En fin, tengo una conexión bastante limitada y mi tiempo de permanencia en una misma localización apenas excede los tres días por lo que tengo complicado meterle mano al blog. Pero estas limitaciones técnicas y temporales no deben impedir que, de vez en cuando, entre aire fresco — más necesario que nunca, ¿verdad? — en estas montañas del sur. En esta ocasión se trata de algo que escribí hace mucho tras bajar de la Alcazaba. Son las sensaciones, el poso que te deja la luz cuando has compartido la cumbre con gente que te importa. Ahí va eso:

He estado algunos días en Sierra Nevada… El sábado por la tarde llegamos a una cima que se conoce como la Alcazaba. Es una montaña bellísima, vecina del rey Mulhacén — a ella la denominan la Reina — y que ascendimos desde la cubeta glacial de Siete Lagunas. Pasamos un rato en la cumbre mientras el sol iba inclinándose cada vez más… hacía bastante fresco y en el valle del Genil, hacia Granada, un mar de nubes lechoso delataba el calor del día…

Estando allá arriba, las cosas del mundo parecen bastante fútiles, muy accesorias y nada definitivas. Desde esa atalaya, única montaña femenina de Sierra Nevada, intuí que lo decisivo puede resumirse en bastantes pocas palabras, en unos gestos… quizás el abrazo que nos dimos al alcanzar la cima… o quizás el reflejo del sol poniente en unos rostros muy cansados, reventados pero felices de sentir el áspero roce, la dura corteza de esta vieja Madre que nos acoge, nos mima y acaba por hacernos creer que somos sus dueños. Atrevida ignorancia que nos impide reconocer que, simplemente, somos una ínfima partícula que está dentro de una minúscula roca, de un peñasco perdido en la ladera insondable de alguna montaña, montaña oculta en el entramado laberíntico de una cordillera muy, muy lejana.


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