En el valle del Segura, entre las localidades de Cieza y Archena se esconde el valle de Ricote con decenas de montañas, grandes ramblas y paredes tremendas como el Solvente.

En una mañana de domingo se puede pasar de la huerta de Abarán a la sierra del Oro con el aliciente de visitar el cauce de la Rambla de Benito.

ficha

Sierra del Oro
abril 2011
350 metros
3 horas
despejado
ninguna
enlace al track en wikiloc

Mientras esperamos la retirada del anticiclón, del clima desértico y las inversiones térmicas…

Mientras que no dejen de soplar los catabáticos en cada una de las vaguadas del sur cuando cae la noche y, en definitiva, mientras aguardamos la llegada del otoño, desempolvaremos historias antiguas.

Ésta en concreto proviene de la primavera cuando, en una soleada mañana de abril, dimos un breve paseo cerca de Abarán en las faldas de la sierra del Oro, uno de los pulmones más destacados del espléndido valle de Ricote.

Dejamos el coche en el santuario de la Virgen del Oro y nos adentramos por una senda deliciosa que conocemos bien porque lleva para arriba, hacia el mirador de la cruz y un picacho agudo con un pino seco donde una vieja y artesanal escalera con nudos de esparto permite hollar la cumbre. Pero en esta ocasión, en lugar de enredarnos por las alturas, hemos preferido quebrar la ascensión buscando la casa de la Viñica, un paraje escondido tras la Umbría del Cuchillo.



Casas de la Viñica


Cuando estamos bajando tenemos un encuentro con varios moteros que están practicando enduro

Para llegar hasta esta aldea lo suyo es remontar hacia el collado que marca la senda principal y salirnos de ella para descender por una traza mucho menos marcada hacia las palmeras que delatan el emplazamiento de este núcleo rural que parece sacado de una escena del Atlas más que del sureste peninsular. Cuando estamos bajando tenemos un encuentro con varios moteros que están practicando enduro. No ha sido una sorpresa porque desde hace ya mucho rato venimos escuchando el ruido de los motores y los gritos de euforia cuando superan algún tramo especialmente complicado. Remontamos hasta un poyete para dejarles paso y aprovecho para sacar la cámara porque tengo muy buena perspectiva. Así, conscientes de que les he tomado fotos, uno de ellos al pasar junto a nosotros se dirige a mí y me comenta a voz de grito para hacerse oir entre el casco y el ruido de los motores:

Oye, no me saques fotos

Encendida como llevo la sangre, y no precisamente de las cuestas que acabo de subir, trago saliva antes de contestar. Lourdes me mira furtivamente pero templamos la respuesta y rebajamos la tensión hasta que le comento:

¿Tú sabes si pueden pasar motos por aquí?

Y el tío va y me sale por los cerros de Úbeda sabedor de que ya no tiene la partida ganada: que si en el monte cada uno se divierte como le gusta, que si en él cabemos todos, que si el agua hace más daño, que ellos avanzan con respeto, etc. Muchas palabras que se quedan en nada cuando la realidad de las cosas es algo así:



Erosión por... ¡premio!

Evidentemente, la reflexión es bien sencilla: en el monte cabemos todos, pero hay que buscar el mínimo impacto y la práctica del enduro en estos terrenos margosos y blandos con fuertes pendientes no tiene que ser muy beneficiosa para que la tierra siga estando donde está: sostenida precariamente por carrascos, aladiernos, espinos y espartos. Sólo cuidando este tipo de conductas la montaña perdurará por encima de nuestras batallas infantiles impregnadas de testosterona. Y eso sin tener en cuenta la contaminación acústica, el fuerte olor a la gasolina y el incordio de estar compartiendo un santuario de paz con estas máquinas y conductas tan beligerantes.



Enduro en monte público: no por favor


La senda, fuertemente marcada porque es precisamente el camino que traían los moteros, se adentra en el barranco de la Viñica, un tributario de la rambla de Benito

Tratando de recuperar la paz perdida continuamos nuestros pasos hacia la Viñica. Allí tomamos fotos de las casas y hacemos contraluces de las palmeras. Vemos como los terrenos de labor están mimados y los cultivos prosperan. Algo es algo. Ahora queremos bajar hacia el cauce de la rambla de Benito. Para ello tengo pensado tomar un carril que conozco de las carreras en BTT pero vemos una senda que promete por la margen izquierda y para allá que nos vamos.

La senda, fuertemente marcada porque es precisamente el camino que traían los moteros, se adentra en el barranco de la Viñica, un tributario de la rambla de Benito. El lugar es sorprendente, cerrado, tranquilo y con taludes casi verticales de muchos metros gracias al sustrato arcilloso del terreno. Entre baladres y pinos, casi en un Vietnam pero con allozos y olivos, avanzamos por el fondo de la vaguada bajo un cielo azul brillante y un sol de primavera que nos hace pasar calor.



Jaras

Finalmente, y como es natural, nos incorporamos al cauce amplio, arenoso y reconocible de la rambla de Benito. Vemos varios bancales a los lados y casas abandonadas. Encontramos incluso tramos de rambla por los que discurre caudal en superficie. Así, pasito a pasito y entre paredes cada vez más altas que nos remiten al Todra, alcanzamos la fuente de Benito y el estrangulamiento de nervio calizo que la rambla salva para llegar al Segura. Es aquí donde cruza una senda de piedra seca, de esas que tanto me gustan. A la izquierda (sur) la senda asciende hacia la casa forestal de Cuesta Alta. Nosotros tomamos a la derecha para regresar por el venerable camino con hormas centenarias hasta el santuario donde nos espera el coche.

Ya se me ha pasado el disgusto.

fotos