Estar dentro de la tempestad, justo donde nace la vida, ahí mismo, viendo como la Atalaya y el resto de montañas desaparecía tras la cortina de agua; estar ahí, embebidos en el ritmo constante y el golpeteo de la lluvia en la roca brutalmente interrumpido por el rayo, asistiendo en primera fila a la más pura y violenta sinfonía de la naturaleza. Pues ahí estábamos, las paredes del estómago en resonancia y vibrando con el trueno, temblando de frío y con miedo, ajenos a la posibilidad de que la electricidad nos partiera en dos, y es que éramos críos… eso éramos.

Este Miércoles 16 de Diciembre a las 20 horas presentamos en Cieza, en el Museo Siyasa, el libro Cieza, Aventura Natural. Después de un año y medio de trabajo queremos dar las gracias a todos los que nos habéis acompañado en las salidas al campo así como a todas las personas que — de una ú otra forma — habéis aportado vuestro granito de arena para que el resultado final fuera el esperado. Estáis pues invitados a la presentación el próximo Miércoles y esperamos veros allí. Para completar esta entrada os ponemos la portada del libro — pincha sobre ella si quieres verla más grande — y la introducción del mismo. Saludos y que lo disfrutéis.

Javier Ríos Velasco
Miguel Gual Pérez-Templado
José Antonio Pastor González

Introducción del libro: Cieza, Aventura Natural

Cuando éramos críos hacíamos cosas de críos. No podemos olvidar aquel Septiembre cuando mi hermano nos llevó en una furgoneta hasta el puntal del Ripión, ese lugar donde el espinazo del Oro cae a plomo sobre las margas de la rambla del Cárcavo y ascendimos por la divisoria buscando completar — con un vivac en la cumbre — la travesía integral de la sierra del Oro. Al atardecer alcanzamos el vértice geodésico de esta significada montaña y empezó a gestarse la típica tormenta de verano. Arreciando por Levante se acercaban nubarrones cada vez más negros, enormes cúmulos cargados de humedad que se habrían formado en las costas de Argelia o en las proximidades de Palos. Algunos embarrancaban en la Pila o Ricote, pero otros se colaban por entre los resquicios de la Bética hasta llegar a nuestros pies, reptaban desde el valle del Segura y se engarzaban en el denso pinar convirtiendo, aunque sólo fuera por unas horas, la aridez habitual de estos lares en un paisaje atlántico, casi de la Macaronesia.



Viendo lo que se nos venía encima nos protegimos en un refugio de fortuna: la enorme bóveda del Peñón de Pérez que, además de salvarnos del remojón, nos iba a permitir contemplar el espectáculo de la lluvia desde las alturas. En cuclillas, talones juntos y espaldas contra la roca, asistimos al desenlace anunciado de los cielos. Tras un par de amagos, las térmicas confluyeron en la forma precisa y un primer y violento rayo abrió la espita por donde las nubes vaciaron su pesada carga que transportaban desde los océanos.

Estar dentro de la tempestad, justo donde nace la vida, ahí mismo, viendo como la Atalaya y el resto de montañas desaparecía tras la cortina de agua; estar ahí, embebidos en el ritmo constante y el golpeteo de la lluvia en la roca brutalmente interrumpido por el rayo, asistiendo en primera fila a la más pura y violenta sinfonía de la naturaleza. Pues ahí estábamos, las paredes del estómago en resonancia y vibrando con el trueno, temblando de frío y con miedo, ajenos a la posibilidad de que la electricidad nos partiera en dos, y es que éramos críos… eso éramos.


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Y porque éramos críos, precisamente por eso, recordamos tan bien esas horas; como cuando la noche cayó y los cielos se hicieron estables. Entonces las nubes se afinaron y amistosas, por fin, nos permitieron regresar junto al vértice, a la cumbre, para comernos el bocadillo contemplando las luces de Cieza enmarcadas por la reconocible arista del Castillo y la Atalaya.

Tras el vivac bajo los pinos vino el amanecer. Las nubes se habían aplastado contra los valles amoldándose a las caprichosas formas de las montañas y el Almorchón asomaba fiero sobre el mar algodonado. Mucho antes de que el sol saliera hicimos unas pocas fotos y recogimos nuestras cosas. Descendimos por la senda que lleva hasta el Madroñal y de ahí para casa, como siempre, atravesando el collado de la Atalaya. Y ya, con las vistas del pueblo muy próximo,contamos las curvas del zig-zag para, finalmente, sentir el balanceo del puente de Alambre mientras las campanas de la Asunción anunciaban algún oficio.

Aventuras así son indelebles, como también hay siluetas y perfiles imposibles de olvidar para alguien que se ha criado en Cieza. Nos referimos a la línea redondeada de la Atalaya desde el Puente de Hierro y los fieros colmillos que se descuelgan del frontón de su umbría; hablamos también del perfil quebrado del Castillo, la cumbre tricéfala del Almorchón y la hiriente cicatriz del cañón de Almadenes; tampoco nos olvidamos del horizonte plano de la Sierra de la Cabeza, la cresta cimera de la Sierra del Oro y su evidente collado del Portazgo.

Tales formas y luces están grabadas a fuego — como una impronta — en las retinas de quienes hemos crecido en estos parajes y son las razones de este libro. Pero hay más: está la delgada línea del Segura a la que nos aferramos para sobrevivir en ese ritual atávico que consiste en mimar cada gota de agua para promover la vida. Y si cerramos los ojos casi podemos escuchar el rumor de la corriente cuando roza las cañas mientras nos deslizamos con una recámara río abajo y nos envuelve el bosque galería junto con sus principales protagonistas: chopos, álamos, sauces, almeces y todos sus moradores.


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Cuando se abre el río y las riberas se hacen menos densas ya adivinamos a lo lejos los olmos del Maripinar. Es momento para relajarnos mientras repasamos todo lo que llevamos navegado, desde los rápidos de Almadenes y el baño en el Gorgotón hasta la cuerda que nos columpió y que sigue oscilando colgada del álamo en la Hoya García. Al lado de nosotros, en la carretera del río, vemos una pandilla de chavales que posiblemente se dirijan a tomar un baño en el río Muerto, en la desembocadura de la rambla del Cárcavo. Pedalean alegres y se les ve cogiendo fruta de las ramas que asoman por los vallados, escena que culmina el tremendo dispendio de colores y aromas que es la floración, muestra de la generosidad sin límites de estas feraces tierras que cada año celebran su ritual de fertilidad y renovación.

En el breve tramo entre el Puente de Hierro y el de Alambre, justo después de ver una pareja comer pipas junto al Molino Cebolla, decidimos salirnos del río y echarnos al monte, algo así como cuando atesoramos las primeras vistas que tuvimos de las alturas encaramados al Almorchón, o quizás merezca más la pena apreciar el juego de luces cuando atardece y se encienden las farolas del pueblo mientras se contempla el ocaso desde uno de los muchos caminos que recorren la Atalaya; se diría que es casi la misma paz que sentimos cuando, tras un reventón de kilómetros, podemos culminar la cuesta de la Herrada y descender sin tocar un pedal hasta Cieza mientras nuestra sombra juega entre los pinos y el sol se oculta más allá de la Palera.

Todas estas experiencias, insistimos, son las razones de este libro. Y nos quedamos cortos, porque también está la alegría de encontrar, tras habernos metido por uno de los muchos agujeros de los Losares, una salida con vistas al cañón de Almadenes. Eso es tan estimulante como completar el descenso de cualquier barranco agarrándonos de los baladres o sentir la experiencia única de recorrer la vertiginosa arista de la Palera, por no hablar de descender a tumba abierta desde lo alto del Oro mientras la tarde se clausura o comprobar nuestra pericia en las cerradas curvas del zig-zag a lomos de la bicicleta.

Existe en determinados animales un impulso, una tendencia a volver a su territorio habitual tras haberlo abandonado. En etología recibe el nombre de filopatria, amor por la tierra que los vio nacer. Esencialmente, se puede volver de dos formas: estando ahí o con el recuerdo. Quizás, leyendo un libro como este, haya una tercera.