Artículo aparecido en la revista Zurribulle en el número 5 de Diciembre de 2017. En él explicamos la primera vez que nos adentramos en la Sierra de Segura.

Nací en el llano entre bancales de ciruelos y chatos. Me salieron los dientes subiendo a las higueras y saltando con una cuerda por encima de las acequias. Sin embargo, mis ojos siempre miraban hacia la raya del horizonte donde un mundo de montañas se levantaba justo por donde se marchaba el sol.

Crecí subiendo sierras pequeñas al lado de casa. Me encaramaba por los cerros domésticos, dejaba marchar los días entre los espartos y los pinos y me apostaba vigilante para desentrañar todo el misterio que encierra el atardecer.

Y ahí seguía estando la raya del horizonte, las montañas grandes que me seguían llamando. Al terminar el instituto, un día del azul Septiembre, cogí un autobús que hacía la línea Jaén-Benidorm en el sentido correcto: hacia la sierra. En la Puebla me bajé del mismo y comencé a caminar por la carretera. En mis manos llevaba unos mapas antiguos del S.G.E. a escala 1:50.000.

“Es lo que tiene el camino hecho a pie: que es un elogio del tiempo y el espacio.”

La sinuosa comarcal me fue introduciendo en el mundo que siempre había anhelado conocer. En los hombros cargaba una vieja mochila con estructura de hierro y con todo lo necesario para salvar muchas jornadas. Una curva, otra curva y luego otra más. Más adelante, una recta casi infinita con el nombre sugerente de Nablanca. Vi allí mis primeros salgareños. (Jamás imaginé entonces que estaba frente a uno de los seres vivos que más habría de admirar.) Todas las imágenes se me iban grabando a modo de impronta. Es lo que tiene el camino hecho a pie: que es un elogio del tiempo y el espacio.

El bosque se hizo más espeso. Aparecieron árboles que jamás había contemplado. Un arce, un serbal, un roble. Más arriba, un cartelón: Puerto del Pinar 1600. A partir de entonces el paisaje se convirtió en todo pino. Enormes ejemplares de portentoso fuste y escamas blancas que nacían de las mismas rocas grises y verdosas. Más allá, la impresionante casa de la Vidriera. Y un poco más, entre las curvas, justo cuando el sol teñía de dorado las acículas y el lomo de las montañas, el caserío blanco de un pueblo en la ladera opuesta ya en penumbra.

La primavera todavía no ha llegado a la Cañada del Saucar

Me costó llegar hasta allí, lo confieso. Crucé el río, cambié de provincia y remonté las últimas cuestas hacia Santiago de la Espada. Junto a la gasolinera, en una intersección y detrás de los indicadores, eché el saco bajo una noguera. Se hizo de noche y las luces del pueblo y del cielo se encendieron. Mi cuerpo se venció sobre sí mismo y me enrosqué para recuperarlo de los casi 40 kilómetros de asfalto con el armario a las costillas.

“Me enamoré perdidamente del color de los chopos en contraste con el cielo azul cobalto.”

Al día siguiente continué caminando por la carretera hacia Pontones. En una curva cerrada me introduje por un carril entre la arboleda que me llevó hacia las zonas más altas. Me enamoré perdidamente del color de los chopos en contraste con el cielo azul cobalto. (Este sentimiento no deja de aflorar cuando visito la Hoya de la Albardía, o Cubero, o los Miravetes. Por supuesto, también cada vez que paso junto al chopo solitario de los Campos del Espino, el primero que refulge incandescente cuando pierde sus hojas.)

Conforme subía iban apareciendo nuevas sierras y horizontes. En lo alto de un promontorio, al que ascendí necesitado de claridad para poder seguir navegando entre el oleaje de rocas y pinos, fui capaz de dominar todos los puntos cardinales. Montañas y montañas a las que, por aquel entonces y por suerte, ni siquiera podía ponerles nombre. Todo era un cuaderno en blanco, una ladera de nieve virgen, un futuro lleno de promesas, un mundo repleto de oportunidades y aventuras para ser descubierto.

“Todo era un cuaderno en blanco, una ladera de nieve virgen, un futuro lleno de promesas, un mundo repleto de oportunidades y aventuras para ser descubierto.”

Continué caminando campo a través hasta que me topé con una pista forestal. Mi instinto me llevó a seguirla en bajada hacia el valle. Acantilados, poyos, despeñaderos, la caseta de Piedra Dionisia y los rotundos calares del Alto Segura contemplaban mi avance por Despiernacaballos. Al mediodía llegué a la Toba donde me bañé en el lavadero. Cayó la noche y dormí junto al puente.

En la Toba pregunté por los caminos. Eran muchos pero elegí el que subía hacia Marchena. Me introduje en el mismo y, en esforzada ascensión, fui ganando metros sobre la vertical del pueblo. Nunca podré olvidar la sensación de estar acompañando a los buitres en sus danzas helicoidales empujados por las térmicas. En el collado de Marchena me perfilé hacia el sur buscando la cumbre de las Buitreras. Allí había una hormigonera. En ese momento no entendí nada. Unos años más tarde descubrí un repetidor de televisión y, otros muchos después, unas antenas de telefonía.

Senda preciosa

Desde puerto Marchena me adentré en la umbría del Calar de las Pilillas por una venerable senda. Otro flechazo: el de los viejos caminos de piedra seca. Éste en concreto, a media ladera y sostenido a duras penas por los pinos y las hormas, era un mirador excepcional sobre el azul verdoso del embalse de Anchuricas. Encontré un cruce más adelante en forma de Y. Miré mi mapa del ejército. ¿Qué hacer? Me decidí por la izquierda.

“Acorralado como un jabalí, sediento y reventado de tanto caminar, pude salir a la carretera muy cerca del Parralejo.”

El camino ahora se definía en diagonal descendente buscando el extremo del pantano por debajo de la presa. En ocasiones estaba totalmente roto y debía vadear torrenteras de muchos metros de ancho. En la parte baja abundaban las zarzas y los espinos. Acorralado como un jabalí, sediento y reventado de tanto caminar, pude salir a la carretera muy cerca del Parralejo. Allí, una señora mayor me ofreció cenar en su casa en la misma mesa con su marido. Nunca olvidaré ese detalle y esa hospitalidad del serrano para con el extraño. Una actitud que siempre he vuelto a comprobar cuando he regresado.

Los siguientes días los empleé en llegar a Yeste como buenamente pude, aunque eso es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión. En el autobús de vuelta a casa, mientras me acercaba a Hellín, no paraba de recordar todas las imágenes que emitían destellos en mi memoria. Era plenamente consciente de que estaba perdido: la sierra de Segura me había atrapado. Para siempre.

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