Preciosa ascensión al Calar de la Sima partiendo de Arguellite, una bonita aldea serrana en las proximidades de Yeste. La ruta es casi todo senda, remonta el Castillico y aprovecha el arroyo de la Peña Palomera para el descenso.

ficha

Calar de la Sima, Yeste
abril de 2011
6 h
17 km
1200 m
sol, calor, calina
actividad por sendas, monte a través y pistas forestales que requiere intuición montañera en las zonas altas; hacerla siempre con buena visibilidad
pincha aquí para ver el croquis
track aquí disponible

El término calar es muy común en las béticas. Normalmente, hace referencia a extensas moles calizas que actúan como verdaderas esponjas cuando les llueve o nieva. La naturaleza química de las rocas propicia la disolución de las partes más carbonatadas y éstas presentan aspectos característicos: agrietados, afilados, agujereados, etc. Además, estas geoformas aparecen en todas las escalas posibles, desde enormes hundimientos como el poljé de Nablanca con muchos kilómetros de diámetro a infinitesimales poros y milimétricos intersticios por los que se desliza y filtra — cala — el agua.

El Calar de la Sima es el típico ejemplo de calar bético. Se trata de una formidable sierra situada a caballo entre las provincias de Albacete y Jaén. Su relieve se extiende de norte a sur a lo largo de más de cinco kilómetros en los que mantiene una altura constante que ronda los 1.800 metros, lo que le confiere un rango especial y superior sobre sus vecinas que apenas alcanzan los 1700 en lugares puntuales.1El Calar del Mundo es mucho más extenso pero ostensiblemente más bajo; otro calar vecino es el Espino, mucho más reducido y algo menos alto; quizás el único que le puede hacer competencia es el Calar del Cobo de inferior altura y parecidas dimensiones

El rasgo más característico de este calar es una muela enorme situada en el centro geográfico de la divisoria conocida como la Peña Palomera mientras que la máxima elevación es el Cerrico de las Mentiras que ronda los 1.900 metros y que apenas se distingue en la enormidad de la cuerda, que los lugareños llaman de las Víboras2En realidad, hay que distinguir entre el vértice geodésico o Pico Banderas y algo más al sur el Pico Mentiras con un metro más de altura.

La Peña Palomera

Para los amantes de los récords debo apuntar que el Mentiras es la segunda altura provincial de Albacete aunque su ascensión, el desnivel y lo espectacular del entorno la elevan a lo más alto de la lista, por encima de las Cabras, techo provincial situado en la cuña que hace Albacete entre Murcia, Granada y Jaén.

Mi primera ascensión a esta cumbre tuvo lugar en el incomparable marco de una travesía de larga distancia, junto a Federico. En Septiembre de 1997 nos planteamos llevar a cabo la bien conocida Nerpio-Alcaraz, periplo montañero de unos siete días de duración propuesto por el Centro Excursionista de Albacete y que une las localidades de Nerpio y Alcaraz atravesando de sur a norte las sierras de Mingarnao, Góntar, el lecho del Segura, el Calar de la Sima, el hueco del Tus, el Calar del Mundo, el valle del Mundo, la Sierra del Agua y la cuerda de las Almenaras.3Este es uno de los posibles recorridos; es obvio que pueden proponerse otros muy diferentes

Me pongo en plan abuelo cebolleta y recupero algo que escribí entonces:

Después de tres días de marcha llegamos al atardecer a la aldea de Arguellite, en la cara este del calar. Es un núcleo de población bastante disperso rodeado de cortijadas que se reparten a lo largo del Arroyo del Asperón. Hacemos noche bajo una encina centenaria apartada del pueblo; nos fijamos bastante bien en el reflejo de la luz del atardecer en la roca anaranjada del Puntal de Rodas mientras preparamos la cena.

Aunque nos metemos pronto en los sacos, al día siguiente remoloneamos descaradamente, con lo que se nos hacen casi las diez para echarnos al monte. Remontamos el arroyo del Asperón hasta la cortijada de los Prados donde conversamos con una persona mayor sobre la subida al Mentiras. El hombre no nos augura un buen día por la hora que se nos ha hecho y porque hay mucho trecho para arriba. Con la incertidumbre en el cuerpo seguimos hacia arriba hasta los Prados Altos y alcanzamos un collado espectacular que gana vistas al valle del río Tus y a la fachada sur del Calar del Mundo. Ante nosotros se extiende todo el Hueco del Tus con sus aldeas: Collado Tornero, la Moheda, los Giles… y a escasos metros, la Peña de la Cabeza desafiando a la gravedad sobre el despeñadero del arroyo del Collado Tornero.

Como vamos a volver sobre nuestros pasos nos afanamos en esconder las mochilas detrás de una sabina rastrera. No muy convencidos y recelosos de que alguien nos la juegue nos vamos introduciendo en la zona alta del calar. A la derecha el enhiesto Puntal del Avellano, cortado a tajo vivo por el Estrecho del Diablo. A la izquierda, el brillo de las lajas que se desparramaban desde lo más alto de la sierra.

Esta parte de la subida nos toca hacerla en plena hora de la siesta; sin agua ni comida, con un calor espantoso y una atmósfera limpia y ardiente. Conforme encaramos las rampas últimas, ganamos vistas hacia otras zonas de la sierra: el Navalperal y el Espino de Siles, el Yelmo de Segura; a nuestras espaldas la enormidad del Calar del Mundo, la muela del Padroncillo y más allá, al Norte y ocultándonos las llanuras manchegas, los navíos de la Sarga y la cuerda de las Almenaras.

Caminando por la divisoria

Hacemos cumbre casi a las cinco de la tarde. Sentados en el vértice competimos por la exigua sombra que éste nos ofrece. Una cerca destartalada impide al ganado despeñarse por el precipicio de la Este. Muy cerca, a un kilómetro más abajo en la vertical, serpentea el Segura encajonado entre sierras y acompañado de chopos, sauces y álamos.

Estamos así sentados cuando, tras un estornudo, una brusca hemorragia nasal me sorprende. Largo rato pasa hasta que la cosa se tranquiliza; sin embargo, la ausencia de agua me hace parecer un Cristo más que un excursionista disfrutando de la cima.

Finalmente descendemos a recuperar las mochilas y bajamos al valle del Tus, donde lavo mis heridas antes de asustar a cualquiera de los lugareños que recogen el maíz y las manzanas de sus tierras.

A día de hoy, casi quince años más tarde, he subido por casi todos los sitios menos por uno. Hoy estamos aquí para eso. Hace un día feo, mucho calor, mala visibilidad y viento cero. Salimos de Arguellite por el antiguo camino del Asperón que remonta entre encinas milenarias hacia una tinada y engancha con la pista de tierra que viene de los Prados.

Avanzamos unos metros por la pista hasta que nos adentramos por un viejo jorro señalizado con hitos y que emboca directamente hacia la zona del Castillico. Parece imposible pero la senda va ganando metros y se monta encima de las paredes de esta fortaleza, primera defensa de la cumbre que queremos conquistar.

Desde ahí nos acercamos a la Fuente de los Caños, una delicia de juncos, barros y frescor donde Moss y yo nos arreglamos el cuerpo con cañas de chocolate y jamón del bueno — a Moss le toca comerse el hojaldre y algo de pan pero este perro no se me queja nunca: es un bendito.

Los Voladores de Abajo

Tras el reposo nos internamos bajo los pinos para salir a una plataforma casi llana donde destaca una dolina casi perfecta conocida como la Olla del Imperio. Desde ahí fijamos el rumbo hacia un collado de la divisoria principal y ascendemos todo tieso buscando terminar cuanto antes la tortura. En apenas unos minutos ganamos casi 300 metros de desnivel y nos colocamos más cerca de la cumbre.

En algunos tramos del camino nos encontramos con un piornal abundante que nos complica el avance, sobre todo al bueno de Moss que tiene que ir saltando para no pincharse. A mí me da por pensar en las temibles víboras y no paro de sufrir por él hasta que salimos a la roca desnuda donde hay menos peligro.

Estamos ya sobre los 1800 metros y se intuyen grandes cosas desde aquí. Lamentablemente el día no está para florituras y cualquier foto sale quemada por el polvo y la humedad suspendida en la atmósfera. Nos conformamos con admirar estos despeñaderos cercanos y la dulce sensación de la cima.

Cuando alcanzamos el pilón nos sentamos y bebemos agua. Hace un solano tremendo así que desistimos de comer aquí arriba. Avanzamos hacia el norte buscando el Poyo Cañizares desde el que nos asomamos al encantador enclave de los Voladores. Distinguimos varios de los cortijos que ya hemos visitado en alguna ocasión y sin perder mucho tiempo nos lanzamos hacia la Peña Palomera, donde nace el arroyo del mismo nombre.

A partir de aquí enlazamos con el GR66 y su remozada señalización. Nos colocamos en el eje del arroyo y recuperamos agua en la fuente de las Peñas. Un poco más abajo hay un pared que proyecta una sombra excelente:

— Moss, tú y yo nos vamos a quedar aquí un buen rato.

Tras una buena comilona — para los dos — y un rato de siesta reemprendemos la marcha por senda en fuerte descenso hasta que alcanzamos un carril. Nos vamos aproximando al cortijo del Rincón Cabero e intuimos ya el final de la ruta. Aún así, no dejo de girar el cuello para disfrutar de la silueta rotunda y — en el día de hoy — plomiza de la Peña Palomera.

La ruta termina con la fiesta del agua y camisetas mojadas en la balsa que hay cerca de las encinas milenarias. Moss se cuela literalmente en la reguera mientras que yo meto la cabeza bajo el caño. En la huelga de enfrente hay una anciana con un rebaño de más de cien cabras que se nos queda mirando. Me entretengo viendo las peripecias de los ungulados en los taludes imposibles mientras suena la campana de la iglesia de Arguellite. Supongo que todavía tendré que volver aquí para seguir conociendo esta montaña inconmensurable.

fotos

en el calar de la sima