Comienza un nuevo y resacoso día en la villa de Bulnes, adonde no llegan los vehículos motorizados y si se te han olvidado las cuchillas de afeitar te espera o bien un pateo de dos horas, o bien aflojar una buena pasta en el funicular. A cambio de esta “incomodidad” uno puede disfrutar de un ambiente idílico de montaña y de estilos de vida muy ancianos pero que, en muchos aspectos, son mejores que los modernos.

Comienza un nuevo y resacoso día en la villa de Bulnes, adonde no llegan los vehículos motorizados y si se te han olvidado las cuchillas de afeitar te espera o bien un pateo de dos horas, o bien aflojar una buena pasta en el funicular. A cambio de esta “incomodidad” uno puede disfrutar de un ambiente idílico de montaña y de estilos de vida muy ancianos pero que, en muchos aspectos, son mejores que los modernos.

Mientras nos desperezamos avistamos el barrio de El Castillo y tras él la canal de Amuesa que comunica con la cuesta del Trabe. Nosotros vamos a tirar para abajo por la senda que desciende hacia Puente Poncebos. Hoy nos toca un pateo tranquilo por la ruta del Cares, luego Caín y de ahí a Cordiñanes donde tenemos el coche. Ya estamos satisfechos de monte (¿seguro que sí?) y eso es lo que queríamos.

Un último vistazo a la iglesia abandonada de Bulnes donde hace ya mucho que no se ofician misas. Recogemos agua en una fuente y pasamos frente a la boca del funicular, infraestructura que ha provocado el disgusto de los vecinos (entrar aquí por ejemplo para empezar a entender la polémica).

Nosotros tampoco cogemos el funicular — nos saldría carísimo — así que preferimos descender por la vereda que sigue el arroyo del Texu y la canal del mismo nombre hasta su desembocadura en el Cares, en el puente de las Hayas. Posiblemente, uno de los puentes más fotogénicos que conozco y del que, por supuesto, no tengo fotos — en realidad, íbamos muy cargados y había que descender hasta la orilla del Cares para buscar un encuadre potable, así que lo he dejado para la próxima.

El Cares es la ruta más transitada de Picos, algo así como Ordesa en Piris. Si uno se abstrae de la masificación es capaz de disfrutar de la grandiosidad de la garganta. Es la segunda vez que la recorro y con cierto asombro me doy cuenta de que desde aquí abajo es imposible apreciar la magnitud de estas montañas. Uno no sabe lo que se eleva por encima de los farallones que nos están cerrando el cielo. O bueno, sí lo sabe si viene de ahí arriba, como nos pasa a nosotros.

Es muy importante entrar con las meadas hechas a esta ruta — y no digamos las “aguas mayores” — porque una vez dentro de ella es imposible encontrar un rincón apartado donde hacerlo. La senda es el camino de servicio de un canal hacia cuya toma nos dirigimos, en las proximidades de Caín. El canal va por dentro de la montaña, amplia galería labrada con dinamita y cuyos respiraderos nos sorprenden de tanto en cuando con el rugido de las aguas.

En ocasiones, la senda traza verdaderas curvas de herradura para salvar barrancos secundarios que se precipitan al Cares desde las alturas.

Y aquí las que de verdad se sienten como en casa. Habituadas a los humanos y encaramadas en los roquedos esperan ansiosas un trozo de bocadillo o cualquier chuchería.

Pero nosotros no llevamos nada de comida. La gastamos toda ayer así que apretamos el paso para llegar a Caín a una hora decente. En un momento dado vemos al otro lado de la garganta una senda que baja en zig-zag y que posiblemente sea el descenso que teníamos programado ayer por la mañana por el Pandu Culiembru. Tendrá que esperar a mejor ocasión.

En mi manual de estilo no está incluir este tipo de fotos pero debo ser fiel a mis recuerdos y a lo que allí se vivió. El principal aliciente del Cares estaba en disfrutar de la buena compañía porque llevábamos cuatro días en altura y, aparte de olernos a nosotros mismos, sólo habíamos visto cabras y dos guardas de refugio que no se pueden comparar con la alegría de los valles.

Y entre unas cosas y otras llegamos a la boca de la canal, un pequeño embalse cerca de Caín donde con acierto han habilitado una rampa y escalones de agua para que remonten los salmones.

En Caín nos tomamos unos bocadillos. Imposible aspirar a una mesa siendo verano, haciendo bueno y tratándose de uno de los sitios más turísticos de Picos. Tras la siesta salimos del pueblo y tenemos un rato de cháchara con la gente del lugar. Donde esté una vara de avellano…

Nos queda un breve alpargatazo por la carretera rural que enlaza todos los pueblos del valle, desde Posada hasta Caín. Pese al asfalto apenas hay trafico y el hayedo nos sumerge a cada uno en nuestros pensamientos. El sol de la tarde apenas nos alcanza tamizado por las hojas del espeso bosque y así van cayendo los kilómetros: un, dos, tres…

Pero al llegar al cuarto empieza una cuesta empinada empinada… pongamos que más de un 20%… y la gente ve el final y empieza a apretar, y como si fuéramos críos subimos el último kilómetro reventándonos los pulmones y las rodillas, con las mochilas botando sobre los riñones y los hombros… corremos como posesos y entramos a Cordiñanes con la felicidad de haber cerrado una elipse de cuatro días repletos de luz, rocas y aire. Las caras ya lo dicen: 

Enseguida otra más.