Ascensión clásica al vértice del Oro, segunda altura de la sierra del Oro por la vertiente norte y la senda del Madroñal. En esta ocasión, nos atrevemos incluso con la mala predicción meteorológica. Al final nos calamos hasta los ojos.

ficha

sierra del Oro, región de Murcia
noviembre de 2009
3 h
9 km
640 m
inestable, lluvia
mucho desnivel concentrado en poco tiempo, siempre por sendas entre abundante sotobosque
pincha aquí para ver el croquis
track aquí disponible

Le asentí al doctor con convicción: nada de fríos ni sudores porque si no el catarro no sana. Al día siguiente ya estaba engañándome a mí mismo subiendo cuestas como un poseso y sudando la gota gorda. Y encima con mala predicción.

La Sierra del Oro es la sierra por antonomasia para pueblos como Cieza y Abarán, el terreno forestal en el que los lugareños se surtían de leña, miera, pez, caza y hielo. En alguna cartografía aparece con el nombre de Lloro aunque en las últimas ediciones se ha consolidado el topónimo áureo. Se trata de un vigoroso relieve que se levanta más de 800 metros en relación al valle del Segura y alrededor de unos 600 sobre la profunda y espectacular rambla de Benito.

En el cordal principal hay catalogadas dos cumbres de la Región de Murcia: el vértice del Oro con 927 metros y el pico del Portazgo con 948 metros. Nosotros hoy estamos fomentando mi resfriado subiendo la primera de estas cimas por la fachada norte de la sierra, un espléndido pinar de repoblación con casi 100 años de antigüedad y una salud envidiable al que le deseo — como poco — otro siglo de plenitud.



Están en su punto

Hay otras subidas: por la pista del Portazgo que está marcada como PR aunque a mi juicio desmerece mucho en relación a las otras posibilidades; otra opción es por el barranco de Malojo en uno de esos días en los que acabas con el pantalón reventado de roces de coscojas y manchas de resina y, finalmente, una de las más bonitas es desde el Santuario de la Virgen del Oro de Abarán siguiendo una despejada senda que te mete en el aéreo pico del Águila y luego ya en la zona de cumbres.

Nuestra subida pasa por el Madroñal, una finca con el encanto amargo de las cosas que fueron bonitas pero que están en franca decadencia por el abandono y el olvido. Tiene dos alicientes extra: de un lado está el madroño que da nombre a la finca y que es un árbol monumental incluido en el catálogo de árboles singulares de la Región de Murcia y por otra parte tenemos uno de los dos pozos de la nieve de nuestro municipio. Os pongo un texto de Javier Ríos sobre esta construcción:

Los pozos de la nieve

Y es que hay ciertas construcciones “populares” que encontramos en nuestro día a día y de las que desconocemos su origen y función; éstas aún encontrándose en estado ruinoso han sobrevivido al paso el tiempo constituyendo un legado cultural importante. Acercarnos con curiosidad a ellas nos permite desvelar muchos detalles de nuestros antepasados que nos pasan desapercibidos y sirven para conocer profesiones que fueron fundamentales y que hoy se nos antojan muy lejanas, como por ejemplo los neveros, profesión que pervivió hasta los años 40.

En el sureste debido a nuestra climatología se hacía necesario tener un sistema que permitiera tener hielo la mayor parte del año para poder conservar los alimentos, así desde tiempos de los romanos vino ejerciéndose esta actividad que tuvo su gran desarrollo entre los siglos XVI y XIX. La secuencia de trabajo era la siguiente.

Recién entrada la primavera después de las últimas nevadas comenzaban las tareas. La nieve se cortaba con palas para facilitar el traslado hacia los pozos de la nieve; una vez dentro se prensaba con fuerza hasta convertirla en hielo. Al pisar la nieve ésta se compactaba con doble finalidad: disminuir el volumen ocupado y sobre todo para que se conservara más tiempo en forma de hielo. Después se cubría con tierra, hojas, paja o ramas formando capas de un grosor homogéneo. En el verano para evitar que se derritieran se cortaban los bloques de hielo y eran transportados a lomos de caballos o burros. El viaje se realizaba por la noche aprovechando la bajada de las temperaturas y se distribuía por Cieza y otros núcleos urbanos cercanos donde era comercializado.

Las condiciones de trabajo debían ser durísimas, hay que tener en cuenta que el frío invernal en la sierra era muy intenso y sobre todo que la ropa y el calzado que se utilizaba entonces estaba bastante alejado de los tejidos actuales.

Todavía es posible encontrar entre nuestros paisanos alguno que recuerda tener que ir a comprar barras de hielo para alimentar las primeras neveras domésticas. El siglo XX y su despliegue tecnológico trajeron consigo la aparición de los frigoríficos y el abandono de un modo de vida del que apenas nos quedan los restos de piedra de los pozos de la nieve.

El día terminó como se preveía: cuando estábamos en la cima rompió a llover. Nos calamos durante toda la bajada: más por los arbustos que estaban mojados y nos rozábamos en las piernas que por lo que nos caía del cielo. Aún así, mereció la pena disfrutar de esta montaña doméstica que siempre nos recibe bien y que nos ofrece panorámicas del Segura y el Almorchón bastante singulares.

fotos

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en la sierra del oro