De esta forma miles de nubes y toneladas de vapor se acoplan a la geografía atormentada de los Himalayas conformando valles amplios, abruptos cañones, fieras dorsales e inalcanzables cumbres. Es el monzón que se adentra hacia el interior para remontar los pasos de montaña desnudos e impregnar la alta meseta tibetana.

Lo prometido es deuda.

Septiembre ha llegado y nosotros hemos vuelto a las coordenadas habituales. Hemos empleado varios días en adaptarnos otra vez a la rutina y en procesar la información — fotografías y notas — que nos hemos traído de los Himalayas. Confieso que, a día de hoy, me resulta imposible dar una salida coherente a todo el material del que dispongo así que, para no haceros esperar más, os transcribo las primeras notas que tomé en mi libreta tras coger un vuelo interior que enlaza la capital del país — Kathmandú — con la ciudad fronteriza de Nepalgunj.

Como una irreal cordillera encima de la verdadera.

De este modo miles de nubes y toneladas de vapor se acoplan a la geografía atormentada de los Himalayas conformando valles amplios, abruptos cañones, fieras dorsales e inalcanzables cumbres. Es el monzón que se adentra hacia el norte para remontar los pasos de montaña desnudos e impregnar — pocas veces lo consigue — la alta meseta tibetana.

Desde la avioneta hemos podido distinguir fugazmente entre los grises estratos el fulgor resplandeciente de las nieves eternas. Estaban allí, tras un recodo del cielo y mimetizadas en los delgados filamentos de unos cirros despistados. Sin embargo, la luz de poniente ha delatado su presencia y un segundo de excitación nos ha recorrido el espinazo y nos ha removido en el breve espacio de los asientos.



Avanzando a media ladera

Y después del texto, aquí va una primera tanda de imágenes. Como son muchas las tenéis en miniatura aunque podéis verlas en su tamaño real — naturalmente — haciendo clic con el ratón y navegando con las flechas del cursor. Espero que las disfrutéis.

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