Si te planteas recorrer un buen cacho de territorio tocando únicamente tierra con sendas centenarias en la Región de Murcia, estamos posiblemente ante la actividad idónea. En mi cabeza rondan siempre diversos proyectos, todos ellos ilusionantes a la par que delirantes y, en ocasiones puntuales, cristalizan y se hacen realidad. Os presento uno de ellos: enlazar el portal de nuestro hogar en Cieza con la cumbre de los Almeces en la Sierra de Ricote, cúspide que nítidamente distinguimos desde el salón de casa mientras comemos todos los días.


 


En la nómina entran Javi Penalva, Belén Martínez Morcillo, Ana Gual, Lourdes madre de dragones y servidor. Nos reunimos en la Gran Vía de Cieza a las 9 y echamos a andar cuesta abajo hacia el puente de la policía. La mañana esta fresca — que no fría — y nublada. Confiamos en que saldrá el sol y avanzamos a buen ritmo por la margen derecha del río Segura hacia la finca del Menjú, en el límite con Abarán. Los árboles de ribera exhiben la tonalidad amarilla y ocre de la estación y en los bancales arreglados están recogiendo las patatas. Conversamos y nos ponemos al día. Nos cruzamos con ciclistas y corredores y las casas de Abarán se recortan en el único parche de cielo azul tras las crestas de Bolvax.

Primeros pasos por la ribera del Segura en las proximidades de Cieza.

En la rambla de Benito, cerca de Abarán. Detrás se aprecia el Cabezo de Patrás.

Al doblar el Candelón se nos presenta el frontal de la Sierra de Ricote y las antenas de los Almeces muy arriba. ¿Hasta allá vamos? Por supuesto. Comenzamos a remontar los primeros metros del día por la carretera del Santuario de la Virgen del Oro y, tras un fuerte repecho, nos desviamos a la izquierda para descender al lecho de la rambla de Benito, profunda incisión entre Ricote y el Oro que drena todo el Campo de Ricote. Vamos sorteando el barro entre tarayales, algarrobos y oliveras de notable porte hasta el paraje de la Fuente de Benito. El agua baja limpia por un tobogán de roca viva salvando un estrechamiento de enorme interés geológico que define al norte las estribaciones meridionales de la Sierra del Oro y al sur el Cabezo de Patrás y los Cabezos Negros.

Aquí enlazamos con el camino de herradura que une la Casa Forestal de la Sierra del Oro con la de Cuesta Alta. La vereda, reventada por los smokers y descompuesta por la lluvia, serpentea primero por la umbría de los Cabezos Colorados. En el último collado volcamos a la Cuesta Alta, un paraje del Campo de Ricote donde han proliferado las segundas residencias y muchos extranjeros atraídos por el paisaje y la tranquilidad. Cruzamos la RM-B15 y remontamos hacia la Casa Forestal de la Cuesta Alta ganando muchos metros en poco tiempo. Hacemos un breve descanso con fruta y agua y nos adentramos en la senda del collado de la Madera, una autopista muy bien conservada que se ha hecho popular en los últimos tiempos.

La rambla del Benito se encañona en la fuente de Benito.

En los Cabezos Negros, con las antenas de los Almeces en el horizonte.

Una de las muchas revueltas de la senda de los madereros con las antenas en segundo plano.

Las vistas hacia poniente nos muestran el Cagitán en primer plano y un skyline de montañas en el noroeste que incluyen cumbres insignes como Mojantes, la Sagra y Revolcadores. El camino serpentea siempre con pendientes moderadas y va lamiendo las laderas de este sector norte de Ricote mostrándonos las cicatrices de los sucesivos incendios sufridos en la zona. En el collado de la Madera valoramos hacer la comida aunque preferimos descender hacia la vertiente del Ambroz para protegernos del viento. Nos zampamos el bocata mirando hacia la Piedra Lisa donde unos fanáticos están probando la adherencia y los desplomes en las vías de deportiva y continuamos sin digestión hacia el collado de Linuesa.

Fachada norte de los Almeces con la Piedra Lisa justo enfrente.

La felicidad de haber llegado a la cumbre.

Al tocar el asfalto de la cumbre nos perfilamos a la derecha por una senda entre yesos rojizos que remonta en fuerte pendiente hacia la Cueva del Gigante. Esta última parte la hacemos con la aguja al rojo y con las manos ateridas. Disfrutamos del lugar emboscado y cerrado por coscojas, lentiscos y jaras. Ponemos con cuidado los pies en el suelo repleto de rocas musgosas y sorteamos las ramas afiladas de los espinos. Finalmente, llegamos a la divisoria principal de la montaña. Las nubes cierran el horizonte pero nos permiten apreciar el vertiginoso despeñadero de la vertiente meridional de la montaña. Unos pasos más y alcanzamos el ramillete de antenas de la cumbre y el geodésico de los Almeces.

Nos abrazamos eufóricos en la cima, algunas fotos y rebusco el Moët Chandon que el día anterior escondí en una arqueta de desagüe en una bolsa con hielo. Celebramos la Navidad, el Año Nuevo y, en definitiva, la vida que nos permite seguir disfrutando de estas jornadas entre amigos y montañas. Como peaje por esta felicidad y pago de una apuesta, me tocará en el futuro hundir mi cabeza en un perol de ramen lleno de algas, escamas y raspas de besugo. ¿Habrá merecido la pena? Eso espero.


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José Antonio Pastor González


Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.

Todas ellas son el terreno de juego protagonista de esta web gracias a la cual disfruto por partida doble: primero subiendo las cumbres y luego relatando mi experiencia. Sed bienvenidos y gracias por vuestra visita.

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