Tercera jornada y punto final del año montañero 2011. Tras la paliza de los días anteriores hoy nos queda lo peor: remontar hacia el Navachica, techo de la sierra de Almijara, para luego hacer toda la divisoria hacia el pico del Cielo. Una prueba más de que lo que vemos en los mapas siempre es superado por la realidad.

Por suerte, llegamos a tiempo para las uvas y con licencia para cenar sin freno. La reflexión final es esta: no nos cansamos de regresar a estas sierras de Málaga tan verticales y salvajes.

ficha

Sierra de Almijara
diciembre 2011
25 de 51 kilómetros
1100 de 4130 metros
día 3 de 3
anticiclón, despejado, frío
ver el track en wikiloc

Es el último día del año y madrugamos pues queremos llegar a casa para tomar, al menos, las uvas. Antes de que salga el sol estoy dándole el desayuno a Moss y calentando la leche mientras Lourdes dentro de la tienda recoge los sacos. Apenas media hora más tarde nos ponemos en camino por la senda tan rica que encontramos ayer y que nos provoca estupendas sensaciones. Caminamos por la umbría, a ratos con el sol de frente y en lontananza tenemos el enorme perfil de Sierra Nevada y su caída vertiginosa hacia el valle del Guadalfeo.

En un momento dado la senda está interrumpida por unos desprendimientos enormes que han roto la ladera. Buscamos la continuación de la misma enfrente pero no la vemos — el sol no nos ayuda. Cruzamos la torrentera y nos damos cuenta de que hemos perdido la autopista tan rica y cómoda que nos acercaba al puerto de la Ventosilla. Tras unos ratos dudando qué hacer preferimos remontar hasta la divisoria que seguir caminando a media ladera. Nos toca digerir el desayuno con una pendiente de roca suelta que se nos clava en el alma. En fin.



Pinos secos al norte del puerto de la Ventosilla


Al otro lado las montañas del Rif se destacan perfectamente sobre el azul profundo del Mediterráneo

Por fortuna, antes de alcanzar el punto más alto de la cuerda nos salimos para la izquierda y atisbamos 50 metros por debajo el collado de la Ventosilla hacia el que nos dirigimos. Ganamos vistas hacia el sur y divisamos toda la cuenca del Chíllar y la línea de costa perfectamente definida desde Torrox hasta Gibraltar. Al otro lado las montañas del Rif se destacan perfectamente sobre el azul profundo del Mediterráneo. Hoy gozamos de una visibilidad estupenda debido fundamentalmente al fuerte viento del norte que viene frío y seco. Además, al ser tan temprano, todavía el sol no ha calentado la superficie del agua levantando brumas y vapores.

Le comento a Lourdes que a partir de ahora se acabaron las sorpresas y que lo único que nos resta es sencillamente caminar, mucho caminar. Ella me mira como diciendo: ‘sí, sí, ya me conozco yo tus previsiones’. Los hechos acabarán por darle la razón y es que, hasta el rabo, todo es toro.



La costa sur de la península: desde Torrox hasta el Peñón


Estamos bastante cansados de imprevistos y embarques así que optamos por la segunda

La cuerda que remonta hacia el Navachica es muy cómoda de andar — en relación a lo que llevamos visto — y antes del mediodía estamos haciéndonos la foto en el vértice de la cumbre. El viento sigue siendo muy fuerte pero no lo llevamos mal. Le muestro a Lourdes las dos opciones que tenemos: i) descender por el barranco de los Cazadores perfilándonos primero hacia los tajos del Sol y del Almendrón y ii) hacer toda la cuerda hasta el Cielo y descender por el sendero autopista que sube desde las cuevas de Nerja.

Estamos bastante cansados de imprevistos y embarques así que optamos por la segunda. Al menos, la cuerda se ve practicable, muy larga pero practicable… y luego el descenso del Cielo está súper transitado así que no debe ser complejo. Vámonos para allá.



Lourdes en la divisoria


Aunque lo peor está por llegar: lo que antes era un cuerda sencilla y apacible empieza a complicarse con cerros intermedios poblados de una espesa vegetación…

La divisoria hace un arco primero en dirección este y luego va virando hacia el sur hasta el pico del Cielo donde finalmente se baja buscando el suroeste. La primera parte la llevamos bien pues caminamos por pequeños cerros de suave desnivel con viento del norte — pega fuerte por la izquierda y nos mantiene frescos — y además tenemos la suerte de encontrar una traza con hitos que nos ahorra un par de montículos. Bien, bien.

El lado sano de mi cabeza piensa que, si hay una traza aquí, tan arriba y tan lejos del Cielo, entonces esa traza irá a mejor y se convertirá en una confortable senda conforme vayamos acercándonos al final de la cuerda

Error.

Error. Cuando viramos hacia el sur nos ocurre que el viento deja de soplar y el sol aprieta de lo lindo. Lourdes y yo llevamos camisetas térmicas y no podemos ponernos más frescos así que nos va a tocar pasar el sarampión. Aunque lo peor está por llegar: lo que antes era un cuerda sencilla y apacible empieza a complicarse con cerros intermedios poblados de una espesa vegetación en los que el paso no está nada claro. Si vas fuerte y sobrado, si vas con mochila de día y con margen de tiempo no te complicas y le tiras por arriba a todos los montículos y ya está.



Moss nos espera en la cumbre del Navachica


Pero nosotros ni vamos fuertes ni vamos sobrados

Pero nosotros ni vamos fuertes ni vamos sobrados; por otro lado nuestras mochilas pesan juntas más de 30 kilos y además ya está encendido el horno que va a preparar la cena de Nochevieja, un horno en una cocina a 400 kilómetros de aquí y son las 2 de la tarde. Tic, tac, tic, tac…

Una de las lecciones más importantes en montaña — como cuando juegas un partido de tenis y vas ganando — es no tener prisa. O al menos, no sentirla. Y nosotros la estamos sintiendo. Vaya que sí. Caminamos a marchas forzadas subiendo y bajando, cabalgando por la divisoria y buscando con ansia alguna referencia visual que nos explique nuestra localización en esta larga elipse que vamos trazando desde hace tres días.



La familia en la cumbre

Al llegar a una zona con un incendio reciente veo la silueta inconfundible de la cruz que anuncia el pico del Cielo. Calculo un kilómetro en línea recta que nos exige más de 20 minutos por un último cresterío en el que se hace preciso transitar por la misma divisoria al existir paredes a poniente. En la cumbre encontramos una familia inglesa con unos niños pequeños. Cuando veo al zagal de 2 añicos pienso para mis adentros: ‘si este niño ha llegado hasta aquí (si su padre ha sido capaz de transportarlo a las costillas) entonces la bajada debe ser sencilla’.



Sierra Nevada al fondo. En primer plano la zona de las Cázulas

Así pues, Lourdes y yo nos relajamos por fin. Comemos las últimas provisiones: frutos secos, chocolate, 3 rebanadas de pan, una para cada uno y la única loncha de jamón para Moss. El pobre se nos ha colocado en la exigua sombra del geodésico y ya está durmiendo profundamente. Unos metros más abajo hay unos chavales que recogen para descender. Comenzamos el descenso con ellos primero por unos metros vertiginosos y cuando ya nos estamos distanciando van y nos gritan:

– Oye, ¿vosotros sois de montañas del sur?



En la cumbre del Cielo

Nos quedamos completamente anonadados y echamos el freno. Se acercan y nos saludan. Nos dicen que son de Granada y que han reconocido a Moss. Si es que este Moss, ya lo digo yo, tiene madera de artista y es el símbolo del blog. Bueno, nos deseamos una feliz nochevieja y nos despedimos porque nos esperan para cenar en casa. Desde aquí aprovecho para saludarlos otra vez si es que leen la entrada. El descenso es largo, empinado y se pierden muchísimos metros — más de 1300 — primero por senda confortable y después por carril.



Descenso hacia Nerja


De alguna forma, sé con certeza que pasarán las estaciones, vendrán otros tiempos y quizás no podamos seguir en la brecha a este ritmo

Nunca había visto a Lourdes correr tanto en la montaña pero es que tiene una motivación extra que le hace volar. Yo por mi parte intento cazarla en algún contraluz con el mar de fondo o las playas de Nerja pero siempre se me escapa. A las cinco de la tarde llegamos al coche que tenemos aparcado un poco más arriba de las Cuevas de Nerja. Ha sido una travesía espléndida, muy dura, comprometida y mentalmente muy exigente porque nunca nos ha dado respiro. Mis dos compañeros de viaje que son además mi familia se han portado de maravilla. De alguna forma, sé con certeza que pasarán las estaciones, vendrán otros tiempos y quizás no podamos seguir en la brecha a este ritmo. Por eso mismo, por la naturaleza inasible del presente, soy consciente de la riqueza que atesoramos las tardes en las que, como hoy, regresamos a casa con la ropa sucia, el saco húmedo, las botas manchadas de barro y la retina impregnada de la luz y el horizonte infinito de las alturas.

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