que da cien vueltas con el equipaje y que nos tiene desesperados con las bicis terminadas bajo un sol durísimo e inclemente. En su favor, es el que ha traído las cosas de mecánica que pueden hacernos falta.



Últimos ajustes técnicos

Por fin nos montamos en las bicis para dirigirnos hacia la entrada del ferry. Emocionados como niños rodeamos el puerto deportivo y nos disponemos a embarcar. Nos hacen esperar un poco más bajo el sol y estamos a punto del colapso porque son casi las tres y no hemos podido comer nada. Finalmente entramos en la bodega del ferry y amarramos las bicis con unos curiosos artefactos de difícil apaño. Subimos hasta nuestras butacas y comprobamos que esto es todo un lujo. Yo me había hecho a la idea de ir apoyado en una barandilla del barco viendo las olas y nada de eso… esto parece más un avión o un AVE, con su moqueta, su aire acondicionado y sus detalles cromados.



Tenemos suerte porque al sentarnos nos toca una mesa en el centro para los cuatro. Estamos hambrientos y aquí se presenta uno de los típicos momentos que se dan en todos los viajes en grupo: la decisión crítica de gastar o no gastar, de picar billete o no hacerlo. Tras unos minutos de tensión monetaria Miguel y Javi optan por acercarse al bar del barco para pedir unos bocadillos out of pozo. No tienen mala pinta pero tampoco están para tirar cohetes… En el otro extremo, Sixto y yo optamos por tirar de las viandas comunitarias y es entonces cuando se empezó a gestar el mito de Monsieur Anacard o de como una persona puede comerse en dos o tres sentadas una bolsa de dos kilos de anacardos. Ni el más embrutecido de los simios sería capaz de hacerlo.

El ferry tarda unas 3 horas en cruzar desde Francia hasta la isla. Todo este tiempo me lo paso dormitando en mi butaca salvo unos breves minutos en los que salgo a la popa del barco para experimentar la velocidad de éste. Intento asomarme por la borda para mirar al frente pero el viento es muy fuerte y las gafas impregnadas de agua salada casi salen volando.



Todo un lujo

Por fin avistamos la costa de Córcega y nos sorprende su color anaranjado — quizás las calizas que se reflejan al sol del atardecer pero es una isla granítica — y su verticalidad. Hay nubes de tormenta en el interior que nos impiden ver las montañas más altas pero nos vamos haciendo a la idea de cómo es la isla. Finalmente entramos en la bahía que protege el puerto de Ajaccio y bajamos a las bodegas para recuperar las que serán nuestras infatigables compañeras.

Con mucha expectación vemos como se abren las compuertas del ferry y empiezan a salir los coches con el nerviosismo típico de los que hemos estado atrapados en las entrañas del buque y sólo deseamos volver a ver la luz. Nosotros descendemos la rampa hacia el muelle montados en las bicis con una sensación intensísima de estar ya donde hemos querido estar desde las últimas semanas. Es tal la cara de felicidad que cuando bajamos todo el grupo de personas que están esperando a los que vienen en el ferry pues van y nos aplauden. ¡Toma ya! Nosotros que somos ingenuos y pardillos nos quedamos en medio de todo el tinglado muy ufanos hasta que un gendarme se nos acerca y nos dice que nos apartemos, que estamos molestando. Primeros minutos, primeros puros de las autoridades insulares.



Desembarco en Ajaccio

Nuestro primer objetivo ahora es encontrar un sitio para dormir. Buscamos información en los libros que llevamos acerca de los cámpings en Ajaccio y vemos uno en las afueras razonablemente cerca de la ciudad. La otra opción está más cerca del mar pero bastante más lejos en kilómetros y es muy tarde para vestirnos de ciclistas, así que optamos por el cámping Las Mimosas. Fue aquí donde descubrimos la cerveza local corsa, las gloriosas pietras, zumo de cebada aderezado de castañas que jamás volvimos a encontrar a un precio tan económico. El dueño del cámping es muy simpático y la cocina fenomenal. Quizás éste sea uno de los mejores sitios porque deja el listón muy alto para lo que tenga que venir, sobre todo en el tema cervecero.

En lo que respecta a dormir, plantamos la tienda en una parcela medio escondida al lado de un grupo de franceses — y francesas — jóvenes con los que bromeamos a distancia — se entiende que bromeamos sobre ellos pero sin ellos. De nuevo, busco un sitio al lado de una valla que, psicológicamente, me proteja y me dispongo a dormir lejos de los embotellamientos típicos de un igloo densamente poblado. Mañana será otro día. El día de las bicis por fin.

Primer sector: Ajaccio – Bisiano (27 kms)

Nos levantamos temprano aunque el sol pega ya fuerte. Se nota que es el primer día y que tenemos muchas energías acumuladas. Desmontamos la tienda y empaquetamos todo, hacemos las fotos de rigor para dejar constancia de que hoy es el día inaugural de esta aventura y salimos del cámping hacia Ajaccio para entrar a la oficina de turismo. En ella cogemos varios folletos que quizás nos puedan interesar para después y ya finalmente salimos de Ajaccio por la nacional principal N196, una carretera con varios carriles — como una vía rápida — que va bordeando la bahía y que pasa al sur del aeropuerto. Tiene bastante tráfico y cuando se convierte en una carretera de doble sentido es realmente molesta y peligrosa. Por eso, cuando llevamos unos kilómetros decidimos desviarnos por la departamental D302: más kilómetros, más cuestas, más curvas, más soledad, más tranquilidad, más bonito.



Estudiando el recorrido en Ajaccio

Nos llama la atención lo bien que está trazada la carretera: va subiendo de forma muy gradual, sin grandes pendientes, con las curvas muy bien repartidas y atravesando un bosquete mediterráneo de encinas y alcornoques. Hace bastante calor y en una casa paramos para ver si podemos coger agua de una fuente. Dejamos las bicis en el suelo en el arcén y nos saltamos la valla de la casa. Los grifos están cerrados y volvemos resecos pensando en que habrá que encontrar el líquido más adelante.

Cuando estamos otra vez en carretera mi bici hace un estruendo enorme. Resulta que al apoyarla en el suelo el transportín se ha desplazado y ahora roza una de las varillas con la rueda trasera. Me paro a solucionar el problema y el resto sigue para adelante. Tardo bastante y empleo mucho sudor en resolver el problema pues tengo que quitar las alforjas para descubrir exactamente qué está ocurriendo. Finalmente puedo continuar sin más ruidos ni roces y tras unas revueltas encuentro a mis colegas parados en el arcén. Primer puerto, primer dolor, primera pájara. Cosas de la carretera, ¿qué le vamos a hacer?



La barbarie


La barbarie II

Recuperamos unos minutos y unos metros más adelante se acaba el puerto y llegamos a una casa en la que hay unos comensales bastante mayores pero que disfrutan como críos de una mesa muy buen puesta con sombra y cerveza. Eso sí que son vacaciones. Interrumpimos el festín y pedimos agua que nos ofrecen con simpatía. Ya más repuestos pero con un calor intensísimo llegamos a un pueblo pequeñito: Bisiano.

En una fuente que hay junto a la carretera nos lavamos dando un espectáculo lamentable. Menos mal que todo el mundo está encerrado en las casas por la canícula y ninguna retina registra las penosas imágenes que estamos ofreciendo. Hay cerca un techado y unas mesas que aprovechamos para pasar las horas centrales del día y descansar degustando nuestro manjar favorito: anacardos. Más abajo vemos la piscina de un cámping pero está cerrada así que nos quedamos con las ganas.

Segundo sector: Bisiano – Petreto Bichisiano (27 kms)

Tras la siesta, aunque todavía sigue haciendo un calor insoportable, como vemos en el mapa que la carretera pierde muchos metros nos animamos a continuar. Descendemos muy veloces hacia Calzola por un bosque mediterráneo espléndidamente conservado y por una carretera sinuosa que pone a prueba nuestros frenos. En una bifurcación paramos a comprobar el mapa y conocemos a Aix Martínez de Bernie que tiene familia en Alquerías. ¡Qué pequeño que es el mundo que hasta en las montañas de Córcega nos encontramos a un murciano!

Seguimos tirando para abajo mientras el freno de Javi chirría como un gorrino a punto de ser degollado y curva tras curva llegamos al eje del valle y a la confluencia con el río principal. A partir de aquí la carretera llanea junto al río a la sombra de álamos, sauces y chopos dirigiéndonos hacia Poniente. Nuestras sombras cada vez son más alargadas; llevamos ya muchas horas de pedaleo pero vamos animados porque el amigo Aix nos ha comentado que cuando crucemos el río nos vamos a encontrar unas pozas de ensueño.



A la sombra de la encina

Efectivamente. En un viaducto de dimensiones enormes para la carretera vemos a ambos extremos de la carretera muchos coches aparcados, señal inequívoca de que algo bueno hay cerca. Nos asomamos por la barandilla y abajo escuchamos los gritos de la gente que disfruta tirándose desde las piedras a un curso de agua cristalina. ¡Menudo poceo! Rápidamente amarramos las bicis a una encina con los candados barateros del decathlon, nos quitamos la armadura y bajamos por una senda entre vegetación hacia la orilla del río. Allí, junto a los pilares del puente, nos cambiamos y nos zambullimos… menuda gloria de sitio. Al menda se le olvida el bañador y lo hace en cueros. Para salir de la poza está complicado porque la roca resbala y no hay accesos fáciles. Como he sido el primero en tirarme también soy el primero en salir y la peña se parte de risa viéndome resbalar y agarrarme con las manos a las grietas más finas. Es entonces cuando se forja la leyenda de Smèagol. Es lo que tiene ser calvo y flaco.


Poceo estupendo

Sixto el intrépido descubre río abajo otras zonas magníficas para el baño. En vez descender a pata nos lanzamos río abajo por la corriente entre enormes bloques de roca. No os acerquéis a las rocas decía la profecía… así que todos por el centro del río muy precavidos para no rajarnos las piernas: queda mucho viaje y no es plan de abrirnos la rodilla en estas historias.



Alguien estaba haciendo la colada río arriba...

Después del baño cuesta mucho enfundarse otra vez los culotes y ponerse a dar pedales pero no hay más remedio. A partir de aquí nos quedan unos 6 kilómetros de subida hasta nuestro destino. Nos los tomamos con calma porque es el primer día y porque ya llevamos mucha bici en el cuerpo. Menos mal que la cuesta se porta y es muy gradual, casi siempre con la misma pendiente — no más de un 3% o 4%. Nos ponemos en fila y cada vez vamos apretando más — no lo podemos evitar, es que somos la pera — hasta que llegamos sudados y desfondados a la iglesia de Petreto. Buscamos cámping primero, hostal después y nada de nada. Finalmente hablamos con los vecinos y nos indican la posibilidad de dormir en la explanada que hay frente a la iglesia, junto a las tumbas. Bueno, pues para allá que nos vamos. Plantamos la tienda bajo un nogal y yo preparo mi aislante en la puerta de la iglesia, justo donde se tira el arroz en las bodas.

Arreglada la logística del sueño buscamos algún sitio donde lavarnos. Vemos un lugareño regando los baladres de su jardín con una manguera y se la pedimos prestada. El hombre se enrolla y nos indica un sitio donde quitarnos la mugre y el sudor: es una pilastra de piedra que ocultará el espectáculo a los ciudadanos que relajadamente se toman una cerveza al otro lado de la calle. Pues nada, dicho y hecho. Estrenamos la combinación jabón Magno más agua con resultados excelentes para nuestra piel — luego nos daremos cuenta de que pica pica… quizás es demasiado limpio para nosotros. Tras la barbarie, nos ponemos guapos y salimos a cenar. Elegimos un restaurante con una pinta estupenda y una dueña de aúpa. Algunos — omitiré los nombres por discreción — se enamoran de ella y otros, sin embargo, discrepan de sus encantos. Se establece un encarnizado debate sobre las bondades y dones de la señora hasta que vienen las viandas. A partir de entonces, se hace el silencio.


Sin pudor ninguno...

Si esto no es de cárcel..,

Muy satisfechos con la cena y repuestos de la dura jornada nos encaminamos a nuestros sacos. Bajo un cielo estrellado y teniendo como cabecera los escalones de la puerta principal de la iglesia concilio el sueño. Mañana nos espera una nueva jornada.

Primer Sector: Petreto Bichisiano – Quenza (37 kilómetros).

Nos levantamos con ánimo; es necesaria esta disposición porque la jornada comienza cuesta arriba con el Col de Saint Eustache. Unos 12 kilómetros muy mantenidos a un 5% o 6% que nos van a desentumecer por completo. Así que tras el desayuno de rigor y de disfrutar — visualmente — otra vez de los encantos de nuestra señora nos embutimos en los culotes y avanzamos lentamente entre las casas de Petreto que se despliegan ladera arriba a lo largo de dos o tres kilómetros. Pensamos que si dejan el correo abajo, los vecinos de arriba lo llevan crudo pues hay un desnivel en el pueblo de casi 200 metros, similar a Trevélez, por ejemplo.


Baladre y coche antiguo

Saliendo de Petreto Bichisiano

El Col es muy bonito: carretera perfecta, pendiente mantenida y constante, encinas, alcornoques y robles. Algunos helechos en zonas húmedas. Pequeños recintos donde los puercos retozan ajenos a su dramático final cuando entren las nieves. Como Sixto está aclimatando tenemos tiempo para carpear hasta la saciedad. Fotos desde diversas perspectivas, fotos a los gorrinos, fotos a las bicicletas, fotos al horizonte. Llegamos al final del puerto y nos encontramos con un chiringuito que nos dice: venid a mí… Pues nada, ¿para qué resistirse? Apalancamos las bicis y las galletas entran mojadas con refrescos y nos dan un impulso adicional para llegar hasta Quenza que es nuestro final de etapa para mediodía.


Subiendo el Col de Saint Eustache

Premio en lo más alto

El descenso hacia Aullène, localidad previa a Quenza, es espectacular. Hemos ganado vistas hacia el Levante del espinazo de montañas que divide la zona sur de la isla en dos. Hacia el ENE se aprecian las agujas de Bavella, impresionantes gendarmes de granito que se recortan en la albura de este cielo de verano. Eso es en lontananza, porque bajo nuestros pies se despliega un hermosísimo valle plagado de castaños, sauces, alisos, fresnos y una vegetación más típica de los bosques atlánticos que de esta tierra mediterránea.


Las agujas de Bavella

Cuando llevamos unos kilómetros vemos que Aullène está al otro lado del valle pero a mayor altura de la que estamos. Vaya, vaya… seguimos descendiendo hasta atravesar el río en un puente de piedra con unos árboles impresionantes que nos protegen del sol durísimo que ya está pegando — es casi mediodía. Remontamos unos kilómetros más y arribamos al pueblo que me recuerda a algunos del Pirineo aragonés y navarro por las casas de piedra, por sus flores en las ventanas y por las sábanas tendidas entre los árboles… En Aulléne somos conscientes de que todavía nos queda un poquito hasta Quenza por lo que comemos algo para recuperar fuerzas. Nos acercamos a una fuente y nos sentamos en el típico banco de los abueletes. Me inflo a pipas y Sixto sigue su particular duelo con la bolsa de los frutos secos locos que nos acompaña desde la Junquera. ¿Hasta cuándo va a durar este hartazón de gominolas y pasas de colores?


Vegetación de ribera

Entrando en Aullène

¿Para dónde vamos?

Mi vicio más sencillo: comer pipas

Para llegar a Quenza descendemos para atravesar otro valle (¿existen los llanos en esta isla?). Cruzamos un puente con atisbos de poceo que no nos podemos permitir — porque la jornada se prevé larga y dura — y subimos un par de kilómetros hasta el pueblo. Quenza es un lugar delicioso con una plaza enorme que tiene vistas hacia el Levante y el Sur. Bajo un fresno descomunal nos cambiamos y comemos. Nos recostamos con pereza en la hierba y dejamos que pase el tiempo: éste transcurre con fluidez pese a las hormigas y la difícil digestión de la comida que hemos comprado en Comestibles la Amargada.

Entre tanto, Sixto el aclimatando, Sixto el poceo pese a todo quiere bañarse en unas pozas que están algunos kilómetros más adelante. Nosotros no entendemos la postura pero la respetamos y paso a explicarme mejor: no la entendemos porque iba ajustando los esfuerzos por la dureza y longitud de la etapa y entonces, ahora justo que podemos descansar tranquilos, va el tío y quiere irse en medio de la siesta a pedalear buscando las pozas de las que no tenemos conocimiento. Pero bueno, aceptamos la decisión porque una de las máximas del viaje es respetar el encabronamiento de cada uno. Así pues, quedamos con él en que lo recogemos en las pozas de la carretera; quedamos en que esté atento para cuando pasemos y que será aproximadamente a las cinco de la tarde. Las cosas claras.

Segundo sector: Quenza – Porto Vecchio (47 kilómetros)

Terminamos la siesta, recogemos con pereza, nos montamos en las bicis y empezamos a notar que el callo del culo cada vez está más sensible y eso que sólo llevamos dos días. De Quenza salimos cuesta abajo en descenso vertiginoso hacia el río. Comenzamos a ver coches en los márgenes y a intuir que estamos en zona de poceo. Aminoramos velocidad y llegamos al río. Buscamos con la mirada y Sixto no está. Buscamos durante varios minutos, buscamos río arriba y río abajo y nada de nada… Tras unos minutos de deliberación e incertidumbre decidimos que, quizás, hay otras pozas más adelante — no habíamos visto otras más atrás por lo que esa posibilidad está cerrada — y que habrá que ir a buscar allí. Seguimos pues y hacemos algún que otro kilómetro; no vemos más pozas, sino que la carretera comienza a remontar hacia Zonza. Malo, malo. Si subimos y nos apartamos del río es que ya no quedan pozas. Deliberamos sobre la situación y nos planteamos la posibilidad — harto improbable — de que Sixto se haya adelantado previendo que nosotros vamos más rápidos y que nos está esperando en Zonza.

Finalmente, llegamos a Zonza y, evidentemente, Sixto no está allí. ¿Qué hacemos? Este es uno de los primeros momentos importantes del viaje en los que se va a tomar una decisión, quizás, drástica… Esperamos durante algunos minutos; intentamos contactar con el móvil: el suyo nos sale apagado o fuera de cobertura; nos miramos desconcertados. Dejamos que siga pasando el tiempo pero no pasa nada… algo habrá que hacer porque nos quedan muchos kilómetros y el sol va cayendo.

Miguel y yo lo tenemos claro: seguimos para adelante. Ya llegará al destino final de la jornada como sea. No queremos volver a bajar los kilómetros que hay hasta el río para buscarlo entre las pozas. Y entonces, en esta situación tan complicada, se escucha música de película americana y surge la figura del héroe: Javi desmonta sus alforjas lanzándose sin vacilar para buscar a la oveja descarriada. Miguel y yo nos entretenemos carpeando y pasa una media hora hasta que aparecen los dos resoplando por la cuesta. El tío se había metido por un camino semiperdido y se había despreocupado de nuestro paso hasta el punto de tener el móvil apagado… total que Javi lo había encontrado en la carretera cuando se olía lo peor. Las palabras que se pronunciaron entre ellos no podemos reproducirlas en esta crónica por respeto a los lectores de fina sensibilidad.


Rampas del Col de L'Ospedale

De nuevo juntos, nos adentramos en una zona de alta montaña, en un paisaje granítico de pinos y bolos redondeados que el sol vespertino adorna de un matiz cálido y dorado. En las crestas más altas se amontonan las nubes que una brisa de Levante arrastra desde el mar y empezamos a sentirnos en uno de los momentos mágicos del viaje: carretera espléndida, luz cálida, sensaciones de fuerza en el pedaleo, temperatura ideal, paisaje de ensueño… Es como el anuncio de un coche de lujo pero vivido de verdad en unas máquinas que funcionan empujadas por nuestro esfuerzo. Así, todo se va conjugando y armonizando y nos hace detenernos en diferentes recodos del camino para hacer fotos, apreciar la geología sorprendente de estos parajes o, simplemente, escuchar el sonido del viento colarse entre los resquicios que dejan los pinos.


Paisaje granítico y luz de atardecer

Justo antes de culminar el Col

Descenso hacia Porto Vecchio

Y es que ya cada vez nos queda menos para coronar el mítico puerto de L’Ospedale. Como lo estamos afrontando desde el interior apenas nos supone esfuerzo alcanzar la cima. En el descenso apreciamos la verdadera magnitud del Col que nos traemos entre pedales: hay que apretar mucho freno para no salirse en las curvas cerradas. Muy al fondo se aprecia Porto Vecchio y su bahía bañada por los últimos rayos de sol, sol que se va ocultando a nuestras espaldas tras las moles de granito por las que hemos transitado. Curva, recurva, curva, recurva… y bajada, bajada, bajada. Nos abrigamos porque el descenso es largo y rápido y hacemos más de 15 kilómetros en menos de 20 minutos. En estas, antes de entrar al puerto, vemos un cámping y no nos lo pensamos. Plantamos tienda. Ducha. Cena en el restaurante. Descanso. Jornada épica, sí señor. Y todos juntos: sin pérdidas humanas ni calentones irremediables.

Primer sector: Porto Vecchio – Bonifacio (27 kms).


Recogiendo las cosas del cámping

¿Tenéis por ahí un imán? pregunta uno de los nuestros agachado a cuatro patas, con las manos llenas de grasa y el sudor goteando el enlosado. La gente que hace turismo por Porto Vecchio nos mira con curiosidad mientras Javi y Miguel se parten de risa y servidor se tiende boca arriba para descansar y ver las nubes pasar. ¿Un imán para qué? Resulta que el suelo está formado por unas teselas rectangulares y cuyas juntas son del orden de unos milímetros. Habíamos decidido antes de partir dar una vuelta por la zona más turística de Porto Vecchio. Fotos entre maceteros, ante edificios antiguos de corte defensivo y militar y, junto a una de las torres de vigilancia, al dejar las bicis, pues a Sixto se le cae una tuerca de su transportín justamente en el exiguo hueco que había entre dos losas.


En Porto Vecchio

Hay un problema de estadística que tiene que ver con esta situación. En la aguja de Buffon se estudia la probabilidad de que una aguja se cuele por unas rendijas de un determinado tamaño. No sé mucho de esta disciplina pero creo que hay pocas posibilidades de que la tuerca se cuele por donde se ha colado. El caso es que utilizando unas agarraderas de plástico Sixto con su adiestrada mano en largas jornadas de laboratorio recupera la tuerca. Menos mal… y, de repente, vuelve a caérsele y a colarse otra vez en la rendija. En ese momento ya no nos queda otra que reirnos. ¿Para qué no tomarlo de otra forma? Creo que Buffon se está removiendo en su tumba cuando ha quedado refutada su teoría de que era imposible colar la aguja dos veces consecutivas en una rendija de ese tamaño. Finalmente tras un buen rato, tras muchas nubes que pasan por el cielo, la tuerca vuelve a ser recuperada y salimos de Porto Vecchio hacia bunifachu que es como se pronuncia aquí o al menos eso entendemos nosotros.



¿Dónde está la tuerca?

La carretera es una nacional con un tráfico intenso y continuo. Es primero de mes y ésta comunica dos de las ciudades más importantes de la isla. Menos mal que hay un pequeño arcén de menos de medio metro por el que avanzamos procurando no colarnos en el carril de los coches. No resulta esto sencillo cuando además sopla un viento lateral del carajo que nos obliga a agacharnos sobre el manillar y a apretar fuerte los puños.

Vamos haciendo relevos y superando las largas rectas que nos van acercando al extremo sur de la isla. Llegamos así a Bonifacio tras una bajada breve y, antes de meternos en el puerto y la ciudadela, nos tomamos un refresco en una gasolinera y resolvemos una holgura en el eje del pedalier de Sixto que, probablemente, nos habría supuesto un serio problema de no detectarla a tiempo. Hace mucho calor y nos acercamos a un súper para comprar la comida. No nos dan bolsas de plástico y nos apañamos con unas cajas de cartón que hemos visto en la puerta del súper. Metemos las viandas en dos bandejas de cartón y las colocamos encima de las alforjas atadas con los pulpos. Vamos a buscar un sitio para comer en la ciudadela. Todos tenemos en mente algún lugar bonito con una fuente para refrescarnos y limpiarnos. Imposible, porque Bonifacio es turística 100% y todo está pensado para aumentar la cuenta de resultados de los que allí tienen los chiringuitos.

Nada que objetar, aunque todo está claro por nuestra parte: a nosotros no nos pillan más en estas zonas tan bárbaras, nosotros queremos ambientes más solitarios, aislados y aburridos. Al final encontramos el frontón municipal que nos da sombra y cobijo. En unos escalones nos dejamos caer mientras unos críos están dando balonazos en la pared. La pelota hace un ruido infernal que reverbera en las paredes enfoscadas de yeso. Estos rapaces nos van a dar la comida pensamos. Sale ahora una expedición para buscar agua: picamos billete en un chiringuito y compramos varias botellas. ¿Qué se le va a hacer? Finalmente nos reventamos a comer: pan, queso, embutido, tomate, patatas, chocolate, fruta… No nos privamos de nada.



El frontón de Bonifacio

Tras la comida, Sixto se va por ahí a hacer fotos y a buscar un baño. El muchacho no está bien de la cabeza y es que este viento le vuelve loco a uno en cuanto menos se da cuenta. Y está claro que es por el viento. Miguel, Javi y yo sesteamos con los aislantes y como el crío del balón todavía sigue dando por culo me salgo a un banco de madera que hay bajo un árbol. El banco es doble y al otro lado está sentada una pareja de adultos bastante pudientes con camisas claras y limpias que huelen muy bien. Nada que ver conmigo: la visión de mis uñas llenas de grasa los espanta a los cinco minutos. Nadie me molestará más durante la siesta. Creo que parecemos muertos de hambre destinados a vivir de las subvenciones del Estado. Los turistas nos sacan fotos, detalle que a mí, en mi intenso sopor, me pasa inadvertido.

Cuando el sol ha declinado algo nos levantamos para dar un paseo por los acantilados. Merece la pena contemplar el azul mediterráneo desde estas atalayas margosas y blanquecinas, promontorios de caprichosas formas y angosturas redondeadas donde el mar penetra formando remansos de paz verde. Los yates de la gente bien atracan en las calas y sus tripulantes se dejan ver en las cubiertas, disfrutando de la brisa y de un entorno incomparablemente hermoso. A lo lejos, al Sur, se vislumbra la costa de Cerdeña. Entre nosotros y ella, un brazo de mar de varias millas que oculta una reserva natural de gran importancia en la que es posible avistar las siempre apreciadísimas ballenas.



Calas y yates


Mirando hacia Cerdeña


Las defensas corsas

Carpeamos en las murallas de la fortaleza, con el sol de cara, con el sol de espaldas, mirando al mar, en el reflejo de las gafas de sol, sentados en los cañones… Paseamos tranquilamente y dejamos que la tarde discurra porque sabemos que el segundo sector es relajado y con pocos kilómetros. Definitivamente hoy es un día de transición que nos está viniendo de perlas. Pero hay que partir porque no hay enemigo pequeño.

Segundo sector: Bonifacio – Caldarello (26 kms)

Salimos de bunifachu cuesta arriba resoplando y es que vamos cansados. Es nuestro tercer día y el cuerpo, en lugar de hacerse al esfuerzo, cada vez está más castigado. Lo bueno es que el viento ya no sopla tan fuerte y en la carretera hay mucho menos tráfico. Seguimos la nacional ahora hacia el Oeste en continuo sube y baja. Nos hemos quitado los maillots para lograr uno de los objetivos del viaje: cuerpos morenos y sin rayas de albañil — hay gente que ya va por la cuarta, como las paletas de los pintores que te dan a elegir en una gradación desde el blanco tubo fluorescente hasta el negro requemón.



Saliendo de Bonifacio

En ocasiones, el mar se adentra haciendo cuña en la costa y la carretera lo salva con un puente. En uno de éstos nos paramos para echar fotos y observar el vuelo de los que hacen sky-surf y parapente en el agua. De todos modos, no queremos demorarnos porque no tenemos muy claro dónde vamos a dormir así que continuamos hacia un pueblecito que se llama Caldarello donde sabemos que hay un cámping.

Para encontrarlo abandonamos la nacional y tomamos un camino vecinal que desciende algunos kilómetros hasta la misma costa. El cámping es bonito, apartado y muy tranquilo. Aquí vamos a dormir bien pensamos. Como todavía no es de noche y tenemos tiempo decidimos bajar a la playa para bañarnos. Miguel y yo quitamos las alforjas para ir más cómodos y nos damos un remojón buenísimo en una playa solitaria con la luz de poniente. Estamos que nos salimos.



Volvemos para la ducha y la cena. En el restaurante, mientras cenamos, vemos que preparan un escenario. Resulta que esta noche va a haber verbena o algo así. De repente, se presenta una pareja de tíos, uno con guitarra y el otro con piano, y nos desgranan todo su repertorio de canción corsa y sentimiento nacionalista. Para enmarcar el griterío de Corsicaaaaaa!!!!» y las lágrimas del público.

El caso es que, al principio, nos hacía gracia el tío y el organillo — faltaba la cabra — pero nuestra tienda está plantada a escasos metros del escenario y nos tenemos que chupar todo el concierto hasta las tantas. Y nosotros que buscábamos un cámping tranquilo.

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Primer sector: Caldarello – Sartene (38 kms)

La atmósfera anda inquieta y no para de removerse. En un sector que esperábamos llano y llevadero lo que nos encontramos es con varias subidas sorpresivas que hace la carretera para vencer las lenguas montañosas que descienden hacia el mar y con un viento en contra que tiene trazas de vendaval.



Javi y Sixto en acción

Vamos haciendo relevos pero nos separamos en dos grupos. En cabeza ando con Miguel mientras que Javi que, como ya comenté, es el héroe de estos tiempos, acompaña a Sixto, nuestro querido Doctor Chain-Change que cambia en 10 metros 10 veces de corona. Justo en la subida más dura nos reagrupamos para echar algunas fotos y subir juntos por unas recurvas de infarto con vistas preciosas hacia el mar y calas solitarias.



La costa sur de Córcega

En un momento dado la carretera hace un quiebro hacia el Norte y abandona defitivamente el mar para introducirse en el interior de la isla. Vamos rumbo hacia Sartène por la N196 atravesando laderas con castaños y arces. Después de algunas subidas más — de las que no teníamos constancia hasta que fueron superadas con dolor — llegamos a Sartène muy desfondados.





Siesta

Una vez que nos levantamos nos tomamos un cafetito en la zona vieja del pueblo y disfrutamos de una arquitectura muy típica y antigua salpicada de hortensias y lirios. Algunas fotos más y planteamos el segundo sector que va a ser de aúpa, sobre todo si tenemos en cuenta que el tramo mañanero se nos ha pegado más de lo que esperábamos.



Café au lait

Segundo sector: Sartène – Aullène (34 kms)

Comprendemos que este viaje tiene su sentido por la montaña, por el interior, por los puertos, por las carreteras solitarias, por las rampas interminables, por los pueblos con encanto y sin masificación, por las piaras de cerdos en mitad de la carretera, por los lugareños que nos ven pasar con ojos altivos y sin mostrar sorpresa alguna.

Y todo esto lo comprendemos cuando de nuevo afrontamos un sector de montaña que nos va a devolver hacia el interior de la isla y nos aleja de las carreteras nacionales y el ruido del turismo de coche y playa. De Sartène descendemos raudos por la nacional buscando el cruce con la departamental 69. ¡Qué desastre! ¡Perdemos más de 300 metros en un santiamén y luego habrá que volver a recuperarlos! En fin… cosas de la geografía.

Hemos echado cuentas y tenemos 23 kilómetros de subida y un desnivel próximo a los 800 metros. No es mucha pendiente pero con lo cuerpos que traemos, el peso y la mañana que se ha pegado, pues ya me diréis… Lo único a favor que tenemos es el viento que ahora sopla menos fuerte porque estamos más resguardados por las montañas y que además lo llevamos de espaldas.

Encontramos el cruce con la D268 y ahí nos separamos del eje fluvial para remontar por la ladera oriental de una sierra enorme. Luego descubriremos que esta cadena montañosa es la que vencimos hace dos días cuando superarmos el paso de St. Eustache. Por ahora, nos limitamos a pedalear muy suaves, molinillo, pim-pam, pim-pam, pim-pam, y poco a poco.



En pleno esfuerzo

Los kilómetros van cayendo lentamente y la carretera está super disfrutona. Curvas, curvas, viaductos, pueblecitos, caseríos, la luz inclinada en los castaños… y cada vez más altura, cada vez más perspectiva, cada vez más panorámicas que nos descubren un enclave magnífico y muy singular: el de esta Córcega montañosa y austera.

Sixto coge su propio ritmo y nos quedamos los que hemos machacado mucho esta primavera para llegar óptimos a este viaje. Apretamos y apretamos porque lo llevamos en la sangre y nos vamos desfondando, pero nadie abre el tarro de la cera y se respeta al compañero. En un murete que protege la carretera del precipicio tomamos algunas fotos. Los rostros lo dicen todo: la cosa no está para bromas.



¿Cuánto falta?

Seguimos con la kilometrada y muy esperanzados de cerrar la etapa pronto y con luz. El cuentakilómetros no nos ayuda mucho porque no tenemos bien medidas las distancias así que todo son estimaciones algo gruesas que siembran incertidumbre. Transitamos ahora con más prudencia porque puede quedar todavía lo peor; además el sol se está metiendo, hace frío e incluso nos hemos abrigado. Bastante más abajo Sixto está recibiendo la tarjeta de visita de Monsieur Maço y negocia con él las condiciones de la pájara: si lo deja tirado, si sólo le da un susto, si le permite avanzar hasta un poquito más, etc.

Cuando casi se ha metido el sol estamos reventados, sobre todo mentalmente, porque pensábamos que esto debía haber terminado ya mucho antes. A mí me da un calentón y arreo solo buscando Aullène. Después de un par de kilómetros echándolo todo llego al pueblo y espero a Javi y Miguel apoyado en un falso arce. Me recogen y llegamos a la fuente donde hace dos días me reventé de pipas. Propongo que me esperen y busco un sitio para dormir en cama: hace frío y estamos muy necesitados de mimos y cosas buenas. La tienda no se va a desplegar esta noche. Eso seguro.

En el Hotel de la Poste nos dan dos habitaciones muy cucas. Miguel y yo nos duchamos mientras Javi espera a Sixto a la entrada del pueblo. Luego bajo yo a relevar a Javi y finalmente llega Sixto con la minutada en el cuerpo. Es casi de noche y unas nubes bajas se han estancado en los montañas a unos 1200 metros. Y el frío sigue aumentando.



Atardecer en Aullène

La cena es magnífica. Tras el postre se nos acerca el dueño del Hotel, un abuelete de unos 70 años que bautizamos como conde Mácula y que nos invita a unos chupitos de licor local. Todos se lo toman menos yo que, subrepticiamente, arrojo el líquido a un florero. ¡Joder, si es que esto es alcohol puro y yo quiero ahora un cola-cao con galletas! Se acuña entonces uno de los índices más importantes del viaje: el grado de maculeo. Este hotel alcanza un maculeo 7 de 10. Por el momento, no creemos que existan lugares con índices más altos, pero la experiencia de este viaje dictará sentencia.

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Primer sector: Aullène – Zicavo (27 kms)



Cuando atravesamos el col de la Vacca comprendemos el ambiente que se puede vivir en una etapa de alta montaña de las grandes vueltas. Lluvia fina, niebla densa e impenetrable, pendientes esforzadas, alfalto bacheado, curvas de vértigo, etc. A falta de público y dorsales, está todo lo necesario para que nos confundan con los profesionales del Giro en la subida a la Marmolada.

Pero antes de llegar hasta este punto épico de la etapa hay que recordar que hemos pasado nuestra primera noche en cama. Hemos compartido habitación Miguel y yo mientras que Sixto ha desplegado todo su repertorio sonoro para Javi — pero éste llevaba tapones, así que no tiene mérito. El desayuno lo hemos hecho mirando de reojo para la ventana. Si la noche antes ya veíamos el cielo cerrado, esta mañana la cosa estaba todavía más negra: nubes estancadas a 1000 metros y fresquito para esta época del año.



Así salimos de Aullène por una carretera solitaria entre castaños monumentales y piaras de cerdos rebeldes que se echaban al monte cuando nos veían aparecer con las bicis. Al menos, la carretera llaneaba y eso empezaba a resultarnos insólito después de cuatro días pedaleando. A los pocos kilómetros ya comenzó a picar para arriba y las primeras gotas finas nos obligaron a sacar los plásticos.

El col nos parece bastante sostenido y no demasiado largo. Claro, que eso lo digo porque estábamos empezando a acostumbrarnos a los puertos de más de 20 kilómetros y éste rondaba los 15. Aún así, la gente, sea porque no quería mojarse mucho, sea porque se encontraba con ganas, no se ha cortado ni un pelo… y conforme se ponía la cuesta más empiná, más se apretaba para hacer más daño. Si se trataba de explorar nuestro lado sado, creo que era suficiente con decirlo a las claras y no andarnos simulando estar hechos polvo. Sólo cuando se escuchó el pop del tarro de cera al ser destapado vimos de forma meridiana que iba a haber sangre. Y la ha habido. Vaya que sí.



No tengo muy claro como ha sido la cosa pero todo el mundo ha probado a todo el mundo… Bueno, todos no, que yo me he mantenido a la expectativa. El caso es que apretando, apretando, al final nos hemos quedado Javi y yo. Y él ha seguido tensando y poniendo la subida más asfixiante hasta que al final le he dado el relevo y terminamos por pasar la pancarta de puerto de montaña entre jirones de niebla, viento fuerte y lluvia horizontal, envueltos en ese ambiente de Giro que ya he adelantado. Ni siquiera esperamos al resto. ¿Para qué? ¿Con este frío? Así pues, tiramos para abajo y, como caída del cielo, aparece una casa con un cartel semiescondido que avisa: aubèrge. Las puertas del paraíso abiertas. Es dejar las bicis y caer la de Cristo en Judá: una manta de agua impresionante y el viento aullando en las laderas desiertas. Bueno, empiezo a tener fe en voluntades supremas.







En el albergue tomamos un chocolate y hacemos tiempo hasta que la tormenta amaina. Cuando vemos una ventanita de luz tiramos otra vez puerto abajo con la idea clara de que, a menor altura, mejor clima. Estamos en lo cierto, aunque también es montarnos en la bici y comenzar otra vez las nubes a descargar. Un frío intenso nos acompaña hasta nuestra entrada en Zicavo, precioso pueblo de montaña con iglesias de torres agudas y limpias. En el primer bar que encontramos dejamos las bicis, nos desnudamos, colgamos nuestras ropas en un cobertizo para que se sequen y nos disponemos a almorzar. Ya es hora de tener un poquito de placer en este día.



Segundo sector: Zicavo – Ghisoni (40 kms).

Tras la comida sigue lloviendo. Apoyados en el quicio de la puerta vemos las nubes entrar desde el mar por el fondo del valle, remontar las laderas de las montañas y enmarañarse con los robles y casataños hasta quedar enganchadas en las puntiagudas copas de los pinos y abetos de las alturas donde descargan con fuerza.



Pasan un par de horas y hay que tomar una decisión. Seguir o no seguir. De nuevo, lo que parece ser una ventanita de buen tiempo nos anima para ponernos los culotes mojados y los maillots húmedos. Salimos de Zicavo para afrontar el segundo col de la jornada, la Bocca Verde que remonta hasta los 1289 metros y que nos introduce en la zona más agreste y elevada de la isla.

La carretera avanza de nuevo entre corrales donde los cerdos campan a sus anchas y la exuberante vegetación se descuelga sobre ésta formando un paraguas natural que nos protege de la lluvia que vuelve a comenzar. De repente, las finas gotas se transforman en aguacero. Me detengo a ponerme el plástico y éstos, que ya lo llevaban enfundado, siguen para adelante sin importarles el chaparrón. La cosa cada vez se pone más fea, los truenos anuncian más madera y valoro la posibilidad de meterme bajo una encina al borde del camino. Esta posibilidad se vuelve realidad conforme compruebo que la situación es absurda, así que busco un sitio apañado y me siento en una piedra a esperar a que la cosa pierda dramatismo. Las hojas coriáceas del árbol mediterráneo por excelencia me protegen de la tormenta hasta el punto de que llego a amodorrarme con la cabeza en las rodillas.

Van pasando los minutos y sigue el cielo desplomándose sobre el centro de Córcega. Pienso que mis colegas habrán optado por refugiarse al igual que yo. Luego me confirmarán que optaron por el dolor máximo, que iban calientes dándose cera y que no les importó la lluvia en absoluto. Claro, Sixto el toro euskaldún, el becerro de Mondragón, el martillo de Lesaka, está acostumbrado a estas inclemencias y tiró del pelotón para arriba. El resto, que ve la posibilidad de desbancarme del liderato y de abrir brecha, también aprieta y no le importa acabar hasta con el perineo arrugado por la lluvia.

Finalmente, aunque la lluvia no cesa, sí disminuye la intensidad y opto por salir a la plaza a lidiar el toro. Avanzo tranquilo, buscando meterme bajo las copas de los alcornoques y robles. Los pocos coches que transitan me miran con incredulidad y compasión. La rueda delantera levanta el agua de la carretera y me llueve por todos lados. Asumo que hoy esto va acuático y que cuanto antes esté calado, antes dejaré de andarme con remilgos y empezaré a darle más fuerte para cerrar la subida.

Cuando voy a mitad de puerto el cielo se abre definitivamente. El valle mira al SW y los rayos del sol poniente se cuelan entre los jirones de nubes. La luz post-tormenta siempre es hermosa y se cuela entre las coníferas y los helechos. Estamos ya muy arriba y el reino de los caducifolios quedó atrás. Sólo algunas hayas compiten con los enormes pinos silvestres y abetos de estas alturas.



La pendiente va remitiendo y la carretera se introduce en un bosque espesísimo. Entre las copas adivino las soberbias cumbres que estamos atravesando en este col que separa el departamento Haute Corse del vecino Corse du Sud. Lástima que llevo prisa porque se está haciendo de noche y es que, si no, sacaría la cámara más veces para intentar atrapar esta luz oblicua que reverbera en las rocas húmedas y lame las nubes enganchadas en las cimas.

Por fin llego al puerto y ni rastro de mis compañeros. Normal, éstos van a por la minutada. Me abrigo muy bien con una primera capa seca y me pongo al 100% concentrado en el descenso que es vertiginoso y con cierto peligro por el fuerte viento que sopla del Noroeste y que antes no advertíamos por estar a sotavento. Esta zona me recuerda mucho al Pirineo catalán de perfiles graníticos, agujas imposibles y lagos diamantinos. Disfruto una barbaridad de esta bajada a mi ritmo y en solitario.

El descenso da para unos 15 kilómetros. Con sorpresa me encuentro un cruce donde señalan una estación de esquí y es que tienen de todo en esta isla. Tras algunas curvas más nos reunimos todos en un lavadero previo a Ghisoni. Me cuentan que no han parado ni un momento, que subieron dándose cera y que Sixto está cogiendo buenas sensaciones hasta el punto de disputar el puerto en cabeza. Vaya vaya… a esta gente les doy un metro y me rematan; habrá que estar más atentos en las próximas etapas.

En Ghisoni, pueblo aislado de montaña donde los haya, con una salida natural al mar hacia oriente por un valle de profundidad insondable que culmina en Alèria, nos alojamos en el Hotel Kyriè. Inconcebible con este tiempo meternos en tiendas e historias así. Si el día de ayer pensábamos que era imposible superar el grado de maculeo al que nos vimos sometidos en Aullène, aquí alcanzamos el récord: la realidad siempre te va superando.

Y el récord consistió en que nos recibe en persona el verdadero conde Mácula, vestido todo de negro, con su medallón de oro y su pelo engominado hacia atrás. Todo sonriente, todo amable y dándonos la mano, con cordialidad exquisita y hospitalidad sospechosa. El hotel Kyriè parece sacado de los Tatras o los Cárpatos. Revestido de moqueta, cortinajes y telas que esconden maderas posiblemente carcomidas y donde vive todo el muestrario de artrópodos y coleópteros que uno pueda imaginar. Telarañas en las camas, escorpiones en las paredes (literal), habitaciones con ducha y retrete incorporado donde incorporado significa: retrete junto a la cama, como puede estarlo la mesilla y donde perfectamente podrías apoyar tu libro de cabecera. Hemingway y el papel del wáter juntos.

Con este panorama, en condiciones normales habríamos salido huyendo — bueno, algunos, no todos. Pero no estaban los cuerpos para evasiones, así que aceptamos nuestro nuevo entorno y procedimos a ducharnos en el exiguo espacio de 0,25 metros cuadrados (0,5m x 0’5m) que nos dejaba la mampara mugrienta y de difícil encaje. Tras la ducha incluso me atreví y me afeité la cabeza como muestra de buena voluntad para que, si el conde Mácula estimaba a bien comernos esa misma noche, no se atragantara con mi voluptuosa cabellera.

Después de la cena vino el maculeo de rigor. Vino a sentarse con nosotros para charlar un rato. ¿Para dónde vais? Estáis locos. etc. Todo en un italiano perfectamente comprensible que cada vez acentuaba más nuestra impresión de que esta isla bien puede ser administrativamente un pedazo de Francia pero su corazón, su carácter y sus gentes son transalpinas 100%.



En la cena también nos dimos por vencidos en nuestro ánimo por chisparnos a base de cerveza. Las pietras corsas estaban a 4 euros y la cerveza más barata era la Kronenburg a 3 euros la lata. En nuestro rodrigorratear diario no estaba previsto este dispendio alcohólico así que obviamos la cogorza y nos centramos en las menestras que las vampiresas del Mácula nos habían preparado con esmero: se trataba de nutrirnos bien para que luego a ellas también les cundiera con nuestra sangre.

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Ghisoni – Corte (41 kms)

Mácula había hecho incursiones en las aldeas de los alrededores y estaba saciado de sangre de doncella por lo que nos permitió partir a la mañana siguiente sin habernos tocado un pelo — o fue eso, o fue nuestra olor. Tras un desayuno espléndido con el típico croissant francés vamos al almacén donde guarda los féretros y donde la tarde antes habíamos dejado las bicis.


Despertar en el Hotel Mácula. Obsérvese la toalla famosa del C.T. Cieza
Esta mañana hace un sol delicioso y no se advierte viento en las cumbres. Algunos cúmulos en las alturas nos indican que la borrasca ya pasó y que ahora sólo quedan estos restos en forma de nubes blancas y definidas que viajan con parsimonia muy, muy arriba.

Hemos estudiado la etapa y somos conscientes de que es bastante dura. De hecho, estamos realmente cansados y la sensación al subir a la bicicleta es la de supervivencia: subir a molinillo y, como el lema de nuestro equipo dice, volcar antes que atrancar. De salida comienza ya la cuesta; vamos a afrontar la Bocca di Sorba, el puerto más alto de nuestro periplo corso con más de 1300 metros de altura.

El hecho es que la longitud del puerto es poca cosa — unos 12 kms — por lo que los más 800 metros de desnivel estarán repartidos en fuertes pendientes. Hoy toca dolor extremo: si ayer fue un temporal, hoy son cuestones del 10%.

Como vamos avisados avanzamos muy despacio. Molinillo hasta el kilómetro 5 donde la gente ya calienta sus músculos y, como las sensaciones son distintas en cada uno, pues los ritmos también empiezan a diferenciarse. El caso es que me quedo solo pedaleando a 9 kms/h; detrás Javi está a unos metros que a su vez distancia a Sixto el renacido. El toro euskaldún cada día se va encontrando más fino e intenta dar un golpe de mano en esta etapa. Miguel no está recuperado de la noche intensa de vigilancia que hemos compartido en la habitación y cierra el grupo.



Imágenes de Tour

El puerto es precioso y reparte muy bien el desnivel. Así da gusto. Vamos a atravesar el espinazo de montañas desde E a W ganando vistas al valle principal por el que discurre la única vía de comunicación Norte-Sur de la isla y que une Ajaccio con Bastia. En la subida vemos casas de labor y de pastores y en algunas puertas los ancianos degustan el sol de la mañana. Los saludamos cuando pasamos y ellos responden de forma cortés y tranquila. Aquí se debe llegar a vivir muchos años.





Venaco

Tras el puerto descendemos hacia Corte, villa histórica enclavada de forma estratégica en el centro geográfico de la isla y protegida por enormes montañas. Apreciamos a poniente la salida de las Gorges de la Restonica, un valle muy agudo y accidentado con unas gargantas impresionantes. Para entrar hay una pequeña carretera que asciende por pendientes superiores al 10%. Lamentablemente, el valle es un cul de sac y no permite salida por lo que no entra en nuestros planes y es que vamos muy cansados para hacer cuestas adicionales a las que ya llevamos en el cuerpo.


Superando el Col de l'addition, lo llamamos así porque era el martillo, la implacable factura que debíamos pagar por haber subido tan picados la Bocca di Sorba sin medir nuestras fuerzas. Este puerto hizo tanto daño que, por primera vez en muchos días, empezamos a replantearnos nuestra distribución de las etapas y que, quizás, era necesario recortar algo para garantizar el éxito global.

En Corte pasamos de los supermercados y buscamos directamente un restaurante donde saciar nuestra hambre. Vamos famélicos y muy en el límite, con la aguja al rojo y el dolor anal al máximo: no hay natusán que pueda calmar este ardor. Encontramos un bar que parece de copas pero donde nos preparan pizzas y pasta. Recuperamos la vida por momentos aunque realmente estamos desfondados. Se impone la cordura y, tras una pequeña deliberación, coincidimos en que hoy no pasamos de Corte, en que vamos a descansar esta tarde visitando la ciudad y durmiendo en un cámping cercano. El Sanedrín ha deliberado y su veredicto es inapelable. Hay gente que respira aliviada como si su sentencia a muerte hubiera sido condonada; hay gente que no podría haber soportado una pedalada más.


Poceo en Corte

El cámping de Corte es muy animado — léase, mucho turismo de género femenino. Se aprecia que es una ciudad muy visitada por la su historia y por la Naturaleza de los alrededores. Además es una de las etapas más significadas del GR corso y coincidimos con muchísimos senderistas. En el cámping — con un cartel que da la bienvenida en todos los idiomas — hay una montonera de vascos que apenas nos hacen caso y que nos comentan que su subida al Rotondo fue frustrada por el mal tiempo de los últimos días. Ellos hicieron el intento cuando nosotros pasábamos por la bocca Verde entre el vendaval y la tormenta. Suponemos que han venido a este cámping porque el Ongi Etorri campea en la entrada y, además, hoy es el día del nacionalismo corso. Algunos de ellos pensarán: los pueblos oprimidos, al menos, sí que están unidos.


Casco viejo de Corte


Fortaleza y pantalón tailandés

Tras montar la tienda optamos por siesteo y poceo. Hay un río precioso que serpentea entre cantos rodados y cuyas aguas sólo cata el atrevido Sixto y su piel endurecida en el Cantábrico. Después de la ducha, hacemos un paseo muy romántico entre las casas antiguas y semiderruidas de Corte. Además ascendemos hasta el castillo y nos hacemos muchas fotos que para eso tenemos tiempo de sobra. La cena se hace de rogar con un camarero muy saturado y explotado por sus jefes, pero disfrutamos de una velada entrañable al aire libre y en un ambiente mosquitero — por los focos — de ensueño. Todo muy hermoso.

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Corte – Calacuccia (41 kms)

El replanteamiento de ayer acerca de la longitud de las etapas nos hace variar nuestros planes. Miguel y yo tenemos claro que un objetivo irrenunciable es intentar la subida al Cinto, así que necesitamos acortar el recorrido para poder estar en el ferry de vuelta con garantías. Finalmente, renunciamos a hacer la costa noroeste — la visita a les Calanches — basándonos en que se trata de una carretera de costa con mucho tráfico y ya hemos tenido malas experiencias en ese sentido. Llegaremos a nuestro ferry por el interior y tras haber intentado la ascensión al Cinto. Esa es nuestra decisión.


Recogiendo en Corte

La salida de Corte es una san gimignanada total. Hacemos casi un kilómetro de cuesta por nacional cuando deberíamos haber optado por una carretera local que acorta considerablemente nuestro recorrido. Volvemos encabronados para tomar, ahora sí, el buen camino. Para colmo, se trata de un nuevo puerto de rampas bastante blandas pero que nos hacen daño y es que, tal y como llevamos los cuerpos, hasta la más leve inclinación es un Tourmalet para nosotros.

Descendemos hasta el valle del río Golo y tomamos la carretera principal que asciende por dicho valle hacia Calacuccia. Estamos atravesando la Scala di Santa Regina, un desfiladero impresionante que se adentra en el núcleo montañoso de la isla bajo las imponentes moles del Rotondo y el Cinto. Paramos a coger agua en una fuente donde hay muchas velas e imágenes religiosas. Seguimos hacia arriba y, de nuevo, cada uno va tomando su ritmo. El cielo amenaza tormenta y voy acelerando hasta quedarme solo. Miro para atrás y mis compañeros siguen bien pero… ¿qué demonios es eso? Agudizo mi vista y veo que vienen detrás de nosotros un grupo de cicloturistas con bicis de paseo. Además los cabrones nos han visto y aprietan para pillarnos. Esto empieza a gustarme cada vez más.

El grupo que nos alcanza son italianos y abueletes. ¡Pero cómo suben los vejestorios! El más fuerte de ellos se pone a mi altura y yo bajo coronas para seguirle. Al final nos vamos dando cera hasta que, casi sin darme cuenta, llegamos al embalse y al pueblo de Calacuccia. Fin de la etapa por hoy. Me despido del espaguetti y me siento en una piedra a esperar a los compañeros. Hace frío y tengo que abrigarme bien. Los más de 800 metros de altura se notan y además hay visos de que va a caer una buena: nubes como coliflores se levantan de forma brusca tras las montañas al sur y el fuerte viento presagia que la tierra y el cielo quieren descargar sus energías para liberarse de la tensión acumulada.


La lluvia contemplada

Finalmente nos reunimos todos justo cuando empiezan a caer unas gotas como pedrolos. Tiramos esprintando a la búsqueda de un lugar donde comer y, tras alguna vacilación, llegamos a un bareto con un porche muy apañado donde dejamos las bicis para pedir unos bocadillos. En el porche nos cambiamos y ponemos secos para, a continuación, disfrutar de los rayos y la lluvia a buen resguardo y con el estómago satisfecho.

Va pasando la tarde y no deja de llover. Los abuelos de Calacuccia se dedican a jugar a las cartas fumando y bebiendo mientras nosotros debatimos nuestro futuro. Finalmente deja de llover y se abre el cielo para dejar paso a una tarde fría y soleada. Buscamos un sitio donde dormir y encontramos el que será nuestro último maculeo del viaje. El Hotel des Touristes es bastante encantador y nos ofrece una triple (para Miguel, Javi y yo) y una individual para Sixto, oriundo de Sonora.

Disfrutamos de los últimos rayos de sol visitando la iglesia y el cementerio y acabamos cenando en un restaurante bastante pijo donde me permito el lujo de tomarme unos profiteroles out of pozo. Mañana celebraremos, ojalá, el Cinto en este mismo lugar.


Cachondeo en el cementerio

Hablamos con el Mácula de rigor y nos advierte que el Cinto está estos días muy peligroso, que hace un tiempo muy inestable y que murieron hace unos días unos turistas en la arista final a causa de un rayo. El jefe nos dice muy serios que, si antes de la una no estamos en la cima, que nos bajemos. Como somos prudentes totales pero también queremos hacer la montaña optamos por pegarnos el madrugón de Getsemaní: a las cinco en pie para estar andando a las seis. Compramos las viandas esta misma tarde y nos retiramos a dormir.

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Ascensión al Monte Cinto

Suenan temprano los móviles para estar listos a las 6h. El desayuno en las camas del hotel, muy nutritivo y chocolatero, como se corresponde con una jornada que se prevé maratoniana y marcada por la tralla que llevamos de los días previos y lo que queda mañana. Todavía es de noche y avanzamos resueltos por el callejero de Calacuccia; pasamos cerca de la iglesia y ascendemos por un camino carretero que pronto se convierte en senda. Vamos siguiendo unos carteles de madera que, supuestamente, nos llevan al Cinto (2707 metros, aprox. 2000 metros de desnivel). Pronto comprendemos que aquél que los puso iba ciego de orujo de estos montes y que su criterio era más incoherente que el de un mandril atosigado por una manada de lobos.


Madrugón

Total, que empieza la jornada con una san gimignanada a pie, dando vueltas como tontos para ascender a la vecina localidad de Lozzi que se advierte ladera arriba relativamente cerca. En Lozzi ya no hay apenas confusión porque hemos comprado un buen mapa y el camino está muy despejado de vegetación y obstáculos.

Esta primera parte de la ascensión es muy aburrida y monótona, todo el tiempo por carril hasta llegar a un refugio abandonado en estado deplorable. Algunos de los expedicionarios están fastidiados por la salsa picante de la cena y se retiran para buscar alivio entre los matojos. Descansamos y pronto dejamos el carril para ascender por una senda con bastante inclinación. El Cinto lo tenemos todo el tiempo delante nuestro, muy visible y lejano. Es una pirámide granítica que me recuerda al Almanzor y que, como éste, tiene una arista final con pinta de ser jodida y peligrosa en condiciones de tormenta. Un escalofrío me recorre el cuerpo cuando pienso en la posibilidad de que los rayos nos sorprendan en altura. Ya veremos…



Primeros pasos en la subida

Después de un repecho agotador descendemos hasta llegar a un segundo refugio en mejores condiciones y donde ha dormido gente esta noche. A partir de aquí, se trata de remontar un riachuelo hacia la laguna que está sobre los 2300 metros. La subida no es fácil porque hay mucha vegetación de porte arbustivo, los hitos son escasos y hay frecuentes repisas por donde es preciso trepar para ganar el siguiente nivel. Nos cruzamos con otros grupos que suben y bajan, aunque por la equipación y por la hora, pensamos que no vienen de — o van a — la cumbre, sino del — o al— lago.


Cerca del lago

Antes del mediodía llegamos a la laguna y contemplamos los primeros neveros. Es muy parecido al típico y bello ibón del Pirineo aragonés con aguas cristalinas y orillas empinadas que conforman un caos de bloques cúbicos de difícil tránsito. En este punto paramos a almorzar y se escuchan los primeros truenos a lo lejos. El caso es que aquí tenemos sol y las nubes que han evolucionado no están precisamente en este macizo así que todavía no ando intranquilo. No obstante, y para maximizar las posibilidades de éxito, optamos por salir escopetados hacia la cumbre.


Azul

Ascendemos por un canchal empinadísimo cuando, de repente, comienzan a caernos algunas gotas y el viento cada vez es más fuerte. Javi y Sixto optan por descender mientras que Miguel y yo decidimos aguantar un poquito más. Estimo que todavía no estamos en la arista y que el terreno que llevamos hecho nos ofrece una fácil y rápida salida en caso de que la cosa vaya a peor. Seguimos pues y pacto con Miguel que cuando nos asomemos a la arista hacemos una valoración y, si sigue el tiempo así, nos volvemos.

Tras un rato subiendo la senda, en lugar de ir acercándose ésta a la divisoria y ganar vistas al otro lado de la montaña, se mantiene a media ladera bajo los escarpados gendarmes que conforman la arista principal. Aquí nos sentimos resguardados porque, en caso de tormenta eléctrica, la teoría dice que los rayos tienen querencia por las zonas más agudas y afiladas. Además, hay una posibilidad rápida de descenso por senda con lo que continuamos.

Finalmente el cielo nos da una tregua y se abre un claro que da paso al sol. Este regalo inesperado todavía nos impulsa a subir con más convicción y vamos ganándole metros a la montaña. La senda desemboca finalmente en la arista y ahora sí, aquí sí que sería un marrón que se metieran nubes, lluvia y tormenta, porque empiezan a haber trepadas y es necesario tener visibilidad para intuir por donde discurre la ruta con mayor antelación.


Panorámica

Rodeados por horizontes con nubes pero con el sol sobre nuestras cabezas llegamos a una torre que nos parece el final de la subida. Nos preguntamos: ¿estamos ya? Andamos dubitativos hasta que una ráfaga de viento despeja la cumbre que se encuentra…¡un kilómetro más allá! Nos miramos un poco desconcertados. Llegar hasta la cima nos puede suponer como poco una media hora. Y luego queda la vuelta y el día está muy jodido. Si nos arriesgamos, quizás tengamos que pasar por estos sitios delicados con mal tiempo y mucha prisa, y eso no es nada bueno.

Pero claro, ¿quién es el que recula a menos de media hora de la cima con lo que nos ha costado llegar hasta aquí y con el sol luciendo sobre nuestras cabezas? En los macizos vecinos vemos romper las tormentas y sabemos que, tarde o temprano, una de ellas vendrá hacia acá… La duda nos tiene atrapados hasta que vemos llegar a una pareja de checos. Nos dicen que la cima está cerca — unos 20 minutos — y finalmente nos lanzamos a la aventura.


Nubes de tormenta. A la izquierda descarga una de ellas

Tras unos pasos interminables roca arriba, roca abajo, llegamos por fin a la cumbre. Una sencilla cruz de madera y un buzón metálico son los testigos de nuestra ascensión. Dos fotos rápidas y salimos corriendo. Cuando llegamos al torreón donde antes creíamos haber hecho cumbre rompe a llover de forma estrepitosa. Menos mal que la zona delicada la hemos dejado atrás y, aunque ya voy hecho una sopa y muerto de frío, no me importa porque avanzamos por la senda, fuera de la arista y con el lago azul a nuestros pies, a unos pocos metros de distancia.


En la cima

El descenso por el riachuelo se hace agónico y muy peligroso. La lluvia lo pone todo hecho una pista de patinaje y los resbalones son frecuentes. En ocasiones tenemos que destrepar a cuatro patas por sitios cuyo paso es obvio en condiciones normales. Llegamos así al refugio decente donde varias personas se disponen a pasar la noche. Nos secamos algo, tomamos chocolate y proseguimos el descenso.

El alpargatazo por la pista hasta Lozzi se hace interminable. Miguel va despacio y se queda atrás. Yo tengo unas ganas locas por terminar y atajo por cualquier curva. En Lozzi opto por tomar la carretera hacia Calacuccia y me evito la san gimignanada del amanecer. Son más kilómetros pero hay seguridad de llegar bien. Me pongo en el asfalto, libero mi mente y procuro quedarme con todos los colores del valle. El tiempo tormentoso ha dado paso a un atardecer tranquilo y muy limpio. Lo mismo que ayer.

Cuando tengo Calacuccia cerca un coche me pita y se para. Miro dentro y está Miguel que ha hecho dedo y lo han cogido. No voy a ser yo aquí el pringao que se chupa toda la carretera así que también subo y nos reunimos con Javi y Sixto que están en el hotel curándose de sus heridas. Una imagen que lo describe todo es nuestra bajada por las escaleras en busca de la cena: en lugar de andar parecíamos reptiles apoyados en la barandilla. Los cuadríceps, mármol de carrara, apenas podían sostener nuestros cuerpos. Mucho dolor. Mucho cansancio. Mucho, mucho.

La cena en el restaurante pijo nos supo a gloria. Volvimos después a nuestros aposentos. Íbamos callados, íbamos satisfechos. En nuestro fuero interno éramos conscientes de que la jornada había sido épica.

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Calacuccia – Isula Rossa



Preparados para la última etapa

Después de la bajada por la D84 enlazamos con la N1197. En Ponte-Leccia compramos medicamentos para doparnos porque no somos profesionales y así alcanzar la meta con menos dolor. Para no soportar tanto tráfico y ahorrar kilómetros nos desviamos por la N197 hacia Belgodère asumiendo que debíamos sobrepasar un puerto de 500 metros de desnivel. Era nuestra particular forma de despedirnos de la isla: sigue haciéndonos más daño, por favor.

La última subida merece ser relatada porque tuvo un personaje crucial: Sixto. El pelotón, ya lo he comentado antes, iba muy castigado y la etapa, esta vez sí, por fin, estaba planteada como una supervivencia, una colaboración estrecha y un apoyo incondicional de todos para todos con objeto de llegar al destino con el mínimo dolor posible. Pero estaba visto que no, que Sixto quería dar la campanada, que Sixto deseaba recuperarse de sus minutadas escandalosas atribuídas a una pretemporada plagada de irregularidades y malos vicios. Total, que cuando empieza el último puerto, el tío baja piñones y se planta en solitario en las rampas más duras.

Incrédulos nos vamos mirando mientras vemos como se escapa poco a poco. Javi está jodido de la espalda, Miguel va fundido de rodillas y yo… pues yo, que también soy un picaceras no puedo permitir este arrebato final, este arreón último que me puede costar el podio, así que me pongo las pilas y cojo al to euskaldún. En las últimas rampas del puerto, una vez asegurado el maillot, rompo la equidad y meto más hierro. La historia está narrada de sobra en las crónicas deportivas de la época y remito al lector interesado a que bucee en la bibliografía. No me extenderé más al respecto.


Último puerto

Y me duelen los riñones... que sudaron, tus cuestones

Un Masai en la isla

Con todo merecimiento

Por fin, culminamos el último puerto, nos reunimos y descendemos hacia Isula Rossa. Hacemos una parada en Belgodère para tomarnos un refresco y recorremos los últimos kilómetros de nacional junto al mar buscando el cámping. ¿Qué siento ahora que vamos a terminar este periplo por tierras corsas? ¿Qué se experimenta cuando has sometido a tu cuerpo a un esfuerzo tan intenso y brutal que eres capaz de percibir el mundo desde una óptica completamente renovada y distinta? No sabría responder muy bien a estas preguntas, sólo sé que al llegar junto al mar, al ver las olas y los colores tan limpios del mediterráneo y el horizonte, al sentir el sol poniente sobre mi rostro mientras recorría con deleite los últimos metros, me sentí redimido. Noté como el mismo mar me recibía, como las rompientes y sus espumas sugerían algo así como no tengas prisa, el mar te espera.

Y allí estaba el mar. Por fin.

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Epílogo [8 de Agosto de 2006]



En Isula Rossa tomamos el ferry de vuelta a Niza. Nuestros coches están esperando. La lona de plástico que le puse al mío para protegerlo del sol se ha ido a freir espárragos pero, al menos, no se los ha llevado la mafia turca para venderlos en Egipto. Desmontamos las bicis y nos organizamos en dos equipos. Miguel y yo en la Touran y Javi y Sixto en el Passat. No nos volvemos a ver hasta que llegamos a casa. El viaje sale rápido y los cuerpos, más que nada, están muy deseosos de regresar a sus coordenadas habituales.



Glosario corso (por orden de aparición en el texto)

Miguel.



Miguel, hombre decatlón, tuvo como mértio extraordinario llevar la BH Top Line a una jubilación dorada cuando otros ya habían desechado la bicicleta y estaban a punto de enviarla al desguace. Tras un preparación minuciosa y victorias destacadas en la temporada de primavera, notó en demasía el lado montañoso de la isla. Las etapas no tenían el perfil más adecuado para sus características de excepcional rodador. En la imagen, apreciamos su pañuelo al más puro estilo corso.



Javi.



Javi es el hombre polideportivo por excelencia. Dale un balón de fútbol y será un futbolista, dale una raqueta de tenis y será un tenista, dale unas zapatillas y será maratoniano, dale una bici y será ciclista. Es como el agua del anuncio de Bruce Lee pero en el mundo del Olimpismo. Para llegar en condiciones óptimas a este viaje hizo una preparación en las clásicas de primavera excepcional alternando el calendario de las grandes con sus compromisos como futbolero salvador de Los Anselmos C.F. En Córcega se adaptó perfectamente a las exigencias de la carrera. Los jueces todavía están intentando determinar si Sixto terminó superando sus marcas aunque tiene todo a su favor para que el toro euskaldún no le eche la pata encima — el jurado no puede olvidar su condición de héroe de la carrera.

El cronista.



Forjado en mil y una aventuras de esta índole y atravesando unos tiempos en los que se está de vuelta de todo el cronista de esta aventura se dejó llevar en las etapas y sólo atacó cuando su integridad se ponía en peligro. Lo pasó muy mal en determinados momentos pero se trataba de seguir aparentando que todo iba perfecto. Si sus compañeros hubieran sido conscientes de su debilidad no habrían dudado en soltar a los lobos. Las gafas de sol y su historial fueron la tapadera perfecta.

Sixto.



Fue el personaje del viaje, aclamado por unanimidad en los más diversos foros. Comenzó dubitativo, muy conservador debido a una pretemporada plagada de lesiones y contratiempos, así como un cambio de equipo que le llevó desde las frías tierras belgas en pos de una nueva oportunidad en el siempre competitivo ciclismo vasco. Con el paso de los días fue cogiendo forma, perdiendo kilos y poniendo en serios aprietos a la cabeza de carrera. Todo un ejemplo de superación.

San Gimignanear.

Acción de divagar y dar vueltas y rodeos buscando un destino cuya localización se muestra esquiva e imprecisa y que tiene como consecuencia un encabrone de tres pares de cojones. Se lee sanyimiñanear.

Out of pozo.

Denominación que reciben los pagos que no están sufragados por el pozo comunitario. Suele aplicarse a usos consuntivos suntuarios como profiteroles, cervezas y fármacos no permitidos por la actual legislación U.C.I.

Poceo.

Acción de bañarse en una poza de agua. También designa un lugar susceptible para la práctica de tan saludable actividad. Importante: no confundir este término con el fondo común o pozo comunitario destinado a sufragar los gastos del viaje.

Comestibles la Amargada.

Colmado que se encuentra en la localidad de Quenza regentado por una señora bigotuda de 50 años y al que es preferible acudir únicamente en situaciones de emergencia debido a la agresividad empleada por dicha señora a la hora de despachar la clientela.

Tarro de la Cera (abrir el).

Dícese de la acción que consiste en cambiar el modo compañero a modo competidor. Suele darse cuando uno de los que está en el pelotón se encuentra con fuerzas suficientes como para bajar un diente y poner a prueba al resto del grupo. En ocasiones esta acción se vuelve en contra de quien la protagoniza: el resto quizás estaba mucho más fuerte pero, por deferencia, mantenía un ritmo cómodo para hacer más llevadero el viaje.

Monsieur Maço .

Personaje legendario que aparece cuando alguien comienza a notar los efectos acumulativos del cansancio y las cuestas y apenas ya puede avanzar. Dice la leyenda que su aspecto es cambiante y ambiguo, aunque todos los testimonios coinciden en que lleva un mazo sobre los hombros cuando viene a reclamar su cuota de dolor y escarnio.

Grado de Maculeo.

1. Índice que mide la penetración en un hotel o posada del espíritu y las huestes del Conde Mácula, personaje legendario de las montañas más recónditas y oscuras que se transforma y manifiesta sobre todo en los ancianos que regentan estos locales. El Conde Mácula vive de la sangre de sus huéspedes y goza recibiéndoles, dándoles conversación y nutriéndoles de forma generosa para que luego, tales nutrientes, reviertan en su propio beneficio.

2. Índice que mide cuánto de cutre es una posada: suciedad, moquetas agujereadas, insectos entre las sábanas, telarañas en los rincones, suciedad amarilla en el baño, juntas colmatadas de mugre, etc.

Rodrigorratear .

Acción de gastar con mesura y previsión un presupuesto escaso. Proviene del nombre de un ministro de Economía cuya premisa fundamental en las decisiones de gobierno era precisamente la contención en el gasto.

Team Ollero.

Todos los ciclistas que han participado en esta aventura tienen ficha actual en el Team Ollero, escuadra ciclista patrocinada por una afamada marca de Jamones Serranos: «Jamones Ollero, famosos en el mundo entero». Otros integrantes del equipo y que, por motivos de calendario, no vinieron a esta carrera, son Iñaki Cano «la avista» y Alejo «Iván vaso de tubo».

Cagitaneo.

Dícese de la zona en la que la carretera tiene un perfil ondulado con cuestas leves. Según el grado de quemazón que se lleve puede ser una gloria o un continuo escarnio. El nombre proviene del Cagitán, territorio de llanos y estepas próximo a Cieza, cuyas carreteras se caracterizan precisamente por esta propiedad.

l’Addition.

Literal del francés: factura, cuenta. Cuando se llevan muchos días, muchos puertos, al final siempre acaba pasando factura el esfuerzo. Por ello, el puerto en el que rompes motor por dicho motivo suele denominarse de esta forma.