El fin de semana ha sido tranquilo — en lo montañero — y hemos aprovechado para disfrutar de otras muchas cosas. Aún así, en la mañana del domingo, para desentumecer el cuerpo, airear los malos humos de la noche y hacer algo de hambre para la comida uno puede aprovechar el lujo de haber nacido en un pueblo en el que la Naturaleza se echa encima literalmente de las casas.

El fin de semana ha sido tranquilo — en lo montañero — y hemos aprovechado para disfrutar de otras muchas cosas. Aún así, en la mañana del domingo, para desentumecer el cuerpo, airear los malos humos de la noche y hacer algo de hambre para la comida uno puede aprovechar el lujo de haber nacido en un pueblo en el que la Naturaleza se echa encima literalmente de las casas. Y eso es lo que tenemos los de Cieza, que en poco menos de cinco minutos se pasa del gris asfalto a la alegría de los pinos y roquedos de una montaña tan respetable como la Atalaya.

No me extiendo mucho más y, antes de poner algunas fotos, os enseño un fragmento de algo que escribí hace tiempo sobre este picacho agudo:

Más que una montaña, para alguien que ha crecido a su sombra, la Atalaya es una silueta, una imagen de fondo presente en gran parte de los recuerdos y los sueños de un niño. Se yergue majestuosamente sobre la vega del Segura levantándose casi medio kilómetro desde el mismísimo río y enseña con fiereza unos colmillos anaranjados que se descuelgan del frontón de la umbría.

Y ahora las fotos: