El segundo día de la travesía: el más exigente, comprometido y completo. ¿Motivos? ¿Os parecen pocas razones el desnivel acumulado (casi 2000 metros), las omnipresentes aliagas y el complejo paso de la cresta de la Cadena? Pasen ustedes y vean cómo se superan las dificultades pasito a pasito.

ficha

Sierra de Almijara
diciembre 2011
14 de 51 kilómetros
1730 de 3660 metros
día 2 de 3
anticiclón, despejado, frío
sendas perdidas, vegetación incómoda, cuerda de la Cadena con pasos expuestos

Pese a que cuando nos acostamos la noche estaba calma y silenciosa un par de horas más tarde comenzó un fuerte viento del norte cuyas rachas violentas — posiblemente catabáticos por nuestra ubicación el el fondo de un profundo valle — levantaban los faldones de la tienda. A punto estuve de salir a colocar unas piedras pero con el paso del tiempo la corriente se fue tranquilizando y pudimos descansar sin sobresaltos.

Ahora es temprano y el sol se despereza detrás de los tajos del Sol y del Almendrón. Mientras Lourdes prepara el desayuno me entretengo desmontando la tienda y revisando otras historias para agilizar la salida. Finalmente antes de las diez estamos caminando de nuevo por la senda infernal que remonta para ganar un espolón marcado como ‘cerro de las tres lindes’, topónimo evidente que señala el vértice en el que confluyen tres municipios — creo que Cómpeta, Frigiliana y Nerja.



Cuesta para desayunar


Seguimos enredados entre las espesas ramas de los romeros, las aliagas y las jaras y a duras penas conseguimos coronar el nervio del espolón

Esta primera media hora se nos hace durísima. Seguimos enredados entre las espesas ramas de los romeros, las aliagas y las jaras y a duras penas conseguimos coronar el nervio del espolón. Afortunadamente, en la otra vertiente la senda está más despejada y apenas encontraremos aliagas. Doblamos un par de barrancos y nos vamos acercando a la altura del río Chíllar que todavía baja con fuerza.

De refilón voy mirando hacia la izquierda para buscar un acceso sencillo y coger agua para la jornada. Justo cuando lo tengo claro por un canchal de piedras blancas Lourdes me avisa y me muestra un discreto manantial que surge en la base de unas paredes sobre nuestras cabezas. Mejor, así nos ahorramos perder metros. Llenamos las botellas de agua y volvemos — los tres — a ponernos los armarios con un +6 de peso. ¡Qué cruz!



Remontando la dura cuesta y ganando vistas


Nosotros seguimos pasito a pasito ganando metros y buscando acceder a una zona despejada donde años atrás estuvo el refugio del Cuervo

La senda vuelve a remontar apartándose del cauce y cruza el barranco de Navachica donde apreciamos los restos de una avenida con múltiples troncos derribados y grandes bloques empotrados en las tierras blandas del fondo del cauce. En apenas unos minutos alcanzamos las ruinas del cortijo de la Fábrica — ¿fábrica de qué? — y enlazamos con un viejo carril que viene desde el puerto de Frigiliana.

El carril está prácticamente perdido y cerrado por la vegetación. Seguimos luchando con las aliagas aunque ahora apenas nos llegan por encima de las rodillas — antes, en la zona del cortijo del Imán, nos superaban en medio metro. Rápidamente ganamos metros y volvemos a escuchar muy, muy abajo el rugido del Chíllar. Esta zona es realmente bonita: tenemos una magnífica panorámica de toda la cuenca alta del río y las soberbias murallas que la defienden tanto a levante como al norte. Nosotros seguimos pasito a pasito ganando metros y buscando acceder a una zona despejada donde años atrás estuvo el refugio del Cuervo.



Inicio de la cuerda de la Cadena


Pues hacia meridión está el sol refulgiendo en las aguas planas del Mediterráneo y la línea de costa perfectamente definida

Por fin, tras bastantes más kilómetros de lo esperado alcanzamos el comienzo de la cuerda de las Tejadillas — también conocida como la Cadena — donde disfrutamos del almuerzo con unas vistas increíbles: a poniente tenemos el Lucero donde distinguimos la caseta de los carabineros y mucho más allá la silueta roma y extensa de la Maroma; a levante los tajos del Sol y del Almendrón, la cicatriz del barranco de los Cazadores y el vértice hegemónico del Navachica; al norte descubrimos la escarpada Piedra Sillada y la divisoria del puerto de la Ventosilla donde deberíamos dormir esta noche si todo sale correctamente; ¿y al sur? Pues hacia meridión está el sol refulgiendo en las aguas planas del Mediterráneo y la línea de costa perfectamente definida.



Lourdes en la cuerda. Detrás el Lucero y al fondo la Maroma


Cada espolón que doblo el corazón me da un vuelco pues no sé muy bien lo que me voy a encontrar…

Tras recuperar fuerzas a base de ibéricos y pan de ‘posete’ — mi patrocinador gastronómico en la montaña — nos colocamos en la arista afilada de la Cadena que además tiene como aliciente enfilar con precisión hacia la plástica Sierra Nevada. Avanzamos los primeros pasos hasta el vértice y antes de alcanzarlo nos salimos por la ladera norte evitando así los escarpes y los tramos más expuestos. Esta zona se las trae y es uno de los momentos más delicados de la travesía. La otra vez que estuve por aquí desconocíamos el terreno y nos embarcamos en lugares poco recomendables. Hoy no quiero que pase nada por el estilo así que camino concentrado buscando los mejores accesos para Lourdes y Moss. Cada espolón que doblo el corazón me da un vuelco pues no sé muy bien lo que me voy a encontrar. Afortunadamente la ladera, aunque muy empinada, se deja andar. Ya tenemos ahí al alcance el torreón de Piedra Sillada y, aunque la tarde está muy avanzada, parece que vamos a salir sin problemas.



Moss sobre las rocas en equilibrio

Justo cuando vamos a alcanzar la última vaguada para remontar hacia la salida nos damos de bruces con una pared imposible. Mal rollo. Mientras Lourdes va llegando por detrás me asomo buscando un paso más sencillo por abajo. El tema está en que, además de que nos obliga a descender muchos metros, no hay garantía alguna — porque no lo vemos desde aquí — de que luego podamos remontar por la vaguada hasta alcanzar la divisoria.



Remonte final hacia Piedra Sillada


Dejo a Lourdes con Moss y las mochilas y busco el paso por arriba a ver si por ahí está mejor

Mal asunto. Son las 5 y pico, vamos con el mochilón, cansados y no quiero que se nos haga de noche en este sitio tan áspero e incómodo. Dejo a Lourdes con Moss y las mochilas y busco el paso por arriba a ver si por ahí está mejor.

Perfecto.

Unos 20 metros por encima de nuestras cabezas encuentro una repisa amplia por la que es factible atravesar el último espolón y acceder a la vaguada que nos sacará de estas empinadas laderas. Bajo a recoger el armario y animo a Lourdes y a Moss a que me sigan. En menos de un cuarto de hora estamos en la divisoria que separa la Piedra Sillada del Salto del Caballo. Hemos superado la bola de partido.



Esta sierra me encanta


Nos asomamos a un collado con vistas a la cuenca del Chíllar y disfrutamos con la luz última de la tarde que rebota en las tapias inabarcables de esta fantástica sierra

A partir de aquí encontramos una senda confortable que rodea Piedra Sillada por el norte en sentido horario. Nos asomamos a un collado con vistas a la cuenca del Chíllar y disfrutamos con la luz última de la tarde que rebota en las tapias inabarcables de esta fantástica sierra.

Con fuerte viento del norte — no nos ha dejado de castigar desde que nos metimos en la cuerda de la cadena — nos vamos introduciendo en la ladera norte de las lomas de la Ventosilla. Dejamos atrás la fuente de Piedra Sillada — helada — y llegamos a la Fuente Fría donde un generoso caño nos hace muy felices. Apenas 200 metros más adelante vemos un clarete estupendo donde poner la tienda. Aquí cerramos la jornada.



A descansar. ¡Hasta mañana!

Sorprendentemente, el viento aquí apenas se nota. Lourdes pone a hervir una crema de espárragos y yo le corto a Moss un quintal de hebras de esparto para que duerma caliente en el ábside. La luna se coloca sobre la Piedra Sillada, la temperatura se pone en negativo y los sacos de pluma nos acogen en su seno. Mi última visión es la silueta de los gigantescos pinos resecos que rompen la línea de la divisoria y rasgan el velo azul cobalto de la noche. Hasta mañana.