La Sagra se advierte fácilmente desde el Este, donde en un amanecer despejado se ve con facilidad desde la Sierra de Ricote, la Sierra del Oro o el altiplano del Cagitán.
La nieve se refleja con el sol de la mañana y su forma cónica emerge entre Mojantes y el extremo sur del macizo de los Revolcadores.
También es inconfundible desde el Sur, donde se levanta con inusitada fuerza sobre los campos de la Puebla y Buguéjar y aparece al Norte tras la Sierra de Orce cuando atravesamos el pasillo de Chirivel por la A92N.
¿Qué puede decir un montañero del Sur de la Sagra? O mejor: ¿qué puedo hablar yo de la Sagra? Pues para mí se trata de una montaña singular y muy importante; para mí es una montaña personal en todos los sentidos. Fijaos que, aunque en altura no puede rivalizar con Sierra Nevada, parece elevarse hasta el cielo debido a su aislamiento y la forma plástica con la que se yergue majestuosamente sobre el altiplano de Huéscar.
La Sagra1En cuanto al nombre de la montaña, éste parece haber derivado de la voz sajra, que en árabe significa roca, peña. es, como afirma Carlos en su libro Excursiones por el Sur de España,
…el punto usual en el que se dan cita excursiones colectivas; novatos ataviados con bolsas de plástico en los pies, zapatillas de deporte y pantalones vaqueros; novias y novios engañados con las orejas coloradas, a los que no se vuelve a ver de por vida en la sierra; parientes o vecinos mal pertrechados con un mosaico de equipo prestado; avezados alpinistas provistos de piolets, crampones, bastones de esquí y equipamiento ártico; niños con ojos saltones reteniendo su primera nieve en la retina; y, finalmente, veteranos entrados en años que, invierno tras invierno, acuden a su reválida personal con la alta montaña.
Efectivamente, la Sagra es todo esto y mucho más; es una de las montañas más bonitas que conozco por un motivo fundamental: me refiero a su manera de destacar sobre el resto de montañas y sierras que la circundan. La Sagra se advierte fácilmente desde el Este, donde en un amanecer despejado se ve con facilidad desde la Sierra de Ricote, la Sierra del Oro o el altiplano del Cagitán. La nieve se refleja con el sol de la mañana y su forma cónica emerge entre Mojantes y el extremo sur del macizo de los Revolcadores. También es inconfundible desde el Sur, donde se levanta con inusitada fuerza sobre los campos de la Puebla y Buguéjar y aparece al Norte tras la Sierra de Orce cuando atravesamos el pasillo de Chirivel por la A92N.
Hay que andar un poco más finos para percibirla desde el Oeste; por ejemplo, desde la Sierra de la Cabrilla, o desde cualquiera de las sierras que conforman Segura y Cazorla. La Sagra entonces sólo asoma en su tramo final; en ocasiones únicamente se distingue la cima principal y las secundarias asomando por encima de los relieves de Sierra Seca, la Guillimona o sobre el puerto de la Losa. Pero ahí está.
Finalmente, la Sagra también se distingue con meridiana claridad desde cualquier cara Norte de Sierra Nevada, e incluso desde relieves mucho más alejados como las Almenaras, ya en la Sierra de Alcaraz.
Ya en el siglo XIX, Pascual Madoz afirmaba en su Diccionario que no es conocida la elevación de La Sagra sobre el nivel del mar; pero excede en un tercio de su altura a las sierras más elevadas del contorno y parece igual a la del célebre Picacho de Veleda en Sierra Nevada.
Si el mismísimo Madoz, ese señor que llevaba a la perfección las cuentas de los poderosos para acometer el proceso desamortizador, estimaba en condiciones de igualdad a la Sagra y al Veleta debía ser por algo: yo creo que es porque la Sagra es una montaña soberbia y sorprende; sorprende y enamora.
Existe toda una liturgia para quienes por vez primera acometen su ascensión. Desde la explanada de los collados se escudriña con un punto de intranquilidad la agresiva cara norte intentando averiguar por dónde demonios va el itinerario. La Sagra mantiene ese suspense hasta el final y sólo cuando vuelves de su lomo te das cuenta de la arteria por la que te introdujiste en su secreto.
En el día de hoy viene mucha gente para hacer su primera Sagra. La idea es subir por lo más normal, el embudo, y luego bajar por un sitio diferente. Como estamos casi en verano y, en teoría, va a hacer calor, hemos elegido el descenso por el bosque vertical.
Mientras echan a caminar no puedo evitar recordar mi primera vez, hace ya quince años. Estábamos en el último año de carrera y eran los tiempos de la expedición Malafolla: Federico, Bernardo y servidor. La Sagra era un mito para nosotros y es que, mucho antes de haberla visto por primera vez, ya habíamos oído hablar de ella: algunos amigos y mayores contaban historias de una grandísima montaña más allá de la Puebla cuya subida era esquiva y complicada y donde se podían experimentar las sensaciones de la alta montaña, ésa que aparecía muy bien reflejada en los programas de Sebastián Álvaro o en las charlas de montañeros que habían subido a alguna de las grandes cumbres de la Tierra.
Una de mis primeras Sagras: con mis hermanos Alejo y Pedro y Javier Morote (de rodillas). Enero de 1996
De esta forma, en el puente del Pilar del año 95, preparamos las bicicletas para un viaje largo con mochilas. Yo pude hacerme un transportín casero con los hierros de un frigorífico viejo que tenía en el campo pero Federico, haciendo gala de su fortaleza extrema, cargó con la mochila a cuestas y una mañana de viernes salimos de Cieza por la carretera de Calasparra.
Llegamos a Caravaca esa misma mañana y comimos en casa de Bernardo. Su madre y sus hermanos nos miraban mientras pensaban: están como regaderas. Muy pronto reemprendimos la marcha; no eran las cuatro de la tarde cuando ya subíamos la cuesta del cementerio camino de Barranda. Siendo ya Otoño, temíamos que se nos hiciera de noche en el camino por lo que apenas paramos a descansar. El tiempo estaba algo revuelto y soplaba fresco de Poniente; fuimos dejando atrás el cruce de Nerpio, el puerto de Mojantes y atisbamos al horizonte la silueta de una montaña cónica, casi perfecta, como la que un niño dibujaría sin pensarlo. Ésa es la Sagra, comentó Federico pues ya la conocía de haber estado con su hermano. Y sí, allí estaba: muy lejana y difuminada por entre la bruma y las nubes. Atravesamos los llanos del Moralejo y subimos al Moral donde nos tomamos un respiro al abrigo de las casas blancas, apretados junto a las rejas de una fachada silenciosa. El sol ya se estaba metiendo y nos temíamos lo peor: igual nos tocaba dormir en cualquier sitio, tirados al lado de la carretera. La parte final de la ruta se nos hizo interminable: atravesamos el antiguo puente de Almaciles y subimos los últimos repechos acompañados ya de pinos blancos y un paisaje extraño y nuevo.
Como nueva es esta montaña para la gran mayoría de los que ahora se aventuran por el bosquete de pinos que lleva al embudo. Hace un día precioso de primavera, con fresco, hierba verde, flores y unas nubes vivas y fugaces que cambian de forma y color en apenas segundos. Cuando terminan los pinos hacemos una breve parada para comer algo y nos vamos distanciando. Es el embudo que pone a cada uno con su ritmo: paso, paso y descanso; paso, paso y descanso.
El cansancio comenzaba a hacer mella. Federico tenía reventados los hombros y a mí me molestaban las rodillas del peso de la tienda y la mochila. Sólo Bernardo iba algo más fresco pues él se había ahorrado los primeros 55 kilómetros. Cuando vimos la Puebla al fondo, bajo el Pico del Lobo, las luces del pueblo ya estaban encendidas y el sol hacía tiempo que se había ocultado. En la última recta que desciende hacia el pueblo pusimos la directa: el frío de la noche se nos colaba por las ropas empapadas y recuerdo un intenso cansancio y dolor en todo el cuerpo. En lugar de entrar al casco urbano, decidimos montar la tienda en las afueras. Giramos hacia el Puerto del Pinar y un par de kilómetros adelante, junto a una pareja solitaria de chopos y un murete de piedra ahora ya derruido plantamos la canadiense que me había lastrado en todas las cuestas.
Antes de acostarnos todavía tuvimos fuerzas para acercarnos a la Puebla que se encontraba en fiestas. En una caseta de la feria nos ventilamos un pollo con patatas fritas comentando con orgullo la hazaña que habíamos conseguido. Muy pronto retornamos a la tienda para dormir y reponer algo de fuerzas.
De fuerzas van algunos ya justos cuando la pendiente del embudo cede por fin y se adivinan las corrientes y la nerviosa convección en la cara sur que hace subir las nubes desde el mismísimo altiplano. La gran mayoría del grupo se ha ido para la cumbre y nos hemos quedado atrás con los más rezagados para disfrutar de la subida, de las fotos y de los colores. Mira que hacía tiempo que no subía la Sagra sin nieve y la estoy disfrutando como si fuera mi primera vez. Y eso que el tiempo amenaza feo.
El siguiente día amaneció con un tiempo más feo que el anterior. El cielo estaba encapotado con nubes medias que, aunque no presagiaban lluvia, sí suponían un hándicap más para lo que pretendíamos: hacer cumbre. Recogimos los bártulos y tiramos en dirección a los Collados. Notábamos en demasía el cansancio del día anterior: yo le había pasado el marrón de la tienda a Bernardo que iba mucho más fresco que nosotros. La subida a los Collados se hizo durísima: las revueltas que hay en la carretera después de cruzar el arroyo de San José de la Montaña, el frío y la humedad de la mañana, las nubes que nos ocultaban la Sagra; todos estos factores se conjugaron para ponernos a prueba.
Al encarar la divisoria principal comienzan a meterse nubes que ocultan la cumbre y nos ponen a prueba. Llegamos al pilón y está todo el mundo congelado. Entre la espera y que no se esperaban estas temperaturas ya empiezan las tiriteras. De repente caigo en la cuenta de que he olvidado el cuenco de Moss al final del embudo así que me doy la vuelta y lo busco. Falsa alarma: estaba en la mochila. No problem: así cojo más calorías para almorzar sin frío. Peor hubiera sido haber bajado a buscarlo hasta los Collados, donde comienza la ascensión.
No sé muy bien cómo pero al final llegamos a los Collados: una extensa explanada con un cortijo en el cual leímos Prohibido acampar, unas nogueras solitarias y terrenos de labor para patatas o cereales. La Sagra se nos mostraba esquiva y antipática, con un velo denso y uniforme de nubes a partir de los 1700 metros, justo cuando los pinos blancos empiezan a dejar el protagonismo a la roca.
Escondimos las bicis en un pequeño cobertizo que hay en el centro del erial y cerramos la puerta confiados en que nada sucedería. ¿Quién se iba a pasar por allí un día tan malo? Echamos a andar monte arriba por un camino carretero que nos iba acercando hacia el centro de la cara Norte. Federico nos explicaba el camino: el embudo, las rocas, la pedriza o pedrera…
Llegados a unos tornajos el camino se convirtió en senda y se puso mucho más empinado. Yo estaba medio muerto y las piernas apenas me respondían del esfuerzo acumulado. En ese punto de la ascensión, visto lo visto y ante la inminente entrada en el reino de las nubes donde nada era apreciable por la vista, decidí quedarme clavado. Así se lo dije a mis compañeros que siguieron un rato para arriba. Me tiré junto a los tornajos donde el sonido de un hilillo de agua me relajó hasta tal punto que me quedé dormido. Al rato volvieron Federico y Bernardo que también habían reculado un poco antes del comienzo del embudo. En esas condiciones, mejor no subir.
Las condiciones atmosféricas empiezan a empeorar de forma acelerada. Nos miramos todos, algunos se ponen inquietos y les anuncio que nos tiramos ya para el bosque vertical. Me pongo serio para decirles que intentemos ir agrupados, que un despiste aquí supone muchas horas de búsqueda y guardia civil y nos lanzamos hacia el Oeste en descenso hacia el collado de la Sagra Chica.
De modo que volvimos para abajo, recogimos las bicis y descendimos pausadamente hacia la Puebla. En uno de los cortijos que hay al borde de la carretera, en concreto, uno con varias encinas centenarias y una hermosa fuente que se embalsa2Se trata del Cortijo de Viana, decidimos parar a comer. Sentados al borde de la balsa dimos buena cuenta de los zuros de pan a la vez que conversábamos sobre nuestro último año de carrera. Montamos la tienda en el reborde de la piscina bajo una gran noguera y nos quedamos haciendo el perro y disfrutando de no hacer nada. Luego vinieron unos amigos del dueño del cortijo a pasar la noche y nos invitaron a cenar y a jugar a las cartas. Estuvo muy bien y nos contaron muchas historias de la Sagra.
Al día siguiente emprendimos el regreso hacia Cieza. El viaje de vuelta recuerdo que pasó muy rápido y que no fue tan duro como el de ida. Notamos mucho que pasamos de los 1400 metros de los Collados a los 180 de Cieza, además de contar con un sol amigable desde el amanecer. Aún recuerdo cuando desmontábamos la tienda muy de mañana y los primeros rayos del alba lamían el flanco Este de la Sagra; un intenso sentimiento de pundonor nos invadió entonces e incluso nos planteamos el subir a la cumbre y regresar a casa en la misma jornada. A día de hoy, sé con certeza que hubiera sido una locura máxima.
Tras los llanos del Moral y el puerto de Mojantes llegamos a Caravaca y comimos de nuevo en casa de Bernardo. Así, antes de las cuatro, ya estábamos por las canteras de la Puerta, deseando llegar a casa y olvidar la bici por un buen tiempo. Federico y yo nos mirábamos y pensábamos: ahora sí vamos torrados. La famosa y ciezana cuesta de Santa la Ros nos costó sangre subirla. ¿Y para qué decir de la cuesta del Molino? Finalmente, llegamos sanos y salvos pero muy, muy destrozados.
Destrozados estaríamos si subiéramos las empinadas cuestas del bosque vertical pero afortunadamente las tomamos en el buen sentido: hacia abajo. Entre los pinos adivinamos abajo el cortijo Sevilla que nos sirve de buena referencia para confirmar que vamos en la dirección correcta. En la mente tengo la cresta de la Sagra chica que acabamos de dejar unos metros más arriba: esa debe ser mi próxima actividad en esta Sagra.
Tras unos kilómetros de carriles, sendas, flores, barro, pinos y un poquito de lluvia regresamos a los coches. La actividad ha sido magnífica y la montaña se ha portado estupendamente: ha sido un bautizo en toda regla — con agua bendita y todo — y a buen seguro que la gran mayoría repetirá, como servidor, que no se ha cansado de subirla desde hace 15 años3En este relato de mi primera relación con la Sagra no hicimos cumbre. Pasaron menos de dos meses cuando nos encaminamos otra vez hacia la Sagra, esta vez en el Ford viejo de Federico que nos llevó cómodamente hasta los Collados. De nuevo, el día estaba feísimo y, aunque no llovía, las nubes bajas rodeaban la montaña a partir de los 1900 metros. Sin embargo, estaba presente el mejor ingrediente que la Sagra puede ofrecer a un montañero del Sur: una capa de diez dedos de nieve polvo recién caída que nos sedujo enormemente. Esta vez sí llegamos a la cumbre, sin ver nada, pero la hicimos. .
Datos técnicos: 15 kilómetros, 1400 metros de subida y 6h30m de tiempo.

José Antonio Pastor González
Hago montañas desde que tengo uso de razón. Primero al lado de casa en mi Atalaya y en el Almorchón de Cieza. Después por las sierras de Segura y Cazorla que son mi segundo hogar. Finalmente, y por supuesto, también en Sierra Nevada y el resto de las cordilleras Béticas.
Todas ellas son el terreno de juego protagonista de esta web gracias a la cual disfruto por partida doble: primero subiendo las cumbres y luego relatando mi experiencia. Sed bienvenidos y gracias por vuestra visita.



























Mil veces que subiera a la Sagra mil veces que la vería diferente. Magnifico reportaje Jose Antonio. Yo también subí por primera vez la Sagra allà por el año 1996 aproximadamente, con el club universitario de Murcia. Recuerdo que parecia un niño con zapatos nuevos, los ojos como platos. La Sagra es que como la primera montaña seria que uno afronta cuando empieza en esto del montañismo.
Un abrazo.
Alma serrana
Tú lo ha dicho Paco:
los ojos como platos
Esa es la sensación que se te queda la primera que subes a un montaña como esta. Estoy de acuerdo con la afirmación de que es la primera montaña seria cuando uno empieza. La Sagra en invierno no admite fallos y es una buena escuela para empresas mayores :shuteye_ee:
Genial relato. :thumbup_tb: :thumbup_tb:
He tardado en entrar a leerlo pues ya habia leido otra crónica de la salida escrita por otra persona y pensaba que ya me «sabía la historia» de la actividad de ese día, pero me he encontrado con un relato mucho más rico en vivencias, el contraste entre la primera y la ultima en esa montaña.
Yo aun no tengo ni la primera. Aunque habré visto esa cumbre desde todos los ánfgulos aun no he subido. Pero no tengo prisa. Ya iré. La reservo para un buen momento y buena compañía.
Gracias Luis por tu comentario 🙂
Sé perfectamente que para un tío como tú que se ha subido tropecientos montes y más, el hecho de no haber subido la Sagra todavía es más anecdótico que otra cosa y entiendo que puedas esperar a tu «primera vez» buscando el momento adecuado
Cuando llegue la disfrutarás
Buen relato.
Has hecho que recuerde de buen grado mi primera ascensión a la Sagra hace 10 años, que también fue con mis compañeros de carrera, pero esta vez por el collado de las víboras. Siempre he subido en seco, pero este año me bautizarón con mi primera subida invernal. Todo un cambio, pero se haga de una u otra forma la Sagra siempre será una montaña mágica.
Por cierto, siempre terminamos la ascensión con un buen homenaje en Almaciles.
Un abrazo a todos.
Hola Juanjo… lo del homenaje es tan importante como la cima… mantener esas tradiciones es muy recomendable 🙂 vaya que sí… ya he visto que estáis cerrando el «curso» en el club de senderismo de la Carrasca… felicidades por vuestra programación… es muy completa
:thumbup_tb: hola jose antonio , ni que decir tengo que el reportaje fotografico es una maravilla junto con el relato de esa casi primera ascension a la sagra, gracias por este dia de montaña y tu buen temple ante las adversidades metereologicas, a moss tambien va un abrazo por portarse en su primera vez en subir a esta montaña tan especial :surprise_ee:
ahhhh se me olvidaba, gracias a lourdes tambien por ese regreso tan ameno llegando a los collados, hablando y hablando se me hizo cortisimo de verdad gracias a los tres hasta la proxima
Un día genial, una Sagra irreconocible para mi, y una compañía insuperable. Gracias Diego por alabar mi locuacidad, no es algo habitual, todo el mundo se queja de que hablo demasiado, me alegra haberte hecho el camino más corto.
Un saludo a Ángel,a Fernando y todos los rezagados del grupo, pasito a pasito también se llejos….y alto
Espero salir pronto con vosotros, un abrazo
Diego, fue un placer conocerte Espero que tengamos más ocasiones de salir al monte. Abrazotes y me alegro de que disfrutaras 🙂
Dios mio, todavía me dura el cabreo por no haber podido ir con vosotros, pero los compromisos son los compromisos. Me ha encantado esta entrada mezclando la primera vez y la ultima. Sobre todo, me ha enganchado la primera experiencia. Seguramente en la montaña, como en todo sea asi, (Dicen que el primer amor nunca se olvida…) y me ha encantado el primer intento de subida y todas las aventuras que ello conllevaron. Un saludo y enhorabuena.
P.D. Espero que cuando se repita poder hacer mi primera Sagra.
Nada Oberkland… seguro que habrán más oportunidades, y que sepas que no es tan dura como la ruta que te has marcado este weekend Eso sí que son palabras mayores :grin1_ee:
La verdad que la ruta del banderillas completa es dura, pero eso no me quita la espinita que tengo clavada con la sagra… 😀 A ver si cuando pase el verano, antes de los frios, podemos subir. Un saludo.
—Bueno la verdad es que ni que lo hubieras adivinado, pues fue lo primero que hicimos desde los Collados, el mirar la zona del embudo a ver por donde se podria subir pues parecia imposible.
—Muy buena ruta, y aunque los años pesan, me parecio estupenda, pues tuvimos suerte que el calor no apreto en la subida.
—Ahora toca ir descansando para el mes de agosto…
—Estupendo reportaje y como siempre eres un experto en la fotografia.
—Un abrazo y hasta la proxima
Gracias Ángel pero es lo primero que pensamos cuando vamos a subir una montaña no trivial por primera vez: ¿por dónde se subirá?
Fue un día entrañable y salió todo perfecto… incluso el tiempo me gustó más así que soleado 🙂
Espero que en Agosto disfrutes por Sierra Nevada… seguro que sí
Me ha encantado la forma de narrar esta subida a la Sagra. Buena mezcla de tu primera y tu última vez en esa montaña mágica para los montañeros del sur.
Estos días camino de Alicante la he vuelto a ver desde la autovía. Que buena pinta tiene, es preciosa con o sin nieve. A ver si un año de estos llega mi primera vez… que ya va tocando!!
saludos!! :clap_tb:
Ya te lo he dicho otras veces… en cuanto tengas un hueco, avísame y la hacemos 🙂
Abrazotes máquina
hola, luiso.
¡reportaje recien salido del «Horno», y soy el primero en leerlo!
la Sagra es al montañero lo que Sierra Espuña al Betetero…. ¡nunca defrauda!
saludos,
Ernest.
Cierto es Ernest… la Sagra siempre te da felicidad :lol_ee: ES un sitio al que no me canso nunca de volver… Esta semana hablamos del tema SERRANA :mrgreen_wp: