Suenan los relojes y los que no duermen se alegran. A los que estábamos roncando nos cuesta arrancar y necesitamos la espátula para despegarnos del saco pero si queremos bajar al pueblo a comer hay que darse este apretón. Salimos a la calle, hay una luna preciosa, mucha luz, el chopo se recorta enigmático y un viento racheado agita sus ramas desnudas.

Es como una película de miedo pero sin sustos y con frío. Me reviento a galletas con chocolate mojadas en la leche y tiramos para arriba por una huella muy evidente. Ganamos metros poco a poco. Esta gente me deja atrás y yo me concentro en mis pies, en las estrellas, en las luces de Granada y sus pueblos y, por supuesto, en la luna que va perdiendo grados con respecto al horizonte para acercarse cada vez más a la Maroma.


[Fotografías de Miguel Gual y el autor]

Algunos somos así: cabezones, tercos, mulas, acérrimos. No lo podemos evitar. Tenemos ideas fijas, somos talibanes del dolor, nos encanta llevar el centro a los extremos y los extremos todavía más allá. No tenemos remedio… ¿qué le vamos a hacer? Podríamos tener un 4×4, podríamos sacar el dedo, podríamos no planificar rutas como esta, pero las cosas nos salen así de rupestres, para bien o para mal.

Esta actividad estaba apuntada en rojo desde hace mucho tiempo. Y es que el Caballo, alfa y omega de Sierra Nevada según desde donde la mires, era un tres mil codiciado para nosotros, un grupo de pisapraos con serias ambiciones de ser alguna vez — como dijo Homer — más que alguien. La localidad de referencia para nosotros es Nigüelas. Se trata de un pueblo pequeñito agazapado bajo la orla caliza nevadense donde la cadena montañosa más impresionante del sur se deshace, tanto en altura, como literalmente, en barrancos descarnados y blandas arenas por donde desaguan las nieves eternas a la vez que estrepitosos desprendimientos bloquean los cauces.

Pues nada, nos plantamos en Nigüelas con el seat León de Migueli. Preguntamos por el cortijo Echevarría y un inglés — ¿era Isidoro? — nos suelta una chapa de 10 minutos explicándonos súper bien lo que hace la pista, los cruces, las rampas, los surcos, los terraplenes… vaya avalancha de información. Nos quedamos con lo básico que es que vamos bien por donde estamos así que seguimos. Cruzamos el río una vez, nos metemos en las rampas y vemos el carril jodido para pasar. Nos bajamos del coche a ver si así… pero nada, las ruedas patinan, hay mucha pendiente, la tierra está mojada, rocas grandes que amenazan con darle un bocado a los bajos… ¿para qué seguir? Aparca Migueli que nos vamos a patita. Desde abajo. Sí señores, desde la misma casa de Isidoro, con el coro de sus perros que parecen descojonarse de nuestra suerte, empezamos nuestro particular calvario carrilero. Y lo peor es que algunos, con su purismo, están contentos y todo.

La pista le gana los mil metros a la Sierra hasta Echevarría con imaginación y muchas curvas. Supera tramos empinados, barranqueras amenazantes, arroyos y vados con desigual fortuna y nos va levantando sobre el valle del río Torrente. Pronto empezamos a disfrutar de las vistas y la nieve nos tiene imantados. Tras un penar intenso de 3 horas la alcanzamos y nos dirigimos al cortijo Echevarría donde nos descolgamos las mochilas para conversar con dos esquiadores:

— Pues yo de vosotros me quedaba aquí. Está plano, hay agua y sopla menos viento…

Este hombre ha dicho las palabras mágicas: quedarse aquí. No llevamos ni cuatro horas de actividad y estamos reventados de la subida, así que no lo dudamos ni un instante. A las tres de la tarde estamos montando las tiendas y poniendo los hornillos a hervir agua para comer. Nos apoyamos en el chopo solitario y a disfrutar del sol en la cara y de un descanso bien ganado. Continuamente pasa gente con 4×4’s, con motos, con quads… menudo trajín de sitio. Y lo más curioso es que este punto parece ser la partida para todos ellos mientras que para nosotros ha supuesto la llegada: cada uno entiende la película a su manera.

Empieza a hacer frío, el sol ya está bajo así que nos metemos en las tiendas para pasar el rato. Nos citamos para la cena un par de horas más tarde y yo me meto en el saco. Me quedo durmiendo y ya no levantaré cabeza. Escucho a esta gente muy en la lejanía hacerse unos macarrones con salchichas pero tengo el cuello quebrado en el interior de la tienda. La luz se va, viene Migueli a dormir y entra la noche. El despertador a las 4h30m, como si fuéramos a rezar prima, sí señor.

Suenan los relojes y los que no duermen se alegran. A los que estábamos roncando nos cuesta arrancar y necesitamos la espátula para despegarnos del saco pero si queremos bajar al pueblo a comer hay que darse este apretón. Salimos a la calle, hay una luna preciosa, mucha luz, el chopo se recorta enigmático y un viento racheado agita sus ramas desnudas. Es como una película de miedo pero sin sustos y con frío. Me reviento a galletas con chocolate mojadas en la leche y tiramos para arriba por una huella muy evidente. Ganamos metros poco a poco. Esta gente me deja atrás y yo me concentro en mis pies, en las estrellas, en las luces de Granada y sus pueblos y, por supuesto, en la luna que va perdiendo grados con respecto al horizonte para acercarse cada vez más a la Maroma.

El Caballo ya se ve recortándose frente al albura del nuevo día pero está lejos. Mejor no ilusionarse y ponerse buena música de fondo: pienso en cosas, pienso en sueños, pienso en proyectos, pienso luego existo mientras el viento ya me está reventando la mejilla derecha así que tuerzo la capucha del gore y miro hacia el Este. Algo es algo, ahora ya apenas lo noto porque voy bien abrigado.

Levanto la cabeza y mis colegas están casi en la cumbre. Al final las rampas se ponen algo más empinadas y el viento aquí ha hecho estragos con su fuerza. Hace ya rato que me puse la armadura y los pinchos son imprescindibles. Gano los últimos metros y me planto en la cumbre. Abrazos, bromas, una foto y para abajo. En menos de hora y media estamos en la tienda comiendo al solecito y apoyados en nuestro chopo. Nos conjuramos para descender a comer a Nigüelas y cogemos fuerzas para el alpargatazo. Comienza la pista y me da un siroco: les digo a mis colegas que voy a atajar y descender todo tieso. Ellos me miran y me advierten: como nos coja un coche nos largamos. ¿Dónde quedaron los principios del montañero puro y duro? ¿Dónde está el orgullo y el honor de subir y bajar a pata? ¿Qué pasó con la ética de la montaña? ¡Qué vergüenza! Yo tengo muy claro lo que debo hacer y además no me apetece para nada el pateo monótono y aburrido así que me lanzo por un barranco buscando el camino más recto: el del agua.

Diez minutos más tarde un land-rover con asientos de cuero, calefacción, música de la buena y una tía buenorra al volante cogerá a mis amigos y llegarán sin esfuerzo a Nigüelas. A mí me pasarán algunas cosillas menos agradables: me tiraré por la barranquera, un desprendimiento me cerrará el paso y tendré que recular pasando por los restos de un incendio saltando tocones y cenizas y sorteando aulagas y espinos. Al final alcanzaré el carril bastante abajo, casi por el cortijo de La Ría y un cazador peludo que baja con su Lada cochambroso me confirmará que no ha visto a nadie caminando más arriba — deduzco entonces que mis colegas ya no bajan andando — así que le pido que me baje a mí también. El amigo me ahorra los últimos dos o tres kilómetros. Cuando llego a la casa del inglés no encuentro el coche y me los imagino apoyados en la barra del bar y con cervezas en la barriga sin esperarme ni nada. Para aliviarme por este sacrilegio llega Migueli a recogerme y, al llegar al bar, tengo que pedirme grandes cantidades de lomos, croquetas, patatas, jamón y cerveza para olvidar, poco a poco, mi rencor. Ahora ya puedo concentrarme otra vez en mis recuerdos: el Caballo, el valle de Lanjarón, la nieve, el chopo, la noche, las huellas, la luna, el viento… ¡qué pureza!