Fue uno de mis primeros libros de montaña. Lo adquirí en mi época de estudiante y su título era Luces de Montaña del fotógrafo Galen Rowell. Corría el año 1997 cuando descubrí la librería Desnivel de Madrid; curioseando aquí y allá entre montañas de libros de montaña, lo encontré medio arrumbado en el sótano, a un precio reducido en el cajón de libros con taras así que ni me lo pensé. Al llegar a casa lo leí con avidez totalmente impresionado por las imágenes captadas en lugares para mí inimaginables. Es un libro de gran formato que recomiendo encarecidamente a los que disfrutáis con la fotografía, las montañas y sus luces.

Una de las imágenes que aparece en libro es la que veis aquí arriba. En ella, el sujeto celebra el regreso a la hierba verde en Urdukas, en el Himalaya del Karakorum, tras tres meses viviendo sobre los glaciares en un mundo helado y estéril. El mismo Galen comenta

…habíamos dejado Urdukas en mayo cuando aún se hallaba bajo un espesor de varios palmos de nieve. A la vuelta, encontramos un paraíso que superaba nuestras más locas esperanzas. Nuestro equipo estaba mojado a consecuencia de una tormenta y, mientras lo extendíamos para que se secara sobre el suelo firme y libre de nieve, observé que el rostro de Leif Patterson resplandecía de alegría…

Traigo aquí esta foto porque hace apenas mes y medio estuve en la Sagra acompañando a mis estudiantes de Matemáticas en lo que era su primera ascensión. Tras remontar toda la pendiente del embudo me dispuse a esperar a mis compañeros que venían con un poquito de retraso. Conforme les veía acercarse saqué la cámara y les daba ánimos porque soy consciente de que estos últimos metros son siempre los más duros. Entonces hice esta foto:


Ricardo se alegra de terminar la pendiente del embudo de la Sagra

En el momento de ganar la divisoria uno de ellos — Ricardo — empezó a levantar los brazos como queriendo decir: ¡por fin se acaba este infierno! Lo cacé de casualidad porque fue un gesto muy rápido y apenas premeditado. Más tarde, revisando la tanda de fotos de ese día me di cuenta de que ese gesto espontáneo y universal me recordaba alguna imagen que ya conocía.

Salvando las distancias infinitas entre una y otra, la foto que tenía en la cabeza era la de Galen Rowell. Evidentemente, la Sagra no es el Himalaya, las lomas achaparradas de la Guillimona tampoco son las agujas de granito del Karakorum ni la pendiente del embudo es un infierno comparable a los tres meses de estancia en el universo gris y helado de las alturas, pero no he podido evitar traer aquí al blog esta impresión mía que no es la primera que me asalta en relación a las imágenes increíblemente hermosas de este magnífico maestro de la fotografía de montaña.