Nos lanzamos en fuerte descenso hacia Baigorri disfrutando a tope de la jornada. Una carretera de Tour y un pueblo precioso este Baigorri. A la salida catamos los supermercados franceses y hacemos acopio de víveres para comer en Donibane Garazi o Sant Jean Pied de Port — como prefiráis. Antes de la comida nos sorprenden unas lomas donde la gente se enciende — ¿no habíamos quedado en ir tranquilos? — hasta que al final llegamos a Donibane Garazi que es un sitio chulo al que no entramos porque nos quedamos a comer en el primer parque con agua y sombra — entiéndase esta paradoja porque estamos muertos de hambre y ya se sabe que es imposible disfrutar de iglesias si el estómago ruge.


Amanece bonito en el cámping Baztán de Erratzu con nubes enganchadas en Auza mientras el sol ya asoma por el puerto de Izpegi. Desayunamos y enseguida estamos charlando sobre la bici y tanteando como van los cuerpos en este tercer día de pedales. ¿Y qué mejor prueba que subir el puerto sin apenas calentar? Pues todos para arriba, tranquilos, sin azuzar el fuego, sin encender las brasas — por fin — y haciendo fotos al pelotón y a la gente, que a eso también hemos venido, no solo a hacernos daño.

En lo alto del puerto coincidimos con una pareja que vienen desde Génova y van hacia Poniente. Veo claro que la gente está loca. Y claro, la paya tiene piernas de Perico Delgado, detalle que apreciamos ya que su marido sube media hora más tarde todo reventado con los ojos que se le van a salir. Lo compadecemos por emparejarse con una mujer tan burra, nosotros que somos tan finos y delicados.

Nos lanzamos en fuerte descenso hacia Baigorri disfrutando a tope de la jornada. Una carretera de Tour y un pueblo precioso este Baigorri. A la salida catamos los supermercados franceses y hacemos acopio de víveres para comer en Donibane Garazi o Sant Jean Pied de Port — como prefiráis. Antes de la comida nos sorprenden unas lomas donde la gente se enciende — ¿no habíamos quedado en ir tranquilos? — hasta que al final llegamos a Donibane Garazi que es un sitio chulo al que no entramos porque nos quedamos a comer en el primer parque con agua y sombra — entiéndase esta paradoja porque estamos muertos de hambre y ya se sabe que es imposible disfrutar de iglesias si el estómago ruge.

Tras la comida unos van a ver cosas por ahí y los talibanes de la siesta nos quedamos guardando las bicis no vaya a ser que se las lleve el viento. Medito sobre mi canina existencia a ras de césped mientras con los ojos entrecerrados veo a los críos jugar en el parque. Al final va a ser que estos franceses saben vivir mejor que nosotros: tienen florecillas por todos lados y el suelo está limpísimo. Viajar es bueno porque te enseña lo bruto que eres y cuán lejos estamos de ser unos buenos afrancesados.

Cuando vuelven los turistas toca enfangarse otra vez. Bicicleta y cuestas para arriba buscando el paso hacia España y, más concretamente, las fábricas de Orbaitzeta. Nos adentramos por un valle remontando el curso de un río por pequeños pueblos hasta que, de repente, se cierran las montañas. De aquí sólo se puede salir sangrando, está claro.

Toca ascender un puerto serio, quizás el que tiene más pendiente de los previstos. Por fortuna, pillamos sombra y mucha tranquilidad para trotar de forma cochinera con el molinillo interminables revueltas que, una tras otra, nos depositan en una meseta, un collado muy amplio y plano con resonancias mágicas — hay varios dólmenes — que yo atribuyo a las vistas que se dominan — sobre todo al Norte — si es que la sangre te llega al cerebro después de dejarte la piel en la subida.

Tras algunas fotos de rigor nos abrigamos, nos zampamos el último bonus-track antes de emprender por fin el descenso y llegamos al Barrio Larraun donde nos dividimos: los mariquitas se quedan en un hotel con una pinta estupenda mientras que los puristas nos vamos a dormir bajo un haya portentosa con 40 chones más en el bolsillo. Mañana será otro día.