Preciosa ascensión al vértice de Pinar Negro en la sierra del Gavilán. Ascendemos por una rambla con mucha vegetación y la cima se gana entre un bosque maduro de resinero. El descenso lo hacemos por la Rambla de Béjar siguiendo una senda casi vertical.

ficha


sierra de los Gavilanes, noroeste de la región de Murcia
septiembre 2009
5 horas
14 km
800 m
calor, nubes
no disponible
aquí está

Ya estamos de vuelta. El Danubio se acabó, los Pirineos tuvieron su gloria y tendrán su crónica correspondiente, pero ahora se trata de comenzar de nuevo la temporada. Ha bastado una semana de tormentas, de aire frío en las capas altas, de granizadas inclementes y copiosas rociadas para que todas las alarmas salten: hay que salir a la Sierra ya.

Había escogido un destino más ambicioso: Castril. Me levanto tarde, está nublado y confirmo una predicción agitada en las «sierras orientales» de Andalucía — el retintín de las comillas es porque el sur también existe. Total, que no me apetece clavarme una kilometrada de coche con destino incierto y me pongo conservador. Cojo la autovía del Noroeste y ya veremos dónde me planto. Al pasar por Caravaca me quedo mirando la Sierra del Gavilán. «Eres la elegida» pienso mientras pongo el intermitente para entrar por la última salida.

Cuando voy acercándome veo que la urbanización del Llano está en marcha. Esto está tan cambiado que casi ya no distingo las muchas otras veces que he pasado por aquí en las circunstancias más diversas. Recuerdo muy bien cuando hice por vez primera la «integral» de esta Sierra hace ya casi diez años. Era un día de invierno con mucho viento y cúmulos rozando las cumbres. Era un día mucho más fotogénico que el de hoy: levanto los ojos y una leve bruma ensombrece el horizonte y no está nada claro si al final va a despejar o se va a liar a llover. Ya lo veremos.

Dejo el coche un poco más adelante del Llano, justo cuando hay que coger el carril que se adentra en el barranco de Enmedio. Moss me va apretando y ya me lleva con la lengua fuera. El barranco se hace larguísimo; no en vano, gana 600 metros de modo paulatino y suave, casi sin notarlo. Después de mucho pedregal, pinos caídos, pinturas amarillas en exceso y humedad alcanzamos una zona llana, boscosa, sin apenas perspectivas y con el suelo a reventar de jumas. Está claro que esto es un paraíso para los guíscanos aunque los fríos a esta altura dejarán poco margen para la recogida.

Llevo ya bastante sin ver las señales amarillas del PR que me va guiando y confirmando la buena dirección. Da igual, si está todo bastante claro: hay que subir a lo más alto. Rajándome las piernas con las coscojas, los espinos, las aliagas (o aulagas) y las ramas rotas de los pinos rodenos abatidos por la tormenta y el viento, voy ganándole metros a la montaña — suelo llevar pantalones largos, salvo los días que preveo rutas por sitios «desnudos» como Castril, el problema está en cambiar el destino e improvisar. Mientras tanto, Moss me persigue protegiéndose él también de las ramas con su denso pelaje.

Por fin, alcanzamos el vértice geodésico y ganamos algo de vistas, sobre todo hacia la zona de Archivel y Mojantes. Al Norte tenemos las Morras del Gavilán, nuestro próximo destino. Comemos Como algo de fruta, un poquito de agua para los dos, recogemos la tarjeta que ha dejado Mariano Gil del Grupo de Montaña de Bullas y nos encaminamos hacia el Collado del Pinar Negro para hacer toda la cuerda que nos separa del sector norte de la sierra donde se encuentran las mayores alturas.

Conforme vamos llegando a la cuerda cada vez hay más roca y menos suelo, el relieve se pone abrupto y la progresión es más sencilla y divertida. En un momento dado, percibo un colladito marcado con unos hitos que me llama mucho la atención. Me asomo al otro lado y veo cómo desciende una traza bastante marcada y señalizada con unos escandalosos puntos azules.

Medito qué hacer: 1) seguir mi plan original y completar la integral o 2) tirarme por esa senda que no conozco a ver qué tal se nos da. Como 1) ya me lo sé de memoria opto por probar la senda de los puntos azules. La pintura es bastante reciente por lo que la gente ha pasado por aquí hace poco. No me gusta nada de nada que marquen la montaña de forma tan exagerada: es mi opinión. Una marca en un punto concreto puede ser necesaria y te puede sacar de un apuro — por ejemplo, en el collado del Cilindro en Piris — pero pensar que la montaña es un sitio para ejercer de grafitero, pues como que no.

Desciendo por un sitio precioso, muy vertical, con pinos negros espléndidos y roquedos espectaculares. Esto me gusta mucho y pienso en volver cuando caigan las primeras nieves. Muy pronto desciendo hasta la rambla de Béjar donde busco un sitio tranquilo para comer y descansar. Moss y yo nos damos una hartazón de pan con jamón y luego una siesta reglamentaria de una hora. Después, nos queda el «alpargatazo» hasta el coche por la pista que viene desde el Llano. En un momento dado, me canso de tanta pista y me tiro monte a través para atajar un poco. Me sale bien la jugada y en un plis-plás me planto en el coche.

Las sensaciones: mejor imposible para empezar este otoño. Enseguida más.

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