La triste noticia consiste en lo siguiente: la Junta de Comunidades de Castilla—La Mancha ha iniciado las obras de construcción de una presa en plena Sierra de Alcaraz, a escasos kilómetros de Salobre (Albacete).


[Fotografías de Rafael Torralba Zapatero]

Hace unas tres semanas, justo antes de salir de viaje, un amigo de Albacete me envió un correo explicándome lo siguiente:

El motivo principal de comunicarme con vosotros es el exponeros una triste noticia para los que amamos la naturaleza en su estado puro, para los que pedaleamos, andamos, corremos y, en definitiva, disfrutamos con las posibilidades que nos ofrecen nuestras montañas y bosques siempre desde el más profundo respeto y ánimo de conservación.

La triste noticia consiste en lo siguiente: la Junta de Comunidades de Castilla—La Mancha ha iniciado las obras de construcción de una presa en plena Sierra de Alcaraz, a escasos kilómetros de Salobre (Albacete). La zona afectada, que es un lugar ideal para practicar senderismo, btt y donde incluso entrena la gente carreras a pie para participar en pruebas de montaña por todo el Levante, es una de las más espectaculares de esta sierra y de toda la provincia. Se encuentra localizada en la cara noroeste de las Almenaras que es la máxima cota de la Sierra de Alcaraz (1798m). El motivo de su construcción es atraer turismo en plan sol y playa a costa de cargarse el impresionante patrimonio natural de esa zona.

El tema va a ser denunciado a Europa. Espero que entre todos los que amamos las montañas paremos este despropósito.

Siento admitirlo de una forma un tanto resignada pero este tipo de aberraciones no son nuevas y menos en temas hidráulicos. Como últimos ejemplos podemos citar el embalse del Portillo en Castril, los sucesivos intentos por abrir el canal del Negratín en la misma zona, la triste e inútil presa de la Risca en Moratalla, etc.


Movimientos de tierra y desmontes para colocar uno de los estribos de la presa

La secuencia de los hechos siempre suele ser la misma: son proyectos que están dormidos y larvados. Fueron gestados por una mente preclara y astuta de alguna de las muchas grandes empresas dedicadas a la ingeniería civil que son aquellas que se llevan los mejores bocados del presupuesto público.

Los directivos, consejeros delegados y demás jerifaltes esperan agazapados el momento preciso para presentar el proyecto a los políticos de turno. Suelen ser muy inteligentes — para eso les pagan — y eligen con mucho cuidado la coyuntura más favorable para llamar a la puerta de los ayuntamientos, las consejerías y los ministerios.


Situación en el mapa del IGN de la presa

Estos políticos, sabedores de que siempre es posible disfrazar cualquier actuación con un manto de bondades, a su vez terminan anunciándolo a la sociedad aunque para ello ya han enhebrado previamente todos los hilos con vistas a no dejar ni un solo cabo suelto que deje entrever sus verdaderas intenciones.

Y es que esta gente es muy lista. Se saben los trámites, las intrincadas leyes de los contratos del sector público y conocen los infinitos vericuetos de la burocracia de modo que ya tienen en la recámara, por ejemplo, los técnicos de medio ambiente que les harán los estudios de impacto y que intentarán minimizar todos los riesgos — en realidad, si el técnico es serio esto tampoco es un problema ya que encuentran el resquicio para saltarse el dictamen a la torera.

Olvidarán las más elementales normas que exige el Principio de Precaución para estas actuaciones de dura ingeniería y dudosa rentabilidad. Elaborarán una memoria económica para el análisis coste—beneficio que siempre saldrá favorable. Escribirán un decálogo de medidas correctoras que a todos dejará satisfechos.

Finalmente, pese a las alegaciones bienintencionadas de las ONGs, las enmiendas de la ciudadanía, la pataleta triste e interesada de una oposición que también vendería a su padre si pudiera, la obra se llevará a término. Ganarán así sus dineros las empresas adjudicatarias, los amigos de los políticos y sus primos que pondrán la cuchara para quedarse con el IVA no facturado del hormigón. Además, está claro que el mismo político se irá a comer con el ingeniero jefe a un restaurante caro de la capital y, gracias a los medios de comunicación que los acunan, venderán al pueblo la necesidad ineludible de haber hecho las obras a la vez que se inflarán de votos en la próxima pantomima electoral. La única que pierde es, además de las arcas públicas que son de todos, la Naturaleza que somos todos.


Simulación del aspecto de la presa

Si queréis tener los detalles sobre el asunto os recomiendo que visitéis el artículo de Rafael Torralba Zapatero en la web de la Sociedad Albacetense de Ornitología. Interesante e ilustradora es asimismo la lectura de la memoria económica y ambiental del proyecto que está en la página del Ministerio de Medio Ambiente.

Os dejo con una reflexión de Francisco Javier Martínez Gil, catedrático de Hidrogeología, que escribió en uno de sus informes relativos al derogado PHN de la época Aznar. Este señor elaboró un dictamen que, per se, es una joya, una alegato de la ciencia frente a la cerrilidad, la estupidez y la manera burda e irresponsable de actuar en política. Frente a la manera prudente de pronunciarse de la ciencia, frente a la consideración de distintas hipótesis que expliquen lo que está pasando, frente al rigor y el compromiso de los científicos, este hombre hablaba de los políticos en los siguientes términos:

El político profesional, en cambio, suele ver los problemas sociales de otra manera, y en particular los del agua y el medio ambiente. Su actuación es más frívola, menos responsable, más para salir del paso. Suele carecer de visión de futuro. El futuro no le preocupa en exceso, porque piensa que es una cuestión de los que vengan detrás, y que en cierto modo la tecnología se encargará de resolver los problemas de cada momento. No piensa en las pérdidas irreversibles de valores. Su mirada se centra, en general, en la rentabilidad político/social inmediata de su acción, lo que pasa por conservar el poder como primera premisa.

El político se sabe persona de paso, y es consciente de que las reglas del juego le permiten equivocarse. Llegado el caso, sabe también que raramente se le van a pedir responsabilidades administrativas ni penales por sus decisiones precipitadas, erróneas o incluso perversas, siempre difíciles de demostrar aunque el sentido común así las interprete. La Justicia concede a la acción política una amplia permisividad de mal hacer, porque presupone que si se equivoca, la responsabilidad es de la sociedad por haber elegido a sus políticos, dado que sus acciones representan, teóricamente al menos, la voluntad soberana de la mayoría, aunque esa voluntad jamás haya sido auscultada ni le interese auscultarla.


Una panorámica del valle que se va a inundar

Yo creo que estos dos párrafos son de una claridad tan diáfana como aterradora. Explican perfectamente por qué se hacen las cosas en política. Y señoras y señores, ya no hay más. Ojalá me equivoque en mis predicciones y éste sea un caso en el que la razón, la ciencia y el sentido común se impongan a los intereses, la estulticia y la obcecación. Ojalá.

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