Ahora hace ya rato que la noche reina y sólo un pálido reflejo de la otrora poderosa magia habita en el gajo menguante de la luna. Sin embargo, y hasta que el amanecer vuelva a poner en marcha los engranajes de la química, mi calor seguirá latiendo en las venas de los robles y en el hogar de los pastores.

Hay cosas que escribimos sin saber muy bien lo que queremos decir. Ésta es una de ellas. Como ya os he contado en otras ocasiones, estos pensamientos me fluyen en reuniones largas y consejos interminables. Aparto los folios de miradas indiscretas y me pongo a divagar. Y este es el resultado:

Estoy en cada charco del camino cuando avanzas hacia poniente. Rasgo el velo húmedo de la tormenta e incido con precisión sobre el espejo de la nieve helada.

El rebote simétrico que obedece al principio de mínima acción me desplaza de nuevo al cielo, a la búsqueda de los cantiles y los cejos. Es allí donde deslumbro a los polluelos de quebranta que se asoman al abismo.

Otros muchos rayos se desparraman en las laderas umbrosas alimentando la maquinaria de los caducifolios. Es así como la venerable industria de la vida se promueve convirtiendo mi vibración magnética de inapreciable longitud de onda en una alquimia primigenia, en palabras impronunciables, en hechizo susurrante, hasta desembocar en la poesía de la savia.

Conforme gira el mundo el ángulo se cierra y atravieso mayor distancia en la atmósfera. De esta forma el cielo se tiñe de un profundo azul cobalto mientras que, en el horizonte, manteniendo la visual, refulge el rojo.

Ahora hace ya rato que la noche reina y sólo un pálido reflejo de la otrora poderosa magia habita en el gajo menguante de la luna. Sin embargo, y hasta que el amanecer vuelva a poner en marcha los engranajes de la química, mi calor seguirá latiendo en las venas de los robles, en las carreras de las montesas y en el hogar de los pastores.