Ascensión al cerro de la Carrasca, uno de los puntales más agudos de Castril por el barranco de la Osa siguiendo un itinerario acondicionado con pasarelas y visitando uno de los tejos más singulares del parque.

ficha

parque natural de Castril
septiembre de 2009
8 h
18 km
1500 m
estable
la subida al cerro de la Carrasca exige intuición montañera y algo de trepada
pincha aquí para ver el croquis

[Fotografías de Miguel Gual y el autor]

El Cerro de la Carrasca es un agudo puntal que culmina la divisoria entre Jaén y Granada asomándose al valle del río Castril desde una posición privilegiada. La relativa cercanía de uno de los gigantes de la Sierra — el pico de las Empanadas — le ha quitado protagonismo hasta el punto de que es una cumbre que apenas aparece reseñada en las guías o en internet.

Precisamente por ello, por su carácter de cima “marginal”, le tenía ya muchas ganas a esta montaña. Pero no sólo eso: también me resultaba estimulante y atractivo el hecho de que para ascender hasta la cumbre se requiere hacer alguna que otra trepada precisándose además de intuición montañera para encontrar los mejores pasos sin llegar a enriscarse. Tengo muy claro que todo lo que sea incertidumbre le añade atractivo a una actividad.

Para seguir rizando el rizo, no me apetecía nada la aproximación normal a esta montaña que sería, bien por el barranco de Túnez y el cortijo del Maestrillo, bien por el cortijo de la Puerca. Éstos son los recorridos habituales para acceder a las Empanadas y, por decirlo de algún modo, los tenía muy frescos, así que me apetecía innovar.

Pues eso, buscando algo nuevo me digo: han habilitado una senda por el barranco de la Osa y esa no la conocemos. Total que nos plantamos Migueli, Emilio y yo en el cortijo del Nacimiento para probar esa senda e intentar la ascensión al cerro de la Carrasca. Es para mí una sorpresa comprobar los carteles, la señalización, los paneles… elementos que ayudan a percibir este espléndido callejón calizo como uno de los valles más espectaculares de las montañas del sur. Nada tiene que envidiar este paisaje a otros lugares de enjundia en la zeta caliza de España como pueden ser Picos, Larra-Belagoa y Antequera. Mejor aún, sin tratar de hacer comparaciones absurdas, lo que quiero decir es que en determinados momentos uno puede sentirse aquí como cuando asciende la Peña Forca, o la Mesa de los Tres Reyes… o como cuando atraviesa cualquier Jou de Picos embebido en el azul hiriente del cielo contrastando con el gris de las calizas y dolomías. A eso me refiero.

La senda gana pronto el nacimiento del Castril, remonta por la izquierda orográfica y, en un momento dado, abandona el cauce principal del barranco para cruzar a la vertiente opuesta y colarse de modo inverosímil por un barranco tributario al eje principal: el de la Osa. Así, ganando tramos de rocas pulimentadas y bóvedas, de calderas y derrumbaderos, la senda de mampostería supera pasos comprometidos y nos acerca hasta el magnífico ejemplar de tejo que, entre rosales, se yergue oscuro y silencioso. Celebramos este maravilloso encuentro con este monumento natural, posamos para la foto, subimos el ISO de la cámara para iluminar el tronco y sus ancianas vetas y luego ganamos un collado en el que vamos a salirnos del camino marcado. Ahora toca improvisar.

Por este mismo espolón o cuerda de ladera ascendemos todo para arriba para ganar lo que, en el 1:50000 del ejército, parece una enorme altiplanicie que ronda los 1750 metros de altura y que comunica sin esfuerzos con en el collado de la Carrasca. Ganamos el desnivel sorteando algunas grandes piedras, pinos y tímidos resaltes. En el filo avistamos un pastor y su rebaño que posiblemente ascienden desde la Puerca buscando el paso hacia los Campos. Moss huele el ajetreo de las cabras así que me retraso deliberadamente y busco reflejar — sin resultado — la grandeza con mi cámara.

Finalmente, cuando ganamos el llano vemos ya enfrente nuestro el cerro de la Carrasca y la divisoria que, hacia el Norte, tiende a descender hacia el collado de la Carrasca. La cuerda parece accesible así que nos encaminamos al collado para entrarle desde el Norte. Así obramos y pronto nos damos cuenta de que no ha sido la mejor opción: con frecuencia debemos buscar pasos en una vertiente o en otra porque la cresta no es practicable. Incluso nos encontramos con una brecha comprometida que pasaríamos sin dificultad de no ser porque Moss nos acompaña y no quiero separarme de él. Pronto buscamos una alternativa, perdemos metros y le entramos a la brecha desde abajo.

Finalmente ganamos la cumbre desde el lado de Levante, atravesando una llambria firme y rugosa y trepando por una estrecha y corta canal en la que tengo que subir a Moss a pulso. Pero ya estamos ahí arriba con unas vistas que quitan el hipo: las Empanadas ahí cerca, casi que se pueden tocar, el relieve atormentado y caótico del barranco de Túnez bajo nuestros pies, la divisoria amenazante y compleja que se prolonga al Norte hacia la Buitrera y el Cerro del Caballo — otras montañas “marginales” que me esperan.

El descenso lo acometemos con ventaja porque ya nos hemos quedado con el percal. Cogemos el primero de los barrancos que salen hacia Levante y nos tiramos por un lecho de jumas, arenisca y piedras sueltas que pronto nos deja en el fondo de un barranquillo tributario al de Túnez. Nos salimos hacia el llano y, en dirección Sur vamos buscando aproximarnos al cortijo de la Puerca. Pronto damos con una traza — casi senda — que, obviamente, es la que llevaba el pastor que antes hemos visto. La seguimos y nos lleva directos al cortijo de la Puerca. En unos tornajos muy próximos al collado que comunica dicho cortijo con la senda del barranco de Túnez descansamos media hora con los ojos cerrados mientras Moss se pega un baño. Pasa rápido el tiempo y ya estamos contando las revueltas de la senda de herradura que baja desde la Puerca hasta el valle.

Antes de finalizar pasamos por un bosquete de cornicabras que ya va cogiendo el color óxido característico de este arbusto y vadeamos el Castril sin necesidad de remontar hasta la pasarela de madera que parece recién estrenada. Moss se da su último baño para oler bien dentro del coche y muy pronto, antes de las cinco, llegamos al final de la actividad. Un día perfecto, bien resuelto, un itinerario justo de esfuerzo y emoción, nada más podemos pedir.