En lo que respecta a su altura, el Atlas alcanza puntualmente los 4000 metros y sobrepasa con generosidad la cota de los 3500 suponiendo una barrera imposible para los vientos húmedos del Atlántico que, estancados, arrojan su preciosa carga sobre la fachada que mira a septentrión para llegar posteriormente resecos y agrietados a las puertas del Sahara.

De esta cordillera impresiona, entre otras cosas, su vegetación espartana y superviviente al pastoreo.

Sobresalen especies como las sabinas y los cedros que resisten en laderas descarnadas el aliento sofocante del desierto y la dentellada constante de la cabra. Aunque lo que más nos llama la atención a los montañeros es su orla de 4miles…

ficha

Alto Atlas, Marruecos
mediados de abril de 2011
22 kilómetros ida (x2)
2600 metros
dos días
variable, fuerte viento del sur
ver croquis de la editorial Piolet

Al sur de las montañas del sur. Justamente ahí existe una cordillera con nombre de titán mitológico ocupado en sostener sobre sus hombros la bóveda celeste. Este arco montañoso extiende su espinazo a lo largo de casi 3000 kilómetros de modo que desde su extremo occidental es posible avistar Lanzarote y Fuerteventura mientras que desde su lado más oriental se tienen vistas de Sicilia.

En lo que respecta a su altura, el Atlas alcanza puntualmente los 4000 metros y sobrepasa con generosidad la cota de los 3500 suponiendo una barrera imposible para los vientos húmedos del Atlántico que, estancados, arrojan su preciosa carga sobre la fachada que mira a septentrión para llegar posteriormente resecos y agrietados a las puertas del Sahara.



La primavera llega a todos los rincones

De esta cordillera impresiona, entre otras cosas, su vegetación espartana y superviviente al pastoreo. Sobresalen especies como las sabinas y los cedros que resisten en laderas descarnadas el aliento sofocante del desierto y la dentellada constante de la cabra.



Labores en el lecho del río

Aunque lo que más nos llama la atención a los montañeros es su orla de 4miles concentrada en un breve espacio geográfico al sur de Marrakech con múltiples posibilidades que pueden satisfacer todos los gustos: los tranquilos y los arrebatados, los caminantes y los alpinos, los cazacumbres por vías normales y los que buscan la ascensión más exquisita por el corredor más esquivo.



Lourdes esperando en la tetería


Venimos buscando el equilibrio entre el barullo de los zocos y la experiencia estimulante de asomarnos a las alturas de la cordillera…

Nosotros no sabemos encuadrarnos en ningún grupo de los mencionados. Y es que, además de ser un equipo heterogéneo, hemos montado un viaje mixto de ciudad y montaña. Venimos buscando el equilibrio entre el barullo de los zocos y la experiencia estimulante de asomarnos a las alturas de la cordillera, al reino de los bereberes desde que fueron desplazados de las llanuras y se vieron obligados a sobrevivir en las exigentes montañas.

Y claro, ya que venimos a visitar el Atlas, ¿por qué no intentar acceder a su techo, a la mismísima coronilla del titán?


Es un pepino precioso de 4167 metros lo suficientemente arisco como para ser bello y lo justamente inclinado para poder ser ascendido con garantías por una cordada inexperta

El singular punto geográfico que determina la máxima cota de la cordillera recibe el nombre de Toubkal. Es un pepino precioso de 4167 metros lo suficientemente arisco como para ser bello y lo justamente inclinado para poder ser ascendido con garantías por una cordada inexperta. Pues nada, para allá que vamos.

El punto habitual de salida es la localidad de Imlil, un pequeño pueblito donde acaba la carretera a 1700 metros. Nada más bajarnos del taxi que nos trae de Marrakech se nos acerca el jefe de los muleros para ofrecernos sus servicios. Sin apenas regatear acordamos un precio de 260 dirhams para la ida y la vuelta. En un abrir y cerrar de ojos está nuestro mulero colocando las mochilas sobre las alforjas y comenzamos la ascensión.



Asegurando el equipaje

Primero atravesamos unos nogales bien aterrazados hasta que nos ponemos a la altura de Aremd, un núcleo generoso de casas desparramado por la ladera con un esbelto minarete. Ahí nos ponemos en el cauce del río que desciende desde las alturas y transitamos un buen rato tratando de evitar el perfil de los cantos rodados.

Tras vadearlo por el mejor punto la senda se va acercando a Sidi Chamharouch, una aldea mágica y sagrada donde pernoctó el genio que da nombre al pueblo. Éste se supone que tenía forma de perro negro durante el día y pasaba a hacerse persona por la noche. En la fuente que hay junto a la piedra blanca bajo la que durmió los peregrinos se lavan las heridas esperanzados en alcanzar la curación.



Primeros compases de la ascensión


Tenemos una reserva en les Mouflons. Más que un refugio de montaña parece un verdadero hotel con mucho espacio y excelentes servicios

Nosotros vamos buscando otro milagro: que los metros de ascensión sean más llevaderos. Pero no, no vamos a tener suerte. Aquí hay que ganárselos todos, uno a uno. Un poco más arriba de la aldea paramos a comer pan élfico — esto es, pan del lugar — con atún. Con fuerzas renovadas alcanzamos unos chiringuitos y aprovechamos para degustar un té.

Un buen rato más tarde, en el límite de la nieve, nuestro mulero se despide. Quedamos con él para mañana por la tarde y cogemos nuestras mochilas para hacer la media hora que nos queda hasta el refugio.

Tenemos una reserva en les Mouflons. Más que un refugio de montaña parece un verdadero hotel con mucho espacio y excelentes servicios. Aunque nos salimos a la calle para disfrutar de las vistas un viento incómodo del sur nos hace meternos dentro de la habitación. Dormimos la siesta en las literas hasta la cena: un tagine sencillo y picante que nos colma y nos lleva en volandas a la cama. Mañana a las seis en pie.



Descanso y reagrupamiento


Esta diagonal, con la nieve muy dura y sin huella, me pone tenso porque no es el mejor lugar para experimentar por vez primera con los crampones y el piolet

Antes de que suene el despertador soy consciente del fuerte viento que sopla. Una vez que bajamos a desayunar y antes de sentarme en la mesa salgo a la calle y hay nubes bajas enganchadas que entran por el sur. Mal rollo. Además hace bastante frío.

Cuando entro a desayunar comunico el parte a mis compañeros. No se lo toman muy mal: vamos a empezar a subir y a ver lo que pasa.

La primera pala que hay nada más salir del refugio ronda los 30 y pico grados. Se pone encima de una cascada y de ahí, en diagonal, alcanza una zona más suave. Esta diagonal, con la nieve muy dura y sin huella, me pone tenso porque no es el mejor lugar para experimentar por vez primera con los crampones y el piolet. Afortunadamente todos pasan con nota este contacto inicial con el elemento helado y así seguimos para arriba.



¿Falta mucho?

Ahora nos toca remontar por un vallecito hacia el este donde se suceden pequeñas pendientes con zonas llanas. El viento nos pega de frente y, en ocasiones, supera los 60 o 70 kilómetros por hora. Aunque puntualmente estoy tentado de arrojar la toalla hay dos motivos por los que seguimos hacia arriba: i) todos los que llevamos delante no se han vuelto y ii) cada vez se están levantando más las nubes.



La cima del Atlas


Les pregunto varias veces a mis compañeros y todos coinciden en seguir. Genial

Les pregunto varias veces a mis compañeros y todos coinciden en seguir. Genial. Yo voy mirando para arriba y ya distingo la cima y el trayecto que hay que seguir para alcanzarla. Veo a la gente haciendo un flanqueo por una pala inclinada que cae hacia el fondo del valle en el que estamos. Por allí hay que pasar. Bueno.

Remontamos hasta un último collado que separa el Toubkal de la cima oeste. Ya hace tiempo que el sol le ha ganado la batalla a las nubes y también hay mucha gente que baja con la que nos vamos cruzando. Los diálogos animan y así sacamos las últimas fuerzas para hacer los metros finales. En el punto más expuesto de la arista final nos encontramos una buena trinchera y pasamos sin problemas aunque yo no paro de mirar con el rabillo del ojo a mi gente: vamos bien, vamos bien…



El pueblo de Aremd iluminado al atardecer


Como suele ocurrir, los últimos metros parecen detenerse en el tiempo

Como suele ocurrir, los últimos metros parecen detenerse en el tiempo. Hace rato que ya espero con Lourdes a que Salva y María del Mar nos acompañen junto a la estructura piramidal de la cumbre. El viento sigue soplando muy fuerte pero la luz intensa del sol, las nubes embarrancadas en las cotas bajas y la visión casi infinita de todas estas montañas nos transmiten una euforia indescriptible. Ahora sí, ya están aquí Salva y María del Mar y nos abrazamos con fuerza. Lo hemos conseguido.



Última mirada al Atlas


Como vamos faltos de comida compramos unas latas de atún y el jefe del refugio nos cuela unas latas de tomate más malas que la carne de pescuezo

Compartimos la cumbre con un grupo de chavales de Valencia y comemos unas chucherías apoyados en los hierros de la pirámide. Antes de que pase mucho tiempo nos despedimos de la cima y comenzamos el descenso. Atravesamos con cuidado el flanqueo expuesto de la arista y nos dejamos caer por el valle hacia el refugio. La nieve del mediodía apenas sostiene nuestros pasos y en el fondo de la vaguada nos hundimos hasta las caderas.

Hacemos los últimos flanqueos sobre la cascada que hay encima del refugio y yo ya me relajo. Una vez que llegamos a éste nos comemos los restos del pan élfico. Como vamos faltos de comida compramos unas latas de atún y el jefe del refugio nos cuela unas latas de tomate más malas que la carne de pescuezo. Pero no importa, estamos famélicos y nos comemos a Cristo por los pies.



Nuestro riad


Como siempre que la fiesta se acaba me quedo el último

Tras el refrigerio recogemos las mochilas y nos encontramos con nuestro mulero en el límite de la nieve. Nos recibe tranquilo y sonriente y de ahí para abajo. El colega baja a toda caña y eso nos viene bien para que la tortura dure lo menos posible. Desde la cima del Toubkal hasta Imlil tenemos 2500 metros para abajo: terapia de rodillas y tendoneo gratuito para todos.

Como siempre que la fiesta se acaba me quedo el último. Hago fotos, echo la vista atrás, miro las montañas, estudio los perfiles, me fijo en las laderas ocres, las sabinas retorcidas, las nubes deshilachadas, la luz oblicua y tamizada de la tarde, el verdor hiriente de los valles, la frescura de los cerezos en flor, la figura estilizada de los minaretes y la geometría improvisada de las tierras de labor.



La plaza Jemaa Fna

En la llegada a Imlil ya nos está esperando nuestro taxi para llevarnos a Marrakech. Todo se hace rápido: pagamos al jefe de los muleros, le damos una buena propina al chiquillo que nos ha acompañado hasta el refugio y miramos por última vez hacia el destello de las alturas antes de sumergirnos en la vorágine de las carreteras polvorientas y los adelantamientos imposibles.

Aunque lo mejor está por llegar: en Marrakech un riad espléndido y acogedor nos pertenecerá durante unos días. Y en su terraza, esa misma noche, el primo lejano de Morgan Freeman nos servirá un plato de pasta con verduras mientras el sueño nos invade. Esa noche afortunada, ni siquiera los rezos y plegarias del imán de la mezquita podrán despertarnos.

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