Cuando avanzas entre la niebla, con nieve y sin referencia alguna — no llevamos ni altímetro ni GPS — el tiempo pasa despacio. A mí me da por pensar en huevos fritos con patatas a lo pobre en esas situaciones tan blancas y homogéneas. Bueno, para que no digáis que soy muy primario debo confesar que también me acuerdo de las personas que son importantes para mí.

A las dos de la madrugada otra vez. Sin embargo, en esta ocasión nos ha tocado descansar en las literas. Las malas previsiones y el fuerte viento de ayer han disuadido a muchos de acercarse al refugio así que lo tenemos para nosotros y unos pocos más que han aguantado aquí arriba. Repetimos el ritual: casco, arnés, crampones, repasamos las mochilas, guantes, frontal, piolet, agarramos la barandilla para no resbalar nada más salir a la calle y al banco de madera a ponernos los pinchos.

Sopla menos, es verdad, pero sigue soplando. Ganamos la arista y comenzamos la subida. Hoy vamos más entonados, más descansados y mejor aclimatados. Hacemos las rampas duras que nos separan del Dôme de Gôuter y nos ponemos a los pies de la cabaña Vallot cuando las luces se inauguran en el este. Como hay muy poca visibilidad y sigue estando muy oscuro algunos proponemos entrar un rato al refugio metálico para comer algo rápido y hacer algo de tiempo para esperar la luz. Nos metemos todos en este lugar inhóspito y frío con tarima de plástico y algunos desperdicios y le tiramos al chocolate y a las galletas, así como al agua.



Otra vez la fría madrugada...

Manolo que está con ganas sale a ver cómo está el patio y se va para arriba. Nosotros aguantamos más en la cabaña a que se haga de día para afrontar la arista de los Bosses. Cuando nos asomamos vemos la cosa bien: viento fuerte pero asumible y muy poca visibilidad. Observad lo bajo que he puesto el listón pero es que de las tres veces que he estado aquí arriba las mejores condiciones han sido éstas. Nos tendremos que conformar pues con esta meteo.



Amanece por encima de Vallot y algo de visibilidad

La huella de la arista está claramente perfilada a sotavento. El que la abrió no era tonto. Aunque se avanza a media ladera y hay bastante pendiente nos encontramos con una buena trinchera por lo que apenas tenemos que preocuparnos de poner bien los pies en sus sitios y para arriba. Además el viento ahora apenas se nota y únicamente nos ponemos las pilas a tope cuando tenemos que cruzarnos con los primeros que ya descienden desde lo más alto. Buena señal.



Los últimos tramos en la arista de los Bosses

Cuando avanzas entre la niebla, con nieve y sin referencia alguna — no llevamos ni altímetro ni GPS — el tiempo pasa despacio. A mí me da por pensar en huevos fritos con patatas a lo pobre en esas situaciones tan blancas y homogéneas. Bueno, para que no digáis que soy muy primario debo confesar que también me acuerdo de las personas que son importantes para mí. Me concentro en detalles de situaciones ya vividas pero que son imborrables. Y así, viendo ese tipo de películas pasteleras, gano los últimos metros de los Bosses casi sin darme cuenta.



La cumbre

De mi letargo me despiertan los gritos de Manolo: to the summit, go to the summit! El menda ya estaba medio congelado esperándonos en la cima y ha recorrido parte de la arista para encontrarse con nosotros. Nos abrazamos, gritamos, chillamos, nos hacemos alguna foto que otra… Coincidimos en la cumbre con otras dos personas más y ellas son las que nos hacen la foto a los cinco.

Sin mucho más dispendio nos lanzamos raudos para descender de este gran pepino de 4800 y pico metros. Por delante nos quedan 2600 metros para abajo con los armarios y con un lugar delicado: el tramo de mixto bajo el refugio de Gôuter. Nada más comenzar la bajada nos encontramos con alguien del este de Europa que va solo y que, inexplicablemente, ha perdido su mochila en una grieta. Nos pide que le ayudemos así que Víctor monta una reunión y le asegura mientras el colega se cuela por la boca del lobo. Nos parece una situación surrealista, aquí arriba, en medio de este desierto blanco y esta ventisca, estar ayudando a un tipo con el que apenas podemos comunicarnos a rescatar una mochila de una grieta.



Juego de luces y sombras cerca del Dôme de Gôuter

Finalmente la recupera, nos da las gracias y nos ponemos otra vez en marcha porque nos estamos quedando pajaritos. A partir de Vallot levantamos el pie porque sale el sol y amaina el viento. Nos hacemos muchas fotos, nos tiramos en la nieve a descansar y hacemos la inmensa pala de nieve que separa el Dôme del refugio de Gôuter disfrutando de cada paso con las vistas de Chamonix al fondo del valle y la esbelta aguja de Bionassay a la izquierda.



El refugio Vallot desde el Dôme de Gôuter. Detrás se aprecia el fuerte viento que azota los Bosses

En Gôuter recuperamos sacos y comida, descansamos y comemos algo y acometemos el descenso por los cables en el tramo de mixto. Hay bastante gente subiendo desde el valle y tenemos que respetar a los grupos numerosos con sus guías no vaya a ser que les mandemos un pedrolo. Bernardo y Manolo se adelantan y yo me quedo con Víctor y Miguel que bajan en ensamble.

Cuando estamos a punto de llegar a la Bolera a Víctor se le cae el piolet por un precipicio. ¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos o intentamos bajar a por él? Como todavía queda bastante descenso y el piolet puede ser imprescindible probamos a recuperarlo. Para ello tenemos que montar un rápel en unas rocas y desde ahí Víctor desciende hasta que nos grita que lo ha encontrado. A continuación, lo aseguramos en su ascenso.



En descenso

Tras el incidente afrontamos el paso de la Bolera. Vuelve a ser mediodía, la montaña está de nuevo nerviosa y justo antes de cruzarla vemos caer una avalancha de nieve y piedras que arrasa todo el centro del corredor. No las tenemos todas con nosotros, porque puede caer más y porque la avalancha ha tapado la confortable huella que cruzaba al otro lado y ahora estamos obligados a abrir nosotros la nuestra.



Un serac que ya nos resulta familiar

Visto lo visto nos encordamos los tres y nos aseguramos al cable. Seremos bolos, quizás seamos golpeados, pero no caeremos. Cruzamos los tres en fila india mirando por el rabillo del ojo a la derecha, a la pendiente. No cae nada por ahora. Unos pasitos más, unos metros más, una punta del crampón que se engancha en el guetre sin consecuencias — menos mal — y alcanzamos el otro lado. Ahora, por fin, podemos respirar.



De vez en cuando apetece relajar la espalda

Prácticamente nos dejamos caer por el nevero y el glaciar de Tête Rousse hasta que alcanzamos a Manolo y Bernardo que nos esperan para coger el último tren en el Nido del Águila. Si lo perdemos nos toca noche toledana sin comida en cualquier agujero. Mejor apresurarse. Hacemos este último tramo corriendo, cogiéndonos las mochilas con las manos para que no nos revienten los hombros mientras que los mosquetones tintinean unos con otros.



Descenso de Gôuter: con cuidado por favor

Por suerte llegamos a tiempo. Ahora sí la felicidad es total. Dejamos los armarios en el suelo de madera del vagón. Nos recostamos contra los incómodos bancos de finas lamas y fijamos nuestra vista en el glaciar de Bionassay que desciende desde unas alturas ensombrecidas por las nubes. Tenemos tiempo de sobra para saborear nuestra pequeña victoria. Cada uno a su manera: unos con más efusividad y otros en silencio.



Saboreando el éxito en Chamonix

Pasa un buen rato y el trenecito ya está oculto en el bosque, en las proximidades de Saint Gervais. Ahora el sol del atardecer sí lame las laderas herbosas de este precioso valle alpino colándose por entre la espesura de las hayas. Me dejo llevar por la luz. Hace justo un año tomaba este tren con un sabor agridulce. Sin embargo, soy consciente de que el sol que iluminó aquella derrota es el mismo que ahora engalana esta victoria. Del mismo modo, soy consciente de que seguimos siendo los mismos que antaño, sólo que hogaño la montaña se ha dejado acariciar. ¿Quién sabe qué pasará la próxima vez?

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