Estoy revisando algunas carpetas de fotos y he entrado en la correspondiente a nuestra primera expedición a Alpes en el 2006, en nuestro primer intento al MontBlanc. Las fotos en una ascensión de este calibre dependen de muchos factores: meteorológicos, anímicos, técnicos, etc. No estoy demasiado satisfecho ni de las que sacamos en el 2006 ni de las que nos trajimos — junto con la cumbre — en el 2007. Aún así, me ha llamado poderosamente la atención esta imagen sacada por Bernardo con su cámara:

En ella se puede apreciar perfectamente como el fuerte viento está azotando la montaña — con rachas superiores a los 80 km/h en la arista de Goûter — mientras me tomaba un respiro en las proximidades del glaciar de Tête Rousse. Es una imagen que retrata fielmente las sensaciones que estaba teniendo en mi primer encuentro con el mítico MontBlanc: desasosiego, incomodidad, incertidumbre, frío… impresiones que se plasmaron más tarde en la resolución de la expedición cuando en la cota 4300, en las proximidades de Vallot, fuimos los últimos — junto con una pareja de checos — en dar marcha atrás y regresar al valle. Veinticuatro horas antes habíamos sido testigos de un accidente mortal en el que una cordada de cuatro personas se despeñaba arista abajo. Evidentemente, este hecho también influyó en nuestra percepción de las cosas hasta el punto de que nos dimos por satisfechos regresando vivos al valle frente a una situación meteorológica severa y adversa.

Me llama especialmente la atención mi rostro, cansado, serio, ensimismado y también mi mano izquierda, soleada, extendida sobre las rodillas buscando el calor del sol y el contacto con mi peto negro que había absorbido parte de esa energía. La mansedumbre de esa mano, la laxitud con la que se apoya en la rodilla, refleja de modo fidedigno nuestra actitud frente a la montaña: nos plegamos a sus designios para no ser sometidos a su crueldad.